Nasrallah, Chávez, el Che y una idea de internacionalismo que vuelve a reclamar la acción
Nasrallah: el legado de una figura internacionalista Con Aleida Guevara y Manu Pineda en Al Mayadeen

Comité de Apoyo a Irán, octubre de 2026
Hay una imagen que permanece.
Seyyed Hassan Nasrallah acaba de perder a uno de sus hijos. Podría haber reclamado para él un dolor distinto, una consideración distinta, un lugar distinto entre los muertos. No lo hizo. Para Aleida Guevara, aquella escena revela más sobre el hombre que cualquier discurso: el padre que entierra a su hijo sin colocarlo por encima de los hijos de los demás, el dirigente que no reclama para los suyos una dignidad que no esté dispuesto a reconocer en los demás.
Es ahí donde empieza esta conversación.
No en la muerte de Nasrallah, aunque la muerte esté presente desde el primer momento. No en el lugar que ocupa hoy su nombre en la memoria de quienes lo admiraron. Empieza en algo mucho más difícil de medir: la coherencia entre la vida de un hombre y aquello que dice defender.
Aleida Guevara habla desde una experiencia en la que esa coherencia no es una abstracción. Es hija del Comandante Ernesto Guevara de la Serna, “el Che”, pero también doctora en medicina, internacionalista y testigo de una tradición política que ha hecho del compromiso con otros pueblos una parte esencial de su propia identidad.
Manu Pineda (exdiputado del Parlamento Europeo y dirigente comunista español, militante del P.C.E.) llega desde otra trayectoria. A pesar de su procedencia militante en esa “izquierda compatible” (vinculada históricamente a la estrategia de la inteligencia estadounidense durante la Guerra Fría para favorecer corrientes de izquierda anticomunistas y asumibles dentro del orden occidental, y que el imperialismo ha terminado convirtiendo en la izquierda aceptable), la trayectoria de Pineda viene marcada también por su reconocido trabajo político en defensa de Palestina.
Sus caminos no son idénticos y tampoco lo son las tradiciones de las que proceden. Precisamente por eso resulta significativo el punto en el que ambos terminan encontrándose: en la consideración de Nasrallah como un hombre cuya palabra adquirió autoridad porque estuvo acompañada por sus actos. En la conversación con Al Mayadeen, la pregunta por Nasrallah acaba convirtiéndose así en una pregunta mucho más incómoda para quienes permanecen vivos: qué hacemos con el ejemplo de aquellos que decidieron poner la dignidad de un pueblo por delante de su propia seguridad, de sus privilegios e incluso de su propia vida.
Recordar a un muerto es relativamente sencillo, estar a la altura de lo que su vida nos obliga a preguntarnos, no tanto.
En torno a esa cuestión se articula la conversación de Al Mayadeen con Guevara y Pineda. Esta parte de una idea que había expresado el propio Nasrallah al referirse a Hugo Chávez: la de un dirigente cuya dimensión política no puede separarse de sus decisiones concretas. Chávez, recordaba el Seyyed, había expulsado al embajador israelí en solidaridad con el pueblo palestino, pese a que Venezuela se encuentra en el entorno inmediato de Estados Unidos. No era, en su lectura, una cuestión de retórica, sino de posición política. Y al contraponer aquella decisión con la actitud de gobiernos que mantenían relaciones con Israel, introducía una pregunta que atraviesa también este encuentro: qué significa realmente defender una causa cuando hacerlo tiene un coste.
La respuesta de Aleida Guevara comienza precisamente ahí: en la relación entre la persona y aquello por lo que ha decidido vivir. Fidel Castro había resumido una concepción semejante en una fórmula que ella recuerda junto a otra atribuida a Nasrallah: «Patria o muerte. Venceremos» y «la victoria o el martirio». Más allá de las diferencias históricas, políticas y culturales, Aleida encuentra en ambas expresiones una misma concepción del compromiso: dirigentes que no separan su destino personal del destino de su pueblo. Para ella, ese punto de partida no nace de una voluntad abstracta de sacrificio, sino de la dignidad humana y de la conciencia adquirida sobre la necesidad de conquistar la libertad, la soberanía y la independencia. Primero está el pueblo. Después, mucho después, uno mismo.
Es desde esa perspectiva desde la que Guevara define a Nasrallah. No lo conoció personalmente, pero hay una imagen que permanece en su memoria: la del dirigente que, después de perder a uno de sus hijos, se niega a establecer una diferencia entre su propio dolor y el de las demás familias cuyos hijos han muerto en la lucha. Para ella, aquel gesto revela algo más profundo que la capacidad de liderazgo. Revela la coherencia entre lo que se piensa, lo que se defiende y la manera en que se vive. Nasrallah aparece así como «un hombre de pueblo», alguien capaz de anteponer el dolor colectivo al suyo propio y de entregar aquello que una persona considera más valioso.
Manu Pineda introduce una palabra que amplía esa lectura: coherencia. No presenta a Nasrallah como una figura admirable únicamente por su capacidad de movilización o por el carisma que pudiera ejercer sobre sus seguidores. Lo sitúa en una tradición política con la que, desde su propio marxismo, establece una comparación directa. Nasrallah, afirma, representa para el mundo árabe algo semejante a lo que Fidel Castro representa para América Latina y otros pueblos: una figura cuya credibilidad procede de la correspondencia entre pensamiento, palabra y acción.
La referencia al asesinato de su hijo vuelve a aparecer en el razonamiento de Pineda, pero con otra función. La utiliza para señalar la diferencia entre quienes asumen personalmente las consecuencias de aquello que defienden y quienes envían a otros a la guerra mientras mantienen a sus propias familias a salvo. Su crítica se extiende a dirigentes occidentales que, según sostiene, reclaman sacrificios que nunca recaen sobre ellos mismos. Frente a esa lógica, Nasrallah representa para Pineda una renuncia deliberada al privilegio y al lujo, una vida marcada por la amenaza y finalmente entregada a la causa que había defendido.
Pero la conversación introduce una cuestión todavía más compleja: cómo una persona deja de ser solamente un dirigente para convertirse en una referencia afectiva y política para personas que no pertenecen necesariamente a su organización, a su religión o incluso a su tradición ideológica.
Pineda rechaza reducirlo al concepto convencional de carisma. Puede existir carisma sin virtud, sostiene. En Nasrallah había algo más: credibilidad. Para un comunista y marxista como él, procedente de una tradición política y religiosa diferente, aquello resulta especialmente significativo. Cuando se producía una crisis en Palestina, en Líbano o en la región, no esperaba simplemente una declaración más. Esperaba saber qué decía Nasrallah porque sus palabras estaban respaldadas por sus actos. Medía sus palabras. No las pronunciaba gratuitamente. Esa combinación entre palabra y acción había convertido su voz en una referencia que trascendía las fronteras de su propia comunidad política.
Y ahí aparece una de las ideas centrales de toda la conversación: las personas pueden morir; no así las causas que estas defendieron.
Pineda recuerda el funeral de Nasrallah y el dolor de quienes lo lloraban como si hubieran perdido a un padre. Pero inmediatamente introduce un matiz decisivo: la lucha, la idea y la organización sobreviven a las personas. Nasrallah, Fidel Castro, el Che Guevara o Hugo Chávez pueden convertirse en referencias universales precisamente porque su desaparición no pone fin a aquello que representaron. La muerte, en esa concepción, no constituye necesariamente el último capítulo. Puede ser también el momento en que una trayectoria individual pasa a convertirse en patrimonio colectivo.
Aleida lleva esa idea todavía más lejos. El enemigo, sostiene, teme a los hombres y mujeres capaces de ofrecer un ejemplo coherente porque ese ejemplo puede convertirse en una fuerza de movilización. La referencia a José Martí resume su argumento: los seres humanos tienen defectos, porque siguen siendo humanos, pero determinadas vidas proyectan una luz tan intensa sobre su tiempo que son esos actos, y no sus imperfecciones, los que terminan iluminando a quienes vienen detrás.
Por eso, para Aleida, convertir a una figura revolucionaria en un icono intocable sería precisamente una manera de vaciarla de contenido. No se trata de idealizar a Nasrallah, ni al Che, ni a ningún otro dirigente hasta convertirlo en una figura separada de la vida real. Se trata de estudiar sus ideas, comprenderlas y llevarlas a la práctica. La memoria adquiere así una dimensión activa: recordar no consiste solamente en conservar una imagen, sino en prolongar una conducta.
Un hombre continúa vivo cuando quienes lo recuerdan son capaces de actuar conforme a aquello que él defendió.
Es precisamente en este punto donde la conversación deja de ser exclusivamente un homenaje a Nasrallah y adquiere una dimensión política más amplia.
Pineda sitúa el puente en el internacionalismo. Reconoce abiertamente la diferencia entre su tradición comunista y la tradición política y religiosa de Nasrallah, pero sostiene que esa diferencia no impide estudiar su trayectoria, comprender su pensamiento y aprender de él. Más aún: considera insuficiente explicar la resistencia libanesa o palestina exclusivamente desde la religión. En ella participan también organizaciones comunistas y marxistas-leninistas. El componente religioso existe, afirma, pero no puede convertirse en la única clave interpretativa.
La palabra que propone para encontrar el punto de encuentro es humanidad.
La resistencia, sostiene Pineda, es también justicia. Quien se opone al régimen israelí y a lo que considera su política supremacista no necesita compartir una determinada religión para hacerlo. Puede ser musulmán, cristiano, ateo o comunista. Lo fundamental sería reconocer una causa común y colocar por delante aquello que une a quienes luchan contra la dominación. De ahí deriva una idea que atraviesa toda la conversación: la solidaridad entre Palestina, Líbano, Irán y Yemen no debe entenderse como una suma de conflictos separados, sino como la expresión de una resistencia que, para sus protagonistas, rebasa las fronteras nacionales y religiosas.
Aleida formula una concepción semejante desde su propia experiencia internacionalista. Recuerda sus años como médica en Angola y explica que el internacionalismo no consiste únicamente en llevar algo a otros pueblos, sino también en recibir de ellos, aprender de ellos y transformarse en ese intercambio.
La unidad no es una abstracción: es la condición que permite adquirir fuerza suficiente para modificar la realidad.
Y advierte de algo que considera especialmente grave en el presente: la humanidad está perdiendo la ética necesaria para vivir.
De ahí que su discurso pase de la memoria a la exigencia. No basta con lamentar el sufrimiento palestino, libanés o iraní. Hay que impedir que los gobiernos sigan suministrando armas a Israel, hay que cortar el apoyo económico y hay que convertir la indignación en capacidad de actuación. Aleida vincula incluso la posibilidad de que Cuba pueda continuar desarrollando su propia vida, sin recibir directamente una agresión militar estadounidense, con la resistencia de otros pueblos. En su interpretación, la defensa de Palestina, Líbano e Irán forma parte también de una defensa colectiva frente a la hegemonía.
Desde España, Pineda describe el mismo fenómeno desde otro ángulo. El genocidio en Gaza, sostiene, ha quebrado para muchas personas la distancia con la que durante años se contemplaba la cuestión palestina. Lo que antes podía percibirse como un conflicto lejano y aparentemente irresoluble ha generado movilizaciones en las calles, en las universidades y en espacios de la vida pública que antes permanecían ajenos a esa cuestión. Menciona las movilizaciones en España, la interrupción de acontecimientos deportivos y la salida de España de Eurovisión como expresiones de un cambio en la conciencia social.
Pero Pineda introduce inmediatamente una advertencia: la movilización, por sí sola, no basta. Una protesta puede ser multitudinaria y, sin embargo, desaparecer cuando se extingue el impulso que la originó. El desafío, afirma, consiste en dotar a esa conciencia de una estructura organizativa y política capaz de sostenerla. Llevarla a la calle, a las instituciones, a los sindicatos y a todos los espacios donde pueda convertirse en fuerza política.
Aleida observa ese mismo despertar entre las nuevas generaciones. Internet, advierte, puede ser una herramienta de manipulación, pero también ha permitido que muchos jóvenes comiencen a descubrir las contradicciones de los relatos que reciben. El contacto con imágenes y testimonios del sufrimiento palestino ha generado una pregunta elemental que ninguna maquinaria propagandística puede resolver fácilmente: cómo puede justificarse el asesinato de un niño o de una mujer. Para ella, ese cuestionamiento constituye ya una ruptura. El joven que empieza a descubrir que ha sido engañado comienza también a preguntarse qué otras cosas pueden haberle ocultado.
Y vuelve entonces el ejemplo de los pueblos. Aleida señala especialmente a Yemen como una sociedad cuya resistencia, pese a sus enormes dificultades económicas, le produce admiración. Pineda, por su parte, amplía esa mirada hacia Cuba, Palestina, Irán, Líbano y también a Yemen. Lo que propone no es contemplarlos desde una supuesta superioridad occidental, sino aprender de ellos.
“El mundo no gira alrededor de Occidente”
Existen pueblos dignos que están enfrentándose a circunstancias extremas y que, precisamente por eso, pueden enseñar algo a quienes durante demasiado tiempo se han considerado el centro del mundo.
El recorrido termina donde necesariamente tenía que terminar: en los jóvenes.
Aleida reclama estudiar a figuras como Nasrallah, pero no para convertirlas en estampas. Hay que conocer su vida, su sacrificio y sus decisiones. No idealizar al hombre, sino acercarlo a nosotros hasta hacerlo comprensible y practicable. La muerte, dice, forma parte de la existencia. Lo que no debería morir es la obra de una vida cuando esa obra ha estado orientada hacia los demás.
“Mantener vivo a un hombre significa convertir su ejemplo en conducta y su sueño en tarea”
Pineda cierra con un mensaje dirigido precisamente a quienes viven hoy bajo la guerra, la ocupación y la amenaza. No están solos, afirma. La victoria puede no ser inmediata y el sufrimiento puede prolongarse, pero la solidaridad internacional no debe desaparecer. Su última referencia vuelve a unir las tradiciones de las que ha hablado toda la conversación: Fidel, el Che y Nasrallah, unidos no por la identidad de sus trayectorias, sino por una misma convicción en la posibilidad de vencer.
Quizá esa sea, en definitiva, la cuestión que queda abierta después de escuchar a Aleida Guevara y Manu Pineda: qué hacemos los vivos con la herencia de quienes dedicaron su vida a una causa.
Convertir a Nasrallah en un símbolo es sencillo. Pero a su memoria en práctica política es mucho más difícil.
Llevar al Che a una camiseta no exige demasiado. Estudiar su pensamiento, asumir sus contradicciones y tratar de aplicar aquello que todavía conserva vigencia exige bastante más. Pronunciar la palabra «internacionalismo» es fácil. Construir vínculos reales entre pueblos separados por miles de kilómetros, religiones, lenguas y tradiciones políticas exige otra clase de voluntad.
Y ahí se encuentra quizá la verdadera continuidad que propone esta conversación. No en la repetición de nombres ni en la fabricación de iconos, sino en la capacidad de reconocer, detrás de trayectorias históricas distintas, una misma exigencia: que la dignidad humana deje de ser una palabra y vuelva a convertirse en una forma de actuar.
Nasrallah no aparece aquí únicamente como el dirigente asesinado que dejó una organización y una memoria. Aparece como el ejemplo que Guevara y Pineda consideran todavía susceptible de ser estudiado, discutido y, sobre todo, llevado a la práctica. Y es precisamente ahí donde la muerte deja de ser el final de una historia para convertirse en el comienzo de una responsabilidad.
No se trata de mantener vivo un icono, sino de impedir que muera aquello por lo que vivió.
Escucha el programa completo aquí: …bueno, eso antes de que YouTube decidiera criminalizar la publicación claro. No ha estado ni 4 horas en nuestro canal. ¡Viva el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos! Os dejo el enlace al programa del propio canal de YouTube de Al Mayadeen:

Artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos:
Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.