Y mientras tanto en Iberia…: LA UNIDAD DE LAS «IZQUIERDAS» ¿UN PROYECTO POLÍTICO O UN REPARTO DE ESCAÑOS?

Que viene la unidad, ¡que viene! Telva Mieres en Unidad y Lucha – 18 de octubre de 2026

Comité de Apoyo a Irán Iberia

La historia de la izquierda europea está atravesada por una contradicción que reaparece una y otra vez: la distancia entre la transformación social que proclama y los límites políticos dentro de los cuales termina actuando, que a fin de cuentas, es donde se le permite actuar.

Durante la Guerra Fría, la CIA desarrolló una estrategia destinada a promover una izquierda no comunista que pudiera disputar la influencia de los partidos comunistas y contrarrestar el atractivo de sus propuestas entre los intelectuales y las sociedades de Europa occidental. La financiación clandestina del Congreso por la Libertad de la Cultura y de publicaciones como Encounter, documentada posteriormente, constituye uno de los ejemplos más conocidos de aquella intervención. No se trataba de una operación marginal: formaba parte de una disputa por la hegemonía cultural, por las ideas y por los márgenes de lo políticamente admisible.

Aquellos antecedentes no explican por sí solos las contradicciones de la «izquierda» institucional contemporánea, ni autorizan a atribuir a la CIA o a la OTAN el diseño de sus actuales estrategias electorales… (¿O sí? Vaya usted a saber, a fin de cuentas) Pero sí invitan a formular una pregunta que sigue siendo pertinente: ¿qué sucede cuando la competencia por ocupar el espacio institucional acaba desplazando el debate sobre las transformaciones que ese espacio debería permitir?

La cuestión no es la conveniencia táctica de una coalición electoral (a eso no están autorizados por sus «mantenedores»), ni la legitimidad de que cada organización defienda su representación (aunque sus bases se lo exijan). El problema aparece cuando la unidad se convierte en un fin en sí mismo, el programa queda relegado y las diferencias políticas se resuelven mediante negociaciones de puestos, cuotas y candidaturas, además de otros «acomodos», «poltronas» y «prebendas» golosas. Entonces, la confluencia deja de ser la expresión de un proyecto compartido y amenaza con reducirse a un mecanismo de supervivencia de las propias organizaciones.

Es precisamente esa contradicción la que aborda Telva Mieres en el texto que publicamos a continuación con el título Que viene la unidad, ¡que viene! recogido de las páginas de Unidad y Lucha. Con ironía, lenguaje popular y una sucesión de imágenes tan mordaces como reconocibles, Mieres retrata el agotamiento que producen las «negociaciones electorales» presentadas periódicamente como acontecimientos históricos. Bajo las invocaciones a la generosidad, la responsabilidad y la unidad popular, aparece una pregunta mucho más prosaica: quién ocupa cada puesto y qué obtiene cada organización.

La sátira adquiere toda su fuerza porque señala algo que trasciende una negociación concreta. Cuando la unidad no nace de compromisos políticos compartidos, del respeto a los propios principios y a las bases que dicen representar, sino de la necesidad de distribuir una representación institucional limitada y servicial al sistema que les «permite existir como izquierdas» útiles para las burguesas democracias occidentales, el resultado difícilmente puede despertar una ilusión duradera entre quienes esperan algo más que una nueva combinación de siglas.

En otras palabras, entre quienes depositamos nuestra confianza en su honestidad como servidores públicos, que es, a fin de cuentas, lo que deberían ser. No otra cosa. Aunque esa expectativa termine perteneciendo más al ámbito de la utopía que al de la teoría política que dicen defender.

La cuestión decisiva, por tanto, no es cuántas fuerzas consiguen sentarse juntas, sino para qué se sientan, qué intereses representan (y de quienes) y qué están dispuestas a defender cuando las exigencias de una política verdaderamente transformadora chocan con los límites del poder establecido y con sus aspiraciones personales.  

Porque esta «izquierda» puede multiplicar sus llamamientos a la unidad y, sin embargo, dejar intactas las relaciones económicas, políticas y estratégicas que dice combatir. Quizá porque, en definitiva, para eso están ahí: para mostrarse obedientes y serviciales con quienes no deberían serlo, si atendieran a la voluntad ideológica de las bases que dicen representar.

Y, cuando eso sucede, la pregunta por el reparto de los escaños deja de ser una simple ocurrencia satírica para convertirse en un interrogante sobre la propia naturaleza del proyecto político de esta nuestra «piel de toro», alumbrado por la modélica Transacción que dio lugar a la Carta Magna de 1978.

Comité de Apoyo a Irán Iberia, a 18 de octubre de 2026


Telva Mieres en Unidad y Lucha – Que viene la unidad, ¡que viene!

Hay que ver la que han armado, la que han liado los de Podemos y el Frente Amplio, en esta ocasión. ¡Qué manera de organizar un desaguisao! Esta vez han tenido la habilidad de decepcionar a sus electores antes incluso de la cita electoral, en plena precampaña. Una, que ya ha visto unas cuantas cosas, todavía conserva la ingenua esperanza de que algún día nos sorprendan con algo distinto.

Pero ¡qué malo es cantar victoria antes de tiempo! Ahí estábamos, viendo cómo se abría una rendija de ilusión, cuando va Rufián y se nos descuelga con un acuerdo tan rápido con los podemitas que nos jodió el tinglao. ¡Y vuelta la burra al trigo!. Se nos vino abajo el castillo de naipes y, con él, el sueño de las izquierdas, incapaces de ponerse de acuerdo ni por error.

¿Hasta cuándo vamos a tener que pasar por este purgatorio cada vez que se convocan elecciones? Esto ya parece la fábula de Pedro y el lobo: «¡Que viene la unidad, que viene la unidad!». Y una, al principio, se asoma a la ventana para ver el estropicio, luego sale al portal para espantar al lobo y termina plantada en mitad de la calle, esperando el acontecimiento histórico para darle unos capotazos al lobato. Hasta que descubre que el lobo no viene, que lo que viene es otra ronda de negociaciones, otra filtración interesada y otro espectáculo de egos con denominación de origen.

Estas unidades que los reformistas se sacan de la chistera cada vez que huelen una convocatoria electoral nos dejan extenuadas. Y es que no les entra en la cabeza que no hay escaños pa tanta gente. De la ilusión pasan al desconcierto, después, a la incredulidad y más tarde, a la rabieta y al pataleo, cuando descubren que no hay plazas para todos, ni apelando a Jesús del Gran Poder.

Y claro, cuando las negociaciones se prolongan tanto, una se pregunta: ¿será que existen discrepancias irreconciliables en el programa? ¿Será que, a la hora de redactar el manifiesto, ha surgido una diferencia ideológica de tal calibre que amenaza con hacer saltar por los aires la convivencia entre los socios? ¿Será que alguno ha puesto sobre la mesa la necesidad de dejar de mandar dinero y armas a Ucrania, de enfrentarse al imperialismo o de cuestionar el papel de la OTAN, y se ha encontrado con una resistencia numantina?

¡Pues no, hombre, no! ¡Ni muchísimo menos! Aquí no hay grandes debates ideológicos ni contradicciones políticas que impidan avanzar. Lo que hay son jornadas enteras de calculadora en mano, hojas de excel y reparto de puestos, acompañados de codazos, zancadillas, arañazos y empujones que dejan a los candidatos irreconocibles.

«Tú me dejas el segundo aquí y yo te cedo el tercero allá». «Me quedo con los dos primeros, que los míos tienen más posibilidades». «Pues yo quiero encabezar en esta provincia, así que te cambio Castilla y León por Extremadura». «Y nosotros no vamos a aceptar menos que la vez anterior»

Y así, entre un puesto arriba y otro abajo, entre el diputado que puede salir y el que tiene que conformarse con hacer campaña, se nos va la legislatura antes de que empiece la precampaña.

¡Una cosa bárbara! No hay tilas ni lorazepanes que calmen los ánimos de estos egos desatados. Porque decidir quién se sienta en un escaño entraña tal complejidad política que todavía no ha nacido nadie capaz de resolver semejante sudoku.

Pero lo que de verdad te desgarra las carnes es todo el teatrillo que envuelven en grandes palabras: responsabilidad, generosidad, altura de miras, unidad popular, confluencia, frente amplio, frente ancho, frente gordo… Un montón de palabrería para explicar que todos están dispuestos a ceder, siempre y cuando el que ceda sea el de enfrente.

La unidad soñada se convierte así en una especie de milagro electoral que se invoca cuando se acercan las urnas y se olvida en cuanto se cierran los colegios. Pero el mérito de esta vez es que ni siquiera ha habido tiempo para llegar a ese punto. La unidad de las izquierdas se ha quedado en lo que parece ser su verdadera especialidad: una operación aritmética para repartirse los sillones.

No se preocupen ustedes, que dentro de unos meses volveremos a escuchar la misma cantinela. Se convocarán elecciones, aparecerán los llamamientos a la responsabilidad histórica y nos explicarán que esta vez sí, que ahora toca dejar las diferencias a un lado, que el momento exige generosidad y que hay que evitar que la derecha avance.

Y nosotras volveremos a mirar el calendario, a respirar hondo y a prepararnos para el espectáculo.

Porque, a estas alturas, cuando alguien anuncia una nueva unidad de la izquierda, una ya no pregunta qué programa van a defender ni qué compromisos van a asumir con la clase trabajadora.

Una pregunta, directamente:

¿Y esta vez, cuántos puestos hay pa repartir?

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