EL FIN DE LA LARGA EDAD DE LOS MONSTRUOS

Aghogho Akpome: colonialismo, capitalismo y la crisis del orden occidental

Simposio de la Universidad de Kioto 2026 · «Geopolítica en la época de los monstruos» · Ponencia 12

La crisis no empezó ahora

¿Por qué hablamos de una nueva era de monstruos? La pregunta, planteada al comienzo del simposio de la Universidad de Kioto «Geopolítica en la época de los monstruos», sirve al doctor y profesor Aghogho Akpome para invertir la perspectiva habitual. Lo que hoy aparece como una crisis inédita para las sociedades occidentales no constituye necesariamente el comienzo de una época monstruosa. Para buena parte de la humanidad, sostiene, la monstruosidad ha sido la norma durante siglos. La novedad podría estar en que las condiciones históricas que permitieron a una minoría prosperar a costa de la mayoría global comienzan a resquebrajarse.

Akpome, académico nigeriano vinculado a la Universidad de Zululand, en Sudáfrica, aborda la cuestión desde la literatura y los estudios decoloniales, no desde una disciplina aislada. Su elección no es ornamental. A su juicio, las fronteras rígidas entre campos del conocimiento pueden contribuir a ocultar las relaciones entre economía, política, cultura e historia. La especialización, cuando pierde de vista el conjunto, corre el riesgo de tratar como fenómenos separados procesos que se sostienen mutuamente. Frente a ello, propone recuperar el sentido común y examinar las ideas que organizan nuestra percepción de la realidad.

Su diagnóstico se articula en torno a una tesis incómoda: la prosperidad que durante décadas disfrutaron sectores amplios de las sociedades del Norte global no puede entenderse al margen de la explotación colonial, la extracción de recursos y la externalización de los costes humanos y ambientales del capitalismo. El bienestar occidental no fue una experiencia universal que, por alguna anomalía, no alcanzó a los demás, sino que dependió históricamente de una división internacional que concentró beneficios en unos lugares a costa de violencia, pobreza, saqueo y desposesión hacia otros.

La literatura como testimonio de lo real

El doctor abre su intervención recurriendo a William Blake y a la literatura inglesa del siglo XIX. No presenta la ficción como sustituto de la historia documentada, sino como una vía para acercarse a realidades que los relatos oficiales suelen dejar en los márgenes. La literatura, explica, reconoce su carácter ficticio y, precisamente por eso, puede hacer visibles las estructuras sociales que una exposición supuestamente neutral no siempre consigue mostrar.

Evoca la impresión que le produjo de niño Oliver Twist, de Charles Dickens, y la pobreza descrita también en David Copperfield. Procedía de una familia numerosa, con padres dedicados a la enseñanza y una pequeña biblioteca en casa, pero no había conocido una miseria comparable a la de aquellos personajes. La referencia le permite recordar que la industrialización y la formación del capitalismo moderno tampoco fueron una edad dorada para la mayoría de los trabajadores europeos. La explotación que más tarde se proyectaría sobre otros territorios tenía raíces en las propias sociedades donde se consolidó el nuevo orden económico.

El giro decisivo, sin embargo, llegó cuando el imperialismo hizo posible exportar y universalizar esa violencia. La extracción de recursos de África, Asia y otras regiones permitió a las clases dominantes de las potencias coloniales ampliar los beneficios y, en determinados periodos, incorporar a sectores de sus propias poblaciones a una prosperidad relativa. Desde la perspectiva de una parte de la clase media occidental, especialmente antes de la consolidación de las políticas neoliberales de Thatcher y Reagan, el sistema podía parecer compatible con el bienestar general. Pero esa imagen omitía la pregunta fundamental: ¿a costa de quién se sostenía?

Aghogho Akpome cuestiona así la idea de que el capitalismo haya demostrado su capacidad para beneficiar a la mayoría de la humanidad. Que una parte de la población occidental haya disfrutado de niveles de consumo y seguridad superiores no demuestra que el modelo pueda universalizarse en las mismas condiciones. Su argumento es que esa prosperidad fue posible porque los costes se desplazaron fuera del campo visual de quienes recibían sus beneficios. El mundo parecía funcionar mientras la explotación de otros pueblos permanecía lejos de la experiencia cotidiana de sus beneficiarios.

La colonialidad también borra los nombres

La dominación no opera únicamente mediante la ocupación territorial o el saqueo económico. También actúa sobre la lengua, la memoria y la identidad. Akpome recuerda el nombre de Nelson Mandela: Rolihlahla. En su relato, al entrar en la escuela colonial, el niño recibió un nombre inglés, Nelson, como si la adaptación al orden dominante exigiera sustituir una identidad por otra más cómoda para el colonizador. El propio padre de Akpome tuvo que adoptar un nombre inglés, y también su madre. En cambio, ambos procuraron que sus ocho hijos conservaran nombres propios de su tradición.

El episodio cotidiano revela una dimensión profunda de la colonialidad: el poder no se limita a gobernar cuerpos y territorios; establece qué nombres son aceptables, qué lenguas se consideran legítimas y qué conocimientos merecen reconocimiento. La anécdota de Akpome como profesor en Sudáfrica, cuando ofrecía puntos a sus estudiantes por pronunciar correctamente su nombre nigeriano, invierte por un momento la relación habitual. Pronunciar el nombre del otro se convierte en un ejercicio de atención y respeto, en lugar de exigir que el otro se adapte a la comodidad propia.

El borrado cultural acompaña al material. Akpome recuerda el Delta del Níger, de donde procede, y la explotación petrolera que se intensificó desde finales de la década de 1950. La riqueza extraída no se tradujo en una prosperidad equivalente para las comunidades locales. Una tía suya vio destruida su casa por la explosión de un oleoducto; el petróleo siguió saliendo, pero los beneficios no llegaron a quienes vivían sobre esa riqueza. La frase que repite es sencilla: «Yo no veo el dinero». En ella se concentra la contradicción entre la abundancia de recursos y la experiencia de desposesión.

Su pregunta es deliberadamente incómoda: si los recursos del lugar de origen han generado enormes beneficios durante décadas, ¿por qué sus habitantes no disfrutan de una parte proporcional de esa riqueza? La retórica del progreso y de la misión civilizadora, utilizada históricamente para justificar el dominio colonial, se enfrenta así a un balance concreto de daños, extracción y desigualdad.

Una historia de violencia presentada como progreso

Para mostrar la duración de esa historia, el profesor reúne episodios de distintos territorios y épocas. No pretende ofrecer una cronología exhaustiva, sino romper la separación entre hechos que a menudo se estudian como acontecimientos aislados. Menciona la violencia colonial en Santo Tomé y Príncipe, donde la producción de cacao y café se sostuvo mediante formas coercitivas de trabajo incluso después de la abolición formal de la esclavitud; recuerda las atrocidades cometidas en el Congo bajo el dominio de Leopoldo II, incluidas las amputaciones utilizadas para aterrorizar a la población y forzar la recaudación de cuotas; y evoca la destrucción del reino de Benín por las fuerzas británicas en 1897.

En su recorrido aparecen también la represión de los Mau Mau en Kenia, el genocidio de los pueblos herero y nama en la actual Namibia, la hambruna de Bengala bajo el dominio británico, las guerras del opio y la masacre de población ogoni en Nigeria. Señala que muchos de estos hechos ocupan un lugar marginal en la memoria pública occidental, mientras que las figuras asociadas al poder imperial siguen recibiendo honores. La cuestión no es solo qué ocurrió, sino qué se recuerda, cómo se nombra y qué queda fuera del relato común.

Ruanda ocupa un lugar especial en su exposición. Akpome vincula la violencia de 1994, que costó la vida a unas 800.000 personas (1), con las divisiones endurecidas por la administración colonial belga. Hutus y tutsis compartían lengua, territorio, instituciones y una historia social entrelazada. La política colonial de clasificación y división contribuyó a transformar diferencias sociales en categorías rígidas, utilizadas después en una violencia extrema. La explicación no elimina la responsabilidad de quienes perpetraron el genocidio, pero obliga a examinar las condiciones históricas que hicieron posible la radicalización de esas divisiones.

El ponente conecta asimismo la violencia colonial con mecanismos contemporáneos menos visibles. Recuerda el caso de Ken Saro-Wiwa, escritor y activista ogoni ejecutado por el Estado nigeriano en 1995, en el contexto de su oposición a la devastación ambiental y a los intereses petroleros en el Delta del Níger. Menciona las sanciones económicas, el coste humano de las decisiones políticas y las desigualdades financieras que, según los estudios a los que alude, limitan la capacidad de los países africanos para invertir en hospitales, carreteras y servicios públicos. La extracción no siempre requiere soldados sobre el terreno: también puede operar a través de la deuda, las reglas financieras y la distribución desigual del poder económico.

El hilo que une estos ejemplos es la distancia entre el lenguaje legitimador y sus consecuencias. La «conquista» y colonización se presentó como civilización; la «extracción» y saqueo, como progreso; la «intervención» y su inherente trato inhumano, como defensa de valores universales. Akpome invita a confrontar esas palabras con los cuerpos -bien ya siendo cadáveres o mutilados-, los cientos de comunidades y los vastos territorios que pagaron el precio.

¿Por qué parece que la crisis comienza ahora?

El título provisional que propone el doctor Akpome para su intervención es «El fin de la larga Edad Oscura». La paradoja es deliberada. Si la época de los monstruos ha durado siglos, ¿por qué la conversación contemporánea la presenta como una novedad? Su respuesta es que el orden internacional está atravesando una transformación que vuelve más visible la fragilidad del privilegio occidental. Cuando los beneficios de la hegemonía se reducen o dejan de estar garantizados, lo que antes se percibía como estabilidad puede empezar a experimentarse como crisis.

Esta interpretación cuestiona la costumbre de tomar la experiencia histórica de Europa y Norteamérica como medida universal. Desde esa mirada, el deterioro del bienestar, la inseguridad económica o la pérdida de influencia de las potencias occidentales se convierten en señales de una crisis mundial. Pero para sociedades sometidas durante generaciones a la colonización, los sistemáticos exterminios en la eufemística definición de «intervenciones militares», la extracción y el robo de sus recursos y las imposiciones económicas que también suponen hambre, enfermedad y muerte: la «crisis» no comenzó ayer. Lo que cambia es quién la experimenta de manera directa y quién ya no puede mantenerse al margen de sus consecuencias.

No presenta esta transformación como una liberación automática ni como una garantía de justicia. Su intervención apunta a una posibilidad histórica: que el final de ciertas condiciones de hegemonía abra un espacio para cuestionar las jerarquías heredadas. Pero ese espacio puede cerrarse si la respuesta consiste en reproducir la misma lógica de dominación bajo otros nombres. El relevo de una potencia por otra no basta para acabar con la colonialidad si permanecen intactas las estructuras que permiten a unos decidir y a otros soportar las consecuencias.

Más allá de la oposición entre bloques

El debate posterior amplía el problema. Algunos participantes preguntan si la responsabilidad debe atribuirse a Occidente como conjunto, a la modernidad o, más precisamente, al capitalismo y a las estructuras de pensamiento que lo acompañan. También se plantea si capitalismo y socialismo comparten una concepción excesivamente material de la existencia humana, y si la multipolaridad puede superar la hegemonía ideológica del Atlántico Norte o limitarse a redistribuirla.

Akpome se resiste a equiparar sin más capitalismo y socialismo. Reconoce que la discusión requiere matices, pero insiste en que las experiencias históricas de sociedades organizadas en torno a proyectos socialistas no son idénticas a las de aquellas donde el capitalismo ha funcionado como principio dominante. Al mismo tiempo, no idealiza el consumo ni el crecimiento material. Recuerda su impresión ante el despliegue de luces y mercancías en un centro comercial de Guangzhou: el brillo puede deslumbrar, pero también suscitar preguntas sobre la centralidad que adquiere lo material en la vida social.

Otro punto crucial es el uso de categorías universales para describir experiencias ajenas. Akpome cuestiona la tendencia a etiquetar como «socialistas» prácticas comunitarias o políticas de redistribución que surgen de historias culturales propias, como si solo pudieran existir después de ser formuladas en Occidente.

Las sociedades no necesitan copiar un modelo extranjero para desarrollar formas de cooperación, solidaridad o soberanía. La idea de que una cultura produce las soluciones más avanzadas y las demás solo las reciben reproduce, incluso de manera involuntaria, una jerarquía colonial del conocimiento.

En la discusión también aparece una advertencia pertinente: no conviene tratar a todas las sociedades occidentales como bloques homogéneos ni considerar que una cultura está condenada por naturaleza a la violencia. Dentro de cada sociedad existen conflictos, tradiciones enfrentadas, movimientos emancipadores y estructuras de dominación. El profesor, acepta la necesidad de precisión y aclara que no está afirmando que Occidente sea intrínsecamente genocida. Su crítica se dirige a la persistencia de prácticas y sistemas de pensamiento vinculados históricamente al capitalismo y a la hegemonía occidental.

Distinguir entre pueblos y élites no debe convertirse en una excusa para borrar responsabilidades históricas. En el debate se señala la asimetría con que se atribuyen los crímenes: algunas figuras son presentadas como representantes de toda una región, mientras que otras quedan separadas de la sociedad y la tradición política de la que surgieron. Aghogho Akpome recuerda la facilidad con que se niega que Hitler represente a Occidente mientras se utiliza a dirigentes africanos como símbolos de África entera. La exigencia de rigor debe aplicarse en todas las direcciones.

De Omelas a una mayoría global solidaria

Para cerrar, el doctor Akpome recurre al relato de Ursula K. Le Guin Los que se alejan de Omelas, publicado en 1973. Omelas es una ciudad imaginaria cuya felicidad colectiva depende del sufrimiento de un niño encerrado y abandonado. Sus habitantes conocen el precio de su bienestar; algunos aceptan esa condición y continúan disfrutando de sus privilegios, mientras otros deciden marcharse. La metáfora condensa la pregunta moral que recorre toda la ponencia: ¿qué hacemos cuando descubrimos que nuestra comodidad depende del sufrimiento de otros?

El doctor dirige un llamamiento a los académicos y a la ciudadanía occidental: reconocer esa relación no debe conducir a una culpabilidad abstracta ni a una nueva división racial del mundo, sino a la responsabilidad y a la acción. Alejarse de Omelas significa negarse a considerar inevitable el sacrificio de otros pueblos para preservar el propio nivel de vida. Significa revisar los sistemas de pensamiento que convierten la desigualdad en algo natural, inevitable o incluso beneficioso.

Su propuesta es construir una mayoría global fundada en la solidaridad y los intereses compartidos, no en la pertenencia automática a un bloque. Akpome expresa su confianza en iniciativas como los BRICS, pero advierte que no deberían convertirse en una identidad cerrada que reproduzca el binarismo de la política occidental: nosotros frente a ellos, blanco frente a negro, aliado frente a enemigo. Un mundo multipolar solo tendrá un significado emancipador si amplía las posibilidades de cooperación y soberanía sin crear nuevas jerarquías.

La solidaridad que propone no exige que todas las sociedades compartan una misma cultura, una misma ideología o una misma forma de organización. Requiere reconocer que pueden existir respuestas distintas a problemas comunes y que ninguna civilización posee el monopolio del conocimiento. También exige examinar las estructuras que siguen condicionando la vida de los pueblos, aunque hayan cambiado los discursos con que se justifican.

El diagnóstico de Akpome es histórico: la monstruosidad no es una anomalía recién llegada, sino una constante que ha acompañado a la expansión colonial y capitalista. Su pronóstico es que el orden que la hizo posible atraviesa una transformación. Su propuesta, más difícil que el simple relevo de hegemonías, consiste en convertir esa transición en una oportunidad para desmantelar las jerarquías heredadas. No basta con que cambien los centros de poder si las periferias continúan existiendo y si la riqueza sigue dependiendo de la desposesión de otros.

El final de la larga Edad Oscura no está garantizado por el declive de Occidente ni por el ascenso de nuevas potencias. Depende de qué relaciones se construyan en el espacio que se abre. La cuestión decisiva no es quién ocupará el lugar del antiguo dominador, sino si será posible dejar de organizar el mundo como una sucesión de dominadores y dominados. Alejarse de Omelas es el primer gesto; construir una mayoría global solidaria es la tarea que queda por delante.

Comité de Apoyo a Irán, a 23 de octubre de 2026

Escucha aquí la ponencia:

Nota editorial

Texto elaborado a partir de la transcripción facilitada de la ponencia y el debate posterior. Se han reorganizado y depurado las intervenciones para darles continuidad en castellano; las afirmaciones históricas y cifras se atribuyen al ponente cuando proceden de su exposición y conviene verificarlas antes de una publicación documental.

Para ampliar este escenario en África, nuestra propuesta es la lectura del libro de Rosa Moro, publicado en 2022 por la Asociación UMOYA (1) El Genocidio que no cesa en el corazón de África. Rosa Moro

También el visionado y escucha que Carmen Parejo desde la Revista La Comuna, le hizo en febrero de 2023

Encuentro con Rosa Moro – Revista La Comuna

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