La tortura del médico de los pobres

Omar Rantisi, hijo del doctor Mazen Rantisi y exiliado palestino en Granada, denuncia la situación en la que se encuentra su padre, detenido desde el 21 de junio por Israel. Hojas de Debate


Omar Rantisi (centro), con su padre, el médico palestino Mazen Rantisi y su madre, la ecuatoriana María Soledad Camacho y cartel que reclama la puesta en libertad del doctor Mazen Rantisi.

Llevo en Granada más de una década y bajo cada mañana a tomar café al bar de la esquina. El camarero me pregunta qué tal todo, por rutina, y yo le digo que bien, también por rutina, porque no sé cómo se le explica a alguien que sirve tostadas a las ocho de la mañana que mi padre, el doctor Mazen Rantisi, lleva casi tres meses secuestrado en una celda israelí, por ser médico y haber cobrado 40 shekels a quien podía pagarlos y nada a quien no podía. Pago mi café, cojo el periódico que alguien ha dejado en la barra y me voy a trabajar como si esta ciudad y la suya no compartieran el mismo Sol.

Mi padre nació en Kuwait, hijo de una familia palestina en el exilio, y de adulto se instaló en Ramala, donde ha pasado toda su vida. No tengo la sensación de vivir la tragedia que a veces imagino que la gente proyecta cuando le cuento de dónde viene mi familia. En Granada nadie me mira distinto por ello; aquí no hay tanques, ni rifles, ni redadas, solo el runrún ordinario de una ciudad que sigue con lo suyo. Pero basta con que suene el teléfono a una hora rara, o que mi hermana me escriba «tenemos noticias», para que ese runrún se detenga en seco y todo lo demás —el café, el periódico, el trabajo— se quede en suspenso durante horas.

El doctor Mazen Rantisi en su consulta, antes de ser encarcelado y torturado. 

La consulta de mi padre en Ramala llevaba cuatro décadas sin secretaria ni cita previa. La gente se organizaba el turno, entre ella misma, sentada en una hilera de sillas de plástico, y de paso se contaban unos a otros por qué lo habían elegido a él como médico. Mi madre me ha dicho que esas sillas siguen ahí, en la sala de espera cerrada, vacías. Nadie las ha movido. Es una imagen tonta, lo sé, comparada con lo que le está pasando a mi padre, pero es la que se me queda: una fila de sillas de plástico esperando a un hombre de 71 años al que no se le permite volver a atender a sus pacientes.

Lo detuvieron de madrugada, el 21 de junio, en su propia casa, por presidir sin cobrar un céntimo, la junta de una organización que lleva atención médica a pueblos de Cisjordania sin cobertura sanitaria. Mi madre me contó que los golpes en la puerta eran tan suaves que pensó que era una vecina enferma pidiendo ayuda. Desde entonces, lo que sé de mi padre me llega en fragmentos; él está incomunicado y la poca información que tenemos es por su abogado, por las notas que mi hermana toma cada vez que hay una vista en el tribunal militar o por una frase suelta que él consigue decir, antes de que empiece la sesión y se lo lleven de nuevo. No hemos podido verle físicamente, desde que se lo llevaron, sólo a través de una pantalla en la vistas del tribunal militar.

Al principio, lo teníamos localizado en el centro de detención de Ofer, a las afueras de Ramala, relativamente cerca de casa. Hace poco supimos que lo han trasladado a la prisión de Ganot, en pleno desierto del Négev, a varias horas de distancia de todo lo que conoce. Para aislarle aún más, si eso es posible, dificultar la labor de su abogado y la atención de su familia. Ha perdido más de veinte kilos. Tiene la tensión alta, arritmia, una infección en los ojos que nadie le trata, y sufrió un ataque de asma grave, cuando le lanzaron gas lacrimógeno dentro de la celda; cuando le permitieron hablar con su abogado, le transmitió que fue lo peor que ha vivido, que sintió que moriría allí. No tiene jabón ni papel higiénico. Sólo puede cambiarse de ropa cada tres semanas, y solo puede ver el Sol quince minutos al día.

Nada de esto encaja con el hombre al que sus pacientes de siempre describen en cartas que le hacen llegar a mi madre y ella guarda, una a una. Un paciente recuerda que reunió a un equipo de especialistas para salvarle la vista por 30 shekels. Otra mujer recuerda que, cuando yo tenía ocho años, me convenció de darle mi paga entera del Eid a un niño huérfano del barrio. Ese niño había perdido su dinero, que había ganado vendiendo chicles. Yo lloraba al dárselo. Ahora entiendo que esa fue la primera lección que me dio mi padre.

Escribo estas líneas desde una ciudad, lejos del desierto, donde tienen retenido a mi padre. Pienso en las sillas vacías de su consulta y en la celda que ahora comparte con nueve hombres más jóvenes, que se ponen delante de él cuando los soldados israelíes entran a golpear. Pienso que la distancia entre Granada y el desierto del Négev no se mide sólo en kilómetros, sino en la facilidad con la que aquí se puede seguir desayunando, como si nada, mientras allí un hombre de 71 años, que nunca ha hecho otra cosa que cuidar a los demás, espera a que alguien decida que su historia también importa. Esto es Ramala ahora para mi familia y la comunidad. Donde se persigue y castiga al personal sanitario, cuyo único delito es prestar asistencia médica imprescindible al masacrado pueblo palestino.

En primer plano, Omar Rantisi, palestino exiliado en Granada y autor de este artículo. Al fondo, su padre, Mazen Rantisi, médico encarcelado en Israel.

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