¿Por qué EE.UU. recurre a la guerra? El declive de la hegemonía estadounidense, con Claudio Katz

Claudio Katz analiza en La Mesa Express, programa del canal El Viejo Topo dirigido por Carmen Parejo, las raíces económicas del declive estadounidense, la pérdida de influencia internacional y la creciente dependencia de la fuerza militar para intentar preservar una hegemonía cada vez más cuestionada.

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Escucha el programa completo en este enlace y en el canal de El Viejo Topo al final de esta entrada:

Estados Unidos continúa siendo una potencia de primer orden en los ámbitos económico, financiero, tecnológico y militar. Sin embargo, conservar importantes capacidades de poder no significa mantener intacta la hegemonía que ejerció durante buena parte del siglo XX. Esta distinción constituye el punto de partida del análisis desarrollado por el economista Claudio Katz en su intervención en La Mesa Express, donde examina las causas estructurales del declive estadounidense y su relación con la creciente militarización de la política exterior.

Para Katz, la explicación fundamental se encuentra en la economía. La pérdida de competitividad industrial, el estancamiento de la productividad, la financiarización y el endeudamiento dibujan el perfil de una potencia que intenta compensar sus dificultades económicas mediante instrumentos de dominación política, comercial y militar. La guerra aparece así no como una manifestación inequívoca de fortaleza, sino también como un recurso al que se recurre cuando otros mecanismos de hegemonía pierden eficacia.

Una hegemonía asentada sobre bases económicas debilitadas

El economista sitúa el origen del declive estadounidense en la erosión de la primacía productiva que caracterizó al país después de la Segunda Guerra Mundial. En aquel periodo, Estados Unidos llegó a concentrar aproximadamente la mitad de la producción industrial mundial y una proporción muy elevada del comercio internacional. Su capacidad geopolítica y militar descansaba sobre una preponderancia económica que permitía establecer las reglas del sistema internacional y contener la aparición de competidores.

Ese escenario fue transformándose a medida que Alemania, Japón y, posteriormente, otras economías ampliaron su capacidad industrial y comercial. Estados Unidos perdió progresivamente parte de su ventaja, mientras sus empresas encontraban mayores incentivos para trasladar inversiones y producción al exterior.

La globalización neoliberal profundizó esta dinámica. Las compañías estadounidenses aprovecharon los menores costes de fabricación en otros países y contribuyeron a configurar cadenas internacionales de producción que, aunque podían beneficiar a sus balances empresariales, también debilitaban la base industrial doméstica. La búsqueda de rentabilidad a corto plazo terminó entrando en contradicción con la conservación de una estructura productiva nacional capaz de sostener la primacía económica a largo plazo.

Katz identifica otro elemento decisivo en la expansión de las finanzas. Ante las dificultades para obtener beneficios suficientes en la producción, una parte creciente del capital se orientó hacia actividades financieras. Esta transformación contribuyó a alimentar el endeudamiento público y a aumentar las vulnerabilidades de la economía estadounidense.

A ello se suma el cuestionamiento gradual de la centralidad internacional del dólar. Aunque la moneda estadounidense conserva una posición privilegiada, el avance de alternativas monetarias y comerciales introduce presiones sobre un sistema que durante décadas permitió a Washington disfrutar de ventajas extraordinarias.

La conclusión de Katz es que el declive económico constituye el núcleo de una crisis hegemónica más amplia. No significa que Estados Unidos haya dejado de ser una gran potencia, sino que dispone de una capacidad cada vez más limitada para convertir su enorme poder en resultados económicos y políticos equivalentes a los del pasado.

El deterioro del sueño americano y la pérdida de poder blando

La crisis de hegemonía no se manifiesta únicamente en las estadísticas industriales o financieras. También afecta a la imagen internacional de Estados Unidos y a su capacidad para presentar su modelo social como una referencia deseable.

Katz relaciona la pérdida de influencia cultural e ideológica con las contradicciones internas de la sociedad estadounidense. La extensión de la pobreza y la falta de vivienda, las muertes relacionadas con las drogas, la violencia armada, el endeudamiento educativo y las enormes desigualdades sociales erosionan la imagen de prosperidad que durante décadas acompañó al denominado sueño americano.

El problema es también político. El llamado poder blando permitió a Washington proyectar sus intereses como si fueran valores universales. La defensa de la democracia, los derechos humanos y la libertad se presentaba como fundamento de su liderazgo internacional, mientras las intervenciones militares y las presiones sobre otros Estados quedaban revestidas de una justificación moral.

Sin embargo, sostiene Katz, esa legitimación pierde eficacia cuando la coerción se convierte en un instrumento cada vez más explícito de la política exterior. La distancia entre el discurso democrático y las prácticas de fuerza resulta más difícil de ocultar cuando las amenazas, las sanciones y las operaciones militares ocupan el centro de la escena.

El ascenso de corrientes ultraconservadoras y del «trumpismo» añade otra dimensión a esta transformación. En el análisis del economista, el nacionalismo excluyente, el excepcionalismo estadounidense y el supremacismo en las interpretaciones religiosas que presentan al país como una nación elegida refuerzan una visión jerárquica del orden mundial. En lugar de reconstruir la legitimidad mediante la cooperación, esa orientación tiende a reivindicar abiertamente la superioridad y el derecho a imponer decisiones.

La consecuencia es una paradoja: cuanto más necesita Washington recurrir a la fuerza para sostener su posición, más deteriora la capacidad de atracción que contribuía a hacer posible su hegemonía.

La guerra como respuesta al declive

La cuestión central de la intervención es precisamente esta relación entre pérdida de hegemonía y militarismo. ¿Por qué una potencia que continúa disponiendo de una formidable superioridad militar recurre cada vez más a la coerción?

La respuesta de Katz es que el poder militar se ha convertido en el principal instrumento para compensar el retroceso económico y la pérdida de influencia internacional. La fuerza permite ejercer presión, castigar a los adversarios y tratar de imponer condiciones, pero no garantiza la reconstrucción de las bases materiales que sostenían la primacía estadounidense.

El economista interpreta la persistencia de las intervenciones militares como una característica estructural de la política exterior de Estados Unidos. Así, las distintas administraciones han mantenido una continuidad fundamental en el recurso a la fuerza, más allá de sus diferencias discursivas y partidistas.

Las guerras prolongadas, los bombardeos y las operaciones destinadas a derribar gobiernos han mostrado, además, las limitaciones de ese instrumento. La superioridad armamentística no se traduce automáticamente en victorias políticas duraderas ni permite reconstruir las economías de los países atacados bajo condiciones favorables a Washington.

Katz subraya que Estados Unidos tampoco ha conseguido reproducir mediante sus intervenciones posteriores un proceso de reconstrucción comparable, en sus resultados económicos y políticos, al que representó el Plan Marshall en la Europa de posguerra.

La acumulación de conflictos costosos y de resultados adversos revela, desde esta perspectiva, una contradicción fundamental: Washington conserva una capacidad extraordinaria para destruir, pero encuentra crecientes dificultades para transformar esa capacidad en un orden internacional estable y favorable a sus intereses.

El desgaste de las estructuras militares heredadas de la Guerra Fría, las dificultades para contener a nuevos adversarios y la creciente utilización de contratistas privados también forman parte de este cuadro. La privatización de las guerras puede erosionar su legitimidad política interna, al alejar los conflictos de la experiencia cotidiana de la población y debilitar su identificación con los objetivos proclamados por el Gobierno.

La guerra deja entonces de ser una demostración suficiente de poder para convertirse en un indicador de las dificultades que afronta una potencia incapaz de resolver por medios económicos y diplomáticos los problemas de su hegemonía.

China y los límites de la estrategia estadounidense

En la transformación del orden mundial, Katz concede una importancia central al ascenso de China. A diferencia de la antigua Unión Soviética, cuya rivalidad con Washington se desarrolló principalmente en los terrenos político, militar e ideológico, China disputa directamente la primacía económica estadounidense.

Esta diferencia modifica la naturaleza de la confrontación. China no es únicamente un adversario geopolítico: es también un competidor industrial, comercial y tecnológico con capacidad para disputar mercados y desarrollar sectores estratégicos.

Katz destaca una contradicción significativa. Estados Unidos, que durante décadas defendió la liberalización comercial y la globalización, recurre ahora al proteccionismo y a los aranceles para intentar frenar el avance chino. En su interpretación, este giro expresa las dificultades de la economía estadounidense para competir en determinadas condiciones y la voluntad de utilizar su poder político para compensar esas desventajas.

Las medidas arancelarias, sin embargo, pueden volverse contra quienes las aplican cuando encarecen productos, alteran las cadenas de suministro o provocan respuestas de represalia. La guerra comercial muestra así los límites de una estrategia que pretende recuperar por decreto una competitividad que depende de transformaciones productivas más profundas.

La experiencia de la globalización neoliberal resulta especialmente reveladora. La apuesta consistía en ampliar la influencia de las empresas estadounidenses mediante su expansión internacional. Pero el proceso contribuyó también al fortalecimiento de China, que aprovechó las oportunidades abiertas por la integración económica para desarrollar su industria y avanzar hacia sectores tecnológicos de mayor complejidad.

En el terreno de la inteligencia artificial y otras tecnologías avanzadas, la competencia china plantea nuevos interrogantes sobre la capacidad de Estados Unidos para transformar sus innovaciones en ventajas económicas sostenibles. Katz advierte del riesgo de que las grandes inversiones estadounidenses en inteligencia artificial alimenten desequilibrios financieros si no se traducen en aumentos suficientes de productividad y competitividad.

El contraste entre ambos países incluye, además, sus respectivas estructuras de poder. Según el economista, la influencia de los grandes capitales sobre el Estado estadounidense dificulta la planificación económica de medio plazo. En China, por el contrario, la dirección política dispone de mayor autonomía frente a sus clases capitalistas para orientar las prioridades económicas.

Esta diferencia ayuda a explicar, en su interpretación, por qué Estados Unidos encuentra dificultades para articular una estrategia de reindustrialización capaz de revertir décadas de deslocalización y financiarización.

Los BRICS y la erosión del orden unipolar

El declive estadounidense se desarrolla en un contexto internacional que ya no puede describirse adecuadamente mediante el esquema de una única potencia capaz de fijar unilateralmente las reglas del sistema.

Katz señala el crecimiento de los BRICS y la búsqueda de mecanismos alternativos de cooperación económica como expresiones de una transformación gradual. No se trata, necesariamente, de un bloque homogéneo ni de una sustitución inmediata de la hegemonía estadounidense, sino de la aparición de mayores posibilidades para que otros actores defiendan intereses propios y reduzcan su dependencia de Washington.

A este proceso se añaden las tensiones con aliados tradicionales de Estados Unidos. Las fricciones dentro del espacio transatlántico y los conflictos con socios próximos reflejan las dificultades de una potencia que pretende conservar su posición dominante mientras exige a los demás una subordinación que ya no puede dar por garantizada.

La pérdida de hegemonía no equivale, por tanto, a una desaparición repentina del poder estadounidense. Es una transformación prolongada en la que sus instrumentos tradicionales siguen siendo importantes, pero resultan menos eficaces para asegurar obediencia, legitimidad y ventajas económicas.

Trump: el fracaso de la recuperación por la vía económica

La intervención concluye con una interpretación del «trumpismo» como expresión y consecuencia de esa crisis. Katz considera que Trump intentó abrir una vía alternativa a las estrategias de los sectores globalistas y neoconservadores: reducir temporalmente determinadas intervenciones, recuperar la primacía económica, impulsar la reindustrialización y obligar a otros países a aceptar las condiciones estadounidenses mediante sanciones, aranceles y presiones comerciales.

Sin embargo, los resultados no habrían satisfecho esos objetivos. La resistencia internacional, las represalias comerciales y las dificultades estructurales de la economía estadounidense limitaron la eficacia de la estrategia.

Según Katz, el fracaso de la vía económica contribuye a explicar el giro belicista y la intensificación de la confrontación con Irán. La lógica sería la de una Administración que, incapaz de obtener mediante la presión comercial los resultados buscados, vuelve a depositar sus expectativas en la coerción militar. Pero esa alternativa tampoco garantiza el éxito y puede multiplicar los costes políticos, económicos y estratégicos.

A las dificultades exteriores se añaden las tensiones internas, el desgaste político y el rechazo social a determinadas políticas del «trumpismo». La ofensiva contra la inmigración y la retórica nacionalista no han eliminado las resistencias ni han resuelto las contradicciones que atraviesan la sociedad estadounidense.

El resultado es una política exterior marcada por las oscilaciones y la improvisación, que pretende restablecer una primacía internacional sin disponer de las condiciones materiales que hicieron posible su ejercicio durante otras etapas históricas.

Una potencia todavía poderosa, pero cada vez más limitada

El análisis de Claudio Katz invita a distinguir entre la persistencia del poder militar estadounidense y la erosión de la hegemonía que durante décadas permitió a Washington combinar superioridad económica, influencia ideológica y capacidad de intervención internacional.

Estados Unidos conserva recursos extraordinarios, pero su declive productivo, el endeudamiento, las desigualdades sociales, la competencia china y la aparición de nuevos espacios de cooperación internacional limitan su capacidad para imponer un orden estable a su favor.

La guerra aparece, en este marco, como un intento de compensación. Sin embargo, cuanto más depende una potencia de la coerción, más expone las debilidades de los mecanismos económicos y políticos que antes sostenían su liderazgo. La fuerza puede destruir adversarios y elevar los costes de la resistencia, pero no sustituye por sí sola a la productividad, la competitividad ni la legitimidad internacional.

La tesis de fondo es clara: el declive imperial estadounidense no se explica por una pérdida absoluta de poder, sino por la creciente dificultad para convertir ese poder en resultados duraderos. La incapacidad para revertir el deterioro económico mediante la globalización, las sanciones o los aranceles, unida a los límites de las intervenciones militares, configura una crisis estratégica que ninguna exhibición de fuerza puede resolver automáticamente.

En la lectura de Katz, comprender por qué Estados Unidos recurre a la guerra exige, por tanto, mirar más allá de los discursos oficiales sobre seguridad, democracia o defensa del orden internacional. La cuestión decisiva es qué intereses intenta preservar Washington, qué transformaciones del sistema mundial limitan su capacidad de actuación y por qué la respuesta militar amenaza con profundizar las mismas contradicciones que pretende superar.

Comité de Apoyo a Irán Iberia, a 17 de octubre de 2026

Puedes ver el programa completo «La mesa express» aquí:

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