Washington suspende los vuelos de las aerolíneas iraníes, pero ¿podrá contener las repercusiones?

Las sanciones estadounidenses al sector de la aviación han cortado las rutas de las compañías aéreas iraníes. Teherán advierte de que los países vecinos podrían sufrir también trastornos.

Publicado por Peiman Salehi el 28 de septiembre de 2026 – Fotografía portada The Cradle

Hay guerras que no empiezan con el estruendo de los misiles, sino con el silencio de los aeropuertos.

Cuando un vuelo desaparece del panel de salidas, no solo se cancela un trayecto: quedan suspendidas visitas familiares, peregrinaciones, tratamientos médicos, encuentros y despedidas. La aviación, presentada aquí como un instrumento técnico de las sanciones, revela en realidad una verdad más profunda: el espacio aéreo también es un territorio político donde las fronteras se dibujan sobre la vida cotidiana de millones de personas.

En este análisis, Peiman Salehi explora cómo el intento de aislar a Irán no termina en sus fronteras, sino que proyecta sus efectos sobre todo el Golfo Pérsico, convirtiendo la geografía en un actor más del conflicto. Porque, a veces, la pregunta decisiva no es quién controla el cielo, sino quién paga el precio de dejar de cruzarlo.

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El 8 de septiembre, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos impuso sanciones contra 36 entidades vinculadas al sector aeronáutico iraní, entre ellas 27 aerolíneas del país. Al mismo tiempo, revocó las autorizaciones que permitían determinados servicios de aviación y vuelos con destino a Irán.

A finales de septiembre, las compañías iraníes ya sufrían restricciones en Emiratos Árabes Unidos, Omán, Georgia y Azerbaiyán. Los vuelos hacia Bagdad y, posteriormente, hacia Najaf quedaron suspendidos, mientras que Turkmenistán negó el permiso de sobrevuelo a un vuelo de Varesh Airlines con destino a Dusambé, obligándolo a regresar a Teherán.

Estas sanciones convierten cualquier servicio prestado a aeronaves iraníes en un riesgo potencial para proveedores de combustible, empresas de asistencia en tierra y agencias de venta de billetes. El resultado ha sido una cadena de restricciones que se extiende por toda la región.

La estrategia estadounidense parte de una premisa sencilla: que Irán absorberá el coste de quedar progresivamente aislado por vía aérea. Sin embargo, esa hipótesis pasa por alto un hecho esencial: la posición geográfica de Irán dentro del sistema aeronáutico regional.

El país se encuentra bajo y junto a una parte muy importante del tráfico aéreo del Golfo Pérsico. Sus corredores conectan con Asia Central y el Cáucaso, su espacio aéreo bordea algunas de las rutas más transitadas entre Europa y Asia, y comparte el entorno del estrecho de Ormuz, un punto crítico donde confluyen tanto las rutas marítimas como las tensiones de la guerra.

Aislar a un país situado en esa posición resulta mucho más complejo de lo que parece. Aunque los pasajeros iraníes soporten el impacto inmediato de la pérdida de vuelos, los Estados vecinos también dependen de un espacio aéreo cuya estabilidad ya ha sido alterada por el conflicto.

Teherán no puede obligar a esos países a recibir sus aerolíneas, pero tampoco toman sus decisiones en un vacío político o estratégico. La guerra ya ha transformado la aviación regional.

La guerra y el espacio aéreo compartido

Desde el comienzo de la guerra entre Estados Unidos, Israel contra Irán el pasado febrero, el espacio aéreo de Oriente Próximo se ha convertido en otra víctima del conflicto.

Las advertencias de la Agencia Europea de Seguridad Aérea (EASA) sobre zonas de riesgo no se limitaron al territorio iraní. También alcanzaron a Irak, Líbano y, en distintos momentos, a Baréin, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos y el oeste del golfo de Omán.

A finales de agosto, la EASA redujo parcialmente sus advertencias sobre el Golfo, aunque mantuvo las relativas a Irán e Irak. Las aseguradoras y las propias aerolíneas realizan además sus propias evaluaciones de riesgo, de modo que un aeropuerto puede permanecer oficialmente abierto y, aun así, perder tráfico porque las compañías consideran inseguras o demasiado costosas determinadas rutas de aproximación.

Ese precedente resulta especialmente relevante en la actual disputa por las sanciones. Irán no necesita tomar represalias contra un aeropuerto concreto para encarecer y volver menos fiable la aviación del Golfo Pérsico.

Si los vuelos hacia Irán pasan a ser imprevisibles o inseguros, esa misma incertidumbre afecta al espacio aéreo que lo rodea. Aeropuertos como Dubái, cuyo modelo económico depende de actuar como gran centro regional de conexiones, son especialmente sensibles a cualquier alteración de esa estabilidad.

Los gobiernos que aplican las sanciones estadounidenses tienen razones para tener presente ese escenario. Las advertencias de seguridad anteriores no demuestran que las prohibiciones de vuelo vayan a provocar un nuevo cierre regional, pero sí recuerdan que un gran aeropuerto puede seguir funcionando mientras las aerolíneas abandonan determinados corredores por considerarlos demasiado arriesgados o demasiado caros.

Los retrasos y desvíos terminan afectando incluso a pasajeros que jamás tenían previsto entrar en Irán. Eso no significa que Teherán pueda cerrar los aeropuertos vecinos a voluntad, pero sí explica por qué esos Estados observan con atención la evolución de esta disputa aeronáutica.

El coste civil de las rutas perdidas

El verdadero objetivo de la presión económica de Washington sigue siendo el petróleo iraní. China continúa siendo el principal socio comercial de ese sector, aunque las sanciones estadounidenses también están sometiendo esa relación a una presión creciente.

Desde el punto de vista financiero, las exportaciones de crudo pesan mucho más que el transporte de pasajeros. La aviación constituye únicamente uno de los frentes de una campaña económica mucho más amplia, aunque sus consecuencias recaen de manera especialmente directa sobre la población civil.

La prohibición de vuelos reduce las posibilidades de los iraníes de viajar, reunirse con sus familias en el extranjero, acceder a tratamientos médicos o desplazarse por motivos laborales. Obtener visados occidentales ya era difícil antes de la guerra, y el número de rutas disponibles había disminuido considerablemente.

Ese deterioro, sin embargo, no significa que Irán haya quedado completamente desconectado del mundo.

El 26 de septiembre, las autoridades iraníes afirmaron que los vuelos hacia Turquía y varios países asiáticos seguían operativos. Pero esas conexiones ofrecen escaso consuelo a quien ve cancelado precisamente el destino que necesita.

Un vuelo suspendido afecta mucho más que al pasajero que sostiene el billete. También alcanza a familiares que esperan al otro lado del viaje, a hospitales que aguardan pacientes y a empresas que aún dependen del contacto presencial. Son pérdidas difíciles de medir frente a los ingresos petroleros del Estado, pero perfectamente visibles en la vida cotidiana de quienes llevan años aprendiendo a sortear nuevas restricciones.

Irak y las rutas de peregrinación

En Irak, la suspensión de vuelos tiene una dimensión que va mucho más allá de los derechos de aterrizaje. Afecta directamente a vínculos religiosos y políticos profundamente arraigados.

La relación entre Irán y algunas facciones chiíes de la resistencia iraquí se fundamenta en una lealtad tanto religiosa como política. Harakat al Nujaba reconoce al líder supremo de Irán como autoridad bajo el principio del Wilayat al-Faqih (la tutela del jurista islámico), doctrina sobre la que se sustenta la República Islámica.

Esa posición, sin embargo, no representa al conjunto del chiismo iraquí. Cuando Akram al Kaabi acusó a determinadas fuerzas políticas de someterse a un poder «deshonesto, infiel y criminal», vinculó esa denuncia tanto a la soberanía de Irak como a la situación de los peregrinos afectados por la suspensión de vuelos. Incluso llamó a preparar sentadas en los aeropuertos si las conexiones no eran restablecidas.

A esa dimensión política se suma la religiosa. Najaf alberga el santuario del imán Alí y constituye la principal puerta de entrada hacia Karbala, donde se encuentra el santuario del imán Husein. Del mismo modo, miles de peregrinos cruzan hacia Irán para visitar los lugares sagrados de Mashhad y Qom.

El gobierno del primer ministro iraquí, Ali al Zaidi, intenta equilibrar la presión financiera de Washington con una creciente oposición interna al veto aéreo. Bagdad ha solicitado exenciones para los vuelos civiles y religiosos, aunque hasta el 27 de septiembre Najaf seguía sin obtenerlas.

Los peregrinos todavía pueden llegar por carretera, pero el viaje resulta mucho más duro para personas mayores, enfermos o viajeros procedentes de lugares lejanos. Por ello, la prohibición ha despertado un malestar que trasciende ampliamente a las facciones próximas a Teherán, incluso cuando los propios líderes chiíes discrepan sobre la respuesta que debe dar Irak.

La advertencia de Teherán y sus límites

El 23 de septiembre, el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, Mohsen Rezaei, advirtió a los Estados vecinos de que no se sumaran a la campaña de Washington. Según afirmó, si impedían operar a las aeronaves iraníes, sus propios aeropuertos podrían verse incapaces de mantener determinados vuelos.

Rezaei no explicó de qué manera podría materializar esa amenaza ni señaló qué compañías resultarían afectadas.

Más allá de cualquier medida de reciprocidad, la propia geografía convierte la inseguridad aérea en un problema compartido. La guerra ya demostró que la inestabilidad alrededor de Irán incrementa los costes operativos y las advertencias de riesgo para aerolíneas y aeropuertos del Golfo, con independencia de la posición política adoptada por sus gobiernos.

Irán conserva además un importante margen de presión en torno al estrecho de Ormuz, uno de los principales cuellos de botella del comercio mundial de petróleo. Rezaei ha vinculado la reapertura plena del estrecho a las condiciones que Teherán plantea en el contexto más amplio de la guerra.

Ese pulso en Ormuz es anterior a las actuales prohibiciones de vuelo, pero condiciona inevitablemente la forma en que los Estados del Golfo interpretan las advertencias iraníes. Con el transporte marítimo ya alterado, cualquier escalada adicional obliga a calcular también sus consecuencias sobre los aeropuertos de la región.

Nada de ello devuelve a Irán las rutas de pasajeros que ha perdido. Tampoco Teherán ha amenazado con responder militarmente a las prohibiciones de vuelo. La advertencia de Rezaei plantea otra cuestión: si excluir a las aerolíneas iraníes terminará teniendo un coste que también deberán asumir sus vecinos. En Irak, donde la suspensión ha interrumpido peregrinaciones y ha generado una creciente contestación interna, ese debate ya ha comenzado.

Nota editorial: Durante la elaboración de la presente entrada, hemos respetado íntegramente la estructura, los hechos y el argumento de la publicación original aparecida en The Cradle. Nuestra intervención se ha limitado exclusivamente a la traducción, la sintaxis, el ritmo y determinadas soluciones léxicas (hub, flight bans, sanctions story, etc.), con el propósito de adaptarlas al castellano periodístico de alta calidad.

La traducción automática reproducía la rigidez literaria propia del inglés trasladado con excesiva literalidad. El contenido, el sentido y la arquitectura argumental del texto permanecen intactos.
Rogamos disculpen cualquier irregularidad que aún pudiera haber escapado a nuestra revisión.

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