Una conversación con Asier Herranz en La Pirenaica

Uno de los pilares fundamentales del Comité de Apoyo a Irán, Palestina y el Eje de la Resistencia – Iberia es dar voz a aquellos a quienes se intenta silenciar, impidiéndoles narrar su propia historia. Nacimos precisamente para combatir esa otra dimensión de la guerra contemporánea que rara vez ocupa los titulares: la guerra cognitiva, la manipulación informativa, la hasbara y la construcción de un relato único que convierte la propaganda en verdad oficial y la deshumanización de pueblos enteros en un procedimiento cotidiano.
No aceptamos que la memoria, la resistencia y el sufrimiento de Irán, Palestina y de los pueblos que desafían la hegemonía anglo-sionista queden secuestrados por gobiernos, corporaciones mediáticas y estructuras de poder capaces de decidir qué voces merecen ser escuchadas y cuáles deben desaparecer del espacio público. Informar no consiste únicamente en contar qué ha sucedido; implica también explicar por qué sucede, qué antecedentes han sido borrados del relato y quién posee el poder de imponer una determinada interpretación de los acontecimientos.
Desde ese compromiso editorial presentamos esta conversación entre Albert Santin, conductor del canal La Pirenaica, y el internacionalista vasco Asier Herranz. Más que una entrevista sobre un proceso judicial, el diálogo constituye el testimonio de un camarada que relata en primera persona cómo un recorrido de solidaridad con Palestina, el Líbano, Irán y diferentes pueblos de Asia Occidental, terminó convirtiéndose en motivo de persecución política y criminalización pública.
Escuchar a Asier no significa renunciar al espíritu crítico, sino ejercerlo. Porque una sociedad verdaderamente libre no teme las voces incómodas: las escucha, las contrasta y permite que cada pueblo tenga el derecho irrenunciable de contar su propia historia.
En una época dominada por titulares instantáneos y relatos prefabricados, detenerse durante más de una hora a escuchar una voz completa constituye casi un ejercicio de higiene intelectual. Precisamente por ello, esta conversación merece ser leída y escuchada sin prisas. No porque obligue al acuerdo, sino porque invita a comprender el recorrido vital, político y humano de uno de sus protagonistas antes de que otros hablen por él.
Del desconcierto a la militancia
Albert Santin abre la entrevista alejándose deliberadamente del caso judicial. Antes de preguntar por registros, acusaciones o tribunales, quiere conocer a la persona. Es una decisión reveladora: comprender una biografía antes que un expediente.
Herranz sitúa el origen de su compromiso en 2013, durante los meses en que trabajaba en un hotel del norte de Escocia. Cada madrugada, antes de comenzar su jornada laboral, escuchaba la BBC mientras desayunaba. La cobertura insistente sobre Siria y los supuestos ataques químicos del gobierno sirio despertó en él una sospecha sencilla pero poderosa: algo no terminaba de encajar. A partir de esa intuición comenzó un proceso de lectura, investigación y contraste de fuentes que, según explica, transformó por completo su visión de la política internacional.
Ese camino le condujo primero hacia Palestina, después al estudio de Siria y finalmente al Líbano, donde participó en proyectos de solidaridad con refugiados palestinos. Herranz insiste varias veces en una idea que atraviesa toda la entrevista: su labor nunca consistió en hablar por los palestinos, sino en trasladar a Europa una voz que, a su juicio, permanece sistemáticamente silenciada.
Una madrugada de junio
El núcleo de la conversación llega inevitablemente al 16 de junio de 2026, fecha en la que Asier Herranz y su compañero Yusef Brahim fueron detenidos y trasladados posteriormente a la Audiencia Nacional.
Lejos del dramatismo, Herranz reconstruye aquellos hechos con una precisión casi cronológica. Explica que aquella misma mañana diversos medios ya publicaban filtraciones sobre dos jóvenes vascos investigados por terrorismo, por lo que comprendió inmediatamente que él era uno de ellos. Terminó su jornada laboral, se despidió discretamente de varios amigos y regresó a casa consciente de que la policía acudiría a detenerlo.
El registro del domicilio ocupa uno de los pasajes más significativos de la entrevista. Según relata, los agentes buscaban armas y explosivos; sin embargo, lo que terminó siendo incautado fueron camisetas de fútbol de Yemen y el Sáhara, banderas palestinas, retratos de dirigentes de la resistencia libanesa y diversos libros y símbolos políticos. La escena, narrada por Asier con una mezcla de ironía y desconcierto, sirve para ilustrar una de sus tesis centrales: la investigación no perseguía hechos violentos, sino una determinada identidad política.
Más que un juicio, un relato
Albert Santin introduce entonces las acusaciones formalmente atribuidas por la Fiscalía: enaltecimiento del terrorismo, autoadoctrinamiento, financiación del terrorismo en el extranjero y pertenencia a organización terrorista, delitos que podrían alcanzar penas superiores a treinta años de prisión.
La respuesta de Herranz no se limita a negar los cargos, ésta gira alrededor de un concepto diferente: el precedente. A su juicio, el verdadero objetivo no sería condenar únicamente a dos personas, sino enviar un mensaje ejemplarizante a cualquiera que pretenda difundir informaciones alternativas sobre Palestina, el Líbano o Siria. La autocensura aparece así como una consecuencia más eficaz que la propia condena judicial.
Santin comparte esa preocupación y convierte la entrevista en una reflexión sobre el funcionamiento de los medios occidentales. Ambos coinciden en denunciar un modelo comunicativo donde determinadas narrativas internacionales encuentran cada vez menos espacio para expresarse, mientras las voces disidentes son presentadas como amenazas para el “orden democrático”.
La batalla por las palabras
Uno de los aspectos más interesantes de la conversación es la importancia que Herranz concede al lenguaje. Rechaza expresiones como «Oriente Medio», a la que prefiere sustituir por Asia Occidental, y evita hablar del «Estado de Israel» para utilizar la denominación de «entidad sionista», explicando que esa elección responde a una posición política compartida por numerosos activistas palestinos con los que ha trabajado.
La entrevista plantea una cuestión de fondo: las palabras nunca son neutrales. Nombrar un territorio, un conflicto o un actor político implica también adoptar una determinada mirada sobre la historia. Herranz convierte esa discusión lingüística en parte inseparable de su militancia internacionalista.
Libertad vigilada
Tras cuatro días de detención y su comparecencia ante la Audiencia Nacional, Herranz y Brahim quedaron en libertad con medidas cautelares: retirada del pasaporte y obligación de firmar periódicamente en el juzgado. Las consecuencias, explica, trascienden lo jurídico. Viajes humanitarios cancelados, proyectos suspendidos y una vida cotidiana condicionada por una investigación que continúa abierta.
Especialmente emotivo resulta el momento en que habla de su familia. Lejos de presentarse como un héroe, describe el impacto psicológico que la operación tuvo sobre sus padres y su entorno más cercano. La dimensión humana del proceso aparece entonces por encima del discurso político: detrás de cada titular existen hogares, miedos y personas obligadas a convivir con una sospecha pública.
Escuchar antes de juzgar
La conversación concluye con una idea que sobrevuela toda la entrevista. Albert Santin sostiene que una democracia no se mide únicamente por la existencia de elecciones o instituciones, sino también por la capacidad de tolerar voces incómodas. Herranz, por su parte, reafirma que no se arrepiente de su trayectoria y que continuará defendiendo aquello en lo que cree, convencido de que la solidaridad con los pueblos sometidos a ocupación constituye una obligación moral.
Esta síntesis no pretende sustituir la entrevista original ni convertir sus afirmaciones en hechos establecidos más allá de lo que sus protagonistas sostienen. Su valor reside precisamente en ofrecer al lector el contexto necesario para aproximarse al diálogo con espíritu crítico. En tiempos donde el juicio suele preceder al conocimiento, escuchar íntegramente una conversación puede ser, paradójicamente, el acto más subversivo de todos.
Puedes escucharlo aquí:
Comité de Apoyo a Irán Iberia 2026
1 comentario en «Cuando la solidaridad se convierte en sospecha»