El Diluvio de Al-Aqsa es, en su esencia más profunda, el grito eterno de que Palestina no se doblega y de que la aurora de la libertad brotará incandescente sobre los escombros.


La operación político-militar de resistencia palestina, que ha pasado a la historia del valor de un pueblo como “Diluvio de Al-Aqsa”, llevada a cabo el 7 de octubre de 2023, ha marcado un punto de inflexión irreversible en la historia contemporánea de Asia Occidental.
Durante décadas, la causa palestina experimentó un proceso de paulatina invisibilización en las agendas internacionales. Relegada a una crisis humanitaria crónica o a un conflicto congelado, mientras se consolidaban dinámicas de desplazamiento, ocupación, muerte y bloqueo sistemático. Ese 7 de octubre de 2023 se generó la ruptura de dicha invisibilización y del statu quo, poniendo fin a la normalización silenciosa en que se había sumido al pueblo palestino.
Antes de este hito, las tendencias diplomáticas globales y regionales apuntaban hacia acuerdos de cooperación e integración entre el ocupante, países árabes sometidos al chantaje y la presión de Washington, e incluso la llamada Autoridad Nacional Palestina, convertida en una administración de la ocupación sionista en Cisjordania, lo cual amenazaba con sepultar el reclamo histórico de soberanía y autodeterminación palestina (1)
Una realidad denunciada por personajes como el historiador Rashid Khalidi quien sostiene que “tras los Acuerdos de Oslo, la ANP se convirtió en una subcontrata de la seguridad de «Israel» en Cisjordania. Su papel principal pasó a ser la represión de la propia resistencia palestina para proteger los intereses de la ocupación”
Legitimidad Histórica y Contexto del Alzamiento
Sin un acontecimiento de profunda repercusión geopolítica, como ha sido este Diluvio de dignidad, el proceso de asfixia territorial y erosión demográfica en Gaza y Cisjordania corría el riesgo de convertirse en una tragedia normalizada. Aceptada como una mera anécdota dentro del panorama internacional. La magnitud del Diluvio de Al-Aqsa forzó a que la cuestión palestina volviera al centro de la opinión pública mundial, movilizando a la sociedad civil global, a instituciones académicas, organizaciones de derechos humanos, líderes de opinión y a tribunales internacionales de justicia.
Desde la perspectiva de los derechos de los pueblos bajo ocupación colonial o extranjera, la resistencia es un derecho inalienable. Es la prerrogativa a la defensa de las sociedades sometidas a exterminio, apartheid u ocupación militar, respaldado por principios históricos de emancipación y soberanía contra la dominación externa.
En contextos donde se comprueba el fracaso de las vías diplomáticas tradicionales y el derecho internacional se muestra ineficaz, para frenar el desmantelamiento de un pueblo, los hechos demuestran que, las estructuras de poder hegemónicas, rara vez ceden ante la injusticia sin una alteración radical del orden establecido.
Lejos de nacer en el vacío, esta gesta constituyó una respuesta legítima y de autodefensa colectiva frente a más de siete décadas de ocupación, colonización, limpieza étnica y apartheid sistemático perpetrado por el sionismo. Lo que el régimen israelí ha intentado catalogar como una agresión aislada es, en realidad, el síntoma desesperado de un pueblo sometido al exterminio metódico, ante la pasividad o complicidad de la comunidad internacional.
La Catástrofe Humanitaria en Gaza y el Paralelismo Histórico
A lo largo de estos más de mil días desde el Diluvio de dignidad del pueblo palestino, aquel pueblo confinado en uno de los campos de concentración del régimen nacionalsionista israelí, como es la Franja de Gaza, se ha transformado en el escenario de una carnicería humana sin parangón en el siglo XXI. Al desglosar las verdaderas cifras del genocidio, decenas de miles de palestinos, abrumadoramente mujeres y niños, han sido masacrados bajo una lluvia incesante de artilugios de guerra, de fuego tecnológico provisto por potencias occidentales.
El balance no solo comprende la pérdida irreparable de vidas humanas, sino la destrucción deliberada y total de la infraestructura vital: hospitales colapsados y bombardeados, escuelas convertidas en escombros, universidades arrasadas, mezquitas reducidas a polvo y redes de agua y electricidad completamente anuladas. A esto se suma un bloqueo total que impide la entrada regular de alimentos, combustible y medicamentos, utilizando el hambre y la sed como armas de guerra biopolítica.
Resulta imperativo asimilar la agresión desatada contra Gaza con las políticas de exterminio aplicadas por el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. El régimen que gobierna «Israel» opera bajo una matriz ideológica de corte supremacista y racista, que deshumaniza al pueblo palestino, reduciéndolo, tal como lo hacía el Tercer Reich con los pueblos considerados inferiores, a la categoría de Untermenschen (subhumanos).
Los guetos contemporáneos, los campos de concentración a cielo abierto como son Gaza y Cisjordania, las deportaciones masivas, los castigos colectivos y la eliminación sistemática de la infancia no son errores tácticos o “fallas de coordenadas” de una guerra convencional, sino la ejecución deliberada de un plan de limpieza étnica encuadrado en la lógica de los peores horrores del fascismo europeo del siglo pasado.
Complicidad Internacional y Responsabilidad Social
Este genocidio no podría haberse ejecutado sin el patrocinio material, diplomático y militar de Estados Unidos, Alemania y el conjunto de las potencias de la Unión Europea. Washington ha garantizado el suministro infinito de bombas y proyectiles, además de blindar al Estado sionista en el Consejo de Seguridad de la ONU. Alemania, arrastrada por una supuesta culpa histórica mal canalizada con su “razón de estado” (Staatsräson), se ha convertido en el principal cómplice europeo, financiando y proveyendo armamento a los verdugos del pueblo palestino (2)
Sin embargo, y es absolutamente ineludible denunciarlo, la responsabilidad del genocidio del pueblo palestino no recae únicamente en las altas esferas del poder político y militar de la entidad sionista israelí. La sociedad israelí, profunda y mayoritariamente constituye el sostén social de los crímenes de su ejército y sus colonos paramilitares.
Son quienes han respaldado, a través de sucesivas administraciones, a líderes como Benjamin Netanyahu, con orden de detención internacional por crímenes de guerra, junto a parlamentarios supremacistas y, sobre todo, una ciudadanía que apoya sin ambages a quienes jalan el gatillo, lanzan bombas y dirigen los tanques que ametrallan a la población palestina.
Una sociedad israelí que, ha hecho del ecocidio del territorio palestino una forma de replicar aquella estrategia del nacionalsocialismo llamada “tierra arrasada”, de tal forma que no pueda ser aprovechada por el pueblo palestino.
“La devastación en Gaza no es solo genocidio, sino también ecocidio: la destrucción deliberada de todo un tejido social y ecológico. Desde suelos envenenados y tierras agrícolas diezmadas hasta sistemas hídricos colapsados y mares repletos de desechos, el ataque de «Israel» revela cómo la violencia colonial es inseparable del daño ambiental. Al vincular la lucha palestina con la lucha global contra el capitalismo fósil y el imperialismo, este análisis sostiene que la justicia climática es imposible sin la liberación palestina” (3)
Una proporción gigantesca de aquellos que se denominan israelíes, incluyendo colonos terroristas en Cisjordania y asentamientos alrededor de la Franja de Gaza, junto con medios de desinformación, líderes de opinión y rabinos extremistas, participa activamente en la justificación política, mediática y teológica del mayor genocidio experimentado desde fines de la Segunda Guerra Mundial.
Una sociedad israelí autodeclarada víctima histórica que expresa hoy la expresión abyecta de la categoría más vil de los victimarios. A través de la Hasbará (la maquinaria de propaganda y lavado de imagen israelí), se cultiva un andamiaje cultural donde la muerte de un niño palestino es celebrada o invisibilizada con total impunidad.
Se trata de una sociedad fuertemente militarizada hasta la médula, donde el servicio militar obligatorio y la subordinación de la vida civil a la seguridad nacional generan una cultura de violencia institucionalizada, en la cual la detención, tortura y agresión a un palestino reciben el aplauso y el reconocimiento social.
Resistencia, Dignidad y Exigencia de Justicia
Frente a la barbarie, la resistencia del pueblo palestino ha demostrado una dignidad inclaudicable. Lejos de capitular, la lucha se ha sostenido gracias a la cohesión interna y al respaldo estratégico del Eje de la Resistencia. Destaca en este tablero geopolítico el papel de la República Islámica de Irán, cuyo liderazgo y doctrina de resistencia asimétrica han desafiado abiertamente el hegemonismo estadounidense en la región.
Del mismo modo, el movimiento de resistencia Hizbullah en Líbano y la firmeza de la resistencia en Yemen han abierto frentes de desgaste indispensables, para alterar los cálculos estratégicos del ocupante, demostrando que la solidaridad entre los pueblos del Sur Global no es una consigna vacía, sino una práctica antihegemónica real.
Los crímenes cometidos en Gaza no pueden ni deben quedar en la impunidad. La humanidad entera arrastra una responsabilidad moral ineludible frente a este holocausto en tiempo real. La presión global debe multiplicarse y obligar a los gobiernos del mundo a aplicar la determinación de la Corte Penal Internacional de detener a los criminales Netanyahu y Gallant.
La memoria histórica exige justicia, el boicot activo al sionismo y la desarticulación de una complicidad internacional que, al tolerar este genocidio, ha firmado la sentencia de muerte del derecho internacional y de la propia conciencia humana. El Diluvio de Al-Aqsa es, en su esencia más profunda, el grito eterno de que Palestina no se doblega y de que la aurora de la libertad brotará incandescente sobre los escombros.
Referencias:
2. https://www.bbc.com/mundo/articles/c9qxqx78dpqo
3. https://www.tni.org/es/art%C3%ADculo/ecocidio-imperialismo-y-la-liberacion-de-palestina