«Si esa es tu capacidad de comprensión, más vale que caigas»: la sentencia de Sawhney sobre el régimen saudí – Pravin Sawhney

«Saud: No hay razón para que el régimen se mantenga»


El nuevo programa de Transition Protocol, conducido por Zulfikar Ali, sitúa el foco en el frente más peligroso del momento: la guerra entre Ansar Allah y Arabia Saudí. Sawhney sostiene que este conflicto, y no el pulso entre Irán, Estados Unidos e Israel, es el que puede reconfigurar todo el orden regional. Lo argumenta con datos concretos: la implicación directa de Netanyahu en el sostenimiento del régimen saudí, la petición desesperada de Riad a Pakistán para que envíe comandos navales a "liberar" Bab el-Mandeb, la división interna entre MBS y el príncipe Khalid, y la falta de voluntad de combate de unas fuerzas armadas saudíes que, sobre el papel, parecen poderosas. Sawhney examina también los tres marcos regionales en competencia —el iraní de la Alianza de La Meca, el estadounidense en retirada y el israelí en ascenso— y advierte de que la caída de la Casa de Saud arrastraría consigo a todo el CCG y al propio petrodólar. Una lectura imprescindible para entender por qué esta guerra puede reconfigurar el orden global.

El Eje Irán-Pakistán y la Guerra que Puede Derribar a la Casa de Saud

Pravin Sawhney es uno de los analistas de defensa más respetados de Asia del Sur. Ex oficial de artillería del Ejército indio, donde sirvió trece años, pasó después al periodismo especializado: fue editor de la revista FORCE durante más de dos décadas y ha sido investigador visitante en el Royal United Services Institute (RUSI) de Londres y en el Cooperative Monitoring Center de Estados Unidos. Es autor de Defence Reforms: The Ten Myths That Shaped India’s Image y coautor de obras sobre la doctrina nuclear india. Su rasgo distintivo es que juzga las guerras con criterios militares duros —recursos, voluntad de combate, comprensión del enemigo y entrenamiento— y no con las narrativas emocionales que dominan la prensa occidental. Por eso su lectura del frente de Asia Occidental resulta especialmente valiosa en un momento en que el conflicto entre Ansar Allah y Arabia Saudí amenaza con reconfigurar todo el orden regional.

La guerra más peligrosa del momento

Sawhney no duda al señalar dónde está el mayor riesgo: no en el pulso entre Irán, Estados Unidos e Israel, sino en la guerra entre Ansar Allah y los saudíes. La razón es doble. En primer lugar, Israel está profundamente implicado en el sostenimiento del actual régimen saudí. En marzo y abril, Netanyahu repitió en varias cadenas —CNBC, Fox News y otras— que era necesario sortear los dos grandes estrangulamientos energéticos, el estrecho de Ormuz y el de Bab el-Mandeb, construyendo oleoductos y gasoductos que atravesaran la península arábiga hasta Israel y desde allí a los puertos del Mediterráneo. La reciente gira del secretario de Estado Marco Rubio por Grecia encaja en ese diseño: Grecia sería el punto de llegada de esos flujos. Todo el proyecto depende de que Netanyahu logre consolidar su marco regional.

En segundo lugar, porque si el régimen saudí cae, la desestabilización será general. Estados Unidos ya se ha retirado de Irak y las milicias iraquíes están muy cerca de Irán. Se habla de que Washington presiona al presidente sirio Shara’a —quien se ha reunido con el príncipe Salman— para que Damasco envíe entre diez mil y veinte mil soldados a Arabia Saudí con fines ofensivos. Pero Siria no controla siquiera con claridad su propio territorio fuera de Damasco. Si esas fuerzas se mueven, las milicias iraquíes pueden desestabilizar Kuwait, objetivo histórico de Bagdad. Por eso Sawhney insiste: esta es una guerra vital para Estados Unidos, Reino Unido e Israel, todos los cuales necesitan proteger a los saudíes.

Los marcos en competencia

El tablero regional se organiza hoy en tres marcos. El iraní, materializado en la Alianza de Defensa de La Meca, con Pakistán y Turquía como pilares. El estadounidense, en vías de desaparición, porque la mayoría de las bases norteamericanas en los países del CCG han sido bombardeadas y hay informes de que Washington planea retirar sus fuerzas ante una vulnerabilidad excesiva. Y el israelí, que aspira a sustituirlo. En ese contexto, Netanyahu viajó el 27 de septiembre a los Emiratos Árabes Unidos durante unas dos horas y se reunió con representantes de diez países de Asia Occidental, incluidos los del CCG, Egipto y Jordania. Tras esa visita, el vicepresidente emiratí viajó a Teherán para reafirmar los vínculos con Irán y con Arabia Saudí. Sawhney interpreta ese movimiento como una señal de que los emiratos pequeños saben que, si cae Riad, ellos también se desestabilizan: «no son nada, son pequeños, minúsculos emiratos».

Una petición que revela la desesperación saudí

El punto más revelador de la conversación llega cuando Zulfikar Ali aporta información de primera mano obtenida de un oficial de bandera del Ejército pakistaní. Según ese relato, Arabia Saudí remitió al jefe del Ejército de Pakistán una solicitud urgente pidiendo el envío de comandos navales para «liberar» el estrecho de Bab el-Mandeb. El oficial pakistaní tenía el documento sobre su escritorio y se reía de él mientras hablaba. Pakistán no ha dicho que sí: ha respondido con evasivas y con la fórmula de que lo estudiará.

Sawhney reacciona con dureza. Los comandos navales —dice— sirven para abrir una brecha operativa en un punto muerto; después alguien tiene que mantener el terreno, y para eso se necesitan fuerzas convencionales. Un comando naval no puede «liberar» un estrecho en ninguna parte del mundo; esa no es su función. Si los asesores saudíes no entienden algo tan elemental, no tienen ni idea de lo que Ansar Allah puede hacer. «El señor no tiene la más remota idea sobre esta guerra; actúa a ciegas, acude a todo el mundo pidiendo ayuda, está desesperado». Y añade: si esa es tu capacidad de comprensión, más vale que caigas. La única razón por la que el régimen podría mantenerse es que resulta necesario para Netanyahu y para Estados Unidos, porque Netanyahu quiere que su marco regional israelí se establezca una vez que el marco estadounidense haya desaparecido.

El papel de Pakistán: defensa, no ofensiva

Sawhney subraya que la Alianza de Defensa de La Meca se sostiene sobre dos pilares: seguridad colectiva y disuasión colectiva, enmarcada en el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas. Un ataque contra uno es un ataque contra todos, pero eso significa ayudar a las fuerzas saudíes a combatir y proteger infraestructuras, no participar en operaciones ofensivas. Pakistán ya tiene sobre el terreno cerca de una división —unos ocho mil soldados—, con un oficial de dos estrellas en activo, aviones de combate y equipamiento de defensa aérea, además del general Mehmood como secretario de la alianza. Pero será Pakistán quien asuma las tareas defensivas; la acción ofensiva corresponderá únicamente a las fuerzas saudíes, o quizá a las sirias si llegan a acudir.

Pakistán, además, debe ponderar otros factores: sus estrechos vínculos con Irán, su papel de mediador entre Teherán y Washington y una población claramente favorable a Ansar Allah. Turquía, según los informes, se limitará a proporcionar drones y equipos de defensa aérea. Estados Unidos aportará datos de objetivos, inteligencia y aviones cisterna. Nada de eso cambia el equilibrio.

La doctrina de la «falsa bandera» y el fraude de los hutíes

Sawhney introduce aquí un elemento que considera decisivo: la doctrina de la «falsa bandera» que, según él, practican los hutíes. Ansar Allah ha lanzado repetidamente misiles contra el Aeropuerto Internacional Rey Khalid de Riad, un objetivo civil, para provocar una escalada que arrastre a Arabia Saudí a una guerra abierta y la exponga al mundo como agresora. En su lectura, el objetivo de Ansar Allah no es invadir Arabia Saudí —eso no entra en sus planes—, sino provocar la caída del régimen saudí. Hay una gran diferencia entre esta guerra y la que enfrenta a Irán con Estados Unidos e Israel: en aquella, la preocupación de los países del CCG eran las bases estadounidenses en su territorio; en esta, lo que se desestabiliza es su propio régimen. Por eso su inquietud es mucho mayor.

Sawhney recuerda que esta guerra fue iniciada imprudentemente por MBS y que hoy tiene la capacidad de cambiar por completo el panorama de Asia Occidental. Si los israelíes no logran mantener su marco regional, si el esfuerzo de Netanyahu de cara a la reunión del 27 de septiembre queda en nada y los países del CCG se desestabilizan tras la caída de Riad, todo habrá terminado también para los estadounidenses. El estrecho de Ormuz, entonces, pasará a ser una cuestión secundaria: si los regímenes se desestabilizan, ¿quién va a enviar el petróleo y dónde se detendrá todo?

La capacidad militar saudí, examinada sin adornos

Sawhney aplica su método habitual. Sobre el papel, la Fuerza Aérea saudí cuenta con unas treinta mil personas y más de novecientos aviones, incluidos F-15 y Eurofighters. Pero lo primero que hay que evaluar son los recursos; después, la voluntad de luchar. ¿Tienen los saudíes voluntad de combatir? «Yo diría que no», responde, en comparación con Ansar Allah, que libra una guerra existencial. Lo siguiente es la capacidad de analizar la situación bélica y comprender al enemigo, algo absolutamente esencial porque, si no entiendes al enemigo, no sabes cómo ni dónde luchar. «Aquí también les daría un cero a los saudíes». Y la tercera columna es el entrenamiento: no cree que hayan entrenado mucho. Mientras tanto, Ansar Allah está preparado, con toda la región montañosa bajo su control, capacidades subterráneas y todo tipo de recursos.

Cuando se publicó la noticia de que los sirios enviarían fuerzas en apoyo de los saudíes, la respuesta de Ansar Allah fue que podían atacar Siria, a mil novecientos kilómetros de distancia: tienen los misiles y no están fanfarroneando. ¿Quién les proporciona los datos de objetivos? Los iraníes, que les ayudarán hasta el final, aunque sin interferir en su estrategia. Hoy controlan todo Al-Mandeb, las localidades costeras están de su lado y han rodeado Taiz, la segunda ciudad del país.

Trump, el petrodólar y el declive del imperio

La conversación desemboca en la cuestión estratégica de fondo. Según los informes, Trump reunió a sus principales asesores en Camp David para debatir Irán y Arabia Saudí, ambas prioridades porque ninguna de las dos puede caer. Pero Sawhney sostiene que Irán lleva la delantera en capacidades militares y que ahí se mantendrá: ni el poder aéreo ni el bloqueo naval estadounidenses han funcionado. La zona restringida se ha ampliado a entre mil y mil quinientos kilómetros, la mitad del mar Arábigo, lo que significa que la mayor parte de los recursos navales estadounidenses operan en realidad en el océano Índico.

La Armada del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica controla a los petroleros con criterios selectivos, permitiendo pasar cierta cantidad de crudo para no desestabilizar la economía mundial, pero dejando claro quién manda.

Sawhney anticipa algún bombardeo limitado antes del 3 de noviembre, coincidiendo con las elecciones de mitad de legislatura, y quizá más después. Pero insiste en que Trump no puede dar marcha atrás: ya es demasiado tarde y su ego es demasiado grande. Solo le queda la guerra terrestre, y los iraníes llevan décadas preparándose para esa contingencia. Sus dos únicas opciones son el fracaso completo o el declive del imperio estadounidense. Si se retira, el petrodólar entra en duda seria; si se queda y emprende una guerra terrestre, Estados Unidos quedará en un aprieto enorme.

Zulfikar Ali aporta el dato que cierra el argumento: sus contactos iraníes le han dicho repetidamente, incluso esa misma mañana, que acogerían con agrado una guerra terrestre y que, si detectan preparativos, tomarán medidas preventivas «con una letalidad devastadora». Irán no esperará a que los marines desembarquen en Ormuz o en las islas. Y el golpe final al sistema: Irán ha decidido cobrar todos sus ingresos por el tránsito en Ormuz en moneda iraní —ni yuanes, ni rublos, ni dólares—. Es una estrategia cautelosa y calculada que ataca directamente el fundamento del petrodólar: la exigencia de que todo el mundo fije el precio del petróleo en dólares. Si ese régimen colapsa, Estados Unidos no podrá sostener las ochocientas bases que mantiene en el mundo ni seguir pagando una deuda cercana a los cuarenta billones de dólares imprimiendo dinero que nadie quiere. Sawhney coincide: se avecinan tiempos muy malos para Estados Unidos, y para todos, excepto quizá para los chinos, que siempre se mantienen estables.

Este análisis solo alcanza su verdadera dimensión escuchado de labios de Pravin Sawhney, con su rigor técnico, su memoria de los detalles y su capacidad para conectar el frente de Yemen con la arquitectura financiera global. Les invitamos a ver o escuchar el programa completo de Transition Protocol en el enlace que dejamos a continuación, para que juzguen por sí mismos la solidez de cada argumento y saquen sus propias conclusiones sobre una guerra que, como advierte Sawhney, acabará afectando al bolsillo de todos, incluso de quienes hoy creen que no les concierne.

Comité de Apoyo a Irán Iberia 2026

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