NAZA o quién tiene derecho a contar Gaza: la otra cara de la moneda
El 13 de septiembre publiqué aquí el texto de Mahmoud Mushtaha del portal +972 Magazine sobre NAZA. Lo hice porque me pareció uno de los testimonios más lúcidos —y más insoportables— que había leído sobre lo que el documental de Yuval Abraham y Rachel Szor revela: el momento previo a la masacre, ese instante en que una vida humana todavía se está viviendo, durante una cena, cuando todavía se está discutiendo por una tontería, y ya ha sido contabilizada como pérdida aceptable. La mirada de Mushtaha es la de alguien que perdió familia en Gaza y que, viendo la película, se da cuenta de que mientras él vivía el horror sin saberlo, había gente mirando pantallas, escuchando voces, decidiendo cuántos morirían esa noche. Su texto es tan humano como doloroso, y sigue siendo, para mí, la mejor puerta de entrada al documental.
Dos lecturas que no se anulan, se necesitan: 13 de septiembre: “El instante en que dejamos de ver personas”.

NAZA y Gaza: ¿por qué una voz israelí pesa más que las voces PALESTINAS? – Entrevista a Chyntia Híjar en AhoraMx
Pero hay una segunda cara de la moneda. Y esa cara no la cuenta Mushtaha, no porque no la vea, sino porque su posición no es la de quien interroga el dispositivo narrativo del documental, sino la de quien lo atraviesa desde dentro con su propio duelo. Para esa segunda lectura hay que escuchar a quien mira NAZA desde fuera, desde la sospecha, desde la pregunta incómoda: ¿quién tiene la posibilidad de contar lo que ocurre en Gaza?
Esa es la pregunta que Cynthia Híjar plantea en su intervención en el canal AhoraMx en la plataforma YouTube, y es la que me ha empujado a escribir esta entrada. Porque su tesis —formulada con una claridad que incomoda— es que NAZA no es una denuncia del genocidio, sino una pieza más de la maquinaria que lo sostiene. No una pieza cualquiera: una pieza que se disfraza de autocrítica, que se presenta en Venecia, que arranca veinticinco minutos de aplausos, y que cumple una función precisa en un momento preciso.
El documental que le devuelve la cara a quien la tiene
El argumento central de Híjar es sencillo de enunciar y difícil de rebatir: en NAZA se entrevista a veinticuatro militares de inteligencia israelíes cuyas caras y voces fueron modificadas con inteligencia artificial para garantizar su anonimato y, con él, su impunidad. Detallan cómo se asesina, cómo operan los sistemas automatizados de selección de objetivos, cómo se decide cuántos civiles son asumibles en cada ataque. Y lo hacen, según los propios testimonios recogidos en la película, con la naturalidad de quien habla de una tarea repetida: uno lo describe como una «misión», otro lo compara con un «videojuego», otro dice que era «muy divertido».
Hasta ahí, el material es atroz. Pero el problema no está en lo que dicen, sino en el lugar narrativo que el documental les asigna. Porque en NAZA, los palestinos siguen siendo cifras —las que aparecen en pantalla, las que se calculan, las que se autorizan—, mientras que los perpetradores recuperan rostro, voz, conciencia, matiz, incluso atisbos de arrepentimiento. Los que matan adquieren humanidad. Los que mueren siguen siendo datos.
Es, en cierto modo, la inversión exacta de lo que Mushtaha denunciaba y nosotros titulamos: «El instante en que dejamos de ver personas». Híjar responde: miremos quién recupera la condición de persona en este documental, y quién la sigue perdiendo.
El género «dispara y llora» y el salvador blanco
Híjar inscribe NAZA en una tradición que no es nueva: la que ella llama, siguiendo una etiqueta ya en circulación, el cine de «dispara y llora». El documental que denuncia la violencia mientras se coloca del lado de quien la ejerce, que convierte al verdugo en sujeto complejo y al verdugo arrepentido en héroe moral. Antes de NAZA estuvo No Otherland, codirigido por dos palestinos —Basel Adra y Hamdan Ballal— y dos israelíes —Yuval Abraham y Rachel Szor—. En marzo de 2025 No Otherland ganó el Oscar. Ese mismo mes, según recuerda Híjar, Hamdan Ballal fue atacado por colonos, sacado en ambulancia y retenido por militares israelíes, golpeado toda la noche con los ojos vendados. En julio, otro activista palestino que había colaborado en el documental fue asesinado a tiros en Cisjordania. La semana pasada, en cambio, Abraham y Szor recogían en Venecia una ovación de pie.
La asimetría no es un detalle anecdótico: es la estructura misma de lo que se cuenta y de quién puede contarlo.
Los palestinos que narran pagan incluso con sus vidas, en cambio, cuando los narradores son israelíes, reciben premios.
Híjar lo compara con la narrativa del salvador blanco, con la fábula colonial del colonizador bueno que se enamora del colonizado y redime así su propia posición. Y trae un ejemplo que, viniendo de México, no necesita explicación: la fantasía de que Cortés se enamoró de la Malinche y de ahí nació México. La operación es la misma: el colonizador se humaniza a través del vínculo con el colonizado, y en ese gesto la violencia estructural queda desplazada, convertida en telón de fondo de una historia de amistad, de conciencia, de redención personal.
La desaparición del sujeto que nombra
Hay un detalle del documental que Híjar subraya y que me parece el más grave de todos: NAZA no dice «Israel». Dice «un sistema». No nombra la ocupación sionista como responsable; habla de una maquinaria, de un procedimiento, de una lógica impersonal. El resultado es paradójico: los militares que ejecutan aparecen como individuos con psicología y dudas, pero la estructura que los produce se vuelve abstracta, casi atmosférica.
Mushtaha ya lo había señalado desde otro ángulo cuando escribía que el horror no está solo en la máquina, sino «en quien consigue descansar tranquilamente después de haberla puesto en funcionamiento y en una sociedad capaz de naturalizar el genocidio». Híjar lleva esa intuición a su conclusión política: si el problema es «el sistema» y no Israel, entonces la solución no es desmantelar el sistema colonial, sino reformarlo. Cambiar la maquinaria para que siga funcionando sin que el mundo la confronte.
El contexto que no se puede ignorar
Y aquí aparece el dato que Híjar coloca en el centro de su intervención: el momento. NAZA se estrena en el periodo previo a las elecciones israelíes del 27 de octubre de 2026. En ese contexto, el documental no es una denuncia que incomoda al poder: es una pieza que puede funcionar como hasbara, como control de daños, como búsqueda de un chivo expiatorio que cargue con la responsabilidad de crímenes de los que se beneficia la sociedad israelí en su conjunto desde hace más de setenta años.
Híjar ilustra este mecanismo con el caso del presentador israelí Ravi Drucker, que tras ver la película declaró que le costaba verla, que se sintió como «un alemán que vive en la Segunda Guerra Mundial y escucha lo que hizo su pueblo». Pero en 2023, el mismo Drucker escribía que había que destruir Hamás, y su reproche a Netanyahu era no haberlo terminado. Es decir: la conmoción no le impide sostener el objetivo. Se conmueve y sigue. Y eso es precisamente lo que el documental hace posible: ofrecer un espacio emocional en el que la sociedad israelí puede reconocerse horrorizada sin tener que renunciar a nada.
La pregunta, entonces, no es si los militares que hablan en NAZA dicen la verdad. Es qué función cumple que la digan, en ese formato, ante ese público, en ese momento.
Lo que Mushtaha y Híjar dicen juntos
No creo que las dos lecturas se anulen. Creo que se necesitan.
Mushtaha nos da el testimonio de la víctima que mira el documental y se reconoce en las cifras. Nos obliga a recordar que detrás de cada dato hay un nombre, un primo llamado Raed, un tío llamado Hisham, unos niños llamados Raged, Hisham, Lana y Abdrahman, de entre tres y doce años, asesinados porque un algoritmo supuso que allí podría haber un “objetivo”. Su texto es un acto de resistencia contra la desaparición: devolver nombre a lo que el sistema convirtió en número.
Híjar nos da el análisis de la operación ideológica que ese mismo documental realiza sobre el otro lado: la devolución de humanidad a quien mata, la ocultación de Israel bajo la palabra «sistema», la conversión del arrepentimiento en espectáculo, la sustitución del sujeto colonizado por el sujeto colono arrepentido como protagonista moral del relato.
Puestas juntas, las dos miradas formulan la misma pregunta desde extremos opuestos: ¿quién tiene derecho a contar Gaza, y a costa de quién?
La respuesta que Híjar propone es dura pero coherente con el dato del que parte: en Israel documentar el genocidio es motivo de encarcelamiento, de criminalización, de exilio o de muerte. Más de trescientos periodistas palestinos asesinados en Gaza, según los recuentos que ella cita. Y en cambio, dos directores israelíes reciben veinticinco minutos de aplausos en Venecia por un documental que pone rostro, voz y conciencia a los militares que ejecutan esa misma matanza.
Una última cosa
Cuando publiqué el texto de Mushtaha, me quedé con su frase final: «cada persona en la pantalla es un mundo entero». Sigo pensando que es verdad. Pero después de escuchar a Cynthia Híjar, añado una segunda: hay que preguntarse también qué mundos entran en la pantalla y cuáles se quedan fuera. Porque de eso depende, al final, no solo lo que vemos, sino lo que somos capaces de seguir consintiendo.
Mushtaha nos mostró el instante en que dejamos de ver personas. Híjar nos muestra el instante —más sutil, más elegante, más premiado— en que volvemos a verlas, pero solo a las que nos conviene.
Las dos entradas quedan aquí, una junto a la otra. No como contradicción, sino como lo que son: dos mitades de la misma fractura.
Comité de Apoyo a Irán Iberia 2026
Entrada anterior relacionada: «El instante en que dejamos de ver personas» (13 de septiembre de 2026), a partir del texto de Mahmoud Mushtaha en +972 Magazine.
NAZA y Gaza: ¿por qué una voz israelí pesa más que las voces PALESTINAS? – YouTube