El momento en que una vida humana se convierte en «daño colateral»

«NAZA» pone de manifiesto lo que nunca pudimos ver desde el interior de Gaza: que había gente observando, calculando y decidiendo cuántos de nosotros morirían.
Por Mahmoud Mushtaha en +972 Magazine – 11 de septiembre de 2026
Hay momentos en la historia en los que una sociedad no pierde solamente vidas, ciudades o territorios. Pierde algo más difícil de medir y mucho más peligroso de recuperar: la capacidad de reconocer al otro como semejante.
Tal vez sea ahí donde debamos detenernos antes de entrar en el relato que sigue. No en el estruendo de las explosiones, ni en las imágenes de los edificios abiertos en canal, ni siquiera en las cifras que durante años han ido llenando los titulares hasta convertirse, por pura repetición, en una especie de paisaje estadístico de la muerte. Detenernos un instante antes. En ese lugar invisible donde una persona todavía está viva, una familia todavía está reunida, una madre todavía escucha respirar a su hijo, dos hermanos todavía discuten por alguna insignificancia y alguien, en algún lugar, todavía puede llamar por teléfono para preguntar: «¿Estáis bien?».
Porque toda barbarie necesita, antes que armas, una transformación de la mirada.
Durante siglos, los seres humanos hemos levantado diques contra nuestra propia capacidad de destruirnos. Les dimos nombres: dignidad, compasión, responsabilidad, conciencia, memoria. Inventamos leyes, principios, prohibiciones y ceremonias funerarias porque comprendimos algo elemental: que ninguna vida humana podía ser reducida sin más, a una magnitud intercambiable. Que detrás de un ser había una historia. Detrás de un nombre, una familia. Detrás de una familia, un mundo entero.
Pero ¿qué ocurre cuando quienes deciden sobre la vida y la muerte consiguen contemplar ese mundo desde una pantalla en la que ya no aparecen personas, sino números?
Hace un tiempo, al abordar aquí el concepto de «humanidad desechable» de Andrés Piqueras, descubríamos que esta expresión podía parecer una formulación extrema para describir una determinada lógica de nuestro tiempo. Aquí, sin embargo, esa idea deja de ser una formulación teórica dentro de su análisis del “capitalismo de muerte”, para adquirir rostro. O, mejor dicho, para perderlo. Porque esto es precisamente lo que resulta insoportable en el relato de Mushtaha: descubrir hasta qué punto puede llegar una sociedad cuando determinadas vidas han dejado de formar parte del universo de aquello que merece ser visto, reconocido y llorado. «Daño colateral» no designa solamente a quienes mueren sin ser el objetivo declarado de una operación. Designa el lugar que se les ha asignado dentro de un sistema que ya ha establecido, de antemano, que su desaparición es asumible. Son vidas cuyo valor ha sido rebajado hasta convertirse en una magnitud prescindible. La humanidad desechable aparece aquí en su forma más terrible: no solamente como una metáfora sobre el presente del capitalismo, sino como una realidad que puede calcularse antes de que una madre escuche por última vez la voz de su hijo.

Hoy el “ser humano” no solo ha perfeccionado su propia crueldad, tan antigua como el mismo hombre, sino también la distancia necesaria para ejercerla sin tener que mirar aquello que destruye, amparado en la frialdad de un algoritmo.
Se ha construido toda una arquitectura de pantallas, cálculos y turnos de trabajo para que quien decide pueda escuchar las voces de aquellos sobre los que decide, apenas unos segundos antes de condenarlos, sin tener que mirar a los ojos de quién está condenando.
Entonces puede suceder algo mucho más terrible que la violencia misma. La muerte empieza a adquirir la apariencia de un procedimiento. La destrucción se incorpora al horario laboral. Una jornada puede comenzar, continuar, detenerse durante un descanso y reanudarse después. Se puede hablar de una operación con la misma serenidad con la que se habla de cualquier otra tarea. Incluso puede aparecer la palabra «divertido». Y en esa normalidad reside quizá el verdadero horror.
Los testimonios recogidos por Mahmoud Mushtaha nos obligan a mirar precisamente hacia ese abismo. Hombres que escuchan a un padre hablar con su mujer mientras sus hijos están cerca. Que oyen llorar a un bebé. Que saben qué están haciendo aquellas personas en los minutos anteriores a su muerte. Y que, después de escuchar esas voces, autorizan la destrucción y continúan con su vida. Salen con amigos. Duermen. Regresan al día siguiente. El mundo…, sigue girando.
Al otro lado de esa pantalla, sin embargo, nadie vive en cifras.
Alguien espera una llamada. Una madre cuenta los minutos. Un hermano escucha una voz al otro lado del teléfono para comprobar que continúa respirando. Una familia se reúne alrededor de una taza de té. Alguien ríe. Alguien recuerda. Alguien pronuncia un nombre.
Ahí se encuentra la fractura que este relato nos obliga a contemplar: entre quienes pueden convertir una vida en un dato y quienes saben que detrás de cada dato hay una existencia irrepetible: un ser humano vivo.
Quizá la pregunta más terrible no sea cómo hemos construido máquinas capaces de decidir quién puede morir. Quizá sea qué hemos tenido que perder dentro de nosotros para poder utilizarlas sin escuchar, detrás de cada número, el rumor de una vida.
Lo que sigue no es solamente el relato de una tecnología aplicada a la guerra. Es el relato de un proceso mucho más antiguo y más profundo: el instante en que dejamos de ver seres humanos y empezamos a ver objetivos.
Y cuando una civilización aprende a hacer eso con absoluta normalidad, el peligro ya no está únicamente en la máquina. Está en quien consigue descansar tranquilamente después de haberla puesto en funcionamiento y en una sociedad capaz de naturalizar el genocidio.
Tras la lectura del relato que nos trae Mushtaha, merece la pena detenerse unos minutos para escuchar a Patricia Salvador (al final de esta entrada) en su intervención en el canal SpanishRevolution. Desde una perspectiva más ágil y audiovisual, Patricia nos resume, abordando la investigación publicada por +972 Magazine (‘Lavender’: La máquina de IA que dirige la oleada de bombardeos israelí en Gaza), el sistema de inteligencia artificial utilizado por el ejército israelí para clasificar y señalar a miles de palestinos como posibles objetivos militares. Su intervención pone el foco en aquello que precede al bombardeo: la transformación de una persona en una puntuación, de una vida en un objetivo y de la decisión de matar en un proceso cada vez más rápido, automatizado y distante. Un complemento audiovisual que ayuda a comprender, desde otro ángulo, la misma fractura que atraviesa este trabajo: el instante en que dejamos de ver personas.
Comité de Apoyo a Irán Iberia 2026

Los familiares se despiden de sus seres queridos fallecidos en un ataque israelí en el centro de la ciudad de Gaza, en el Hospital Al-Shifa, el 31 de agosto de 2026. (Yousef Zaanoun/Activestills)
Se apagan las luces y, por un momento, olvido que estoy mirando una pantalla. Esta se llena con la imagen de una azotea en Tel Aviv por la noche, en tonos negros y grises. La cámara se desplaza hacia abajo. A través de las ventanas, vemos a gente mirando sus propias pantallas: parejas abrazadas, siguiendo las noticias, comiendo. Parecen completamente absortos en sus propios mundos, y ¿por qué no iban a estarlo?
Eso es lo que no puedo dejar de pensar al observarlos: así es realmente la seguridad. Simplemente una velada sin interrupciones, sin aviones militares sobrevolando sus cabezas, sin drones zumbando sin cesar. Mientras tanto, los hombres y mujeres que se encuentran en la azotea sobre ellos hablan con calma de cómo decidieron cuántos de nosotros morirían en una noche cualquiera.
Estos son los soldados, en su mayoría oficiales de inteligencia, que ayudaron a Israel a llevar a cabo la destrucción de Gaza, y cuyos testimonios constituyen la base de «NAZA». El documental toma su título de un término utilizado dentro del ejército israelí —el acrónimo hebreo de «daños colaterales»— que se refiere al número de personas que se espera que muera en un ataque.
«NAZA» no muestra cómo era esa violencia: el polvo, los gritos, las llamadas presas del pánico para averiguar quién había sobrevivido, las madres buscando a sus hijos entre los escombros, los nombres de los seres queridos desaparecidos que se compartían frenéticamente en los grupos de WhatsApp familiares, antes de que se confirmara la devastadora noticia. Yo viví todo eso en Gaza.
Pero mientras veía la película, me di cuenta de que, aunque nosotros aún ignorábamos los horrores que se avecinaban, había gente observando, calculando y tomando decisiones que definirían el futuro de familias enteras.

Eso fue lo que la película me reveló: una parte del crimen que yo ya conocía, pero que nunca había podido comprender del todo: el momento previo a la violencia, cuando una vida humana aún se está viviendo, pero ya ha sido considerada una pérdida aceptable; cuando una persona que está cenando, tumbada en la cama o hablando con su mujer o su hijo se convierte en un número en una pantalla.
Lo que me sorprendió no fue la enorme magnitud de la matanza, ni siquiera su frialdad, sino la destreza. Lo experimentados que parecían los soldados de la película al describir cómo destruían las vidas de otras personas, con la calma de quien habla de un recado que ha realizado muchas veces antes.
Uno describió el trabajo simplemente como una «misión». Otro lo comparó con un «videojuego». Uno llegó incluso a decir que era «muy divertido». Y luego está ese sentimiento al que sigo volviendo mucho después de que la película terminara: estos no son seres humanos, son NAZA.
Un soldado contó que sabía exactamente lo que algunas de esas personas estaban haciendo en los momentos previos a su muerte. Recordó haber oído a un hombre hablando con su mujer en la cama. A un bebé llorando. El sonido de la tele. Escuchó todo eso y, a continuación, dio permiso para lanzar la bomba.
Después, explicó, salía con amigos por la noche y volvía a la mañana siguiente para volver a hacerlo. Para estos soldados israelíes, matar palestinos era simplemente una tarea que se podía interrumpir y retomar más tarde.

Una mujer sostiene un vestido encontrado en una tienda de campaña destruida por un ataque aéreo israelí que mató a un bebé y a su madre, en el campo de desplazados de Al-Mawasi, al sur de la Franja de Gaza, el 30 de junio de 2026. (Doaa Albaz/Activestills)
No había vacilación en sus voces, ni la sensación de que estuvieran describiendo algo que resultara difícil de decir en voz alta. Hablaban con la naturalidad de quienes habían aprendido a hacerlo, a hablar de ello y a seguir adelante después —como dijo uno de ellos, sin «ninguna» consideración por las vidas que aniquilaban.
Una mirada al interior de la máquina
«NAZA» pone de manifiesto la planificación, el lenguaje, los sistemas y las decisiones que preceden al lanzamiento de un ataque. Pero incluso esto es solo una parte de la historia.
Algunos de los responsables se encontraban sobre el terreno en Gaza, donde esa misma violencia se hacía mucho más inmediata a medida que se desplazaban por los barrios palestinos, entraban en las casas, les prendían fuego e imponían «zonas de muerte».
Sin embargo, por cada acto descrito en la película, hay muchos otros que nunca se registraron y con los que nunca se rendirán cuentas: la vigilancia constante, las restricciones a la libertad de movimiento, el desplazamiento de poblaciones enteras. «NAZA» abre una pequeña ventana a la maquinaria de la matanza en Gaza, algo mucho más grande de lo que cualquier película pueda captar.
Un soldado describió su trabajo como «sistemático», y lo dijo con la intención de tranquilizar, como prueba de profesionalidad. Pero mi memoria no dejaba de insistir en recordar a las personas víctimas de estos sistemas.

Médicos palestinos evacuan a una mujer de un edificio residencial alcanzado por un ataque aéreo israelí, en el barrio de Al Remal, en el centro de la ciudad de Gaza, el 15 de mayo de 2026. (Yousef Zaanoun/Activestills)
Durante toda la proyección, no pude evitar volver a poner nombres en los lugares donde la película ponía cifras. Cada cálculo me traía a la mente un rostro. Cada referencia a las víctimas me traía a la mente una calle. Cada descripción de una operación militar me hacía pensar en las personas que, al final, tendrían que vivir con sus consecuencias.
Cuando un soldado describió cómo las fuerzas israelíes masacraron a palestinos en los puntos de distribución de ayuda, pensé en mi primo, Raed Majed Mushtaha, de 35 años, asesinado en la «Masacre de la Harina» a principios de 2024 mientras buscaba comida para llevar a su familia. Recordé a mi amigo Youssef Maher Dawas, asesinado en la primera semana del genocidio, cuyo cuerpo fue hallado más tarde bajo los escombros.
Otros soldados describieron cómo el ejército autorizaba de forma rutinaria el asesinato de 20 civiles en la búsqueda de un único objetivo de bajo rango, y hasta 500 en la búsqueda de un objetivo de alto rango. Estos objetivos, sin embargo, habían sido «incriminados» en su mayoría por un sistema de inteligencia artificial que, según admiten los soldados, se sabía que se equivocaba en alrededor del 15 % de los casos; aun así, los mataban de todos modos, junto con todas sus familias.
Me quedé atascado en esa frase. Pensé en mi tío, Hisham Zafer Mushtaha, en su esposa, Hanan, en sus hijos, Basel y Mohammed, y en sus cuatro nietos, Raged, Hisham, Lana y Abdrahman, de entre 3 y 12 años. Me los imaginé siendo asesinados porque un algoritmo de IA supuso que allí podría haber un objetivo.
Para los soldados, estos momentos no son más que parte de una «misión» cotidiana, ocultos por una máquina en una secuencia de órdenes en una pantalla que termina con una pausa para el café. Para ellos, Raed, Youssef, Hisham, Hanan, Basel, Mohammed, Raged, Hisham, Lana y Abdrahman son todos NAZA. Para mí, son personas a las que conocía y quería, cuyas llamadas esperaba, cuya ausencia formará parte para siempre de nuestras vidas.

Un funeral por los palestinos fallecidos en una serie de ataques aéreos israelíes contra el campo de desplazados de Al-Mawasi, en el Hospital Al-Nasser, en la ciudad de Gaza, el 9 de enero de 2026. (Doaa Albaz/Activestills)
Eso es a lo que me resistí constantemente a lo largo de la película: la facilidad con la que una persona puede desaparecer en el lenguaje de una operación y convertirse en un mero dato. Una vez que has conocido a alguien como ser humano, resulta casi imposible aceptarlo como algo menos que eso.
Durante mucho tiempo, me había preguntado cómo habían muerto estas personas que conocía. Al ver la película, mi mente no dejaba de volver a la pregunta opuesta: ¿cómo sobreviví yo? Había pasado gran parte de mi vida en Gaza pensando que, como no pertenecía a ninguna facción, estaría a salvo. Creía que si Israel justificaba sus asesinatos ante el mundo presentando a quienes mataba como objetivos militares, entonces yo saldría con vida, porque no era una de ellas.

Pero la diferencia entre mí y las personas a las que he perdido puede que no haya sido más que lo que un algoritmo de IA marcó como sospechoso, y lo que alguien decidió, a través de una pantalla en Tel Aviv, que sería una cantidad aceptable de NAZA. Me di cuenta, quizás por primera vez, de que no había ninguna precaución que pudiera haber tomado que hubiera garantizado mi supervivencia. El hecho de que sobreviviera fue completamente aleatorio y totalmente ajeno a mi control. Y cuando pienso en ello, se me encoge el corazón.
Más que un número
Lo que quiero, al ver esto, no es catarsis. Ya he tenido suficiente de eso. Del mismo modo que insisto en poner nombre a las personas a las que los soldados tenían previsto matar, quiero poner nombre a los propios soldados: aquellos que dijeron que era «divertido» destruir Gaza, que veían a los palestinos de Gaza como meros puntos de datos. Esta es la única forma de que la naturaleza «sistemática» de la máquina de matar israelí deje de funcionar como un escudo, uno que permite a los responsables sentirse como si fueran meros engranajes.

Un ataque aéreo israelí impacta en un edificio residencial en el campo de refugiados de Al-Shati, al oeste de la ciudad de Gaza, el 9 de septiembre de 2026. (Yousef Zaanoun/Activestills)
Cuando por fin salí de la proyección, comprendí qué era lo que la había hecho tan dolorosa. Había entrado esperando ver una película sobre Gaza. Salí pensando en lo poco que de Gaza puede plasmarse jamás en una película, un artículo, una fotografía o una cifra. Llevábamos años contándole al mundo cómo se sentía vivir bajo ese cielo, cómo sonaba la oscuridad, y que detrás de cada cifra había un padre, una madre, un abuelo, un hermano o un amigo.
No sentí que la película me hubiera dado por fin una voz; sabía que ya tenía una. Lo que me proporcionó fue la extraña y agotadora experiencia de escuchar un eco de cosas que llevábamos años diciendo, y descubrir lo diferente que suena la misma verdad cuando sale de otra boca.
Cuando terminó la película, llamé a mi familia en Gaza, como hago todas las noches. Les he llamado a menudo para decirles adónde ir, qué carretera evitar, pensando que así podía mantenerlos a salvo. Pero ahora, mientras hablaba con ellos, no dejaba de pensar en la vigilancia y en los sistemas que pueden seguir sus movimientos y convertirlos en un objetivo.
Pero allí sentado, tras la película, me invadió un nuevo pensamiento: ¿y si las personas que los vigilan saben más sobre dónde están que yo? ¿Y si pueden ver lo que yo no puedo? Mi familia podría estar sentada junta, tomando té, discutiendo sobre alguna tontería, riéndose de algo que ha dicho uno de mis hermanos —unos minutos cotidianos que aún les pertenecían—, mientras que en algún lugar lejano, esos mismos minutos podrían ser ya datos en una pantalla.
«Lavender»: la máquina de IA que dirige la oleada de bombardeos de Israel en Gaza
Y mientras hablaba con ellos aquella noche, por un momento olvidé todo lo que había visto en la película. No oí hablar de coordenadas, ni de vigilancia, ni de IA. Oí a mi familia. Una voz familiar. Una respiración. A alguien preguntándome cómo estaba. Y comprendí, en ese momento, lo que estos sistemas nunca podrán tener en cuenta: que cada persona en la pantalla es un mundo entero.
Mahmoud Mushtaha es un periodista palestino de Gaza que actualmente reside en el Reino Unido, donde cursó un máster en Medios de Comunicación Globales. Es autor de *Sobrevivir al genocidio en Gaza*, su primer libro, publicado en español.
LAVENDER: el ALGORITMO que DECIDE quién MUERE
Una máquina analiza millones de datos. Asigna una puntuación. Marca a una persona como sospechosa. Minutos después, un misil impacta sobre su casa. No es ciencia ficción. Es Lavender, el sistema de inteligencia artificial que, según una investigación de +972 Magazine y Local Call, fue utilizado por el ejército israelí para generar decenas de miles de posibles objetivos durante la ofensiva sobre Gaza.
En este reportaje analizamos cómo funciona este algoritmo, qué papel desempeñó la Unidad 8200, qué era el sistema «Where’s Daddy?», por qué se aceptaban elevados niveles de víctimas civiles y qué implicaciones tiene todo ello para el derecho internacional y el futuro de la guerra.
¿Estamos entrando en una era en la que los algoritmos no solo recomiendan vídeos… sino también personas a las que matar?
Presentado por Patricia Salvador #ReportajeSR
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