Seyyed Mohammad Marandi: Irán no aceptará límites geográficos a su respuesta ante una nueva agresión

Las directrices del Seyyed Mojtaba Hosseini Jamenei, la preparación militar iraní y el agotamiento de la estrategia de presión de Washington. Una posición que va más allá de la disuasión: Teherán pretende decidir las condiciones y el desenlace de cualquier nueva fase del conflicto.

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Una advertencia que no debe confundirse con una amenaza preventiva

En dos conversaciones mantenidas el 31 de octubre de 2026, con Mario Nawfal y Nima Alkhorshid, el profesor Seyed Mohammad Marandi ha desarrollado una lectura de la situación iraní que permite aproximarse a las directrices transmitidas por el Seyyed Mojtaba Jamenei a los mandos de las Fuerzas Armadas y, sobre todo, a la interpretación estratégica que Teherán hace de la actual confrontación con Estados Unidos e Israel.

Las entrevistas ofrecen dos perspectivas complementarias. En la conversación con Mario Nawfal, Marandi aborda las advertencias militares, la vigilancia de los movimientos estadounidenses e israelíes, la posibilidad de una nueva ofensiva y las condiciones políticas que Irán considera innegociables. En el diálogo con Nima Alkhorshid, profundiza en el alcance regional de las directrices del líder supremo, la posible evolución del conflicto, el papel del estrecho de Ormuz, la posición de los gobiernos del Golfo y las consecuencias internacionales de una nueva escalada.

El mensaje central es inequívoco: Irán no contempla regresar a una situación en la que sus adversarios puedan decidir unilateralmente cuándo comienza una agresión, dónde se desarrolla y en qué momento termina. La dirección iraní quiere que cualquier cálculo militar de Washington y Tel Aviv tenga en cuenta que la respuesta de Teherán puede extenderse más allá del escenario inmediato de Asia Occidental y que sus consecuencias no estarán necesariamente circunscritas al territorio iraní.

Pero hay una precisión fundamental para comprender correctamente las palabras de Marandi. Cuando Mario Nawfal plantea la posibilidad de que Irán actúe mediante un ataque «preventivo», el profesor rechaza expresamente esa calificación. Su argumento es que, desde la perspectiva iraní, no existe un acuerdo de alto el fuego ni un compromiso que haya puesto fin a las hostilidades. Por tanto, si las autoridades iraníes detectan que el adversario ha tomado la decisión de atacar y comienza a ejecutar los preparativos operativos, la respuesta no tendría que esperar a que los primeros proyectiles alcanzasen territorio iraní.

Marandi distingue así entre atacar antes de que exista una decisión de agresión y responder cuando esa decisión ya ha sido adoptada y su ejecución está en marcha. No es una diferencia menor. Es precisamente el matiz que permite entender el sentido de la advertencia iraní sin deformarla.

El mensaje del Seyyed Mojtaba: la iniciativa y el desenlace de la guerra

La conversación con Nima Alkhorshid permite entrar directamente en el contenido político y estratégico de la reunión entre el Seyyed Mojtaba Hosseini Jamenei y los principales responsables militares iraníes.

Alkhorshid comienza preguntando por el encuentro y por el objetivo de alcanzar una capacidad de disuasión máxima. Marandi sitúa la reunión en un momento que considera especialmente delicado, ante la posibilidad de una nueva ofensiva de los gobiernos de Netanyahu y Trump contra Irán.

Al reconstruir el mensaje del líder supremo, Marandi destaca dos elementos. El primero es que, si la guerra comienza, Irán pretende determinar cómo se desarrollará y en qué condiciones terminará. El segundo es que la resistencia iraní no estará sometida a limitaciones geográficas.

El profesor menciona también la importancia de la participación popular y una perspectiva política de mayor alcance: la eventual expulsión de la presencia estadounidense de la región y la configuración de un nuevo orden regional, idealmente dirigido por las propias naciones de Asia Occidental.

Conviene conservar aquí la cautela del propio entrevistado. Marandi reconoce que ha leído el contenido de las declaraciones unas horas antes y que está reconstruyendo su sentido general. No presenta todas esas formulaciones como una transcripción literal de las palabras de Jamenei. Sin embargo, el núcleo que destaca coincide con la declaración que Alkhorshid lee durante la entrevista: la preparación de inteligencia para una confrontación poderosa y la exigencia de que cualquier amenaza, de cualquier naturaleza y nivel, reciba una respuesta inmediata y eficaz, sin limitaciones geográficas.

La cuestión no es solamente la amplitud potencial de los objetivos militares. Es el cambio de planteamiento que implica esa directriz. La disuasión ya no se formula únicamente como la capacidad de castigar una agresión dentro de un espacio determinado, sino como la posibilidad de hacer que el adversario tenga que considerar las consecuencias de sus decisiones en un escenario mucho más amplio.

La expresión «sin limitaciones geográficas» adquiere así un significado estratégico. No supone, por sí sola, que Irán haya anunciado una lista concreta de objetivos ni que vaya a atacar indiscriminadamente cualquier lugar. Significa, en la interpretación de Marandi, que la localización de los activos estadounidenses e israelíes no constituirá una garantía automática de inmunidad.

La respuesta inmediata y el problema de la anticipación

En la entrevista con Mario Nawfal, el presentador lee una declaración atribuida al jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas iraníes, el general de división Ali Abdollahi. Según el texto que reproduce, Irán está vigilando los movimientos y preparativos de Estados Unidos e Israel, empleando sus capacidades de inteligencia y actualizando continuamente su base de objetivos. Si se confirman indicios de una acción hostil, las Fuerzas Armadas no esperarían a que la agresión comenzase, sino que determinarían inmediatamente el momento y la forma de responder.

Nawfal interpreta esa declaración como una posible autorización para realizar ataques preventivos. Marandi corrige esa lectura.

«No lo llamaría preventivo», viene a decir, porque Irán se encuentra en una situación en la que no existe un acuerdo de alto el fuego ni un compromiso de cese de las hostilidades. Y precisa el sentido de la advertencia: si las autoridades iraníes constatan que el adversario está a punto de atacar, que la decisión ha sido tomada y que la operación comienza a ponerse en marcha, la respuesta será rápida.

La distinción vuelve a aparecer en ambas entrevistas. No se trata de afirmar que Irán vaya a atacar en cualquier momento por una mera sospecha o por la existencia de movimientos militares en la región. Se trata de que Teherán no quiere quedar obligado a recibir el primer golpe antes de ejercer su derecho a responder.

Marandi insiste en que las decisiones iraníes dependen de las circunstancias concretas. Pone como ejemplo los vuelos de aeronaves estadounidenses procedentes de países del Golfo y los movimientos de reconocimiento próximos al espacio aéreo iraní. No todos los movimientos tienen el mismo significado ni exigen necesariamente la misma respuesta. Una formación numerosa de aeronaves aproximándose a la frontera no equivale a uno o dos aparatos que realizan tareas de observación o reconocimiento.

El profesor sostiene que Irán procura no revelar todas sus capacidades, tanto dentro como fuera de sus fronteras. En su opinión, las autoridades iraníes han sido cuidadosas a la hora de mostrar sus posibilidades reales y de mantener ocultas determinadas capacidades que podrían aparecer en una futura fase del conflicto.

La advertencia, por tanto, tiene dos destinatarios. A los adversarios les comunica que no pueden contar con una respuesta limitada y previsible. A los gobiernos que mantienen relaciones con Washington les recuerda que la cooperación militar, logística o de inteligencia con Estados Unidos puede convertir sus territorios en parte del escenario de una confrontación.

La escalada no es una abstracción: cada acción modifica el cálculo

Uno de los pasajes más significativos de la conversación con Nawfal aparece cuando el presentador plantea la posibilidad de que Irán ataque buques de guerra estadounidenses, cables submarinos o infraestructuras energéticas.

Marandi no niega la capacidad iraní para hundir buques estadounidenses. Al contrario, afirma que esa posibilidad existe. Pero añade que, hasta ese momento, Irán se ha abstenido de hacerlo.

La explicación que ofrece no se limita a una cuestión de capacidad militar. Introduce el concepto de escalada y recuerda que cada acción tiene consecuencias. Si Estados Unidos comenzase a atacar infraestructuras esenciales iraníes, como las centrales eléctricas, la situación cambiaría radicalmente. Marandi subraya que las autoridades iraníes ya han advertido de ello.

Esta observación permite comprender que la respuesta anunciada no se plantea como una reacción automática e idéntica ante cualquier incidente. El tipo de objetivo atacado, la naturaleza de la agresión y el alcance de los daños pueden modificar la escala de la respuesta.

En la conversación con Alkhorshid, Marandi vuelve sobre esa cuestión desde una perspectiva más amplia. La próxima fase del conflicto, afirma, sería muy diferente de los primeros cuarenta días de guerra. No desarrolla una lista cerrada de operaciones futuras, pero sí sostiene que Irán ha reservado capacidades que todavía no ha utilizado y que el adversario no debería dar por conocidas todas las posibilidades iraníes.

La idea de fondo es que la contención de determinadas capacidades no debe confundirse con incapacidad. Para Marandi, el hecho de que Irán no haya empleado hasta ahora todos sus medios no significa que no pueda hacerlo, sino que la dirección iraní ha mantenido un cálculo sobre el momento, el coste y las consecuencias de cada escalón de la confrontación.

El memorando de entendimiento: Washington debe decidir

La dimensión militar de las entrevistas está estrechamente vinculada a una cuestión política: el memorando de entendimiento, el MOU, que Marandi presenta como el marco que Irán no está dispuesto a abandonar.

En la conversación con Nawfal, el profesor describe la estrategia estadounidense como un «juego de gallina». Washington, según su interpretación, habría confiado en que el aumento de la presión militar y económica terminaría obligando a Irán a capitular. Esa expectativa, sostiene, no se ha cumplido.

Marandi afirma que Irán no va a apartarse del memorando y que su aplicación puede adoptar diferentes fórmulas, siempre que se respete el marco acordado. Estados Unidos podría encontrar una manera de presentar el resultado como una victoria propia, pero eso no alteraría la exigencia iraní de que cumpla sus compromisos.

La formulación es significativa: Teherán no exige necesariamente que Trump reconozca públicamente una derrota. Marandi considera que Washington puede construir un relato político favorable a sus propios intereses, siempre que acepte las obligaciones asumidas.

La cuestión, por tanto, no sería cómo presenta Trump un eventual acuerdo ante su electorado, sino si está dispuesto a cumplirlo.

En la entrevista con Alkhorshid, esta posición aparece desarrollada con mayor contundencia en relación con el programa nuclear. Marandi sostiene que el programa nuclear iraní no está abierto a negociación mientras Estados Unidos no cumpla primero sus obligaciones. Rechaza las informaciones que presentan como acordada la entrega de uranio enriquecido a un tercer país y afirma que no existe tal compromiso.

El profesor también cuestiona el papel de los países que pretenden mediar mientras, a su juicio, presionan a Irán para que haga concesiones sin exigir a Washington el cumplimiento de sus compromisos. Menciona expresamente a Qatar y critica que se presente la negociación como una obligación unilateral iraní.

La secuencia que plantea es clara: primero, Estados Unidos debe cumplir lo acordado; después podrá abordarse el resto de las cuestiones dentro del marco correspondiente. Invertir ese orden equivaldría, desde su perspectiva, a pedir a Irán que renuncie a sus instrumentos de presión sin recibir garantías.

El estrecho de Ormuz y la dimensión económica de la confrontación

La entrevista con Nima Alkhorshid incorpora un elemento que permite entender por qué Marandi considera que una nueva guerra tendría consecuencias mucho más amplias que las estrictamente militares: el estrecho de Ormuz.

El profesor sostiene que Irán no permitirá que el tráfico de petróleo recupere la normalidad mientras no se alcancen sus objetivos. En su descripción, los buques que atraviesan la zona sin autorización iraní y que transportan petróleo procedente de países que considera colaboradores de Estados Unidos pueden convertirse en objetivos.

Marandi no presenta el estrecho como un simple punto de tránsito marítimo. Lo considera una palanca estratégica capaz de afectar a la economía regional y mundial. Por ello, cuando Alkhorshid pregunta por la posibilidad de una operación estadounidense contra alguna de las islas iraníes del sur, el profesor responde que la ocupación temporal de una isla no resolvería el problema estratégico de Washington.

Su argumento es que una operación de ese tipo podría desencadenar una respuesta que afectaría a las infraestructuras, las bases y los intereses estadounidenses en la otra orilla del Golfo Pérsico. En su escenario, las consecuencias alcanzarían también a la salida de petróleo, gas natural licuado, azufre, helio y fertilizantes desde la región.

Se trata de una advertencia formulada por Marandi, no de una descripción de hechos consumados ni de una previsión que deba presentarse como inevitable. Pero expresa con claridad el cálculo que atribuye a Teherán: cualquier intento de imponer una solución militar localizada podría desencadenar una crisis económica de alcance regional y global.

El profesor considera que Estados Unidos no dispone de una vía clara para alcanzar una victoria militar. A su juicio, cuanto más prolongue Washington la confrontación, mayores serán los costes y más difícil resultará controlar sus consecuencias.

En este planteamiento, el estrecho de Ormuz deja de ser únicamente un espacio geográfico de importancia comercial y se convierte en uno de los centros de gravedad de la disuasión iraní.

Los gobiernos del Golfo y el coste de prestar territorio a una guerra

Las dos conversaciones coinciden también en una advertencia dirigida a los gobiernos de la región que permiten el uso de sus territorios por parte de las fuerzas estadounidenses.

En la entrevista con Nawfal, Marandi afirma que los países del Golfo no pueden presentarse como neutrales si desde sus territorios despegan aeronaves estadounidenses que realizan operaciones contra Irán. Considera que esa cooperación los convierte en participantes de la confrontación, independientemente de la imagen diplomática que quieran proyectar.

En el diálogo con Alkhorshid, desarrolla esta idea con especial dureza al referirse a Emiratos Árabes Unidos y a las monarquías del Golfo. Sostiene que, si comienza una nueva fase de guerra, las bases estadounidenses en Emiratos no estarán a salvo y que Irán no aceptará que las fuerzas estadounidenses utilicen esos territorios para operar contra la República Islámica.

También interpreta la fragilidad de los gobiernos de la región como un factor que podría agravarse con una nueva guerra. Al referirse a Bahréin y Arabia Saudí, presenta a las monarquías gobernantes como estructuras vulnerables, dependientes de fuerzas de seguridad y apoyos externos.

La advertencia no se dirige únicamente a Washington y Tel Aviv. También interpela a los gobiernos árabes que colaboran con la presencia militar estadounidense: no podrán dar por sentado que la diplomacia y la cooperación económica los mantendrán al margen de las consecuencias de una guerra.

Una nueva arquitectura regional: el fin de la tutela exterior

La referencia de Marandi a un nuevo orden regional, dirigido por los pueblos y gobiernos de la propia región, es uno de los elementos políticos más importantes de la conversación con Alkhorshid.

No se limita a afirmar que Irán quiere expulsar a las fuerzas estadounidenses de sus bases. Presenta esa posibilidad como parte de una transformación más amplia de las relaciones de poder en Asia Occidental.

En su lectura, la presencia estadounidense ha contribuido a mantener un sistema regional basado en la dependencia, la división y la subordinación de los gobiernos locales a los intereses de Washington. Marandi considera que la política de «dividir y gobernar» ha sido una herramienta central del poder imperial y que las fuerzas de resistencia han surgido, precisamente, como respuesta a esa estructura.

Desde esa perspectiva, la resistencia no se define exclusivamente por su dimensión militar. Marandi la vincula a una posición política contraria a la hegemonía exterior y a los proyectos que, según su interpretación, han buscado fragmentar los Estados y las sociedades de la región.

Al hablar de Hezbolá, Siria, Afganistán y las fuerzas que identifica con el Eje de la Resistencia, el profesor rechaza que el análisis deba reducirse a divisiones sectarias. Defiende que la resistencia ha reunido a personas y comunidades de distintas confesiones y procedencias, y sostiene que su papel debe entenderse en relación con la oposición a la intervención exterior.

Su interpretación no deja dudas sobre el marco desde el que analiza el conflicto: la cuestión fundamental no es solamente qué gobierno ocupa el poder en cada país, sino qué relación mantiene con la hegemonía estadounidense y con la ocupación israelí.

La propuesta de un orden regional dirigido por las naciones de la zona debe leerse en ese contexto. No se trata de una descripción institucional detallada de cómo sería ese orden, sino de una orientación política: reducir la capacidad de las potencias exteriores para decidir el futuro de la región.

La guerra de los relatos: deshumanizar para legitimar la agresión

Una parte sustancial de la entrevista con Mario Nawfal se aparta del análisis estrictamente militar para abordar la construcción de relatos que preparan a la opinión pública para aceptar la violencia.

El profesor insiste en que la deshumanización del adversario no es un fenómeno secundario de la guerra. La considera un instrumento que permite presentar a una población como una amenaza, atribuirle comportamientos monstruosos y justificar después medidas que, en otras circunstancias, serían rechazadas.

Para ilustrar su argumento, recurre a su propia experiencia durante la guerra entre Irán e Irak. Recuerda que tenía dieciséis años cuando participó en aquel conflicto y cuestiona las narraciones difundidas en Occidente sobre niños iraníes enviados a los campos de batalla con supuestas llaves del paraíso colgadas del cuello para que se lanzaran sobre campos minados.

Marandi afirma que combatió en aquella guerra y que esas historias forman parte de una construcción destinada a presentar a Irán como una sociedad anormal y cruel. Recuerda también que escribió sobre esas narrativas y que llegó a cuestionar académicamente la obligación de demostrar la inexistencia de hechos que, según él, nunca habían ocurrido.

Su crítica se extiende a los relatos difundidos sobre Ansar Allah en Yemen. Cuestiona que se reproduzcan informaciones procedentes de medios saudíes sin una comprobación suficiente y recuerda que la denominación «hutíes» puede utilizarse de forma despectiva. Insiste en que Ansar Allah ejerce funciones de gobierno en Saná desde hace años y considera revelador que determinados medios occidentales sigan presentándolo únicamente como un grupo rebelde.

El punto central de su objeción no es que los medios deban aceptar sin crítica las declaraciones de las partes enfrentadas. Es precisamente lo contrario: Marandi reclama que se examine la procedencia de las informaciones, que se contraste su contenido y que no se convierta una acusación en un hecho por el simple procedimiento de añadir una fuente al final de una publicación.

En un momento especialmente revelador de la entrevista, Nawfal defiende que su equipo suele citar las fuentes de las informaciones que publica. Marandi responde que eso no siempre basta. Si un mensaje presenta una afirmación como un hecho y después añade una referencia, el lector puede recibir como verdadera una información que no ha sido comprobada.

La verdad, sostiene, no es inaccesible. Que resulte difícil verificar una información no significa que sea imposible hacerlo ni que debamos renunciar a buscarla.

En la conversación con Alkhorshid, Marandi retoma esta crítica al referirse a los relatos que proyectan sobre Irán y los palestinos, acusaciones que deberían examinarse en relación con las prácticas de quienes las formulan. Su planteamiento general es consistente en ambas entrevistas: la deshumanización precede a la legitimación de la violencia y la propaganda desempeña un papel esencial en ese proceso.

La política no puede quedar en manos de quienes no tienen principios

Otro de los momentos más interesantes de la entrevista con Nawfal aparece cuando el presentador reflexiona sobre la política como una actividad inevitablemente sucia y sobre la responsabilidad histórica de los dirigentes.

Marandi rechaza esa conclusión. Considera que presentar la política como un espacio intrínsecamente corrupto tiene una consecuencia muy concreta: apartar de ella a las personas decentes y dejar el poder en manos de quienes carecen de escrúpulos.

Su respuesta es una defensa explícita de la participación política. No basta con mantener las manos limpias y retirarse de los asuntos públicos. Las personas que defienden principios deben asumir la responsabilidad de intervenir y disputar el poder a quienes promueven guerras, bloqueos y agresiones.

El profesor pone como ejemplo el bloqueo contra Cuba, que considera una expresión de la falta de escrúpulos de quienes lo mantienen. Para él, un político que se oponga a esa política por razones morales merece reconocimiento precisamente por asumir una posición pública y no limitarse a expresar una desaprobación privada.

La idea enlaza con su defensa de las fuerzas de resistencia y con su crítica a la hegemonía exterior. La política no es un terreno que deba abandonarse por su suciedad, sino un espacio en el que deben participar quienes pretenden transformar las relaciones de poder.

La dimensión internacional y el riesgo de una crisis global

En la entrevista con Alkhorshid, Marandi conecta la posible escalada en Asia Occidental con la guerra de Ucrania y con la posición internacional de Estados Unidos.

Considera que ambos conflictos se complementan y que Washington atraviesa una situación de debilidad. Según su análisis, una nueva confrontación con Irán podría coincidir con un deterioro de la posición estadounidense en otros escenarios, multiplicando las consecuencias políticas y económicas.

Marandi advierte de que, si Trump ejecuta sus amenazas, la economía mundial podría sufrir un golpe de enormes proporciones. La interrupción de los flujos energéticos y comerciales desde el Golfo tendría consecuencias que no quedarían limitadas a los países directamente implicados.

También critica la respuesta de las élites políticas europeas. En su opinión, buena parte de las objeciones expresadas en Europa se centran en el aumento de los precios de la energía y en sus efectos sobre los consumidores, mientras se evita condenar con la misma contundencia la violencia ejercida contra la población iraní y palestina.

La crítica que formula es política y moral: considera que determinados dirigentes occidentales solo reaccionan cuando las consecuencias de sus decisiones afectan directamente a sus propias sociedades. La suerte de las poblaciones que sufren los ataques queda relegada a un segundo plano.

No es una observación aislada. Se relaciona con su denuncia de la deshumanización y con su idea de que la propaganda permite sostener políticas de agresión sin que quienes las respaldan tengan que asumir plenamente su responsabilidad.

Una decisión que Marandi sitúa en manos de Washington

Al final de la entrevista con Mario Nawfal, el profesor vuelve a la pregunta inicial: ¿considera probable una nueva guerra?

Su respuesta no es una afirmación de certeza. Dice que las posibilidades son muy elevadas, pero que el desenlace depende de Trump. Considera que el presidente estadounidense se encuentra bajo presión política y económica y que todavía puede decidir si acepta el marco del memorando de entendimiento o conduce la situación hacia una nueva fase de confrontación.

En la conversación con Alkhorshid, el tono es más severo. Marandi sostiene que Irán no permitirá que el estrecho de Ormuz vuelva a la normalidad mientras no se alcancen sus objetivos y que una nueva guerra tendría consecuencias muy distintas a las de la fase anterior.

Ambas declaraciones deben leerse conjuntamente. La primera deja abierta la posibilidad de una decisión política que evite la escalada; la segunda expone lo que, según Marandi, ocurriría si Washington opta por continuar la confrontación.

La posición iraní que describe no consiste en aceptar una negociación bajo presión ni en renunciar a sus instrumentos de disuasión para obtener una promesa de cumplimiento futuro. Consiste en exigir que Estados Unidos cumpla primero sus compromisos y en advertir de que una nueva agresión puede desencadenar una respuesta cuyo alcance no estará limitado al territorio iraní.

El profesor presenta esa postura como una decisión estratégica ya asumida por Teherán. La reunión del Seyyed Mojtaba Hosseini Jamenei con los mandos militares, la preparación de las Fuerzas Armadas, la actualización de los objetivos y la advertencia de una respuesta inmediata forman parte de un mismo mensaje.

La cuestión decisiva es si Washington está dispuesto a reconocer que la presión militar ya no garantiza la capitulación iraní. Marandi considera que Estados Unidos debe abandonar esa expectativa y aceptar el marco político acordado. De lo contrario, advierte, será la propia dinámica de la escalada la que determine el siguiente escenario.

La advertencia de fondo

Las dos entrevistas permiten comprender que el mensaje de Marandi no se reduce a una enumeración de capacidades militares iraníes ni a una amenaza dirigida a Estados Unidos e Israel. Su argumento combina tres dimensiones.

La primera es militar: Irán afirma disponer de capacidades que no ha utilizado plenamente y anuncia que responderá con rapidez ante una agresión inminente, sin aceptar límites geográficos predeterminados.

La segunda es política: Teherán no quiere volver a una negociación en la que la presión militar determine las condiciones y en la que las obligaciones estadounidenses puedan aplazarse indefinidamente. El memorando de entendimiento constituye, según Marandi, el marco que Washington debe cumplir.

La tercera es regional e internacional: la República Islámica interpreta la confrontación como parte de una disputa más amplia por la soberanía de Asia Occidental, por el papel de las potencias exteriores y por la capacidad de los pueblos de la región para decidir su propio futuro.

En ese marco, la referencia a un nuevo orden regional no es un añadido retórico. Es la dimensión política que da sentido a la advertencia militar. Si la presencia estadounidense y la capacidad de intervención exterior siguen siendo los instrumentos que condicionan la seguridad de la región, la disuasión iraní pretende alterar precisamente esa relación.

Marandi no oculta la gravedad del escenario que describe. Tampoco presenta la guerra como un desenlace deseable. Pero insiste en que Irán no aceptará una situación en la que sus adversarios puedan atacar, detenerse, negociar y volver a atacar cuando lo consideren conveniente, mientras Teherán permanece obligado a contener su respuesta.

La advertencia, en definitiva, es que esa etapa ha terminado. Si Washington decide abrir una nueva fase de la guerra no será Washington quien determine por sí solo su alcance ni su final.

Comité de Apoyo a Irán Iberia, a 31 de octubre de 2026


Entrevista con Mario Nawfal

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Entrevista con Nima Alkhorshid

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