La paradoja española: reconocer a Palestina mientras se persigue a quienes la defienden

El pasado 16 de junio, la Comisaría General de Información de la Policía Nacional ejecutó, por orden de la Audiencia Nacional, sendas detenciones en Bilbao y Getxo. Los detenidos fueron Asier Herranz y Youssef Brahim, dos activistas vascos vinculados a la red de apoyo a Palestina Samidoun y al colectivo Iranekin Bat.
La operación, que se precipitó tras la filtración de un informe policial en la web del Consejo General del Poder Judicial, se saldó con la retirada de sus pasaportes y la prohibición de abandonar el territorio español, mientras la causa sigue abierta y sus vidas quedan suspendidas en un limbo judicial .
El relato oficial los acusa de presuntos vínculos con Hizbulá, delitos de adoctrinamiento y enaltecimiento del terrorismo. Sin embargo, el propio juez José Luis Calama, al decretar su libertad provisional, dejó claro que el informe policial contenía «hipótesis y suposiciones, sin base objetiva alguna» y recordó que «la mera adhesión, simpatía o afinidad ideológica hacia organizaciones consideradas terroristas no constituye por sí misma conducta penalmente relevante» .
Lo que la Policía presentaba como indicios de terrorismo no era más que la biografía de cualquier activista internacionalista: gestionar un canal informativo en Telegram, viajar a campamentos de refugiados, participar en charlas con un embajador.
La contradicción es evidente: España reconoce oficialmente a Palestina, condena el genocidio en Gaza en foros internacionales, y sin embargo despliega todo el aparato represivo del Estado contra quienes toman esa causa más en serio que el propio Gobierno que dice defenderla .
Hoy, Asier y Youssef siguen firmando cada quince días en el juzgado, sin pasaporte, con sus vidas en suspenso. Y mientras tanto, en Huesca, el festival Own Spirit se prepara para acoger a miles de personas, entre ellos soldados israelíes en activo que han participado en la masacre de Gaza, autorizados por las mismas autoridades españolas que han destruido las vidas de Youssef y Asier.
No se trata de un hecho aislado: la organización ha confirmado la participación de al menos once DJs israelíes que han actuado ante tropas del ejército de ocupación, y el año pasado, de los 4.400 asistentes, mil eran israelíes, muchos de ellos reservistas . La misma España que retiene los pasaportes de dos activistas por informar sobre el genocidio, concede impunemente un escenario festivo a quienes lo perpetran.
Este es el cinismo que denuncian Asier Herranz y Youssef Brahim en el texto que hoy han publicado en sus redes. En él, no hablan solo de su propio calvario judicial—de las denuncias falsas de ABC y El Confidencial Digital— sino de algo más profundo: la capacidad de Occidente para ocultar la violencia y el sufrimiento humano bajo la normalidad.
"En este mundo de la OTAN", escriben, "algunos conflictos se condenan, otros se castigan y, al mismo tiempo, otros se ocultan tras el entretenimiento, la cultura o la normalidad".
Las palabras de Asier y Youssef, que reproducimos a continuación, son el testimonio de quienes han pagado el precio de negarse a callar:
El vídeo y el texto reflexivo que nuestro compañero Asier Herranz subió hoy a sus redes digitales en Instagram. En él, compara la situación que nuestro colega Youssef Brahim y él mismo atraviesan hoy con la fiesta sionista que actualmente se celebra con total impunidad por las autoridades españolas en Huesca: «
Otro día firmando y sin pasaporte, debido a los castigos que el régimen sionista español ha impuesto a @youssef_brahim313 y a ambos.
Hoy en Huesca, 1.200 soldados genocidas que han matado a decenas de miles de niños deambulan impunemente, autorizados por las autoridades españolas—las mismas que han destruido a las familias de Youssef y a ambos.
Del mismo modo, recordemos la situación que ha surgido estos días en torno a la fiesta del Espíritu Propio de Huesca, ya que es un indicador del cinismo e hipocresía de Pedro Sánchez. Esto me enfada y me da asco. No entiendo cómo puede ser tan fácil considerar normal, en nombre de la música y el entretenimiento, que haya subordinados vinculados al ejército de la entidad sionista, dado lo que está ocurriendo en Gaza.
El problema es mucho más profundo: ¿cómo se ha vuelto normal integrar a soldados activos que participan en un genocidio o a ‘personas’ vinculadas al ejército en un ambiente festivo, ante la destrucción y el sufrimiento causados por su ejército en Gaza, Líbano, Cisjordania, Yemen, Siria, Irak e Irán?
Para mí, ahí es donde reside la verdadera hipocresía.
En este mundo de la OTAN, algunos conflictos se condenan, otros se castigan y, al mismo tiempo, otros se ocultan tras el entretenimiento, la cultura o la normalidad.
Vemos imágenes de Gaza todos los días, pero al mismo tiempo parece que en Europa basta con poner música y crear un ambiente de fiesta para evitar hacer preguntas sobre todo lo que está ocurriendo. Por eso critico especialmente a la organización Own Spirit. En una situación así, una organización no puede decir que todo está ‘fuera de la política’ y, por tanto, no tiene nada que decir.
Tomar decisiones también es una postura política: quién está invitado, quién se normaliza y qué mensaje se transmite.
El problema no es el pasaporte; El problema es nuestra capacidad para ocultar la violencia y el sufrimiento humano bajo la normalidad.
En última instancia, la controversia en torno a Own Spirit nos lleva a una pregunta mucho más incómoda: ¿qué tiene que pasar en este mundo para que alguien siga de fiesta despreocupado cuando, en otros lugares, miles de personas han perdido sus hogares, familias y vidas?»