Irán ante la próxima fase de la guerra: Disuasión, capacidad de respuesta y una región al borde de la conflagración

DEMOLIENDO MITOS: Ezequiel Bistoletti y Firás Alcharani

Firás Alcharani analiza el nuevo escenario iraní, las negociaciones diplomáticas, la transformación de su doctrina de defensa y el papel de las potencias regionales ante la posibilidad de una nueva guerra.


En la emisión 453 de Demoliendo Mitos, el doctor Ezequiel Bistoletti conversa con el doctor Firás Alcharani, coronel de inteligencia del anterior Ejército Árabe Sirio, analista geopolítico y coordinador del Eje de la Resistencia en España, en un encuentro que ofrece una extensa lectura de los acontecimientos que están configurando la actual situación de Irán y de Asia Occidental.

El análisis de Alcharani parte de una premisa fundamental: la confrontación entre Irán, Estados Unidos e Israel no puede entenderse como una sucesión aislada de ataques, negociaciones y treguas. Estamos ante un conflicto de carácter estratégico, en el que se encuentran comprometidas la supervivencia del Estado iraní, la continuidad del proyecto político y militar israelí y la arquitectura de poder construida por Washington en la región.

A partir de los últimos movimientos diplomáticos, las reuniones de altos representantes de Arabia Saudí, Pakistán y Turquía con las autoridades iraníes, la intervención de Serguéi Lavrov y la existencia de una comunicación directa del vicepresidente estadounidense JD Vance, Alcharani reconstruye un escenario en el que Teherán parece haber decidido que su seguridad no puede quedar supeditada a las garantías de terceros.

La cuestión nuclear ocupa un lugar central, pero no agota el análisis. La incertidumbre sobre el paradero del uranio enriquecido, las capacidades industriales iraníes, la modernización de sus sistemas de defensa, la posible modificación de su doctrina de respuesta y la dimensión regional de una eventual guerra dibujan un panorama mucho más amplio. A ello se añaden las elecciones israelíes, las contradicciones de la política estadounidense, la posición de los Estados del Golfo, la situación de Siria y la capacidad de intervención de las distintas fuerzas que integran el Eje de la Resistencia.

Alcharani expone sus valoraciones sin ocultar la gravedad de sus conclusiones: considera que las negociaciones actuales no resuelven las contradicciones fundamentales y que una nueva confrontación podría extenderse mucho más allá de las fronteras iraníes, comprometiendo infraestructuras energéticas, comunicaciones, economías y gobiernos de toda la región.

Lo que sigue es una reconstrucción y desarrollo de su intervención, respetando el sentido de sus argumentos y distinguiendo sus informaciones, valoraciones y previsiones. No se trata de sustituir su análisis por una interpretación ajena, sino de ordenar y hacer comprensible la relación entre los distintos acontecimientos que presenta.

Redacción del Comité de Apoyo a Irán Iberia, a 1 de noviembre de 2026


1. El mensaje de Teherán: una nueva doctrina de respuesta

La conversación comienza con el mensaje transmitido por el Líder de la Revolución Islámica, Seyyed Mojtaba Hosseini Jamenei, a los altos mandos de las Fuerzas Armadas iraníes. En él se insiste en la necesidad de preparar un combate inteligente, reforzar la capacidad de disuasión y responder de manera inmediata y eficaz a cualquier amenaza, sin restricciones geográficas.

Para Alcharani, no estamos ante una declaración retórica más. El elemento decisivo es precisamente la referencia a la eliminación de las restricciones geográficas y la posibilidad de que Irán no espere necesariamente a recibir un nuevo ataque para actuar.

El coronel interpreta este mensaje como una modificación significativa de la doctrina que había caracterizado la respuesta iraní hasta ese momento. Según explica, Teherán había mantenido importantes limitaciones autoimpuestas, respondiendo a las agresiones después de producirse y procurando mantener determinados márgenes de contención. La nueva formulación apuntaría a una disposición diferente: si los servicios de inteligencia iraníes detectan preparativos inequívocos de una agresión, las Fuerzas Armadas podrían determinar el momento y la forma de su respuesta sin esperar a que el ataque enemigo se materialice.

Esta interpretación aparece reforzada al final del programa por las declaraciones del jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas iraníes, el general de división Ali Abdollahi. Según el mensaje reproducido durante la emisión, Irán está vigilando los movimientos del adversario, actualizando su base de datos de objetivos y no esperará a que comience una agresión si existen indicios de acciones hostiles.

La importancia de esta posición reside en el cambio de cálculo que introduce. Una estrategia basada exclusivamente en responder después de recibir el golpe concede al adversario la iniciativa temporal y la posibilidad de escoger el momento de la escalada. Una doctrina que contempla actuar ante la detección de preparativos hostiles pretende impedir que esa iniciativa quede exclusivamente en manos de Estados Unidos e Israel.

Alcharani relaciona esta evolución con la experiencia acumulada durante las confrontaciones anteriores. La conclusión que extrae es que Irán considera que las limitaciones que se impuso no han servido para garantizar su seguridad y que, por tanto, no está dispuesto a repetir necesariamente el mismo comportamiento.

2. La cuestión nuclear: el Tratado de No Proliferación y la pérdida de confianza

Uno de los bloques más importantes de la intervención está dedicado a la cuestión nuclear. Alcharani plantea que las agresiones contra las instalaciones nucleares iraníes han abierto un debate político y estratégico dentro del país sobre la utilidad de continuar formando parte del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP).

Su razonamiento parte de una contradicción que considera fundamental: Irán ha estado sometido a un régimen de inspección y vigilancia internacional especialmente intenso, pero esa supervisión no ha impedido que sus instalaciones nucleares sean atacadas militarmente.

La pregunta que, según explica, se estaría planteando en sectores del Parlamento y de las instituciones iraníes es muy concreta: ¿qué garantías ofrece permanecer dentro de un tratado internacional cuando la pertenencia al mismo no ha impedido que el país sea objeto de ataques contra instalaciones sometidas a vigilancia?

Alcharani menciona las inspecciones realizadas por el Organismo Internacional de Energía Atómica y la posición de su director general, Rafael Grossi. Recuerda que Irán ha permitido durante años una actividad inspectora considerable y que, sin embargo, esa cooperación no ha evitado las agresiones.

Desde su perspectiva, el problema ya no es exclusivamente técnico o nuclear. Se ha convertido en una cuestión de supervivencia nacional y de credibilidad del sistema internacional de no proliferación.

El coronel sostiene que dentro de Irán existe un debate sobre una eventual salida del TNP y que habría una propuesta legislativa preparada para ser considerada si se produce una nueva agresión de gran magnitud. No presenta la salida como una decisión ya consumada, sino como una posibilidad que, a su juicio, se estaría contemplando en determinados sectores del poder iraní.

También introduce un elemento relevante: las reservas de uranio enriquecido al 60 % y las centrifugadoras existentes antes de los ataques. En su intervención menciona aproximadamente 410 kilogramos de uranio enriquecido y unas 22.000 centrifugadoras, cuyo estado y localización, según afirma, no estarían suficientemente esclarecidos después de los bombardeos.

Su argumento es que la destrucción de instalaciones conocidas no equivale necesariamente a la eliminación de las capacidades industriales y científicas de un país. En particular, señala que los compromisos de inspección se concentran en determinadas actividades e instalaciones declaradas, mientras que la fabricación de centrifugadoras constituye una dimensión industrial diferente.

Alcharani sostiene que Irán habría continuado desarrollando centrifugadoras de sexta generación y que su capacidad industrial podría ser mayor de lo que los adversarios conocen. Vincula esta posibilidad a la opacidad que, según él, caracteriza la política de seguridad iraní.

Es importante comprender el alcance exacto de su planteamiento: no afirma disponer de una demostración pública de que Irán posea armas nucleares operativas. Expone una hipótesis propia, construida a partir de la incertidumbre sobre el material enriquecido, las capacidades de centrifugación y la continuidad de los programas tecnológicos.

En ese marco llega a plantear que Irán podría disponer de una capacidad nuclear mucho más avanzada de lo que se reconoce públicamente, e incluso especula con la posibilidad de que existan dispositivos no sometidos a ensayos conocidos. Se trata de una valoración del entrevistado, no de un hecho acreditado durante el programa.

La cuestión que quiere destacar es otra: la incertidumbre constituye, en sí misma, un factor de disuasión. Si Estados Unidos e Israel no pueden determinar con precisión qué capacidades conserva Irán, dónde se encuentran sus materiales y hasta qué punto ha avanzado su programa industrial, tampoco pueden calcular con seguridad el resultado de una nueva campaña militar.

3. La incertidumbre estratégica: instalaciones, túneles y capacidades desconocidas

Alcharani cuestiona también la identificación de determinadas instalaciones subterráneas como supuesto centro decisivo del programa nuclear iraní.

Se refiere expresamente a la montaña conocida como Kuh-e Kolang Gaz La (Pickaxe Mountain), próxima a Natanz. Su argumento es que no considera convincente la hipótesis de que allí se encuentre necesariamente el material nuclear más importante.

Explica que, según su valoración, el uranio enriquecido y las instalaciones vinculadas a su procesamiento no tendrían por qué concentrarse en un único emplazamiento fácilmente identificable. Recuerda además que Irán dispone de una extensa red de instalaciones protegidas y de estructuras subterráneas cuya localización y profundidad dificultarían cualquier intento de destrucción completa.

En este punto introduce la cooperación tecnológica norcoreana. Alcharani atribuye a Corea del Norte una experiencia especialmente importante en la construcción de túneles, instalaciones protegidas y sistemas subterráneos, y considera posible que esa experiencia haya sido compartida con Irán.

No se detiene únicamente en la protección física de las instalaciones. Lo que le interesa es la consecuencia estratégica de esa arquitectura: la imposibilidad de asegurar que un ataque contra los emplazamientos conocidos haya eliminado realmente la capacidad nuclear o industrial iraní.

A su juicio, esa incertidumbre ayuda a explicar por qué una nueva ofensiva no resulta tan sencilla como podría sugerir la superioridad aérea estadounidense e israelí.

El problema no consiste solamente en disponer de armas capaces de destruir instalaciones. Consiste en saber qué instalaciones deben destruirse, qué capacidades permanecen intactas y qué respuesta puede desencadenarse después.

En consecuencia, Alcharani considera que la búsqueda de información sobre el paradero del material enriquecido y sobre las fábricas de centrifugadoras constituye una de las prioridades de los servicios de inteligencia occidentales.

4. La guerra de inteligencia dentro de Irán

La dimensión de inteligencia ocupa otro lugar central en el análisis.

Alcharani afirma que Irán estaría enfrentándose a una actividad de infiltración que va más allá del reclutamiento de colaboradores locales. Según la información que dice manejar, oficiales del Mossad, del MI6 y de la CIA habrían conseguido penetrar directamente en territorio iraní, utilizando principalmente las fronteras de Irak y Azerbaiyán.

Su valoración es que la prioridad de estas operaciones sería localizar el material nuclear, identificar las instalaciones industriales y determinar dónde se encuentran las capacidades que no pudieron ser destruidas durante las campañas militares anteriores.

El coronel destaca que Irán dispone de una estructura de seguridad propia, con distintos organismos que, según su explicación, colaboran entre sí. También subraya la importancia de la movilización social y de la participación de la población en la detección de actividades sospechosas.

En este contexto menciona operaciones de desarticulación de grupos y posibles atentados que, según afirma, habrían sido neutralizados antes de ejecutarse. Alude concretamente a dos supuestos intentos de atentado, uno contra el presidente de la República y otro contra el máximo responsable del poder judicial iraní. Añade que las autoridades iraníes no habrían hecho pública toda la información relativa a esos episodios y que algunos sospechosos habrían sido detenidos.

Otra de sus observaciones se refiere a las visitas diplomáticas y a los contactos personales con los máximos responsables iraníes. Alcharani plantea la posibilidad de que los servicios de inteligencia adversarios intenten aprovechar esos encuentros para introducir dispositivos de localización o conseguir información sobre los movimientos del Líder. No afirma conocer que se haya producido efectivamente una operación de este tipo, pero considera que la posibilidad explica la extrema desconfianza iraní hacia los intermediarios y visitantes extranjeros.

Su conclusión es contundente: Teherán no puede permitirse confiar su seguridad a quienes participan en negociaciones mientras sus respectivos países mantienen vínculos estratégicos con Estados Unidos o Israel.Esta desconfianza se extiende incluso a actores con los que Irán mantiene relaciones diplomáticas o intereses comunes. Alcharani recuerda su propia experiencia en Siria y advierte que las coincidencias circunstanciales no eliminan necesariamente las contradicciones estratégicas.

5. Lavrov, la carta de JD Vance y la diplomacia de la espera

La sucesión de reuniones diplomáticas constituye, para Alcharani, uno de los elementos más reveladores del momento.

La visita de Serguéi Lavrov a Teherán, sus encuentros con las autoridades iraníes y, especialmente, su reunión con Mohsen Rezaei son interpretados dentro de una intensa actividad de intermediación. Bistoletti presenta también los encuentros de representantes iraníes con el ministro de Defensa saudí, el príncipe Khalid bin Salman; con el jefe de las Fuerzas Armadas de Pakistán, Asim Munir, y con representantes de Turquía, entre ellos el responsable de inteligencia Ibrahim Kalin y el ministro de Asuntos Exteriores.

La acumulación de estas visitas no es un detalle secundario. Muestra que la situación iraní se ha convertido en una preocupación directa para numerosos gobiernos regionales y para las grandes potencias.

Alcharani explica que Lavrov habría trasladado dos propuestas. Una de ellas, de carácter ruso, contemplaría la posibilidad de trasladar a Rusia parte del uranio enriquecido iraní a cambio de aliviar determinadas sanciones, reducir la presión económica y facilitar la normalización de las relaciones. La respuesta iraní, según relata, habría sido inequívoca: no saldría ni un gramo de uranio enriquecido del país.

La posición responde a la desconfianza que atraviesa todo su análisis. Si el material nuclear constituye una garantía estratégica frente a nuevas agresiones, desprenderse de él a cambio de promesas económicas o políticas supondría, desde esa perspectiva, renunciar a una parte esencial de la capacidad de disuasión.

El segundo elemento es la carta atribuida a JD Vance, vicepresidente de Estados Unidos, cuya existencia fue reconocida públicamente por ambas partes, aunque su contenido permanece reservado. Alcharani considera que esta comunicación debe interpretarse dentro de una maniobra estadounidense para ganar tiempo. Vincula la iniciativa a las presiones económicas derivadas del conflicto, especialmente al aumento de los precios del petróleo y los combustibles, y a la necesidad de aliviar las tensiones antes de las elecciones estadounidenses.

En su interpretación, Washington estaría buscando algún tipo de entendimiento que permitiera reabrir el estrecho de Ormuz, recuperar cierta estabilidad comercial y aplazar los problemas más difíciles para una negociación posterior.

También menciona el dinero iraní procedente de antiguas ventas de petróleo y gas a Corea del Sur, cuyos intereses habrían sido objeto de gestiones diplomáticas a través de Qatar. Considera que estos movimientos podrían formar parte de una estrategia para presentar señales de buena voluntad y conseguir que Irán acepte concesiones.

Sin embargo, el coronel insiste en que Teherán no parece dispuesto a confundir una iniciativa diplomática con una garantía de seguridad.

La carta de Vance, cuyo contenido no se ha hecho público, es para él un elemento que debe observarse por sus efectos políticos y por el momento en que aparece, no por las interpretaciones interesadas que puedan construirse alrededor de ella.

6. Una guerra que no se resuelve con una tregua

La interpretación más profunda de Alcharani aparece cuando aborda la naturaleza del conflicto.

Para él, el enfrentamiento entre Irán e Israel no es una disputa territorial convencional ni una crisis diplomática que pueda resolverse mediante un acuerdo puntual. Lo define como una confrontación vinculada a la supervivencia de dos proyectos estatales y políticos incompatibles. Por eso considera que una tregua, incluso si se alcanza, no significaría el final del conflicto.

Podrían firmarse acuerdos temporales, establecerse compromisos limitados o abrirse periodos de menor intensidad militar. Pero, mientras persistan las contradicciones fundamentales, la posibilidad de una nueva guerra seguirá presente.

Para explicar esta idea recurre a Siria y a su prolongado enfrentamiento con Israel desde 1948. Recuerda las sucesivas etapas políticas, los distintos gobiernos y las décadas de enfrentamientos, treguas y ausencia de un tratado de paz definitivo. La experiencia siria le sirve para ilustrar que una confrontación histórica puede prolongarse durante generaciones y que los cambios de gobierno o las modificaciones de las alianzas no eliminan automáticamente las contradicciones que la originaron.

En su lectura, Irán se encuentra en una situación semejante, aunque con una dimensión estratégica mucho mayor. La cuestión no es únicamente quién gobierna en Teherán o qué administración ocupa la Casa Blanca. Lo que está en juego es el equilibrio de poder de toda Asia Occidental.

Desde esa perspectiva, Alcharani rechaza la idea de que una negociación pueda cerrar definitivamente el conflicto. Considera que los acuerdos serán, en el mejor de los casos, pausas dentro de una confrontación mucho más prolongada.

7. La defensa en profundidad y la capacidad de respuesta iraní

Uno de los conceptos más importantes que introduce Alcharani es la capacidad de respuesta distribuida por todo el territorio iraní.

En su análisis, la destrucción de determinados centros de mando o instalaciones militares no significa necesariamente que el país pierda la capacidad de continuar combatiendo. Explica que Irán habría desarrollado una estructura defensiva de carácter distribuido, basada en lo que podemos describir como una defensa en racimo, en la que las distintas provincias dispondrían de medios y capacidades propias para mantener la respuesta incluso si determinados centros de dirección fueran atacados. Esta configuración permitiría que la neutralización de una parte de la estructura militar no implicase necesariamente la paralización del conjunto, al conservarse otros núcleos con capacidad de actuación.

Relaciona esta concepción con lo que denomina el sistema de la «mano muerta», referencia al sistema soviético desarrollado durante la Guerra Fría para garantizar la capacidad de represalia incluso en el supuesto de que un ataque enemigo destruyera los principales centros de mando y comunicación. Su planteamiento respondía a una premisa estratégica: la capacidad de respuesta no debía depender de la supervivencia de un único centro de dirección.

La idea que quiere transmitir es que un adversario puede destruir una parte importante de la infraestructura militar, pero no necesariamente impedir que continúe la respuesta.

Alcharani considera que esta estructura transforma radicalmente los cálculos de una posible ofensiva estadounidense o israelí. Un ataque concebido para neutralizar rápidamente la capacidad de decisión iraní podría no conseguir ese resultado si las unidades y estructuras territoriales mantienen autonomía suficiente.

En este escenario, la disuasión no depende exclusivamente de la cantidad de misiles disponibles, sino de la capacidad de seguir operando bajo condiciones de destrucción parcial y de responder desde diferentes puntos del territorio.

También menciona las instalaciones nucleares israelíes de Dimona y las capacidades estratégicas que, según su valoración, Irán tendría identificadas.

La referencia es importante porque muestra que su análisis no contempla una guerra limitada a la destrucción de instalaciones iraníes. Considera que cualquier agresión de gran escala podría desencadenar ataques contra objetivos estratégicos israelíes, con consecuencias de una gravedad extraordinaria.

8. Los nuevos sistemas de armas y la guerra electrónica

Alcharani dedica una parte considerable de la entrevista a las capacidades militares iraníes que, según afirma, todavía no habrían sido utilizadas plenamente.

Entre ellas destaca un sistema de misiles al que identifica como «Rastakhiz», de unas 27 toneladas, con una versión de mayor tamaño que, según sostiene, alcanzaría las 40 toneladas. La característica que le atribuye es la combinación de una carga explosiva convencional con otra de naturaleza electromagnética, cuya finalidad sería afectar al funcionamiento de los sistemas electrónicos en una zona no menor a 80 kilómetros cuadrados, en su versión de 27 toneladas. El entrevistado sostiene que esta capacidad podría neutralizar infraestructuras de comunicaciones, radares y otros sistemas electrónicos, dificultando la coordinación de las defensas antiaéreas y la respuesta militar del adversario.

No se limita a la destrucción física de instalaciones. El concepto que desarrolla es el de paralización de sistemas: inutilizar temporalmente los medios que permiten que una infraestructura moderna funcione.

En su exposición, la guerra electrónica aparece como un componente decisivo de la próxima fase del conflicto. Una defensa aérea depende de radares, comunicaciones, centros de coordinación y sistemas de identificación. Si esos elementos quedan comprometidos, la eficacia de los sistemas antiaéreos disminuye considerablemente.

Alcharani relaciona esta cuestión con los sistemas chinos de defensa que, según afirma, habrían adquirido una importancia creciente en la modernización militar iraní. Menciona concretamente los sistemas HQ-9 y HQ-22, además de otros medios de defensa de menor alcance, y sostiene que las capacidades chinas ofrecen a Irán una protección que no puede evaluarse simplemente comparándola con los sistemas rusos más conocidos.

Su argumento es que Irán no depende exclusivamente de los sistemas de defensa que se le atribuyen habitualmente. Habría desarrollado y adquirido capacidades diferentes, algunas de ellas adaptadas a sus propias necesidades.

En este contexto explica un episodio que considera especialmente significativo: la aproximación de una formación aérea estadounidense e israelí a las proximidades de la frontera iraní, que habría terminado sin ejecutar el ataque previsto. Según su relato, la presencia y el alcance de los radares y sistemas de defensa iraníes habrían obligado a reconsiderar la operación.

Alcharani interpreta que el episodio demuestra que una campaña aérea contra Irán no sería una operación sencilla. La posibilidad de penetrar en el espacio aéreo iraní y operar con libertad suficiente para destruir instalaciones protegidas estaría lejos de estar garantizada.

También se refiere a las bombas penetrantes empleadas contra instalaciones subterráneas y plantea la posibilidad de que Irán haya estudiado los efectos de aquellas que no alcanzaron los resultados esperados, concretamente una de ellas que habría caído sin llegar a explotar. Según su hipótesis, el análisis de esa munición, de los daños producidos, del comportamiento de las bombas y de sus limitaciones podría haber permitido a los iraníes obtener información tecnológica de gran valor e incluso, mediante procesos de ingeniería inversa, llegar a reproducir determinados componentes o soluciones técnicas de estas armas.

No obstante, Alcharani introduce una consideración adicional: incluso si Irán hubiera conseguido acceder a parte de esa tecnología, su eventual aprovechamiento estaría condicionado por las capacidades de su fuerza aérea actual. Estas bombas, por sus dimensiones, peso y características de diseño, están concebidas para ser lanzadas desde bombarderos de gran formato, aeronaves de las que Irán no dispone. Por tanto, el conocimiento de su tecnología no implicaría necesariamente que pudiera emplearlas en sus propias operaciones aéreas.

Su conclusión es que Estados Unidos e Israel deben afrontar una realidad distinta de la que probablemente habían previsto: Irán conserva capacidades defensivas, tecnológicas y de respuesta que complican considerablemente cualquier operación concebida como una campaña breve.

9. El Golfo Pérsico: la dimensión regional de una nueva guerra

La advertencia más grave de Alcharani aparece cuando amplía el escenario más allá de Irán e Israel.

Considera que una nueva guerra no quedaría confinada a los dos países enfrentados. Su extensión afectaría directamente a las monarquías del Golfo, a las instalaciones energéticas, a las redes de comunicaciones y a los intereses económicos occidentales establecidos en la región.

El coronel sostiene que Irán no aceptaría una situación en la que sus propias infraestructuras fueran destruidas mientras los países que facilitan las operaciones militares contra él permanecieran al margen de las consecuencias. En este sentido, menciona instalaciones petroleras y gasísticas, centrales eléctricas, plantas de desalación, puertos, aeropuertos y otras infraestructuras estratégicas.

La dimensión económica es esencial en su razonamiento. El Golfo Pérsico no es únicamente una zona de producción de hidrocarburos. Constituye también un corredor fundamental para el comercio internacional, las comunicaciones y las transacciones financieras.

Alcharani llama la atención sobre los cables submarinos y las conexiones que atraviesan la región, así como sobre la dependencia de numerosos sectores económicos respecto a la estabilidad de esos corredores. Una guerra que comprometiera estas infraestructuras tendría consecuencias mucho más allá de Asia Occidental. Afectaría al suministro energético europeo, a los mercados internacionales y a las relaciones comerciales entre Asia y Europa.

La referencia a las empresas tecnológicas estadounidenses y a las infraestructuras de comunicación muestra que el coronel contempla el conflicto como una confrontación contra la arquitectura económica y tecnológica que sostiene la presencia occidental en la región. En su interpretación, una escalada podría alcanzar una dimensión que paralizara servicios esenciales y alterara profundamente el funcionamiento de los mercados.

No presenta este escenario como una amenaza limitada a las instalaciones militares. Lo que describe es una posible crisis sistémica, en la que la destrucción de infraestructuras energéticas y de comunicaciones tendría efectos acumulativos sobre la vida económica de numerosos países.

10. Arabia Saudí, Emiratos, Qatar y la fragilidad de las monarquías del Golfo

Alcharani considera que los gobiernos de la región deben afrontar una realidad que durante mucho tiempo han preferido ignorar: la protección estadounidense no garantiza necesariamente su seguridad en caso de una guerra generalizada.

Se refiere a las reuniones entre responsables militares regionales y representantes estadounidenses, y a la conclusión que atribuye a varios gobiernos del Golfo: cada Estado tendrá que preocuparse por su propia defensa. Washington priorizará la protección de Israel y no podrá garantizar la seguridad de todas las monarquías y de todas las instalaciones que forman parte de su sistema de alianzas.

El coronel analiza también las contradicciones históricas y políticas entre estos gobiernos y sus sociedades. En el caso de Arabia Saudí, menciona la fragilidad de unas fuerzas armadas cuya capacidad material, a su juicio, no se corresponde necesariamente con su eficacia real. También alude a las relaciones con Pakistán y al papel de pilotos extranjeros en la operación de determinados sistemas militares.

Respecto a Yemen, considera que las fuerzas vinculadas a Ansarolá disponen de una capacidad de intervención que no debe subestimarse. Sostiene que su comportamiento hasta ese momento había sido prudente, debido a las complejidades internas del país y a la necesidad de mantener equilibrios entre las distintas estructuras tribales y políticas.

Sin embargo, advierte de que esa cautela podría desaparecer si se produce una agresión directa contra Irán o contra los principales actores de la Resistencia.

También introduce la cuestión de los territorios yemeníes históricamente vinculados a Arabia Saudí y la posibilidad de que una guerra regional altere las fronteras y los equilibrios existentes.

En cuanto a Emiratos Árabes Unidos y Qatar, destaca la vulnerabilidad de sus grandes centros urbanos y económicos ante una interrupción prolongada del suministro eléctrico, del agua potable y de las comunicaciones.

La imagen que dibuja es la de unos Estados cuya prosperidad depende en gran medida de infraestructuras extremadamente sensibles y de un entorno regional estable.

Su advertencia es que la destrucción de esas infraestructuras podría provocar desplazamientos de población, paralización económica y una crisis política de grandes dimensiones. Alcharani contempla incluso la posibilidad de un retroceso de noventa años, cuyas consecuencias podrían llegar a comprometer la propia supervivencia de algunas de estas petromonarquías tal y como están concebidas actualmente. Su análisis relaciona esa eventual transformación con la configuración geopolítica establecida durante la hegemonía británica, posteriormente consolidada bajo el predominio estadounidense, y con lo que caracteriza como el progresivo control financierista ejercido por el actual Poder Sionista Mundial (PSM).

11. Irak, Líbano y Yemen: el Eje de la Resistencia en el escenario de guerra

La intervención de Alcharani no presenta la posible escalada como un enfrentamiento bilateral entre Irán e Israel. Dedica especial atención al papel de las fuerzas que integran el Eje de la Resistencia y a la posibilidad de que diferentes frentes se activen simultáneamente.

Respecto a Irak, afirma que las fuerzas de la Resistencia estarían preparadas para intervenir si Irán fuera objeto de una nueva agresión de gran magnitud. En relación con Líbano, sostiene que la extensión de la guerra podría implicar directamente a la Resistencia libanesa y modificar la situación militar en el sur del país. Sobre Yemen, explica que la participación de Ansarolá dependería de la evolución de los acontecimientos y de la decisión de intervenir plenamente si se cruza determinado umbral de agresión.

Lo importante de su planteamiento es que no considera estas fuerzas como actores aislados, sino como componentes de un escenario regional interconectado. Una ofensiva contra Irán podría desencadenar respuestas desde diferentes territorios, obligando a Estados Unidos e Israel a afrontar una situación mucho más compleja que la de una campaña militar convencional.

Alcharani subraya que la capacidad de intervención de cada uno de estos actores no debe confundirse con una subordinación mecánica a las decisiones de Teherán. Cada frente tiene sus propias condiciones, sus intereses y sus ritmos de actuación. Sin embargo, en su análisis, la existencia de una causa estratégica compartida constituye un factor decisivo para comprender la dimensión regional del conflicto.

12. Las elecciones israelíes: dos bloques, una misma orientación estratégica

La conversación se desplaza después hacia la política interna israelí.

Bistoletti presenta los resultados electorales y plantea la posibilidad de que los partidos árabes hayan obtenido un resultado especialmente significativo, mientras que los dos grandes bloques sionistas continúan disputándose la formación de gobierno.

Alcharani considera poco probable que los partidos árabes puedan integrarse de manera efectiva en una coalición gubernamental. Su interpretación es que tanto el bloque de Netanyahu como sus adversarios comparten los fundamentos esenciales del proyecto sionista, aunque mantengan diferencias sobre la gestión política, las alianzas y la distribución del poder.

Por eso contempla como posibilidad una fórmula de unidad nacional entre los principales bloques, con el objetivo de mantener una política común frente a Irán.

En su análisis, la política estadounidense también tendría un papel importante en esa recomposición. Considera que Washington necesita preservar la estabilidad del sistema político israelí y evitar que las disputas internas comprometan sus objetivos estratégicos.

Alcharani relaciona esta cuestión con la situación política y judicial de Netanyahu y con los intereses que, según su valoración, explicarían el respaldo de Trump. En este análisis introduce también el caso Epstein: sostiene que la estrecha relación que mantuvieron Trump y Epstein, junto con la información que de él se dispondría y que atribuye al Mossad, podría constituir un elemento de presión sobre el presidente estadounidense y ayudaría a explicar su actitud hacia Netanyahu.

Pero el elemento que considera más significativo es la participación de la población árabe en las elecciones. Interpreta el aumento de esta como una expresión de la creciente preocupación de los sectores árabes de la sociedad israelí ante el rumbo político del país.

A continuación, plantea una contradicción demográfica y política: la posibilidad de incorporar a millones de palestinos de Cisjordania y Gaza a un eventual marco de ciudadanía israelí alteraría profundamente la composición demográfica y el equilibrio político del Estado. En este sentido, la cuestión palestina no puede separarse de la crisis interna israelí.

Alcharani considera que los resultados electorales no garantizan un cambio en la política hacia los palestinos. Recuerda que los dos grandes bloques mantienen posiciones esencialmente coincidentes en cuestiones como la ocupación, la colonización de Cisjordania y la continuidad del sistema político israelí. No obstante, señala que una mayor representación árabe podría introducir presiones parlamentarias sobre cuestiones concretas, especialmente la colonización y la situación de los presos palestinos.

Su conclusión es que las elecciones pueden modificar el reparto de poder, pero no necesariamente la orientación estratégica del Estado. Esta observación encuentra una prolongación en la reflexión del doctor Ezequiel Bistoletti, quien desplaza el análisis desde la continuidad institucional hacia el consenso político y social que, a su juicio, sostiene esa orientación.

Bistoletti considera que el verdadero beneficiario de esta dinámica no es Netanyahu ni la alianza opositora, sino el propio genocidio, en la medida en que ninguna de las dos grandes alternativas políticas habría ofrecido una ruptura sustancial con esa «política aplicada» contra el pueblo palestino. En sus palabras:

«…Y en realidad el verdadero ganador aparece tristemente…, ¿quién representa el verdadero ganador, sino el genocidio? El genocidio representa el verdadero ganador, porque entre el ochenta y el noventa por ciento de los ciudadanos en Israel convalidaron el genocidio con el voto o a Netanyahu o a la alianza opositora a favor del genocidio».

13. Siria: la destrucción del Estado y la ruptura del tejido social

Uno de los momentos más personales de la entrevista aparece cuando Bistoletti pregunta por la situación siria y por el papel del actual poder de Damasco.

La respuesta de Alcharani está marcada por su experiencia y por su vínculo con el anterior Ejército Árabe Sirio. Describe una Siria profundamente debilitada, sin una estructura estatal y militar comparable a la que existía anteriormente y con una situación económica y social que considera dramática.

Afirma que la mayor parte de la población vive en condiciones de empobrecimiento y que las expectativas de inversión internacional carecen de fundamento mientras persistan la inseguridad y la presencia de grupos armados radicales.

El coronel cuestiona también la capacidad del actual poder sirio para intervenir militarmente en un conflicto regional de gran escala. Menciona la presencia de mercenarios sirios en otros escenarios, especialmente en Yemen, y sostiene que las fuerzas vinculadas al actual gobierno de Damasco no dispondrían de la capacidad necesaria para desempeñar un papel determinante frente a la Resistencia libanesa.

Alcharani advierte de que cualquier intento de implicar directamente a Siria en una nueva guerra podría provocar una respuesta iraní de gran magnitud. Pero su preocupación principal no es únicamente militar.

Describe la ruptura del tejido social sirio, la desconfianza entre comunidades religiosas y la persistencia de secuestros, asesinatos y persecuciones sectarias. Afirma que antiguos militares y oficiales que se acogieron a determinados procesos de amnistía habrían sido posteriormente asesinados y que las cárceles estarían llenas de antiguos miembros del Ejército sirio.

También denuncia la situación de las mujeres alauitas y la persecución de determinados sectores de la población. En su relato, la situación económica constituye otro indicador de la profundidad de la destrucción. Compara el coste de productos básicos, la electricidad y los servicios esenciales con los niveles anteriores, y sostiene que las condiciones de vida han empeorado drásticamente. A ello añade la ocupación israelí de territorios en el sur de Siria, que considera estratégicos por sus recursos hídricos, y el control turco sobre amplias zonas del norte.

La conclusión de Alcharani es especialmente dolorosa: considera que Siria ha perdido no solo buena parte de sus capacidades materiales, sino también una parte esencial de la cohesión social que permitía la convivencia entre sus distintas comunidades.

Su intervención permite comprender por qué la experiencia siria ocupa un lugar tan importante en su interpretación de Irán. Para él, Siria constituye una advertencia sobre las consecuencias de la intervención exterior, la fragmentación institucional y la destrucción de las estructuras estatales.

14. El verdadero problema: la arquitectura de poder de Asia Occidental

En la parte final de la entrevista, Alcharani amplía su análisis hasta abordar la estructura política y económica de los Estados del Golfo.

Sostiene que existe una relación histórica entre las monarquías de la región, las potencias occidentales y la arquitectura financiera internacional. Menciona especialmente la relación entre Arabia Saudí y Estados Unidos desde la década de 1970, vinculándola al sistema del petrodólar y a la utilización de los ingresos energéticos para financiar los circuitos financieros y económicos occidentales del actual y hasta hoy hegemónico, PSM.

Desde su perspectiva, las monarquías del Golfo no son únicamente gobiernos aliados de Washington. Constituyen una parte esencial de un sistema de poder que ha permitido mantener la influencia occidental sobre los recursos estratégicos de la región. Alcharani considera que cualquier transformación profunda de Asia Occidental exige abordar también esa arquitectura política.

En este punto establece una distinción que conviene preservar: no plantea su crítica como una hostilidad hacia los pueblos de Arabia Saudí, Emiratos o los demás países del Golfo. Su cuestionamiento se dirige a las estructuras de poder y a los gobiernos que, en su opinión, han subordinado la seguridad regional a los intereses de las potencias exteriores.

Considera que una seguridad compartida entre los pueblos de la región sería posible sobre bases diferentes, sin la dependencia de las bases militares estadounidenses y sin la actual subordinación estratégica.

La cuestión, por tanto, no se limita a debilitar militarmente a Israel. Para Alcharani, es necesario comprender las relaciones políticas y económicas que sostienen el equilibrio de poder existente. En ese sentido, su análisis conecta el conflicto iraní con una transformación regional de mucha mayor profundidad.

15. Azerbaiyán y Chipre: los posibles nuevos escenarios de extensión del conflicto

La conversación concluye con dos referencias geográficas que amplían todavía más el mapa de riesgos.

La primera es Azerbaiyán.

Alcharani considera que este país constituye un punto especialmente sensible debido a su posición geográfica, a las relaciones con Israel y a su importancia para la estabilidad del mar Caspio. Recuerda que, según su información, las operaciones de inteligencia que penetraron en territorio iraní habrían utilizado también la frontera azerbaiyana.

Considera que cualquier extensión del conflicto a este espacio podría afectar directamente a los intereses estratégicos rusos y desestabilizar una región especialmente delicada.

La segunda referencia es Chipre. El coronel señala que las bases británicas y francesas existentes en la isla podrían adquirir importancia si se utilizan para operaciones aéreas contra Irán. Por ello, considera que Chipre podría incorporarse al escenario de tensión si se produce una escalada militar y si desde sus instalaciones se facilita la intervención occidental.

También menciona el derribo del helicóptero del presidente iraní Ebrahim Raisi y sostiene que las autoridades iraníes conocerían más información sobre aquel episodio de la que han hecho pública. No aporta pruebas concretas en la conversación, pero incorpora el asunto a su análisis de las penetraciones de inteligencia y de las amenazas que, según considera, se han desarrollado desde las fronteras iraníes.

La referencia final a Azerbaiyán y Chipre resume una de las ideas que atraviesan toda la entrevista: una guerra contra Irán no tendría por qué limitarse a los escenarios que inicialmente aparecen en los mapas militares.


Conclusión. Irán no está negociando desde la confianza, sino desde la preparación

La intervención de Firás Alcharani deja una conclusión que articula todos los asuntos tratados: Irán considera que su seguridad no puede depender de las promesas de Estados Unidos, de las garantías diplomáticas de terceros ni de la confianza en unos mecanismos internacionales que no han impedido las agresiones sufridas.

La actividad diplomática, las reuniones con representantes de Arabia Saudí, Pakistán y Turquía, la mediación rusa y la carta atribuida a JD Vance no deben interpretarse, en su análisis, como señales suficientes de que el conflicto está resuelto.

Son movimientos que se desarrollan en paralelo a una preparación militar, una reorganización de la seguridad interna y una revisión de las condiciones en las que Irán está dispuesto a responder a una nueva agresión.

La cuestión nuclear ocupa un lugar central porque afecta directamente a la capacidad de disuasión y a la confianza en el sistema internacional de no proliferación. La incertidumbre sobre el material enriquecido, las centrifugadoras y las instalaciones subterráneas constituye, para Alcharani, una de las principales dificultades a las que se enfrentan los adversarios de Irán.

A ello se suma la denominada defensa en mosaico, una estructura militar que, según la explicación de Bistoletti, permite mantener capacidades de respuesta independientes y distribuidas territorialmente, evitando que la neutralización de unos pocos centros de mando paralice por completo la capacidad de reacción del país.

Pero la advertencia más importante de su intervención se refiere a la dimensión regional de una nueva guerra. El conflicto podría extenderse a las infraestructuras energéticas, los sistemas de comunicación, los corredores comerciales y los gobiernos que forman parte de la arquitectura de seguridad estadounidense en el Golfo.

En ese escenario, Irak, Líbano y Yemen adquirirían una importancia decisiva, mientras que Siria seguiría siendo un territorio profundamente condicionado por la fragmentación y la intervención exterior.

Alcharani no presenta la guerra como algo deseable. Insiste en que no se trata de desear una nueva conflagración, sino de comprender que las contradicciones estratégicas existentes hacen muy difícil evitarla.

Su diagnóstico es severo: las negociaciones pueden aplazar el enfrentamiento, pero no resolverán por sí mismas las causas que lo alimentan. Y si una nueva ofensiva se produce, sus consecuencias podrían superar ampliamente el cálculo de quienes la hayan iniciado.

La última idea que deja la entrevista es, por tanto, la de una región que ha entrado en una fase de extrema incertidumbre, en la que cada movimiento diplomático se desarrolla bajo la sombra de una preparación militar y en la que ningún actor parece dispuesto a confiar plenamente en las garantías de los demás.

Comité de Apoyo a Irán Iberia, a 1 de noviembre de 2026.

Escucha el programa completo en el canal Demoliendo Mitos del Dr. Bistoletti:

También disponible en el canal del CAI Iberia en VKontakte:

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