La guerra como última línea de fuga

¿Por qué hay tantas guerras a la vez? Entrevista a Andrés Piqueras


Puedes seguir el trabajo del profesor Andrés Piqueras en su blog

Foto publicada en Buzos de la Noticia: Andrés Piqueras frente a un mural en el Centro de Convenciones “Ágora”, en Ixtapaluca, Edomex. Autor: Héctor Meneses


El capitalismo atraviesa una fase en la que la guerra deja de ser una anomalía para convertirse en uno de sus mecanismos de regulación. Esta es la tesis central del primer capítulo de Capital excedente. Humanidad desechable. Capitalismo de muerte (El Viejo Topo, 2026), donde Andrés Piqueras conecta la crisis de sobreacumulación con la militarización de las relaciones internacionales y sociales.

En conversación con Carmen Parejo para el canal de El Viejo Topo el pasado mes de abril, Piqueras recorre las claves de un proceso que vincula la crisis económica con la destrucción de las condiciones sociales, el saqueo de la riqueza colectiva y la aparición de una humanidad cada vez más «desechable». Pero el diagnóstico no termina en la barbarie: el propio deterioro del sistema está erosionando las divisiones que fragmentaron a la clase trabajadora, abriendo una posible convergencia de luchas. Entre el capitalismo de muerte y otro horizonte posible queda, sin embargo, una disputa abierta.

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 I. De la crisis económica a la fase bélica abierta

Piqueras sitúa el momento actual del capitalismo en una dimensión distinta a la de una crisis convencional. El sistema no solo se prolonga en crisis, sino que ha entrado en una fase en la que la guerra adquiere una función estructural. La crisis se transforma en una «guerra sistémica permanente», una sucesión de batallas libradas por un imperio en decadencia que intenta frenar el ascenso de nuevas potencias y evitar el relevo histórico.

En ese escenario, la potencia imperial no necesita imponer un nuevo orden. Le basta, de momento, con sembrar el caos y destruir. Piqueras propone mirar Irak, Libia, Siria, Somalia: el resultado es siempre el mismo: «caos, barbarie generalizada». La destrucción de poderes centrales dificulta la vinculación con los proyectos del mundo emergente, especialmente con China y sus rutas comerciales e infraestructurales.

Pero esta dimensión geopolítica no es la explicación última. Es la manifestación de problemas estructurales más profundos del capital.

 II. Las contradicciones estructurales del capital

Para Piqueras, las razones de esta transformación hay que buscarlas en las contradicciones del capital, ya anunciadas por los clásicos del marxismo hace más de un siglo: la sobreacumulación conduce a un descenso de la tasa de ganancia y, con ello, a un descenso de la inversión productiva. El resultado es una enorme masa de capital excedente que se vuelve cada vez más parasitario y especulativo.

Esta sobredimensión financiera genera sobreendeudamiento y capital ficticio, y se acompaña de un «saqueo de la riqueza social», la mercantilización de la vida, el pillaje de la naturaleza y una espiral de desechos y escasez. Incluso estos mecanismos se muestran cada vez menos eficaces para contrarrestar la caída de la tasa de ganancia.

Es entonces cuando la guerra aparece como la última línea de fuga del sistema, una salida que ha sido históricamente su recurso final. Pero hoy adquiere dimensiones cualitativamente mayores por el alcance de destrucción total planetaria.

Piqueras precisa que no se trata de afirmar que el capitalismo no haya sido antes bélico o violento, sino de que ahora la dimensión bélica se vuelve mucho más importante como recurso de regulación sistémica. Las viejas escuelas regulacionistas hablaban de regímenes de acumulación diferentes; lo que caracteriza el momento actual es que la militarización de las relaciones internacionales y sociales, y la guerra misma, adquieren una centralidad creciente. Estamos entrando en un capitalismo «decididamente degenerativo y, por tanto, bélico, violento».

Y junto a esa centralidad de la guerra aparece otra consecuencia: si existe una cantidad creciente de capital excedente, también existe una fuerza de trabajo redundante o sobrante. Y por tanto, como Piqueras sostiene en el libro, una humanidad cada vez más desechable.

 III. Apartheid global y humanidad suprimible

El concepto de «humanidad desechable» contiene una consecuencia política de enorme gravedad: «el concepto de desechable lleva muy cercano el de suprimible». Si una parte creciente de la fuerza de trabajo se vuelve redundante para un sistema que acumula capital excedente, la cuestión deja de ser únicamente económica. La humanidad que el sistema ya no necesita puede quedar expuesta a mecanismos de exclusión, desplazamiento y eliminación.

Esta dinámica se agrava por la urgencia del sistema: a la potencia imperial se le acaba el «tiempo económico» y también el «tiempo ecológico». La naturaleza fue convertida en «ultrabarata» para ser esquilmada, y la presión sobre los recursos intensifica la necesidad de recurrir a nuevos mecanismos.

Piqueras habla así de un modelo que expande el «apartheid global» mediante el «amurallamiento del mundo» y la «fronterización de las relaciones sociales». La ciudadanía es la que establece la separación: quién está dentro y quién fuera. Para quienes quedan fuera se despliegan «necropolíticas»: una creciente masa de población mundial convertida en parias, susceptible de ser desplazada, excluida y, en último término, suprimida.

En esa categoría aparecen también las poblaciones migrantes, sometidas a una dinámica de desplazamiento que se reproduce a escala mundial. Pero además, el enfrentamiento con quienes se encuentran en una posición más vulnerable puede convertirse en rédito electoral: «cuanto más te hagan enfrentarte a los más débiles y a los más vulnerables, más réditos electoralistas».

En las sociedades de capitalismo avanzado, acostumbradas al estado de bienestar, el deterioro generado por las políticas de guerra y barbarie afecta también a sus propias condiciones sociales. Ante esa pérdida de conquistas históricas, la respuesta puede ser intentar protegerlas mediante un nuevo amurallamiento: «bunkerizar» los derechos sociales, dejando fuera a los demás. Por eso gana rédito quien reclama que no entren en esos «castillos» y «murallas cada vez más grandes».

La humanidad desechable aparece así inserta en un mundo amurallado, atravesado por fronteras sociales, políticas y territoriales, donde la ciudadanía determina quién pertenece y quién queda fuera.

Esta dinámica no es una posibilidad futura. Forma parte ya de la realidad contemporánea. La guerra sistémica permanente encuentra una de sus expresiones más extremas en los genocidios, que no son una hipótesis a futuro sino algo que ya está pasando. Piqueras menciona Palestina, lo que se intenta hacer con la población cubana, lo que lleva ocurriendo en Haití, y también Sudán, el Congo y otros sitios. «Esto es genocidio planificado», afirma, y refuerza las claves teóricas de una humanidad sobrante, desechable y, por tanto, suprimible para el sistema.

 IV. El deterioro de los centros y la posibilidad de convergencia

Durante buena parte del siglo XX, las formaciones centrales del capitalismo cuestionaron las previsiones de los clásicos del marxismo sobre la pauperización de la clase trabajadora. El capital había conseguido fragmentarla en multitud de niveles y establecer profundas divisiones sociales y profesionales.

Pero el capitalismo de muerte y guerra actual ya no permite la «renta imperialista» que, como señalaba Samir Amin, fluía hacia los centros para generar desarrollo social y estado de bienestar. Hoy, el sistema actúa a costa precisamente de los recursos sociales, de la riqueza colectiva y de toda la infraestructura y servicios construidos durante dos siglos mediante las luchas de la clase trabajadora.

Esta destrucción permite ver al imperialismo y sus guerras cada vez más como algo nocivo para el conjunto de las sociedades. Y posibilita también una vinculación entre quienes luchan en los territorios que fueron colonias y las poblaciones de las sociedades centrales, porque el imperialismo perjudica a ambas en estos momentos.

El capitalismo de muerte tiende así hacia una homogeneización, pero no mediante la elevación general de las condiciones de vida, sino mediante su deterioro. No hay más que ver las calles, dice Piqueras, con las movilizaciones de unos profesionales y otros, porque «todo se va viniendo abajo».

Esa erosión de las divisiones puede permitir el resurgimiento de una conciencia social y de luchas que puedan ir articulándose. Pero el deterioro no garantiza automáticamente la transformación. Hacen falta fuerzas sociales y políticas capaces de encauzar todo eso y articularlo de forma transformadora.

Piqueras plantea así la necesidad de ir más allá de unas izquierdas integradas en el sistema que se limitan a gestionar o paliar sus golpes. No dice que eso no sea importante, pero hay que ir mucho más allá: a la transformación de un sistema que ya no puede ofrecer bienestar, ni desarrollo, ni democracia, y que sí puede ofrecer cada vez más barbarie, muerte, sufrimiento y destrucción.

 V. Horizonte: capitalismo o transformación

La crisis puede abrir una oportunidad, pero solamente si la conciencia social, las luchas articuladas y la existencia de fuerzas capaces de encauzarlas convierten esa oportunidad en transformación.

La alternativa no está entre un capitalismo bueno y otro malo. La cuestión es mucho más profunda: si un sistema que ya no puede ofrecer bienestar, desarrollo ni democracia puede seguir constituyendo el horizonte de la humanidad, o si las fuerzas sociales que están emergiendo de sus propias contradicciones serán capaces de disputar su transformación.

Piqueras deja esa posibilidad abierta, no como una certeza, sino como una tarea.


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