La guerra cognitiva: la disputa por la capacidad de pensar

Lo que ves en los medios no es la realidad

Hay preguntas cuya importancia sólo se revela cuando se sigue el camino completo que conduce hasta ellas. La guerra cognitiva es una de esas preguntas. Lo que comienza como una reflexión sobre propaganda, medios de comunicación o tecnologías digitales termina abriendo una interrogación mucho más amplia acerca de la memoria, el conocimiento, la cultura y la libertad de pensar. En este diálogo, Christian Nader y Manuel Hernández Borbolla no ofrecen un catálogo de técnicas de manipulación, sino el recorrido de una idea que avanza desde la historia hacia el presente, desde el individuo hasta los Estados y, finalmente, desde el análisis del poder hasta la responsabilidad intelectual de quienes aspiran a comprender el mundo sin delegar ese esfuerzo en otros.

Comité de Apoyo a Irán Iberia 2026

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Presentación

Este ensayo nace de un ejercicio de edición crítica realizado por el equipo de redacción del Comité de Apoyo a Irán – Iberia a partir del primer episodio de La Rebelión Podcast en YouTube, en el que Christian Nader y Manuel Hernández Borbolla abordan el fenómeno de la guerra cognitiva. El texto no constituye una transcripción del diálogo ni una reinterpretación de sus planteamientos. Su propósito ha sido reconstruir la arquitectura intelectual de la conversación, reorganizando sus argumentos en un recorrido temático que permita al lector seguir con claridad el razonamiento desarrollado por los autores. Este criterio responde a una convicción editorial: hacer más visible el pensamiento de un autor nunca debe implicar sustituirlo por el del editor.

El resultado de este trabajo del Comité de Apoyo a Irán – Iberia no pretende sustituir el diálogo original, sino ofrecer al lector una forma distinta de recorrerlo, haciendo visible el hilo argumental que atraviesa toda la conversación y conduce desde la definición de la guerra cognitiva hasta una reflexión final sobre la libertad intelectual y la responsabilidad de comprender el mundo con criterio propio.


I. La guerra cognitiva: el nuevo escenario de la dominación

La disputa por el poder ya no se libra únicamente sobre el territorio, los recursos o la capacidad militar. Según Christian Nader y Manuel Hernández Borbolla, uno de los principales escenarios de confrontación del siglo XXI es la propia mente humana. La denominada guerra cognitiva representa una evolución de las estrategias clásicas de propaganda y guerra psicológica, cuyo propósito ya no consiste simplemente en persuadir o influir sobre la opinión pública, sino en intervenir sobre los propios procesos mediante los cuales las personas perciben la realidad, interpretan la información y toman decisiones.

Los autores sostienen que esta transformación responde a un cambio profundo en las formas contemporáneas de dominación. Mientras la guerra psicológica tradicional buscaba modificar opiniones concretas o favorecer determinadas narrativas políticas, la guerra cognitiva persigue un objetivo mucho más ambicioso: alterar la capacidad misma de comprender el mundo. El campo de batalla deja de ser únicamente el espacio informativo para trasladarse al funcionamiento de la atención, la memoria, el razonamiento y el juicio crítico de las sociedades.

«La guerra cognitiva consiste en modificar la forma en que las personas perciben la realidad, razonan, deciden y actúan.»

En este sentido, Manuel recuerda que el propio concepto ha sido formulado en los últimos años por analistas vinculados a la OTAN. Cita la definición propuesta por François du Cluzel, según la cual la guerra cognitiva constituye una forma de conflicto cuyo objetivo consiste en modificar la manera en que las personas perciben la realidad, razonan, deciden y actúan. Para los autores, esta formulación confirma que la competencia geopolítica contemporánea no se limita al ámbito militar o económico, sino que incorpora de forma explícita la disputa por los procesos cognitivos de la población.

A partir de esta premisa, ambos sostienen que la revolución digital ha ampliado extraordinariamente las posibilidades de intervención sobre la conciencia colectiva. La capacidad de recopilar información masiva, segmentar audiencias y distribuir contenidos personalizados permite actuar de manera mucho más precisa que las antiguas campañas de propaganda. Ya no se trata únicamente de convencer a la población de una determinada idea, sino de condicionar el modo en que selecciona la información relevante, procesa los hechos y construye su propia percepción de la realidad.

Desde esta perspectiva, la guerra cognitiva aparece como una estrategia permanente de poder. Su finalidad no consiste únicamente en imponer un determinado relato, sino en modelar las condiciones intelectuales que hacen posible aceptar ese relato como verdadero. El objetivo último deja de ser controlar la información para pasar a controlar la forma misma en que los individuos piensan, interpretan y comprenden el mundo que les rodea.

II. De la propaganda clásica a la colonización de la mente

La guerra cognitiva no constituye una ruptura absoluta con el pasado, sino la culminación de un largo proceso de perfeccionamiento de las técnicas de influencia social. Christian Nader y Manuel Hernández sostienen que las élites políticas, económicas y militares han recurrido históricamente a distintos mecanismos para moldear la opinión pública, aunque los medios disponibles y el grado de sofisticación hayan variado con el tiempo. Comprender la guerra cognitiva exige, por tanto, recorrer la evolución de esas herramientas de dominación.

Los autores sitúan uno de los primeros grandes precedentes en el desarrollo de la prensa de masas durante el siglo XIX. La consolidación de grandes imperios periodísticos permitió convertir la información en un instrumento de movilización política. En este contexto adquieren especial relevancia las figuras de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer, cuyo modelo de prensa sensacionalista demostró hasta qué punto los medios podían fabricar estados de opinión y condicionar decisiones políticas de enorme trascendencia.

Como ejemplo paradigmático, ambos recuerdan la cobertura informativa que acompañó al hundimiento del acorazado Maine en el puerto de La Habana en 1898. Antes incluso de que existieran pruebas concluyentes sobre las causas de la explosión, una intensa campaña periodística contribuyó a consolidar un clima favorable a la intervención militar estadounidense contra España. Para los autores, aquel episodio constituye una de las primeras demostraciones modernas del poder de los medios para construir una realidad política previamente inexistente.

«La propaganda no nació con internet; acompaña a los grandes centros de poder desde hace más de un siglo.»

Durante el siglo XX estas técnicas alcanzaron una dimensión inédita. La Primera Guerra Mundial convirtió la propaganda en un instrumento sistemático de movilización nacional, mientras que los regímenes fascistas llevaron la utilización política de los medios de comunicación a niveles de extraordinaria sofisticación. El control de la información dejó de perseguir únicamente la difusión de determinados mensajes para orientarse a la creación de imaginarios colectivos capaces de moldear la conducta social.

En ese mismo contexto histórico, los autores destacan el papel desempeñado por grandes medios internacionales como la BBC, cuyo prestigio informativo coexistió con su función como instrumento de proyección política y estratégica del Reino Unido. La credibilidad mediática comenzó a convertirse en un activo geopolítico de primer orden, capaz de influir tanto sobre la opinión pública nacional como sobre audiencias internacionales.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la confrontación entre los bloques occidental y soviético amplió considerablemente el campo de experimentación. La Guerra Fría impulsó el desarrollo de nuevas formas de guerra psicológica, operaciones encubiertas y programas de investigación orientados al estudio del comportamiento humano. En este marco sitúan referencias como el proyecto MK-Ultra, presentado como uno de los ejemplos más conocidos de la búsqueda de técnicas destinadas a comprender y manipular los procesos mentales con fines estratégicos.

Paralelamente, disciplinas como la psicología, la sociología, las ciencias del comportamiento y, más recientemente, las neurociencias comenzaron a incorporarse progresivamente al diseño de estrategias de influencia. El conocimiento científico sobre la percepción, la memoria, las emociones y los mecanismos de decisión dejó de tener una aplicación exclusivamente académica para convertirse también en un recurso de enorme valor político, militar y comunicativo.

«La guerra cognitiva no aparece de repente; es la evolución de la propaganda y de la guerra psicológica apoyada ahora en la ciencia y la tecnología.»

Según sostienen ambos ponentes, esta evolución histórica permite comprender que la guerra cognitiva no constituye una innovación aislada, sino el resultado lógico de más de un siglo de perfeccionamiento de las técnicas destinadas a influir sobre las sociedades. Lo que comenzó como propaganda de masas ha terminado transformándose en una intervención cada vez más precisa sobre los propios mecanismos mediante los cuales los individuos interpretan la realidad.

III. La revolución digital y el nacimiento del nuevo campo de batalla

La transformación tecnológica de las últimas décadas marca, para Nader y Hernández Borbolla, un punto de inflexión en la evolución de las estrategias de dominación. Si la propaganda clásica dependía de periódicos, emisoras de radio o cadenas de televisión capaces de difundir un mismo mensaje a millones de personas, la revolución digital ha inaugurado un escenario completamente distinto, caracterizado por la interactividad, la recopilación masiva de datos y la capacidad de intervenir sobre cada individuo de forma personalizada.

Los autores recuerdan que internet alteró profundamente la estructura tradicional de la comunicación. Durante buena parte del siglo XX el flujo informativo respondía a un esquema esencialmente vertical: un reducido número de emisores concentraba la capacidad de producir información mientras la inmensa mayoría de la población ocupaba el papel de receptora. La aparición de las redes digitales rompió parcialmente esa lógica al permitir que cualquier usuario pudiera producir contenidos, interactuar con otros individuos y participar en conversaciones públicas sin necesidad de intermediarios.

«Pasamos de un contexto donde la información llegaba a cuentagotas a otro dominado por la hiperinformación.»

Sin embargo, sostienen que esta aparente democratización de la comunicación dio paso rápidamente a una nueva concentración del poder. Las grandes plataformas digitales dejaron de actuar como simples espacios de intercambio para convertirse en los principales intermediarios de la circulación mundial de la información. El problema ya no residía únicamente en quién producía los contenidos, sino en quién decidía cuáles alcanzaban visibilidad y cuáles permanecían prácticamente invisibles.

«Información no significa conocimiento.»

En este nuevo escenario, los algoritmos adquirieron una importancia estratégica. Según explican ambos ponentes, la selección automática de contenidos permite orientar la atención de millones de personas sin necesidad de recurrir a mecanismos explícitos de censura. La abundancia casi ilimitada de información convive paradójicamente con una creciente capacidad para dirigir la atención hacia determinados temas, relegando otros a una posición marginal. De este modo, la sobreinformación deja de traducirse necesariamente en mayor conocimiento.

Christian Nader insiste en distinguir entre ambos conceptos. La acumulación constante de información no produce por sí misma comprensión de la realidad. El conocimiento exige un proceso de elaboración crítica que resulta cada vez más difícil en un entorno dominado por la velocidad, la fragmentación y el consumo ininterrumpido de estímulos. La hiperinformación, lejos de resolver el problema, puede convertirse en un mecanismo eficaz para dificultar la comprensión de los procesos complejos.

A juicio de los autores, esta nueva infraestructura tecnológica ha concentrado un volumen de poder sin precedentes en manos de un reducido grupo de corporaciones digitales. Empresas agrupadas habitualmente bajo el acrónimo GAFAM controlan buena parte de las plataformas mediante las cuales circula la información global, administran enormes infraestructuras de almacenamiento de datos y participan activamente en el desarrollo de tecnologías de inteligencia artificial. La información deja de constituir únicamente un recurso económico para convertirse también en un instrumento estratégico de primer orden.

«La inteligencia artificial añade un problema nuevo: ya no sabemos si lo que vemos o escuchamos pertenece a la realidad o ha sido fabricado.»

En este contexto adquiere especial relevancia el desarrollo del Big Data. La recopilación masiva de datos sobre hábitos de consumo, preferencias, relaciones personales, desplazamientos y comportamiento digital permite construir perfiles extraordinariamente precisos de millones de individuos. Según explican ambos ponentes, el conocimiento detallado de estos patrones facilita la elaboración de campañas de influencia cada vez más sofisticadas, capaces de adaptar los mensajes a las características concretas de cada audiencia.

Dentro de este ecosistema tecnológico, Christian Nader presta especial atención a empresas como Palantir, cuyo modelo de negocio ejemplifica la creciente integración entre inteligencia artificial, análisis masivo de datos y estructuras estatales de seguridad. A su juicio, la guerra cognitiva contemporánea ya no depende únicamente de la propaganda, sino de la capacidad para procesar enormes volúmenes de información y transformarlos en herramientas de vigilancia, predicción y control.

La conversación incorpora también referencias a Amazon, cuya infraestructura de servidores constituye uno de los pilares físicos de buena parte del ecosistema digital contemporáneo, y al sistema Starlink, utilizado como ejemplo de cómo las tecnologías de comunicación satelital pueden adquirir una dimensión estratégica en conflictos internacionales recientes. Para los autores, estas infraestructuras demuestran que la competencia tecnológica forma ya parte inseparable de la disputa geopolítica.

«La guerra cognitiva ya no consiste sólo en convencer; consiste en construir el entorno desde el que pensamos.»

La inteligencia artificial representa, finalmente, el último escalón de esta evolución. Si la propaganda tradicional trataba de influir sobre sociedades enteras mediante mensajes uniformes, la inteligencia artificial permite automatizar la producción, distribución y adaptación de contenidos a una escala hasta ahora desconocida. Además, introduce un elemento adicional de incertidumbre: la creciente dificultad para distinguir entre información auténtica y contenidos generados artificialmente. Audios, imágenes, vídeos o documentos pueden reproducir con enorme verosimilitud situaciones inexistentes, dificultando la verificación de los hechos y erosionando la confianza en cualquier evidencia visual o sonora.

Para Christian Nader y Manuel Hernández Borbolla, el resultado de esta transformación tecnológica es un cambio cualitativo en la naturaleza de la guerra cognitiva. La propaganda deja de consistir únicamente en la difusión masiva de mensajes para convertirse en un sistema permanente de observación, segmentación y modelado del comportamiento humano. El objetivo ya no es únicamente controlar la información, sino construir un entorno tecnológico capaz de condicionar de manera continua la percepción de la realidad.

IV. La degradación deliberada de las capacidades cognitivas

Si la guerra cognitiva pretende intervenir sobre la manera en que los individuos perciben e interpretan la realidad, su éxito depende necesariamente de modificar las capacidades intelectuales que hacen posible ese proceso. Christian Nader y Manuel Hernández Borbolla sostienen que buena parte de las transformaciones culturales asociadas al ecosistema digital no pueden entenderse únicamente como cambios tecnológicos o hábitos de consumo. A su juicio, configuran un entorno que favorece la disminución progresiva de la atención sostenida, la memoria, la comprensión lectora y la capacidad de elaborar razonamientos complejos.

«El scroll infinito no sólo cambia nuestros hábitos; cambia la forma en que funciona nuestra atención.»

Los autores sitúan plataformas como TikTok entre los ejemplos más representativos de esta transformación. Su funcionamiento, basado en la sucesión ininterrumpida de vídeos breves, recompensas inmediatas y estimulación constante, favorece un consumo acelerado de contenidos que reduce los tiempos de reflexión y dificulta la concentración prolongada sobre una misma idea. El denominado scroll infinito convierte la atención en un flujo permanente de interrupciones donde cada estímulo desplaza inmediatamente al anterior.

Según ambos ponentes, este modelo de consumo informativo no modifica únicamente la forma en que las personas utilizan las redes sociales, sino también la manera en que aprenden, recuerdan y procesan la información. La exposición continuada a mensajes extremadamente breves dificulta el desarrollo de hábitos de lectura profunda y reduce la disposición a enfrentarse a textos extensos o argumentaciones complejas. El problema deja de ser tecnológico para convertirse en cognitivo.

Christian Nader insiste en que la abundancia de información no implica necesariamente un incremento del conocimiento. Muy al contrario, la acumulación incesante de estímulos puede impedir la elaboración intelectual necesaria para comprender los acontecimientos. La memoria pierde protagonismo frente al acceso inmediato a buscadores y plataformas digitales, mientras que la capacidad para establecer relaciones entre hechos distintos queda sustituida por un consumo fragmentario del presente.

«Si reduces el vocabulario, reduces también la capacidad de pensar.»

En este contexto, ambos autores llaman la atención sobre el progresivo empobrecimiento del lenguaje. La reducción del vocabulario disponible limita también la capacidad para formular ideas complejas, establecer matices y desarrollar razonamientos elaborados. El lenguaje deja de ser únicamente un instrumento de comunicación para convertirse en una condición indispensable del propio pensamiento. Cuando disminuyen los recursos expresivos, disminuye también la posibilidad de comprender una realidad cada vez más compleja.

La conversación incorpora igualmente una reflexión sobre la creciente sustitución del lenguaje escrito por formas de comunicación cada vez más simplificadas. El empleo predominante de imágenes, iconos y emojis responde, según los autores, a una tendencia general hacia la inmediatez comunicativa. Aunque reconocen la utilidad de estos recursos en determinados contextos, advierten de que su expansión puede contribuir a desplazar formas de expresión que requieren un mayor esfuerzo intelectual y una elaboración conceptual más precisa.

«Vivimos atrapados en un presente permanente.»

Esta transformación cultural viene acompañada, además, de un fenómeno que ambos identifican como una creciente instalación en el presentismo. La aceleración del flujo informativo dificulta la construcción de perspectivas históricas y favorece una percepción del mundo reducida al acontecimiento inmediato. Cada noticia reemplaza a la anterior antes de que exista tiempo suficiente para comprender sus causas, sus implicaciones o su relación con procesos de mayor alcance.

Para Christian Nader y Manuel Hernández, la banalización de buena parte del espacio público constituye otra consecuencia de esta dinámica. El entretenimiento permanente, la espectacularización de la información y la búsqueda constante de estímulos emocionales desplazan progresivamente el análisis pausado de los problemas políticos, económicos o sociales. El debate público termina organizándose alrededor de reacciones inmediatas, mientras disminuyen los espacios destinados a la reflexión argumentada.

«Cuando desaparece el pensamiento complejo, la manipulación resulta mucho más sencilla.»

Los autores sostienen que estas transformaciones no deben interpretarse como simples efectos secundarios del desarrollo tecnológico. En el marco de la guerra cognitiva adquieren una dimensión estratégica, ya que una sociedad con menor capacidad de concentración, menor memoria histórica y mayores dificultades para construir pensamiento complejo resulta también más vulnerable a las operaciones de influencia, manipulación y fabricación de consensos descritas en los capítulos anteriores.

Desde esta perspectiva, la degradación de determinadas capacidades cognitivas deja de constituir únicamente un problema educativo o cultural para convertirse en uno de los elementos centrales del nuevo escenario de confrontación. La batalla ya no consiste únicamente en controlar la información que reciben las personas, sino en transformar progresivamente las condiciones intelectuales desde las que esa información puede ser comprendida.

V. La fabricación de la realidad

La capacidad para influir sobre la percepción colectiva no depende únicamente de los medios de comunicación. Nader y Hernández Borbolla sostienen que la construcción de la realidad constituye un proceso mucho más amplio, en el que participan instituciones académicas, centros de investigación, fundaciones, organismos internacionales, corporaciones mediáticas y espacios dedicados a la producción de conocimiento. La guerra cognitiva no comienza cuando una noticia llega a la pantalla del ciudadano, sino mucho antes, allí donde se elaboran los marcos conceptuales desde los que posteriormente será interpretada.

«Los medios no reflejan la realidad; construyen una realidad.»

Los autores insisten en distinguir entre los hechos y los relatos construidos sobre esos hechos. A su juicio, los medios no se limitan a informar acerca de la realidad, sino que contribuyen activamente a definir qué acontecimientos merecen atención, qué interpretación resulta socialmente aceptable y cuáles quedan relegadas al margen del debate público. La selección de temas, el lenguaje empleado, la jerarquización de las noticias y la reiteración de determinados enfoques terminan configurando una determinada imagen del mundo que acaba siendo asumida como natural por amplios sectores de la población.

Sin embargo, ambos ponentes sostienen que esa producción de narrativas no nace espontáneamente en las redacciones periodísticas. Detrás de ellas identifican un ecosistema intelectual integrado por universidades, centros de pensamiento (think tanks), organismos especializados y redes de expertos que elaboran conceptos, categorías de análisis y marcos interpretativos destinados a orientar el debate público. Antes de convertirse en titulares periodísticos, muchas ideas recorren un largo proceso de legitimación académica e institucional.

«La hegemonía también se ejerce produciendo sentido común.»

La conversación concede especial importancia al papel de las ciencias sociales en este proceso. Según los ponentes, disciplinas como la ciencia política, la sociología o las relaciones internacionales no sólo describen la realidad, sino que también participan en su construcción cuando determinadas escuelas de pensamiento alcanzan una posición dominante dentro de la academia y de los centros de decisión política. Los conceptos utilizados para interpretar el mundo nunca son completamente neutrales, pues orientan la manera en que posteriormente serán comprendidos los acontecimientos.

«Gramsci entendió que el poder necesita intelectuales capaces de legitimar el orden existente.»

En este punto, ambos recuperan la reflexión de Antonio Gramsci sobre los intelectuales orgánicos para subrayar que toda estructura de poder necesita producir también legitimidad cultural. La hegemonía no se mantiene exclusivamente mediante la coerción o el control económico; requiere igualmente la existencia de instituciones capaces de presentar un determinado orden político como el único razonable, posible o inevitable. La producción de consenso constituye así una dimensión inseparable del ejercicio del poder.

«Fukuyama y Huntington no fueron simplemente autores de éxito; ayudaron a construir un marco desde el que interpretar el mundo.»

Desde esta perspectiva interpretan igualmente la enorme influencia alcanzada por determinados marcos teóricos tras el final de la Guerra Fría. Obras como El fin de la Historia, de Francis Fukuyama, o El choque de civilizaciones, de Samuel Huntington, son presentadas como ejemplos de construcciones intelectuales que trascendieron el ámbito académico para convertirse en referencias fundamentales de la política internacional y del discurso mediático. Más allá del debate sobre su validez, los autores subrayan la capacidad de estos paradigmas para ordenar la percepción colectiva de los acontecimientos durante décadas.

«Quien controla el relato del pasado condiciona también la comprensión del presente.»

La conversación incorpora asimismo una reflexión sobre el tratamiento de la historia como espacio de disputa política. Para ambos ponentes, el control historiográfico constituye uno de los mecanismos fundamentales de la guerra cognitiva, ya que la interpretación del pasado condiciona también la comprensión del presente. Determinados episodios históricos son amplificados, silenciados o reinterpretados en función de las necesidades de cada momento, configurando memorias colectivas que influyen directamente sobre la identidad política de las sociedades.

En consecuencia, Christian Nader y Manuel Hernández sostienen que la colonización del pensamiento no consiste únicamente en controlar la circulación de información, sino en intervenir sobre los propios instrumentos intelectuales con los que esa información será interpretada. Cuando determinadas categorías de análisis, determinados conceptos o determinadas explicaciones terminan imponiéndose como las únicas posibles, el margen para elaborar interpretaciones alternativas se reduce progresivamente, incluso antes de que comience el debate público.

La guerra cognitiva alcanza así una dimensión más profunda que la simple manipulación mediática. Su objetivo no consiste únicamente en convencer a la población de una determinada versión de los hechos, sino en modelar previamente el marco conceptual desde el que esos hechos podrán ser comprendidos. La disputa deja de desarrollarse exclusivamente en el terreno de la información para instalarse en la propia producción social del conocimiento.

VI. Guerra cognitiva y control político de las sociedades

Las transformaciones descritas en los capítulos anteriores adquieren su verdadero significado cuando se observan en el funcionamiento cotidiano de la política contemporánea. Nader y Hernández Borbolla sostienen que la guerra cognitiva no constituye una hipótesis teórica ni una posibilidad futura, sino un conjunto de prácticas que ya forman parte de la competencia política, electoral y geopolítica en numerosos países.

Los autores subrayan que la creciente capacidad para recopilar información sobre millones de ciudadanos ha modificado profundamente las estrategias de comunicación política. Las campañas ya no se dirigen únicamente a grandes segmentos de población mediante mensajes uniformes, sino que pueden adaptarse a perfiles individuales construidos a partir del análisis masivo de datos personales, hábitos de consumo, preferencias culturales y comportamiento digital. La comunicación política deja así de ser predominantemente colectiva para adquirir un carácter crecientemente personalizado.

«Cambridge Analytica demostró hasta dónde puede llegar el uso político de los datos.»

En este contexto sitúan el caso de Cambridge Analytica como uno de los ejemplos más conocidos de la utilización estratégica de datos masivos para influir sobre procesos electorales. Más allá de las controversias concretas asociadas a aquella empresa, ambos consideran que el episodio puso de manifiesto una transformación estructural: la posibilidad de utilizar la información acumulada sobre los ciudadanos para diseñar mensajes específicamente orientados a modificar percepciones, emociones o decisiones políticas.

«Hoy ya no basta con convencer; hay que construir identidades políticas.»

La conversación incorpora igualmente diversos ejemplos procedentes de América Latina para ilustrar cómo estos mecanismos adquieren formas diferentes según cada contexto nacional. Las referencias a figuras como Javier Milei o Abelardo de la Espriella, así como a la evolución reciente de la política colombiana, no pretenden analizar exhaustivamente esos procesos, sino mostrar cómo la comunicación política contemporánea recurre cada vez con mayor frecuencia a estrategias emocionales, construcción de identidades, polarización permanente y simplificación extrema del debate público.

En este mismo marco ambos autores introducen una reflexión sobre fenómenos que denominan «disforia de clase» o «pobres de derecha», expresiones con las que intentan describir situaciones en las que determinados sectores sociales apoyan proyectos políticos que resultan contrarios a sus propios intereses materiales. Para Christian Nader y Manuel Hernández, estos comportamientos no pueden explicarse únicamente mediante variables económicas, sino también a través de los procesos de construcción simbólica y producción de identidad analizados en los capítulos anteriores.

Los autores sostienen que la guerra cognitiva actúa precisamente sobre ese terreno: no se limita a modificar opiniones aisladas, sino que interviene sobre los marcos emocionales, culturales e identitarios desde los cuales las personas interpretan su propia posición dentro de la sociedad. La disputa política deja así de desarrollarse exclusivamente alrededor de programas de gobierno o propuestas económicas para desplazarse hacia la construcción de relatos capaces de definir quiénes son los adversarios, cuáles son las amenazas y cómo debe comprenderse la realidad política.

«Los audios falsos cambian completamente el terreno de la batalla política.»

La conversación dedica también especial atención a la creciente utilización de tecnologías basadas en inteligencia artificial para la producción de contenidos manipulados. La aparición de audios y vídeos alterados y otras formas de falsificación digital introduce un elemento nuevo en el escenario informativo contemporáneo. Según explican ambos ponentes, la dificultad para distinguir entre documentos auténticos y materiales generados artificialmente debilita progresivamente la confianza pública y multiplica las posibilidades de manipulación durante campañas políticas o conflictos internacionales.

«Vivimos en un contexto de vigilancia permanente.»

Esta evolución tecnológica se combina, además, con el desarrollo de sistemas cada vez más sofisticados de vigilancia y recopilación de información. La interconexión entre plataformas digitales, dispositivos móviles, redes sociales y grandes bases de datos permite conocer con un grado de detalle sin precedentes los hábitos cotidianos de millones de personas. A juicio de los autores, esta capacidad de observación permanente constituye uno de los principales rasgos diferenciadores de la guerra cognitiva respecto de las formas clásicas de propaganda del siglo XX.

En este escenario, los grandes medios de comunicación continúan desempeñando un papel relevante, aunque integrado ahora en un ecosistema mucho más amplio. Christian Nader y Manuel Hernández recuperan el ejemplo de la BBC para ilustrar cómo instituciones mediáticas de gran prestigio conviven hoy con plataformas digitales, redes sociales, sistemas automatizados de recomendación y tecnologías de inteligencia artificial, configurando un entorno comunicativo mucho más complejo que el existente durante la Guerra Fría.

Para ambos autores, la principal consecuencia de esta transformación consiste en la normalización de la propaganda como elemento cotidiano del espacio público. La influencia ya no aparece únicamente durante periodos electorales o situaciones excepcionales de conflicto, sino que acompaña de manera permanente el consumo informativo, el entretenimiento, las redes sociales y buena parte de la experiencia digital diaria. La guerra cognitiva deja así de manifestarse como un acontecimiento extraordinario para convertirse en una dimensión habitual de la vida política contemporánea.

VII. La dimensión geopolítica de la guerra cognitiva

La guerra cognitiva no constituye únicamente una herramienta de control social aplicada sobre individuos o comunidades nacionales. Nader y Hernández Borbolla sostienen que se ha convertido también en un instrumento central de la competencia geopolítica contemporánea. En este ámbito, el objetivo ya no consiste únicamente en influir sobre la opinión pública de un determinado país, sino en modificar las condiciones políticas, culturales y estratégicas que determinan la capacidad de actuación de los propios Estados.

«Hoy también se combate construyendo relatos sobre los Estados.»

Los autores argumentan que las grandes potencias han incorporado progresivamente la dimensión cognitiva a sus estrategias de política exterior. Las campañas de información, la construcción de narrativas internacionales, las sanciones simbólicas, las operaciones de influencia y el control de las infraestructuras tecnológicas forman parte de una misma lógica orientada a reforzar posiciones de poder o debilitar a los competidores geopolíticos sin necesidad de recurrir de forma inmediata al enfrentamiento militar directo.

En este contexto, la conversación hace referencia a países como Irán, China, Rusia y Cuba para ilustrar cómo determinados Estados son objeto de narrativas persistentes que condicionan la percepción internacional sobre sus sistemas políticos, sus decisiones estratégicas o su papel en el orden mundial. Más allá del juicio que puedan merecer sus respectivos gobiernos, ambos ponentes sostienen que la producción de esas imágenes forma parte de una disputa política de alcance global en la que la batalla por la legitimidad resulta tan importante como la confrontación económica o militar.

La reflexión se extiende igualmente a diversos procesos recientes en África, con referencias a Burkina Faso, Mali y Níger. Según Nader y Hernández Borbolla, las transformaciones políticas experimentadas por estos países muestran cómo la competencia internacional ya no se limita a la presencia militar o al control de recursos naturales, sino que incluye también una intensa disputa por el relato público que acompaña a cada cambio de gobierno, cada alianza internacional o cada proceso de emancipación respecto de antiguas estructuras de dependencia.

Dentro de este marco interpretativo, ambos autores prestan especial atención a las denominadas revoluciones de colores. Sin detenerse en el análisis detallado de cada caso, las presentan como ejemplo de la creciente importancia que adquieren las operaciones de influencia, la movilización simbólica y la construcción de narrativas en procesos de cambio político. La competencia geopolítica incorpora así mecanismos que actúan simultáneamente sobre la comunicación, la organización social y la percepción colectiva de la legitimidad política.

La conversación introduce también la figura de Gene Sharp como referencia habitual en los debates sobre movilización no violenta y estrategias de cambio político. Los autores utilizan estas referencias para ilustrar cómo determinadas metodologías de acción colectiva han adquirido una dimensión internacional y son objeto de estudio tanto por gobiernos como por centros especializados en política exterior y seguridad.

«Quien controla la infraestructura tecnológica dispone de una enorme capacidad de influencia.»

Sin embargo, Christian Nader y Manuel Hernández subrayan que la dimensión geopolítica de la guerra cognitiva no puede entenderse únicamente a través de campañas de comunicación o movimientos sociales. El control de la infraestructura tecnológica constituye igualmente un elemento decisivo. Las redes de telecomunicaciones, los centros de procesamiento de datos, los cables submarinos, las plataformas digitales y los sistemas de comunicación satelital forman parte de una arquitectura material sobre la que descansa buena parte de la circulación mundial de la información.

En este sentido, la conversación destaca la importancia creciente de los satélites y de las grandes infraestructuras de comunicación como componentes estratégicos del poder contemporáneo. La capacidad para garantizar comunicaciones propias, mantener redes independientes o asegurar el acceso autónomo a tecnologías críticas adquiere una relevancia comparable a la que durante otras épocas tuvieron las rutas marítimas, los grandes puertos o las infraestructuras energéticas.

«La resistencia comienza por conservar una identidad cultural propia.»

Frente a esta realidad, sostienen que la resistencia frente a la guerra cognitiva no depende exclusivamente del desarrollo tecnológico. También exige preservar formas de identidad cultural capaces de ofrecer marcos propios de interpretación del mundo. Las tradiciones históricas, las memorias nacionales, las referencias culturales compartidas y las formas de organización comunitaria aparecen así como elementos que dificultan la completa homogeneización de los imaginarios colectivos promovida por los grandes centros de poder.

Desde esta perspectiva, la competencia geopolítica contemporánea deja de librarse exclusivamente mediante ejércitos, mercados o tratados internacionales. Se desarrolla igualmente en el terreno de las narrativas, de la legitimidad política, de la soberanía tecnológica y de la capacidad de cada sociedad para conservar una visión propia de sí misma y del lugar que ocupa en el mundo.

VIII. Tradición, comunidad y memoria frente a la guerra cognitiva

Tras analizar los mecanismos mediante los cuales opera la guerra cognitiva, los ponentes, plantean una cuestión decisiva: si la disputa contemporánea tiene como objetivo modificar la manera en que las sociedades piensan, ¿es posible desarrollar formas de resistencia? Su respuesta no se orienta prioritariamente hacia soluciones tecnológicas, sino hacia la recuperación de aquellos espacios donde históricamente se ha formado el juicio crítico, la transmisión de la experiencia y la construcción de identidades colectivas.

«Una sociedad sin memoria es una sociedad mucho más fácil de manipular.»

Los autores sostienen que la guerra cognitiva encuentra un terreno especialmente favorable allí donde predominan el aislamiento, la fragmentación social y la pérdida de referencias comunes. Frente a esa dinámica, subrayan la importancia de la familia, la comunidad y las redes de convivencia como ámbitos donde todavía resulta posible transmitir conocimientos, experiencias y formas de interpretar la realidad que no dependen exclusivamente de los grandes sistemas de comunicación.

La conversación concede igualmente un papel relevante a la tradición, entendida no como una repetición mecánica del pasado, sino como un proceso de continuidad cultural que permite a cada sociedad conservar referencias históricas propias. Para ambos ponentes, las tradiciones constituyen depósitos de memoria colectiva que dificultan la completa sustitución de los marcos culturales por narrativas elaboradas desde los grandes centros de poder.

En este mismo sentido sitúan la dimensión religiosa, considerada como una de las formas históricas mediante las cuales numerosas comunidades han preservado sistemas de valores, relatos compartidos y vínculos de pertenencia capaces de resistir procesos de homogeneización cultural. Más allá de las convicciones personales de cada individuo, ambos autores destacan el papel que las tradiciones religiosas han desempeñado en la conservación de identidades colectivas frente a distintas formas de dominación colonial, política o cultural.

La memoria histórica ocupa igualmente un lugar central en esta reflexión. Christian Nader y Hernández Borbolla sostienen que una sociedad incapaz de comprender su propio pasado resulta también más vulnerable a la manipulación del presente. La recuperación crítica de la experiencia histórica permite reconocer continuidades, identificar patrones de actuación y cuestionar narrativas que se presentan como completamente novedosas cuando, en realidad, responden a procesos ya conocidos.

«Leer un libro sigue siendo un acto profundamente subversivo.»

Los autores insisten también en la necesidad de preservar hábitos intelectuales que favorezcan la reflexión pausada. La lectura ocupa un lugar destacado entre ellos. Frente al consumo acelerado de contenidos fragmentarios característico del entorno digital, el libro aparece como un espacio que exige concentración, continuidad y capacidad para seguir razonamientos complejos durante periodos prolongados. Leer deja de ser únicamente una actividad cultural para convertirse en un ejercicio de resistencia frente a la fragmentación permanente de la atención.

Junto a la lectura, ambos reivindican la conversación como una práctica insustituible para la construcción del pensamiento. El diálogo directo, el intercambio argumentado de ideas y el tiempo dedicado a contrastar perspectivas diferentes permiten desarrollar formas de comprensión que difícilmente pueden reproducirse mediante la interacción acelerada de las plataformas digitales. La conversación recupera así su función clásica como instrumento de aprendizaje y deliberación colectiva.

«La conversación cara a cara desarrolla capacidades que ninguna pantalla puede sustituir.»

La reflexión alcanza incluso al propio soporte material del conocimiento. Christian Nader y Manuel Hernández Borbolla señalan el valor del papel y de los libros impresos como herramientas que favorecen una relación distinta con la información.

La posibilidad de subrayar, releer, establecer conexiones y avanzar sin interrupciones convierte la lectura en papel en una experiencia intelectual cualitativamente diferente de la navegación continua entre pantallas, enlaces y notificaciones.

«La identidad cultural constituye una forma de resistencia.»

Todos estos elementos convergen, a juicio de ambos autores, en una misma dirección: la preservación de identidades culturales capaces de ofrecer a las personas marcos propios de interpretación del mundo. La resistencia frente a la guerra cognitiva no consiste únicamente en rechazar determinadas informaciones, sino en conservar la capacidad colectiva de elaborar significados, transmitir experiencias y mantener vivas formas de vida que no se reduzcan al consumo permanente de estímulos digitales. Desde esta perspectiva, la crítica al individualismo contemporáneo adquiere un sentido más amplio. Los autores sostienen que cuanto más aislado se encuentra un individuo, más dependiente resulta de los flujos informativos gestionados por las grandes plataformas.

La reconstrucción de comunidades vivas, de vínculos sociales estables y de espacios compartidos de memoria aparece así como una condición necesaria para recuperar la autonomía intelectual frente a las dinámicas descritas a lo largo del ensayo.

«La guerra cognitiva también se combate recuperando la comunidad.»

IX. Recuperar la capacidad de pensar

La reflexión desarrollada por Christian Nader y Manuel Hernández Borbolla conduce finalmente a una conclusión que trasciende el análisis de la guerra cognitiva como fenómeno político o tecnológico. Si el conflicto contemporáneo tiene como objetivo intervenir sobre la manera en que los individuos perciben, interpretan y comprenden la realidad, la principal forma de resistencia consiste en recuperar la capacidad de pensar con autonomía.

«La filosofía sigue siendo una herramienta de emancipación.»

«Sin historia no hay comprensión del presente.»

Los autores sostienen que esta tarea exige restituir el valor de disciplinas que, durante siglos, han permitido a las sociedades comprender los procesos históricos y cuestionar las interpretaciones dominantes. La filosofía recupera así su función originaria como ejercicio crítico orientado a examinar los presupuestos desde los cuales se construye el conocimiento, mientras que la historia ofrece la perspectiva necesaria para reconocer continuidades, identificar intereses y situar cada acontecimiento dentro de procesos de mayor alcance.

Así, el pensamiento crítico no consiste únicamente en desconfiar de determinadas informaciones ni en adoptar una actitud sistemáticamente escéptica frente a los medios de comunicación. Para los autores implica desarrollar la capacidad de contrastar fuentes, contextualizar los acontecimientos, distinguir entre hechos e interpretaciones y someter cualquier relato, incluido el propio, a un examen racional permanente. La autonomía intelectual no nace de la desconfianza indiscriminada, sino del esfuerzo constante por comprender la complejidad de la realidad.

«Pensar críticamente exige tiempo, estudio y voluntad de contrastar las propias ideas.»

La conversación subraya igualmente la importancia de los medios independientes como espacios capaces de ampliar el pluralismo informativo y ofrecer perspectivas que con frecuencia permanecen ausentes del circuito dominante de producción de noticias. Ambos autores consideran que la existencia de voces diversas constituye una condición necesaria para evitar la uniformidad interpretativa y favorecer un debate público más rico y más exigente intelectualmente.

«No basta con consumir información; hay que producir conocimiento.»

Sin embargo, la resistencia frente a la guerra cognitiva no puede limitarse al consumo de fuentes alternativas. Los autores insisten en que toda sociedad necesita conservar la capacidad de producir conocimiento propio.

Investigar, leer, debatir, contrastar argumentos y elaborar interpretaciones fundamentadas forman parte de un mismo proceso de construcción intelectual que ninguna tecnología puede sustituir.

La creación de conocimiento deja de ser una actividad reservada al ámbito académico para convertirse en una responsabilidad compartida por todos aquellos que aspiran a comprender críticamente el mundo en que viven.

En consecuencia, la reconstrucción de la realidad no consiste en sustituir un relato por otro, sino en recuperar las condiciones que hacen posible aproximarse a los hechos con rigor, espíritu crítico y apertura intelectual. Frente a la fragmentación de la información, la aceleración del debate público y la simplificación permanente de los problemas complejos, ambos ponentes reivindican el tiempo necesario para estudiar, reflexionar y construir explicaciones que no queden reducidas a consignas o respuestas inmediatas.

«La verdadera resistencia comienza cuando dejamos de delegar nuestra comprensión del mundo.»

El ensayo concluye así desplazando el centro de gravedad desde la denuncia hacia la responsabilidad intelectual. Comprender la existencia de la guerra cognitiva constituye únicamente el primer paso. El desafío más profundo consiste en preservar aquellas capacidades humanas que permiten pensar con independencia, dialogar con argumentos, revisar las propias convicciones y mantener abierta la búsqueda del conocimiento. En última instancia, la libertad política y la soberanía cultural comienzan allí donde las personas conservan la posibilidad de comprender el mundo por sí mismas.


Audio del programa de La Rebelión en el canal de IVOOX de CAI IBERIA

1 comentario en «La guerra cognitiva: la disputa por la capacidad de pensar»

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