El gobierno israelí moldea tu IA – Ahí les va!

Cuando la propaganda aprende a hablar con la voz de una IA, con Mirko Casale

El pasado 29 de agosto mostrábamos cómo un falso «think tank» vinculado a una operación financiada por Israel buscaba introducir contenidos diseñados para influir en las respuestas de las inteligencias artificiales.

Ahora, Mirko Casale, en Ahí les va, explica cómo funciona esta estrategia y qué persigue.
Ya no se trata solo de disputar el relato ante la opinión pública, sino de intentar condicionar las herramientas que utilizamos para informarnos. Una nueva dimensión de la guerra cognitiva.

Porque quizá la cuestión ya no sea solamente qué responde la inteligencia artificial, sino quién está intentando enseñarle qué responder.

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Cuando la HASBARA intenta enseñar a pensar a la inteligencia artificial

El pasado 29 de agosto publicábamos en estas páginas una investigación de Jason Wilson que ponía al descubierto una operación particularmente reveladora de las nuevas formas de propaganda en la era de la inteligencia artificial: la creación del supuesto Hanover Institute for Public Policy, un «think tank» que se presentaba como una institución académica estadounidense, pero cuya existencia no parece ir más allá de una página web sin dirección física, sin investigadores identificables y sin una estructura institucional reconocible.

Cómo Israel ha creado un ‘think tank’ falso para manipular las respuestas de la inteligencia artificial

Aquella publicación mostraba algo más importante que la existencia de una página web falsa. Mostraba para qué había sido creada. En apenas nueve días, el supuesto instituto había publicado 124 informes que superaban conjuntamente las 560.000 palabras, muchos de ellos redactados con apariencia de estudios académicos y titulados mediante preguntas que un usuario podría formular directamente a un chatbot. El objetivo declarado en la documentación que rodea la operación era influir en los contenidos que encuentran y utilizan los grandes modelos de lenguaje.

La investigación permitía así identificar el mecanismo: producir contenidos, dotarlos de apariencia de autoridad académica, multiplicar su presencia en Internet y tratar de introducirlos en los circuitos de información de los que se nutren las inteligencias artificiales.

A modo de EJEMPLO DE FAKE WEB «made in 1zR4H3ll», hemos reproducido íntegramente en esta entrada, una de las existentes en la del "Hanover Institute". También disponible (de momento y hasta que no la borren) en su web https://hanoverinstitute.com/hanover

Pero quedaba una pregunta fundamental: ¿qué significa todo esto cuando somos nosotros quienes, cada vez con mayor frecuencia, acudimos a una IA para que nos explique la realidad?

Es precisamente en ese punto donde enlaza el trabajo de Mirko Casale, en su programa Ahí les va, que presentamos en esta entrada.

Casale parte de una situación que ya forma parte de nuestra vida cotidiana. Un usuario pregunta a su inteligencia artificial por Gaza, por el genocidio, por la responsabilidad de Israel o por cualquier otro asunto geopolítico, y recibe una respuesta aparentemente razonada, equilibrada y documentada. Sin embargo, detrás de algunas de las formulaciones que aparecen en esas respuestas pueden encontrarse campañas destinadas precisamente a introducir determinados argumentos en el ecosistema informativo del que se nutren estos sistemas.

La cuestión, por tanto, deja de ser únicamente qué dice una inteligencia artificial. Hay que preguntarse también qué información ha encontrado, dónde la ha encontrado y quién ha intentado colocarla allí.

Y el caso del Hanover Institute resulta especialmente ilustrativo.

Como explica Casale, resulta difícil no reparar en la extraordinaria productividad de un centro de estudios que, en realidad, no parece existir. Más de un centenar de artículos publicados en poco más de una semana, con cientos de miles de palabras, elaborados con una apariencia académica cuidadosamente construida y sin autores identificables.

La anomalía no termina en la identidad del supuesto instituto. Los contenidos estaban diseñados además para responder directamente a preguntas que podrían formular los usuarios de herramientas como ChatGPT, Perplexity, Claude, Gemini o Grok. Preguntas sobre el genocidio, el antisionismo, las expulsiones de palestinos o las actuaciones de Israel.

No se trata, por tanto, de publicar propaganda de manera convencional y esperar que alguien la lea.

Se trata de preparar el contenido para la máquina que después tendrá que responder al lector. Guerra cognitiva en estado puro.

Aquí aparece uno de los aspectos más interesantes que desarrolla Casale. Durante décadas, la batalla por la visibilidad en Internet se libró fundamentalmente en los buscadores. Quien conseguía situar una página entre los primeros resultados de una búsqueda aumentaba enormemente sus posibilidades de influir en aquello que terminaba leyendo el usuario. La inteligencia artificial introduce un intermediario nuevo.

Ahora el usuario puede no consultar diez páginas, comparar titulares y decidir qué información considera relevante. Puede formular una pregunta y pedir a una máquina que haga ese trabajo por él. La IA seleccionará, sintetizará y presentará una respuesta aparentemente coherente.

De ahí la importancia de intentar influir no solo en Internet, sino en las fuentes que las propias inteligencias artificiales utilizan para construir sus respuestas.

Casale explica que una de las estrategias consiste precisamente en inundar la red de contenidos elaborados con un lenguaje que los sistemas puedan identificar como aparentemente académico y fiable. Textos extensos, abundantes referencias, citas y documentación. Todo aquello que pueda conferir autoridad al contenido.

La ironía es evidente: detrás de esa apariencia de investigación independiente puede encontrarse una estructura creada expresamente para producir una determinada narrativa. Y existe todavía un segundo nivel.

Como ya exponíamos en la publicación del 29 de agosto, la operación no parece limitarse a conseguir que un chatbot encuentre una determinada página cuando realiza una búsqueda. Una de las cuestiones más preocupantes es la posibilidad de que estos contenidos terminen incorporándose a repositorios masivos como Common Crawl, utilizados como fuente de datos para el entrenamiento de modelos comerciales de inteligencia artificial.

Es decir, la batalla no se libraría únicamente por conseguir que una IA cite una determinada fuente. La pretensión sería llegar más lejos: conseguir que esa información forme parte del universo documental sobre el que las futuras inteligencias artificiales aprenderán a construir sus respuestas. La diferencia es enorme.

Una campaña propagandística tradicional intenta convencer a una persona. Una campaña adaptada a la era de la IA puede intentar influir previamente sobre la herramienta que esa persona utilizará para informarse.

Y esto convierte el caso del Hanover Institute en algo que trasciende ampliamente la cuestión de Israel y Palestina.

Porque, como señala Casale, si los grandes modelos de lenguaje pueden ser condicionados mediante la producción masiva y estratégicamente diseñada de contenidos, el problema no desaparece aunque sustituyamos el actor que los produce. Gobiernos, empresas, grupos de presión o cualquier organización con suficientes recursos podrían intentar ocupar ese espacio.

La cuestión afecta, por tanto, a una de las promesas fundamentales de la inteligencia artificial: la de convertirse en una herramienta capaz de ayudarnos a orientarnos dentro de una cantidad de información que ningún individuo puede procesar por sí solo. Pero precisamente ahí reside también su vulnerabilidad.

Si la máquina selecciona, resume y organiza nuestro acceso al conocimiento, quien consiga condicionar aquello que la máquina encuentra puede influir indirectamente sobre aquello que nosotros terminamos conociendo. Suma y sigue con los principios de François du Cluzel. (1)

El problema adquiere una dimensión todavía mayor cuando hablamos de cuestiones geopolíticas, donde las fuentes pueden estar enfrentadas, los datos pueden ser disputados y las campañas de propaganda forman parte de la propia confrontación.

No significa que toda respuesta de una inteligencia artificial esté manipulada. Tampoco que debamos sustituir una dependencia tecnológica por una desconfianza absoluta hacia estas herramientas. Significa algo bastante más sencillo y, al mismo tiempo, bastante más incómodo: una IA no es una ventana transparente a la realidad.

Sus respuestas dependen de datos, fuentes, sistemas de entrenamiento, procesos de selección y criterios que el usuario normalmente no puede observar.

La investigación que publicamos el 29 de agosto mostraba cómo se había construido una pieza destinada a intervenir en ese ecosistema. El trabajo de Mirko Casale nos permite ahora detenernos en el siguiente paso y comprender por qué esa operación resulta tan relevante.

Porque ya no estamos hablando únicamente de propaganda dirigida a los seres humanos. Estamos hablando de propaganda diseñada para ser procesada por las máquinas que después ayudarán a los seres humanos a interpretar el mundo.

Y esa diferencia puede cambiarlo todo.

La guerra cognitiva, en definitiva, encuentra aquí un nuevo territorio. Ya no se libra solamente en los periódicos, en las televisiones, en las redes sociales o en las plataformas digitales. También puede librarse en las capas invisibles de información que alimentan los sistemas con los que cada vez más personas buscan respuestas.

Por eso el último mensaje de Mirko Casale resulta especialmente pertinente. Ante la creciente presencia de la inteligencia artificial como intermediaria entre nosotros y la información, la prudencia no consiste en dejar de utilizarla, sino en no delegar en ella nuestra capacidad de juicio.

Podemos preguntarle a una máquina.

Podemos utilizarla para buscar, contrastar, ordenar y comprender.

Pero, después de todo, todavía queda una tarea que no deberíamos externalizar:

Pensar.


(1) Para profundizar: la guerra cognitiva

Lo que plantea Mirko Casale en este vídeo conecta directamente con una cuestión que ya abordamos en estas páginas el pasado 30 de junio: la guerra cognitiva como disputa por nuestra capacidad de interpretar la realidad y pensar con criterio propio.

En La guerra cognitiva: la disputa por la capacidad de pensar, Christian Nader y Manuel H. Borbolla recorren la evolución de las técnicas de propaganda y manipulación hasta llegar al actual ecosistema digital, donde algoritmos, plataformas, inteligencia artificial y grandes infraestructuras tecnológicas pueden intervenir no solo sobre la información que recibimos, sino sobre las condiciones desde las que la interpretamos.

La operación que hoy analizamos adquiere así una dimensión mucho más amplia: no se trata únicamente de fabricar un relato y hacerlo circular, sino de intentar introducir ese relato en las propias herramientas que utilizamos para comprender el mundo.

Dos trabajos distintos, pero unidos por una misma pregunta: ¿quién está intentando disputar nuestra capacidad de pensar?

👉 La guerra cognitiva: la disputa por la capacidad de pensar

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