Reconstruir desde abajo: Venezuela ante la nueva ofensiva imperial, una Revolución ante sí misma

Hechos concretos de la entrega de nuestra soberanía a Estados Unidos. Ponencia de Mario Silva


El pasado 19 de agosto, en la sede de CEDES (Caracas), el comunicador popular y diputado Mario Silva García ofreció una ponencia titulada «Hechos concretos de la entrega de nuestra soberanía a Estados Unidos», presentado por el director de CEDES, Reinaldo Iturriza. Durante poco más de una hora, Silva trazó un diagnóstico sin concesiones sobre la situación venezolana y latinoamericana, situando el bombardeo del 3 de enero de 2026 como el punto de inflexión de un proceso de sometimiento progresivo al imperialismo estadounidense. Con un lenguaje directo y combativo, el también editor de Réplica Comunista denunció la conversión de Venezuela en un «protectorado», la burocratización del chavismo, la conciliación de clases y la pérdida de soberanía energética y territorial, al tiempo que llamó a la autocrítica y a la reconstrucción del movimiento revolucionario desde las bases.

La intervención merece ser vista y escuchada íntegramente. La síntesis que ofrecemos a continuación, elaborada directamente a partir de la transcripción de la ponencia, no pretende sustituirla, sino servir de guía para situar sus principales argumentos, categorías y líneas de razonamiento. Silva habla desde una posición política explícita y desarrolla, junto a su denuncia de la pérdida de soberanía y su reconstrucción de los acontecimientos del 3 de enero de 2026, un ejercicio particularmente severo de revisión crítica de las propias responsabilidades del movimiento revolucionario venezolano.

Al finalizar la ponencia, se abrió además un turno de comentarios y preguntas del público. Mario Silva respondió a las intervenciones con su propia voz y análisis, ampliando y matizando algunos de los planteamientos expuestos durante la intervención principal. Este intercambio también quedó recogido en el mismo vídeo aquí enlazado y forma parte del conjunto de la actividad.

Por ello, recomendamos acudir al vídeo y escuchar la ponencia completa, atendiendo tanto a sus conclusiones como al desarrollo de sus argumentos, los ejemplos que aporta y su testimonio personal. La síntesis mantiene el orden argumental de la intervención y recoge sus categorías fundamentales: «entrega», «tutelaje», «protectorado», «conciliación de clases», «acto de contrición», «poder popular», «reconstrucción desde abajo» y «resistencia continental». La fuente primaria es, en definitiva, la propia voz del ponente, y ninguna síntesis puede reemplazarla. Leamos, por tanto, estas páginas como una puerta de entrada a la ponencia, no como su sustituto.


Comité de Apoyo a Irán Iberia - 2026

Evento íntegro en el canal La Hojilla de Mario Silva:


Escúchala aquí:


Una disputa que trasciende Venezuela

La situación venezolana forma parte de una ofensiva mucho más amplia. Estados Unidos, aun atravesando un proceso de declive económico, necesita recuperar posiciones y recomponer su fuerza mediante el control de los recursos estratégicos de América Latina.

Petróleo, oro, coltán, uranio, litio y otros minerales aparecen así en su análisis como elementos centrales de la disputa. Silva observa la sucesión de derrotas de los gobiernos progresistas en distintos países de la región y atribuye una parte fundamental de ese retroceso a la capacidad de las clases dominantes y del imperialismo para recomponer posiciones.

Pero su crítica alcanza también a los propios gobiernos progresistas. El problema aparece cuando las fuerzas populares que permiten su llegada al poder son desplazadas y esos gobiernos terminan estableciendo un «maridaje» con las clases dominantes, la burguesía y la oligarquía transnacional. En ese momento, se rompe el vínculo con las bases populares y el proceso entra en barrena.

Es un tema muy complejo. Hay, repito, una entrega muy brutal, es prácticamente un arrodillamiento. Yo le llamo a eso arrodillamiento ante el imperialismo norteamericano.

El 3 de enero y la ausencia de respuesta

El núcleo de la exposición se desplaza entonces hacia el 3 de enero.

El 3 de enero pasado fue, para mí, un acto de entrega, un acto de entrega ya planificado, previamente planificado. Esto lleva muchísimo tiempo gestándose.

Silva sostiene que el ataque no fue inesperado y que existían mecanismos preparados para responder. Su principal interrogante es por qué no se activó el Plan de Defensa Integral de la Nación y por qué una población que había sido preparada durante meses para responder ante una agresión terminó paralizada.

La explicación que ofrece remite a una estructura de dependencia absoluta respecto del mando militar. Organizaciones revolucionarias, milicias y colectivos habían sido instruidos para actuar bajo las órdenes de la estructura de mando. Cuando esas órdenes no llegaron, la capacidad de respuesta quedó bloqueada.

No había ni un solo lanzacohetes RPG-2 en manos del pueblo. Los S-300 no se activaron contra los 150 aviones que sobrevolaron. Los comandos estadounidenses bajaron en helicópteros y nadie los enfrentó. La excusa fue: «Superioridad aérea». Pero yo pregunto: ¿y nuestros cohetes antiaéreos? ¿Dónde estaban?

Su propio testimonio ocupa aquí un lugar central. Relata que, al producirse el ataque, tomó su fusil y se dirigió primero a Miraflores y después a Fuerte Tiuna, sin que le permitieran entrar. Posteriormente acudió a Ciudad Caribia, donde esperaba encontrar a los combatientes y las armas previamente preparadas. Encontró a los hombres dispuestos a resistir, pero los fusiles no habían sido entregados. Más tarde se trasladó al 23 de Enero, donde volvió a encontrar una población movilizada y preparada para responder.

Llegué a mi punto de combate y me encontré con que no se habían entregado las armas. Llamé al almirante encargado y su respuesta fue: «Anda a dormir».

El problema no fue la inexistencia de disposición popular para combatir, sino la disciplina vertical que subordinó esa disposición a unas órdenes que nunca llegaron.

De la resistencia a la «paz y calma»

Tras el ataque se produjo un cambio brusco en el discurso oficial. Denuncia que se pasó de los llamamientos anteriores a la resistencia a un mensaje centrado en la «paz» y la «calma», acompañado de la decisión de no mostrar imágenes de los bombardeos. Relata incluso cómo recibió instrucciones de utilizar un fondo azul en sus vídeos, cuya función interpreta como parte de una estrategia de desmovilización y adormecimiento político de la población.

Es en este momento donde aparece una de las categorías fundamentales de su exposición: el tutelaje.

Al referirse a la reforma de la Ley de Hidrocarburos y al comunicado de la OFAC, Silva interpreta la nueva situación como una pérdida efectiva de soberanía. Su formulación es tajante: «nosotros somos un Estado tutelado» y «esto es un protectorado». En su lectura, Estados Unidos habría pasado a controlar el petróleo venezolano, su distribución y su comercialización.

La conciliación de clases y la pérdida del poder popular

Pero Silva sitúa el origen de la crisis mucho antes.

Una de las partes más duras de su intervención está dirigida contra la conciliación de clases. Rechaza que pueda existir una alianza política estable entre el proceso revolucionario y las oligarquías transnacionales o la burguesía nacional sin que ello implique, en su interpretación, el abandono de los principios de transformación socialista.

Para Silva, después de la muerte de Hugo Chávez se consolidó un proceso de pactos internos que terminó burocratizando el Estado y el partido y generando una nueva burguesía. El resultado habría sido un progresivo vaciamiento del poder popular.

(…) se han hecho acuerdos con la oligarquía y se ha burocratizado la revolución. Las comunas fueron vaciadas, y el poder popular fue sustituido por pequeñas migajas.

Las comunas constituyen para él uno de los ejemplos más significativos. Lo que había sido concebido como un instrumento de participación y poder territorial habría terminado siendo ocupado y burocratizado. Al pueblo, afirma, se le fue retirando progresivamente la autoridad y la capacidad de respuesta.

De ahí surge una de las expresiones que vertebran toda la intervención: el «acto de contrición».

Silva no sitúa la responsabilidad únicamente en quienes hoy ejercen el poder. Se incluye expresamente entre quienes cometieron errores, callaron ante determinadas situaciones o prefirieron mirar hacia otro lado por razones de conveniencia política. «Nos pasó a todos», viene a sostener.

(…) Porque las masas en este momento, y lamentablemente hay que decirlo, están muy descontentas con nosotros. Y tienen toda la razón. Ese es otro acto de constricción que nosotros tenemos que asumir (…)

(…) Ir allá, decía el comandante Hugo Chávez, ir allá y que nos interpelen, que nos insulten y que nos digan ustedes pelaron y uno diga sí, es verdad. Cuando yo digo escúchese bien que esto no viene desde el tres de enero para acá (…)

La defensa frente al ataque personal

La dimensión política de esta autocrítica aparece acompañada de una defensa frente a las acusaciones personales que, según Silva, se han utilizado para desacreditar a quienes disienten.

Explica su trayectoria profesional desde su incorporación a La Hojilla, sus trabajos anteriores, su paso por VTV y sus responsabilidades posteriores como constituyente y diputado. Niega haber manejado presupuestos o nóminas de instituciones públicas y rechaza las acusaciones de corrupción.

Nunca he manejado presupuestos del Estado; siempre he trabajado como comunicador popular. Fui constituyente en 2015 y diputado desde 2020 hasta 2025, y percibí mi salario legal. No hay prueba alguna de corrupción contra mí.

Pero insiste en que su propósito no es simplemente defender su honor. Lo que denuncia es un mecanismo que se utiliza contra quienes mantienen posiciones críticas: el ataque personal como forma de «matar moral y materialmente» al adversario y apartarlo de la discusión política.

Reconstruir desde abajo

La conclusión política que extrae de todo ello es la necesidad de reconstrucción.

Silva reclama reconocer los errores, abandonar los egos y los liderazgos personalistas y volver a construir desde abajo. No plantea únicamente reconstruir una organización concreta, sino recuperar la capacidad política de las organizaciones revolucionarias y devolver al pueblo el papel que le fue arrebatado.

La reconstrucción no debe girar alrededor de un caudillo. «Esta revolución no la hace un solo hombre». Los dirigentes deben convertirse en voceros del poder popular y recuperar la capacidad de escuchar incluso las críticas más duras de quienes están en la calle.

Para resistir hay que organizarse políticamente. Yo soy de los que cree que dentro de esa política de reorganización nosotros tendremos que pensar en algún momento en la resistencia armada.

En ese marco introduce también una cuestión que formula sin ambigüedad: la posibilidad futura de una resistencia armada. No la presenta como un llamamiento inmediato, sino como una posibilidad que puede derivarse de la propia dinámica de la confrontación imperialista.

Más allá de las elecciones y de los liderazgos

Silva rechaza asimismo que la reconstrucción pueda limitarse al terreno de la democracia burguesa.

Advierte contra quienes puedan interpretar las futuras elecciones como una oportunidad personal para alcanzar un cargo político o consolidar un liderazgo. Esas elecciones estarán condicionadas por la nueva correlación de fuerzas y no permitirán recuperar la soberanía perdida.

Si nosotros estamos pensando en el marco de la democracia burguesa, no estamos haciendo nada. La organización nuestra tiene que empezar, como decía Chávez, a subvertir el orden, a enfrentarse con pequeños rasgos de dignidad, porque nosotros no tenemos soberanía, no tenemos libertad, no tenemos independencia.

Frente a ello, plantea una estrategia de acumulación de fuerzas, organización política y resistencia, siempre preservando la diversidad interna del movimiento. La unidad que propone no exige uniformidad: exige reconocer las diferencias y al mismo tiempo, encontrar un punto común desde el que responder a la ofensiva imperialista.

Los signos de la pérdida de soberanía

En la parte final de su intervención, Silva enumera diversos hechos que son expresiones concretas del sometimiento de Venezuela: la presencia de símbolos estadounidenses en actos oficiales, la recepción de personal vinculado al Comando Sur, la presencia de militares estadounidenses en territorio venezolano, el sobrevuelo de aeronaves norteamericanas sobre Caracas y el establecimiento de nuevas relaciones con el ente sionista ocupante de Palestina: “Israel”.

El gobierno actual ha recibido a militares estadounidenses, a un criminal de guerra sionista y ha establecido un consulado con Israel. Eso es una cachetada a Palestina, a Gaza y a todos los pueblos árabes. Chávez expulsó a los diplomáticos israelíes; ahora se les recibe con honores.

Especial importancia concede esta última cuestión: Palestina. Interpreta la aproximación a “Israel” como una ruptura con la posición histórica de Chávez y como una afrenta a Palestina, Gaza, Líbano y al conjunto de los pueblos árabes enfrentados al sionismo.

A ello añade las transformaciones que se estarían produciendo en los poderes del Estado y la amenaza que representaría una eventual reforma de la Constitución para adaptar el marco jurídico venezolano a los intereses norteamericanos.

También denuncia la entrega de la Faja Petrolífera del Orinoco a una transnacional a la que atribuye antecedentes de daños ambientales en Ecuador. Para Silva, estos hechos constituyen nuevas expresiones de una soberanía que considera ya gravemente comprometida.

Del oro a la opacidad económica

La cuestión de los recursos naturales ocupa igualmente un lugar destacado.

Silva expone el caso de las reservas de oro del Banco Central de Venezuela, partiendo de las 379 toneladas que existían durante la etapa de Chávez. Señala posteriormente envíos de oro al exterior, la ausencia de cifras públicas durante determinados años y la contradicción que observa entre las cifras de producción anunciadas y las cantidades declaradas posteriormente.

Más que formular únicamente una denuncia sobre una cifra concreta, Silva utiliza este episodio como ejemplo de lo que denomina una «opacidad absoluta en las cuentas», que extiende también al ámbito petrolero.

Una mirada continental e internacionalista

La intervención no termina, sin embargo, en Venezuela.

Mario Silva amplía nuevamente el marco y denuncia el intento de dividir a los pueblos latinoamericanos mediante el nacionalismo y el enfrentamiento entre argentinos, venezolanos, chilenos, españoles o cualquier otra nacionalidad. Frente a ello reivindica explícitamente el carácter internacionalista de la lucha de clases.

Su argumento es que las clases populares de distintos países comparten una misma confrontación con estructuras de poder que no distinguen nacionalidades cuando se trata de defender sus intereses. La división entre pueblos, sostiene, sirve precisamente para impedir la unidad del movimiento proletario.

Una intervención que concluye en la esperanza

El diagnóstico del comunicador es deliberadamente severo. Habla de un daño de «proporciones gigantescas» y describe el escenario venezolano como «tétrico». Pero su conclusión no es derrotista.

Es un panorama bien,bien tétrico. (…)  Lo primero que tenemos que hacer es aceptar nuestros errores. Es lo primero. Lo segundo que tenemos que hacer es pensar en la construcción de un movimiento, la reconstrucción del mismo partido.

Al mirar hacia las décadas anteriores, hacia los años ochenta y noventa, afirma que sigue creyendo en la capacidad de los pueblos para reconstruir un movimiento revolucionario.

Su esperanza no se limita a Venezuela. La extiende al conjunto de América Latina y la fundamenta en una idea central de su análisis: cuanto mayor sea la presión ejercida por el imperialismo y por las burguesías y oligarquías sobre las clases trabajadoras, campesinas y populares, mayores serán también las contradicciones que esa presión terminará generando.

De esas contradicciones, surgirán nuevos conflictos y, con ellos, nuevos procesos revolucionarios.

No sabe si llegará a verlos. Pero afirma que cree en ellos. Y lo afirma, en sus propias palabras, «fervientemente».

El acto tuvo lugar el pasado 19 de agosto en la sede de CEDES, en Caracas, con la presentación y moderación de Reinaldo Iturriza, director de la institución, quien dio paso a la ponencia del reconocido comunicador Mario Silva García. En su intervención, Silva expuso su análisis sobre la situación venezolana, la pérdida de soberanía que, a su juicio, atraviesa el país y las responsabilidades del propio movimiento revolucionario ante este escenario.

La intervención merece ser vista y escuchada íntegramente. La síntesis que ofrecemos a continuación, elaborada directamente a partir de la transcripción de la ponencia, no pretende sustituirla, sino servir de guía para situar sus principales argumentos, categorías y líneas de razonamiento. Silva habla desde una posición política explícita y desarrolla, junto a su denuncia de la pérdida de soberanía y su reconstrucción de los acontecimientos del 3 de enero de 2026, un ejercicio particularmente severo de revisión crítica de las propias responsabilidades del movimiento revolucionario venezolano.

Por ello, recomendamos acudir al vídeo y escuchar la ponencia completa, atendiendo tanto a sus conclusiones como al desarrollo de sus argumentos, los ejemplos que aporta y su testimonio personal. La síntesis mantiene el orden argumental de la intervención y recoge sus categorías fundamentales: «entrega», «tutelaje», «protectorado», «conciliación de clases», «acto de contrición», «poder popular», «reconstrucción desde abajo» y «resistencia continental». La fuente primaria es, en definitiva, la propia voz del ponente, y ninguna síntesis puede reemplazarla. Leamos, por tanto, estas páginas como una puerta de entrada a la ponencia, no como su sustituto.



Comité de Apoyo a Irán Iberia - 2026

Una disputa que trasciende Venezuela

La situación venezolana forma parte de una ofensiva mucho más amplia. Estados Unidos, aun atravesando un proceso de declive económico, necesita recuperar posiciones y recomponer su fuerza mediante el control de los recursos estratégicos de América Latina.

Petróleo, oro, coltán, uranio, litio y otros minerales aparecen así en su análisis como elementos centrales de la disputa. Silva observa la sucesión de derrotas de los gobiernos progresistas en distintos países de la región y atribuye una parte fundamental de ese retroceso a la capacidad de las clases dominantes y del imperialismo para recomponer posiciones.

Pero su crítica alcanza también a los propios gobiernos progresistas. El problema aparece cuando las fuerzas populares que permiten su llegada al poder son desplazadas y esos gobiernos terminan estableciendo un «maridaje» con las clases dominantes, la burguesía y la oligarquía transnacional. En ese momento, se rompe el vínculo con las bases populares y el proceso entra en barrena.

Es un tema muy complejo. Hay, repito, una entrega muy brutal, es prácticamente un arrodillamiento. Yo le llamo a eso arrodillamiento ante el imperialismo norteamericano.

El 3 de enero y la ausencia de respuesta

El núcleo de la exposición se desplaza entonces hacia el 3 de enero.

El 3 de enero pasado fue, para mí, un acto de entrega, un acto de entrega ya planificado, previamente planificado. Esto lleva muchísimo tiempo gestándose.

Silva sostiene que el ataque no fue inesperado y que existían mecanismos preparados para responder. Su principal interrogante es por qué no se activó el Plan de Defensa Integral de la Nación y por qué una población que había sido preparada durante meses para responder ante una agresión terminó paralizada.

La explicación que ofrece remite a una estructura de dependencia absoluta respecto del mando militar. Organizaciones revolucionarias, milicias y colectivos habían sido instruidos para actuar bajo las órdenes de la estructura de mando. Cuando esas órdenes no llegaron, la capacidad de respuesta quedó bloqueada.

No había ni un solo lanzacohetes RPG-2 en manos del pueblo. Los S-300 no se activaron contra los 150 aviones que sobrevolaron. Los comandos estadounidenses bajaron en helicópteros y nadie los enfrentó. La excusa fue: «Superioridad aérea». Pero yo pregunto: ¿y nuestros cohetes antiaéreos? ¿Dónde estaban?

Su propio testimonio ocupa aquí un lugar central. Relata que, al producirse el ataque, tomó su fusil y se dirigió primero a Miraflores y después a Fuerte Tiuna, sin que le permitieran entrar. Posteriormente acudió a Ciudad Caribia, donde esperaba encontrar a los combatientes y las armas previamente preparadas. Encontró a los hombres dispuestos a resistir, pero los fusiles no habían sido entregados. Más tarde se trasladó al 23 de Enero, donde volvió a encontrar una población movilizada y preparada para responder.

Llegué a mi punto de combate y me encontré con que no se habían entregado las armas. Llamé al almirante encargado y su respuesta fue: «Anda a dormir».

El problema no fue la inexistencia de disposición popular para combatir, sino la disciplina vertical que subordinó esa disposición a unas órdenes que nunca llegaron.

De la resistencia a la «paz y calma»

Tras el ataque se produjo un cambio brusco en el discurso oficial. Denuncia que se pasó de los llamamientos anteriores a la resistencia a un mensaje centrado en la «paz» y la «calma», acompañado de la decisión de no mostrar imágenes de los bombardeos. Relata incluso cómo recibió instrucciones de utilizar un fondo azul en sus vídeos, cuya función interpreta como parte de una estrategia de desmovilización y adormecimiento político de la población.

Es en este momento donde aparece una de las categorías fundamentales de su exposición: el tutelaje.

Al referirse a la reforma de la Ley de Hidrocarburos y al comunicado de la OFAC, Silva interpreta la nueva situación como una pérdida efectiva de soberanía. Su formulación es tajante: «nosotros somos un Estado tutelado» y «esto es un protectorado». En su lectura, Estados Unidos habría pasado a controlar el petróleo venezolano, su distribución y su comercialización.

La conciliación de clases y la pérdida del poder popular

Pero Silva sitúa el origen de la crisis mucho antes.

Una de las partes más duras de su intervención está dirigida contra la conciliación de clases. Rechaza que pueda existir una alianza política estable entre el proceso revolucionario y las oligarquías transnacionales o la burguesía nacional sin que ello implique, en su interpretación, el abandono de los principios de transformación socialista.

Para Silva, después de la muerte de Hugo Chávez se consolidó un proceso de pactos internos que terminó burocratizando el Estado y el partido y generando una nueva burguesía. El resultado habría sido un progresivo vaciamiento del poder popular.

(…) se han hecho acuerdos con la oligarquía y se ha burocratizado la revolución. Las comunas fueron vaciadas, y el poder popular fue sustituido por pequeñas migajas.

Las comunas constituyen para él uno de los ejemplos más significativos. Lo que había sido concebido como un instrumento de participación y poder territorial habría terminado siendo ocupado y burocratizado. Al pueblo, afirma, se le fue retirando progresivamente la autoridad y la capacidad de respuesta.

De ahí surge una de las expresiones que vertebran toda la intervención: el «acto de contrición».

Silva no sitúa la responsabilidad únicamente en quienes hoy ejercen el poder. Se incluye expresamente entre quienes cometieron errores, callaron ante determinadas situaciones o prefirieron mirar hacia otro lado por razones de conveniencia política. «Nos pasó a todos», viene a sostener.

(…) Porque las masas en este momento, y lamentablemente hay que decirlo, están muy descontentas con nosotros. Y tienen toda la razón. Ese es otro acto de constricción que nosotros tenemos que asumir (…)

(…) Ir allá, decía el comandante Hugo Chávez, ir allá y que nos interpelen, que nos insulten y que nos digan ustedes pelaron y uno diga sí, es verdad. Cuando yo digo escúchese bien que esto no viene desde el tres de enero para acá (…)

La defensa frente al ataque personal

La dimensión política de esta autocrítica aparece acompañada de una defensa frente a las acusaciones personales que, según Silva, se han utilizado para desacreditar a quienes disienten.

Explica su trayectoria profesional desde su incorporación a La Hojilla, sus trabajos anteriores, su paso por VTV y sus responsabilidades posteriores como constituyente y diputado. Niega haber manejado presupuestos o nóminas de instituciones públicas y rechaza las acusaciones de corrupción.

Nunca he manejado presupuestos del Estado; siempre he trabajado como comunicador popular. Fui constituyente en 2015 y diputado desde 2020 hasta 2025, y percibí mi salario legal. No hay prueba alguna de corrupción contra mí.

Pero insiste en que su propósito no es simplemente defender su honor. Lo que denuncia es un mecanismo que se utiliza contra quienes mantienen posiciones críticas: el ataque personal como forma de «matar moral y materialmente» al adversario y apartarlo de la discusión política.

Reconstruir desde abajo

La conclusión política que extrae de todo ello es la necesidad de reconstrucción.

Silva reclama reconocer los errores, abandonar los egos y los liderazgos personalistas y volver a construir desde abajo. No plantea únicamente reconstruir una organización concreta, sino recuperar la capacidad política de las organizaciones revolucionarias y devolver al pueblo el papel que le fue arrebatado.

La reconstrucción no debe girar alrededor de un caudillo. «Esta revolución no la hace un solo hombre». Los dirigentes deben convertirse en voceros del poder popular y recuperar la capacidad de escuchar incluso las críticas más duras de quienes están en la calle.

Para resistir hay que organizarse políticamente. Yo soy de los que cree que dentro de esa política de reorganización nosotros tendremos que pensar en algún momento en la resistencia armada.

En ese marco introduce también una cuestión que formula sin ambigüedad: la posibilidad futura de una resistencia armada. No la presenta como un llamamiento inmediato, sino como una posibilidad que puede derivarse de la propia dinámica de la confrontación imperialista.

Más allá de las elecciones y de los liderazgos

Silva rechaza asimismo que la reconstrucción pueda limitarse al terreno de la democracia burguesa.

Advierte contra quienes puedan interpretar las futuras elecciones como una oportunidad personal para alcanzar un cargo político o consolidar un liderazgo. Esas elecciones estarán condicionadas por la nueva correlación de fuerzas y no permitirán recuperar la soberanía perdida.

Si nosotros estamos pensando en el marco de la democracia burguesa, no estamos haciendo nada. La organización nuestra tiene que empezar, como decía Chávez, a subvertir el orden, a enfrentarse con pequeños rasgos de dignidad, porque nosotros no tenemos soberanía, no tenemos libertad, no tenemos independencia.

Frente a ello, plantea una estrategia de acumulación de fuerzas, organización política y resistencia, siempre preservando la diversidad interna del movimiento. La unidad que propone no exige uniformidad: exige reconocer las diferencias y al mismo tiempo, encontrar un punto común desde el que responder a la ofensiva imperialista.

Los signos de la pérdida de soberanía

En la parte final de su intervención, Silva enumera diversos hechos que son expresiones concretas del sometimiento de Venezuela: la presencia de símbolos estadounidenses en actos oficiales, la recepción de personal vinculado al Comando Sur, la presencia de militares estadounidenses en territorio venezolano, el sobrevuelo de aeronaves norteamericanas sobre Caracas y el establecimiento de nuevas relaciones con el ente sionista ocupante de Palestina: “Israel”.

El gobierno actual ha recibido a militares estadounidenses, a un criminal de guerra sionista y ha establecido un consulado con Israel. Eso es una cachetada a Palestina, a Gaza y a todos los pueblos árabes. Chávez expulsó a los diplomáticos israelíes; ahora se les recibe con honores.

Especial importancia concede esta última cuestión: Palestina. Interpreta la aproximación a “Israel” como una ruptura con la posición histórica de Chávez y como una afrenta a Palestina, Gaza, Líbano y al conjunto de los pueblos árabes enfrentados al sionismo.

A ello añade las transformaciones que se estarían produciendo en los poderes del Estado y la amenaza que representaría una eventual reforma de la Constitución para adaptar el marco jurídico venezolano a los intereses norteamericanos.

También denuncia la entrega de la Faja Petrolífera del Orinoco a una transnacional a la que atribuye antecedentes de daños ambientales en Ecuador. Para Silva, estos hechos constituyen nuevas expresiones de una soberanía que considera ya gravemente comprometida.

Del oro a la opacidad económica

La cuestión de los recursos naturales ocupa igualmente un lugar destacado.

Silva expone el caso de las reservas de oro del Banco Central de Venezuela, partiendo de las 379 toneladas que existían durante la etapa de Chávez. Señala posteriormente envíos de oro al exterior, la ausencia de cifras públicas durante determinados años y la contradicción que observa entre las cifras de producción anunciadas y las cantidades declaradas posteriormente.

Más que formular únicamente una denuncia sobre una cifra concreta, Silva utiliza este episodio como ejemplo de lo que denomina una «opacidad absoluta en las cuentas», que extiende también al ámbito petrolero.

Una mirada continental e internacionalista

La intervención no termina, sin embargo, en Venezuela.

Mario Silva amplía nuevamente el marco y denuncia el intento de dividir a los pueblos latinoamericanos mediante el nacionalismo y el enfrentamiento entre argentinos, venezolanos, chilenos, españoles o cualquier otra nacionalidad. Frente a ello reivindica explícitamente el carácter internacionalista de la lucha de clases.

Su argumento es que las clases populares de distintos países comparten una misma confrontación con estructuras de poder que no distinguen nacionalidades cuando se trata de defender sus intereses. La división entre pueblos, sostiene, sirve precisamente para impedir la unidad del movimiento proletario.

Una intervención que concluye en la esperanza

El diagnóstico del comunicador es deliberadamente severo. Habla de un daño de «proporciones gigantescas» y describe el escenario venezolano como «tétrico». Pero su conclusión no es derrotista.

Es un panorama bien,bien tétrico. (…)  Lo primero que tenemos que hacer es aceptar nuestros errores. Es lo primero. Lo segundo que tenemos que hacer es pensar en la construcción de un movimiento, la reconstrucción del mismo partido.

Al mirar hacia las décadas anteriores, hacia los años ochenta y noventa, afirma que sigue creyendo en la capacidad de los pueblos para reconstruir un movimiento revolucionario.

Su esperanza no se limita a Venezuela. La extiende al conjunto de América Latina y la fundamenta en una idea central de su análisis: cuanto mayor sea la presión ejercida por el imperialismo y por las burguesías y oligarquías sobre las clases trabajadoras, campesinas y populares, mayores serán también las contradicciones que esa presión terminará generando.

De esas contradicciones, surgirán nuevos conflictos y, con ellos, nuevos procesos revolucionarios.

No sabe si llegará a verlos. Pero afirma que cree en ellos. Y lo afirma, en sus propias palabras, «fervientemente».

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