Palestina, 11.000 años de historia con Susana Khalil y Nicola Hadwa

En este programa de Susana Khalil, la periodista y activista palestina desde la diáspora sostiene un diálogo profundo, documentado y políticamente comprometido con el analista Nicolás Hadwa. Lo que allí se despliega no es una mera conversación periodística, sino un ejercicio de desmontaje estructural de uno de los proyectos coloniales más longevos y destructivos de nuestro tiempo: el sionismo como ideología política y como régimen de ocupación en Palestina.
A lo largo de la conversación, Khalil y Hadwa coinciden en un diagnóstico central: el Estado fraudulentamente llamado Israel no es la culminación de un anhelo bíblico ni el retorno de un pueblo milenario, sino una imposición colonial europea, fraguada en las oficinas del poder imperial británico y estadounidense, y ejecutada a sangre y fuego sobre un pueblo nativo que lleva once mil años habitando la tierra de la gran Siria, desde los cananeos hasta los actuales árabes palestinos.
Hadwa sitúa el origen del sionismo en el seno del capitalismo expansivo europeo. No se trata de un movimiento religioso judío, como suele presentarse interesadamente, sino de una ideología política supremacista que emerge en el contexto de la búsqueda de materias primas, rutas comerciales y mercados. Su primer antecedente, señala, es el llamado sionismo cristiano, que en la Edad Media inventó la excusa del «rescate del Santo Sepulcro» para movilizar a las masas pobres europeas, aliviar tensiones sociales internas y justificar la invasión de territorios orientales. Aquella primera cruzada, la «cruzada de los pobres», no fue un acto de fe, sino una válvula de escape para un sistema feudal en crisis. Y su éxito, limitado a doscientos años de presencia cristiana en Jerusalén, no tuvo como resultado el rescate de ningún sepulcro, sino la consolidación de rutas comerciales y el saqueo sistemático de recursos.
Este patrón se repite, con actualizaciones, en el siglo XX. Cuando el imperio otomano controlaba Asia Occidental y con ello las fuentes de energía que empezaban a mover al mundo, el capital financiero judío, encarnado en figuras como los Rothschild, vio en Palestina no un lugar sagrado, sino una pieza clave en el tablero geoeconómico. Fue entonces cuando, tras la Primera Guerra Mundial, se fraguó la alianza entre los sionistas judíos y las potencias vencedoras: financiación bélica a cambio de un territorio donde instalar un Estado de colonos. La Declaración Balfour, el tratado Sykes-Picot, y más tarde el Plan Marshall, fueron eslabones de una misma cadena: la instrumentalización de la cuestión palestina para servir a los intereses del capital y del poder occidental.
Pero no basta con señalar la matriz material del sionismo. Khalil y Hadwa inciden en la dimensión simbólica, quizás la más perversa de todas, porque es la que ha logrado engañar a buena parte de la opinión pública mundial: la apropiación de la historia. A diferencia de otros colonialismos, donde el colonizador llegaba con su propia memoria y su propia narrativa, el sionismo llegó desprovisto de vínculo histórico con la tierra. Por eso necesitó tomar prestada —y falsear— la historia del nativo. Se apropió del nombre «Israel», de los relatos bíblicos, de las genealogías semitas, y las hizo pasar como propias, cuando en realidad los judíos europeos que protagonizaron la colonización son mayoritariamente de raíces caucásicas, eslavas, sajonas o centro-europeas, sin ninguna conexión genealógica con los antiguos cananeos o hebreos.
Esta usurpación no se limita al relato histórico. Hadwa desmonta científicamente, con referencias a la arqueología y la antropología, la noción misma de «pueblo hebreo». Los hebreos, explica, no fueron un pueblo en el sentido étnico o nacional, sino una caravana nómada que recorría la península arábiga y el Levante, compuesta por gentes de diversas lenguas, dioses y orígenes, unidos únicamente por la práctica del comercio caravanero. El término «ivrim», del que deriva «hebreo», significa simplemente «los del otro lado del río» en arameo.
Ni hubo un pueblo elegido ni una tierra prometida; hubo, como en toda la historia antigua, procesos de mestizaje, tránsito y diversidad cultural.
El monoteísmo, cuando surgió, no nació como un privilegio étnico, sino como una afirmación de unidad divina, y la palabra «Israel», en arameo, significa «creyente del Dios único», no «pueblo predilecto».
Por tanto, el sionismo construye su legitimidad sobre tres grandes mitos: el pueblo elegido, el retorno a Sion y la continuidad histórica con los hebreos bíblicos. Los tres son, a juicio de Hadwa, mentiras fundamentales. El pueblo elegido convierte a Dios en un agente racista e inmobiliario, algo que contradice la universalidad de cualquier tradición espiritual. El retorno a Sion es simbólico para los cristianos, no para los judíos, pues estos no reconocen a Cristo ni su crucifixión en el Gólgota. Y la continuidad con los hebreos es tan falsa como afirmar que los actuales italianos son los mismos que los romanos de la Antigüedad.
Susana Khalil aporta una perspectiva complementaria, centrada en los efectos de este fraude sobre la conciencia global. Señala con lucidez que el sionismo ha conseguido colonizar no solo la tierra palestina, sino también las academias, los medios de comunicación, los parlamentos y las conciencias. Denuncia la parálisis de una intelectualidad que, temerosa o cómplice, acepta el marco de discusión impuesto: «Israel tiene derecho a existir». Esta fórmula, aparentemente razonable, es en realidad una trampa, porque reconoce legitimidad a un proyecto colonial. Khalil y Hadwa son explícitos: el colonialismo no tiene derecho a existir, y ningún pueblo del mundo, al liberarse de su colonizador, ha aceptado la convivencia con el sistema que lo oprimía. La abolición del régimen colonial israelí no es un llamado a la eliminación del judaísmo, sino a la liberación del judaísmo de las garras de un movimiento que lo secuestra y lo instrumentaliza.
En este punto, la conversación alcanza su cima ética: hay más de diez mil rabinos que, a través de la organización Neturei Karta, se manifiestan contra el Estado de Israel y abogan por su desmantelamiento pacífico, devolviendo la tierra a sus propietarios originarios, los palestinos. Estos judíos, que viven en comunidades árabes como Siria, Irak o Irán, son los verdaderos herederos de una tradición religiosa que el sionismo ha pervertido. El sionismo es, como insiste Hadwa, el peor enemigo del judaísmo, porque convierte una fe universal en un nacionalismo excluyente, y a Dios en un repartidor de tierras.
Finalmente, tanto Khalil como Hadwa sitúan la lucha palestina en el marco de una batalla global contra el imperialismo. El sionismo no es solo un problema de Oriente Próximo; es una de las expresiones más brutales del poder anglosajón y del capital financiero transnacional. Controla Estados Unidos, condiciona sus políticas exteriores, y desde allí subyuga a los pueblos de América Latina, África y Asia. Por eso, la derrota del sionismo no sería solo la liberación de Palestina, sino un avance para toda la humanidad. Como ayer fue necesario derrotar al nazismo para liberar al pueblo alemán, hoy es necesario abolir el régimen colonial israelí para liberar al judaísmo de su distorsión sionista y, con ello, devolver a los palestinos su tierra, su historia y su dignidad.
Khalil cierra con una reflexión poética y política: el pueblo palestino no solo reclama el territorio, reclama también su historia, su falafel, sus bordados, su música, su memoria, todo aquello que el colonizador ha pretendido secuestrar. Y desde la diáspora, desde esa "otra parte del mundo", los palestinos exigen el retorno (al-awda), el regreso de millones de refugiados que hoy no pueden pisar su tierra porque allí se ha instalado un colono llegado de Lituania, Ucrania o Polonia, que cree tener derecho divino a una tierra que nunca fue suya.
Palestina, 11.000 años de historia nos recuerda que el siglo XXI no puede permitirse el lujo de convivir con anacronismos coloniales. La lucha por Palestina es la lucha por la verdad histórica, por la justicia y por la humanidad. Como dice Susana Khalil: «El pueblo nativo semita, cananeo, levantino de la gran Siria, el pueblo árabe palestino, tiene el derecho de liberarse del anacronismo eurocéntrico colonial fraudulentamente llamado Israel». Esa liberación no es un sueño, es una cita ineludible con la historia.