La nueva fase del imperialismo: de la hegemonía a la guerra sistémica, …antes de la guerra total

Se afianza la ultraderecha en América Latina: Argentina, Brasil y Chile marcan el cambio político

Por Andrés Piqueras en entrevista exclusiva en LS Noticias – @NoticiasLS


La Colección Editorial Behistún adapta entrevistas, conferencias y exposiciones orales al formato de ensayo mediante una metodología editorial propia que preserva con rigor el pensamiento y la voz de sus autores. La presente edición constituye una adaptación intelectual realizada por el Comité de Apoyo a Irán Iberia (CAI-I). Su reproducción deberá citar expresamente la Colección Editorial Behistún (CAI-I) como responsable de esta edición.


Desde hace décadas, los análisis sobre América Latina suelen girar en torno a elecciones, alternancias políticas o disputas ideológicas entre izquierdas y derechas. Sin embargo, para el sociólogo y antropólogo Andrés Piqueras, ese enfoque resulta hoy insuficiente. A su juicio, los procesos que atraviesan el continente solo pueden comprenderse si se insertan en un escenario mucho más amplio: el de una crisis estructural del orden internacional y la lucha de Estados Unidos por preservar una hegemonía global que considera amenazada. 

En esta conversación, Piqueras sostiene que América Latina ha dejado de ser un espacio periférico para convertirse en una pieza esencial de una confrontación planetaria. La presión sobre los gobiernos, la injerencia política, la desestabilización social, la militarización y el auge de nuevas derechas responderían, según su análisis, a una misma lógica estratégica destinada a consolidar un "continente fortaleza" bajo la influencia de Washington antes de afrontar conflictos de mayor envergadura en Eurasia.

Lejos de limitarse a un diagnóstico regional, el profesor amplía el foco hacia Europa, el sistema internacional y la propia evolución del capitalismo contemporáneo. El resultado es una reflexión que enlaza geopolítica, economía política y teoría del imperialismo para plantear una pregunta de enorme alcance: ¿ha entrado el mundo en una nueva fase histórica donde las reglas que guiaron las últimas décadas han dejado definitivamente de operar?

Colección Editorial Behistún - Comité de Apoyo a Irán Iberia 2026

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I. La guerra sistémica permanente

Para Andrés Piqueras, el punto de partida es inequívoco: Estados Unidos atraviesa una profunda crisis de hegemonía y ha respondido a ella desplegando lo que denomina una «guerra sistémica permanente». No se trataría de una sucesión de conflictos aislados, sino de una estrategia global destinada a impedir el ascenso de nuevas potencias capaces de disputar su posición dominante.

Desde esta perspectiva, los distintos escenarios de tensión internacional dejan de entenderse como episodios independientes. Asia Occidental, Asia Central, Europa, África o América Latina formarían parte de un mismo tablero geopolítico donde la competencia por los recursos estratégicos y el mantenimiento de la primacía estadounidense constituyen el hilo conductor de las decisiones políticas y militares.

Piqueras vincula esta dinámica tanto a la crisis estructural del capitalismo como a la creciente escasez relativa de recursos naturales. En su análisis, ambas variables empujan a Washington hacia una lógica cada vez más agresiva, en la que asegurar el acceso privilegiado a materias primas, energía y corredores estratégicos pasa a convertirse en una prioridad existencial para la continuidad de su liderazgo mundial.

En consecuencia, las políticas exteriores estadounidenses ya no podrían interpretarse únicamente desde categorías tradicionales como la diplomacia o la competencia económica. Para el profesor valenciano, el momento histórico actual estaría definido por una confrontación permanente que atraviesa todos los ámbitos: económico, político, financiero, tecnológico, militar e incluso cultural, configurando un conflicto de alcance verdaderamente sistémico.

II. América Latina: el continente fortaleza

Si la «guerra sistémica permanente» constituye el marco general de interpretación, América Latina ocupa, en el análisis de Andrés Piqueras, un lugar privilegiado dentro de esa estrategia. El continente dejaría de ser una periferia secundaria para convertirse en la retaguardia indispensable desde la que Estados Unidos aspira a sostener su hegemonía mundial.

El profesor sostiene que Washington necesita asegurar un espacio continental plenamente alineado, políticamente estable desde sus propios intereses y capaz de garantizar el acceso preferente a recursos naturales, materias primas estratégicas y fuentes de energía. No se trataría únicamente de preservar áreas de influencia tradicionales, sino de convertir el conjunto del hemisferio americano en una plataforma segura desde la que afrontar una confrontación cada vez más intensa con otras potencias emergentes.

En este contexto adquiere especial significado una declaración de la comandante del Comando Sur estadounidense Laura Jane Richardson, citada por Piqueras, según la cual «los recursos que hay en el continente americano son nuestros». Para el sociólogo, esa afirmación sintetiza con notable claridad la lógica geopolítica que orientaría la política exterior de Washington hacia la región: asegurar el control de un espacio considerado estratégico para su propia supervivencia como potencia global.

Desde esa perspectiva, la presión sobre los procesos políticos latinoamericanos respondería a un objetivo mucho más amplio que el simple relevo de gobiernos. Piqueras describe un amplio repertorio de instrumentos de influencia que incluiría presiones diplomáticas, condicionamientos económicos, utilización de organismos financieros internacionales, campañas de desestabilización e injerencias directas en los procesos electorales cuando los resultados amenazan con apartarse de los intereses estadounidenses.

El entrevistado considera que estas dinámicas no constituyen episodios aislados, sino expresiones de una misma estrategia regional. Colombia, Ecuador, Chile, Honduras, Brasil, México, Venezuela o Cuba aparecen en su exposición como escenarios particulares de un proceso común cuyo propósito sería reducir los márgenes de autonomía política del continente y neutralizar cualquier proyecto que cuestione la arquitectura de poder impulsada desde Washington.

Especial atención dedica Piqueras al papel desempeñado por la delincuencia organizada y las estructuras paramilitares. Lejos de interpretarlas únicamente como fenómenos criminales, plantea que, en determinados contextos, pueden convertirse en herramientas de desestabilización capaces de erosionar la cohesión social, debilitar las instituciones y generar un clima de inseguridad favorable a determinadas transformaciones políticas. En su análisis, la violencia deja así de ser una consecuencia accidental del deterioro institucional para convertirse, en ocasiones, en un factor funcional dentro de una estrategia de control más amplia.

La situación de Cuba ocupa un lugar singular dentro de este diagnóstico. Piqueras advierte que el prolongado bloqueo económico y las crecientes dificultades energéticas sitúan a la isla en una posición especialmente vulnerable. A ello añade una reflexión dirigida también a los países que mantienen relaciones de cooperación con La Habana, cuestionando hasta qué punto la presión internacional y las limitaciones de soberanía dificultan hoy la posibilidad de prestar un apoyo efectivo a la economía cubana.

Desde esta óptica, América Latina aparece como el laboratorio donde se ensayan mecanismos de presión política, económica y social que posteriormente pueden reproducirse en otros escenarios. El continente no constituiría un frente secundario, sino una pieza esencial del nuevo orden geopolítico descrito por Piqueras: un territorio cuya estabilidad, recursos y alineamiento estratégico resultan imprescindibles para la continuidad del liderazgo estadounidense en un mundo cada vez más multipolar.

III. La ultraderechización como instrumento geopolítico

Uno de los aspectos más significativos del análisis de Andrés Piqueras consiste en interpretar el avance de las nuevas derechas desde una perspectiva distinta a la habitual. En lugar de entenderlo como una simple alternancia electoral o como el resultado exclusivo de dinámicas internas en cada país, el profesor lo sitúa dentro de una estrategia geopolítica de alcance global vinculada a la crisis del orden internacional.

En su opinión, el fortalecimiento de gobiernos cada vez más alineados con Washington responde a la necesidad de asegurar un control político más firme sobre aquellas regiones consideradas estratégicas. No bastaría con mantener alianzas diplomáticas; sería preciso garantizar ejecutivos dispuestos a asumir políticas de subordinación internacional y capaces de neutralizar cualquier proyecto que aspire a mayores márgenes de autonomía.

Piqueras sostiene que este proceso ya no distingue entre gobiernos abiertamente transformadores y aquellos que durante años representaron formas moderadas de progresismo. A su juicio, la fase actual del conflicto internacional reduce progresivamente los espacios de tolerancia hacia cualquier opción política que no se integre plenamente en la arquitectura estratégica estadounidense. Incluso experiencias socialdemócratas o reformistas pasarían a ser percibidas como obstáculos potenciales dentro de un escenario de confrontación cada vez más intenso.

En este contexto, menciona una serie de dirigentes latinoamericanos que interpreta como expresiones de una misma tendencia política. Más allá de las diferencias nacionales, considera que comparten una concepción del poder orientada hacia la desregulación económica, la concentración de autoridad, la fragmentación de los vínculos sociales y la progresiva desarticulación de mecanismos de participación popular. No serían fenómenos aislados, sino manifestaciones diversas de una estrategia común adaptada a las circunstancias de cada país.

Sin embargo, el entrevistado advierte que esta dinámica no se limita al continente americano. Europa ocuparía un lugar equivalente dentro de esa misma lógica de reorganización geopolítica. La creciente militarización de las sociedades, el endurecimiento de los discursos políticos y la consolidación de fuerzas cada vez más autoritarias formarían parte, según su análisis, de un proceso destinado a disciplinar a las poblaciones ante un escenario internacional caracterizado por la prolongación de los conflictos y el aumento de las tensiones entre grandes potencias.

Piqueras llega incluso a plantear que Europa corre el riesgo de experimentar formas renovadas de autoritarismo asociadas al actual clima de confrontación. Sin establecer equivalencias históricas mecánicas, advierte sobre la posibilidad de una creciente rigidización de la vida política y social, impulsada por la lógica de la guerra, la expansión del gasto militar y la subordinación de amplios sectores institucionales a prioridades de seguridad cada vez más exigentes.

No obstante, el profesor introduce un importante matiz. A pesar del avance de estas tendencias, considera que las mayorías sociales no necesariamente las respaldan de forma espontánea. Por el contrario, sostiene que en numerosos países continúan existiendo importantes sectores de la población favorables a opciones progresistas o transformadoras, circunstancia que explicaría, según su interpretación, el creciente recurso a mecanismos de presión, manipulación e injerencia sobre los procesos electorales.

La verdadera dificultad, concluye, reside menos en la existencia de una conciencia crítica que en la debilidad de las organizaciones capaces de traducir ese descontento en proyectos políticos sólidos. Para Piqueras, el desfase entre el malestar social y la capacidad organizativa constituye uno de los principales desafíos del momento histórico, tanto en América Latina como en Europa.

IV. El fin de la ilusión reformista

Más allá del análisis geopolítico, Andrés Piqueras sitúa el origen de la crisis actual en una transformación profunda del propio capitalismo. A su juicio, las categorías políticas heredadas del último medio siglo han dejado de ser suficientes para comprender el momento histórico presente. El problema no radicaría únicamente en el avance de nuevas derechas o en el incremento de las tensiones internacionales, sino en que el sistema habría entrado en una fase distinta, caracterizada por reglas de funcionamiento radicalmente diferentes a las que hicieron posible los compromisos sociales del pasado.

Según explica, el ciclo neoliberal iniciado a finales del siglo XX no consiguió restaurar de forma duradera las tasas de rentabilidad del capitalismo, aunque sí produjo un efecto decisivo: el debilitamiento sistemático de las organizaciones capaces de cuestionar el orden establecido. La desarticulación del movimiento obrero, el retroceso sindical, la desaparición de referentes políticos antagónicos y la integración de amplios sectores de la izquierda institucional en la lógica del sistema habrían dejado a las sociedades con una capacidad de respuesta mucho menor frente a las nuevas formas de poder.

En ese contexto, Piqueras considera que buena parte de las fuerzas progresistas continúan actuando como si aún existieran las condiciones que hicieron posibles las reformas sociales de la segunda mitad del siglo XX. Persistirían, según su diagnóstico, estrategias diseñadas para un capitalismo dispuesto a negociar, redistribuir parte de la riqueza y aceptar determinados equilibrios políticos. Sin embargo, sostiene que esa etapa histórica habría concluido.

La tesis central del profesor es que el capital ya no necesita integrar las demandas sociales mediante concesiones, sino asegurar su reproducción en un escenario de competencia global cada vez más intensa y de recursos crecientemente disputados. En esas circunstancias, afirma, los márgenes para políticas reformistas se reducen de manera acelerada, mientras las respuestas del poder tienden a adoptar formas más coercitivas, más disciplinarias y menos compatibles con los consensos democráticos construidos tras la Segunda Guerra Mundial.

Esta transformación exigiría también una revisión profunda de las estrategias de quienes aspiran a oponerse a esa dinámica. Piqueras insiste en que no basta con denunciar los efectos de la crisis; resulta imprescindible comprender la naturaleza de la nueva fase histórica para elaborar respuestas acordes con ella. De lo contrario, advierte, las organizaciones políticas corren el riesgo de combatir problemas inéditos mediante herramientas concebidas para un mundo que ya no existe.

El entrevistado resume esta idea mediante una llamada a reconstruir sujetos políticos capaces de interpretar correctamente el tiempo presente. No se trataría únicamente de reorganizar estructuras existentes, sino de desarrollar nuevas formas de articulación social, nuevas estrategias de acción colectiva y nuevas lecturas de la realidad internacional que respondan a la magnitud de los cambios en curso. La comprensión del momento histórico aparece así como una condición previa para cualquier proyecto de transformación.

Desde esta perspectiva, el verdadero desafío ya no consiste únicamente en conquistar gobiernos o ganar elecciones. Para Piqueras, la cuestión de fondo es reconstruir una capacidad colectiva de análisis y organización que permita afrontar una etapa histórica marcada por el recrudecimiento de la competencia entre potencias, la militarización creciente de las relaciones internacionales y la progresiva erosión de los mecanismos tradicionales de mediación política.

En consecuencia, el debate deja de girar exclusivamente en torno a programas electorales o alianzas parlamentarias para situarse en un plano mucho más profundo: el de la adecuación entre las formas de organización política y las nuevas condiciones impuestas por un capitalismo que, según Piqueras, ha abandonado definitivamente la lógica reformista que caracterizó buena parte del siglo XX.

V. Hacia una nueva articulación antiimperialista

Si el diagnóstico de Andrés Piqueras resulta severo, su reflexión no desemboca, sin embargo, en el fatalismo. El profesor considera que toda fase histórica genera también nuevas formas de resistencia y que las sociedades terminan desarrollando instrumentos capaces de responder a los desafíos de su tiempo. La cuestión no reside, por tanto, en la ausencia de alternativas, sino en el tiempo necesario para que estas logren articularse política y socialmente.

A lo largo de la entrevista insiste en que las luchas populares nunca desaparecen por completo. Aunque determinadas organizaciones hayan sido debilitadas durante las últimas décadas, sostiene que los procesos históricos acaban generando nuevas formas de organización adaptadas a las condiciones concretas de cada época. Esa reconstrucción, sin embargo, exige comprender con precisión la naturaleza del momento presente y abandonar inercias heredadas de ciclos anteriores.

Desde esa premisa plantea la necesidad de avanzar hacia formas de coordinación que trasciendan el ámbito estrictamente nacional. Frente a un poder que actúa a escala global, argumenta, las respuestas fragmentadas resultan insuficientes. La cooperación entre movimientos sociales, organizaciones populares y fuerzas políticas debería adquirir, progresivamente, una dimensión regional, continental e internacional, capaz de afrontar problemas que ya no conocen fronteras estatales.

Piqueras llega incluso a proponer la creación de una amplia plataforma internacional de carácter antiimperialista cuyo eje vertebrador sea la defensa de la paz. No entiende esa reivindicación como una consigna abstracta, sino como una exigencia derivada del riesgo creciente de escalada militar entre las principales potencias. En su análisis, la lucha por la paz deja de ser una aspiración moral para convertirse en una condición indispensable de supervivencia colectiva.

El entrevistado expresa una especial preocupación por Europa, a la que considera especialmente expuesta a las consecuencias de una confrontación directa entre potencias nucleares. Recuerda que las grandes guerras del siglo XX devastaron el continente y advierte sobre el peligro de reproducir dinámicas de escalada militar que podrían desembocar en consecuencias de una magnitud difícilmente imaginable. Desde esta perspectiva, insiste en que la movilización social debe producirse antes de que los acontecimientos alcancen un punto de no retorno.

No obstante, la propuesta de Piqueras no se limita a la denuncia del peligro bélico. Subraya igualmente la responsabilidad de los movimientos sociales, de las organizaciones populares y de los sectores más conscientes de la sociedad para difundir análisis, fortalecer vínculos colectivos y contribuir a una comprensión más amplia de las transformaciones que atraviesa el sistema internacional. La construcción de nuevas mayorías políticas comienza, a su juicio, por la capacidad de explicar el momento histórico que se está viviendo.

En ese sentido, la entrevista concluye con una reflexión que devuelve el protagonismo a la sociedad organizada. Ningún gobierno, por sí solo, podría afrontar presiones de semejante envergadura sin un tejido social consciente, informado y dispuesto a participar activamente en la defensa de su propia soberanía política. La fortaleza de los proyectos nacionales dependería, en última instancia, de la calidad del vínculo entre las instituciones y una ciudadanía capaz de comprender los desafíos estratégicos de su tiempo.

Tomando como referencia el caso de México, Piqueras sostiene que el país todavía dispone de margen para resistir las dinámicas de desestabilización que, según su análisis, afectan al conjunto del continente. Pero advierte que esa posibilidad dependerá de la capacidad del gobierno para mantener una estrecha conexión con la sociedad y, al mismo tiempo, de la madurez de los movimientos populares para ejercer un apoyo crítico, comprometido y consciente, evitando tanto la desmovilización como la adhesión incondicional.

Así, el recorrido iniciado con el análisis de la crisis de la hegemonía estadounidense concluye en una apelación a la reconstrucción del sujeto político. Para Piqueras, el desenlace de la actual fase histórica no está escrito de antemano. Dependerá, en buena medida, de la capacidad de las sociedades para comprender la naturaleza del conflicto que enfrentan y para organizar respuestas colectivas acordes con la dimensión de los desafíos que tienen por delante.

Conclusión

La reflexión de Andrés Piqueras trasciende ampliamente el análisis de la coyuntura latinoamericana. Su propuesta interpretativa parte de la convicción de que el mundo atraviesa una transformación histórica de gran profundidad, marcada por la crisis de la hegemonía estadounidense, la creciente competencia entre potencias y la progresiva erosión de los mecanismos políticos que caracterizaron buena parte del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial.

Desde esa perspectiva, fenómenos aparentemente desconectados como la militarización de las relaciones internacionales, el avance de nuevas derechas, la presión sobre los gobiernos latinoamericanos, la disputa por los recursos estratégicos o la pérdida de capacidad del reformismo político formarían parte de un mismo proceso histórico. Comprender esa interrelación constituye, para el profesor, el primer paso para interpretar adecuadamente los desafíos del presente.

Lejos de presentar un desenlace inevitable, Piqueras insiste en que la historia permanece abierta. La dirección que adopten los acontecimientos dependerá, en buena medida, de la capacidad de las sociedades para reorganizarse, reconstruir instrumentos de participación colectiva y elaborar respuestas acordes con una realidad internacional que, según sostiene, ha cambiado de naturaleza. No se trataría únicamente de resistir coyunturas políticas concretas, sino de comprender que el escenario global exige nuevas formas de pensamiento y de acción.

Su diagnóstico resulta exigente y, en ocasiones, profundamente inquietante. Sin embargo, concluye recordando que las transformaciones históricas nunca son unidireccionales. Del mismo modo que los procesos de concentración del poder generan nuevas tensiones y conflictos, también impulsan la aparición de nuevas formas de organización social. La cuestión decisiva consiste, en su opinión, en si esas respuestas serán capaces de desarrollarse con la rapidez suficiente para afrontar los riesgos que plantea la actual fase del sistema internacional.

Más que ofrecer certezas definitivas, esta conversación invita al lector a contemplar América Latina desde una perspectiva más amplia, donde la geopolítica, la economía y la evolución del capitalismo aparecen estrechamente entrelazadas. En esta conversación, Piqueras sostiene que Estados Unidos está llevando a cabo un proceso de ultraderechización subordinada de América Latina para hacer del continente americano su continente fortaleza y de abastecimiento gratuito de recursos, como un proceso más de la confrontación planetaria


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