IRÁN: LA HISTORIA QUE NO EMPIEZA EN 1979

Colonialismo, petróleo, revolución y resistencia: una conversación con José Antonio Egido en La Trinchera de Ana


Hay entrevistas que informan. Otras, más raras, cambian el lugar desde el que miramos una historia. Esta conversación de Ana Muñoz de la Torre con José Antonio Egido pertenece a esa segunda categoría. Irán aparece aquí despojado de las etiquetas con las que suele ser presentado y devuelto a una historia mucho más larga: colonialismo, petróleo, soberanía, revolución, marxismo, chiismo, guerra, sanciones y resistencia. Una historia incómoda, llena de contradicciones y, precisamente por eso, mucho más interesante que el relato prefabricado. Egido no viene a confirmar lo que ya sabemos: viene a obligarnos a pensar qué es lo que creíamos saber. 

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Hay países cuya historia contemporánea se cuenta empezando demasiado tarde. Irán es uno de ellos.

En el relato dominante, todo parece comenzar en 1979: Jomeini, la Revolución Islámica, la caída del Sha, la República Islámica, el enfrentamiento con Estados Unidos y, desde entonces, una sucesión casi interminable de titulares sobre fundamentalismo, petróleo, programa nuclear, sanciones y amenazas militares. Es una narración cómoda porque permite presentar el Irán contemporáneo como una anomalía surgida de repente, casi como si la historia anterior fuese apenas un decorado. Pero la historia rara vez concede semejantes comodidades.

En esta conversación en el programa La Trinchera de Ana, Ana Muñoz de la Torre propone precisamente retroceder mucho más atrás. Hasta antes de 1979. Hasta el principio de la presión colonial europea sobre Persia. Y desde ahí, junto al sociólogo y escritor José Antonio Egido, reconstruye una trayectoria histórica en la que el petróleo, las rutas comerciales, las potencias imperiales, la soberanía nacional, el marxismo, el chiismo político y las luchas anticoloniales aparecen formando parte de una misma trama.

El resultado es una conversación que obliga a mirar Irán desde otra perspectiva: no como un país que un día decidió enfrentarse a Occidente, sino como una sociedad que durante siglos ha tenido que desenvolverse bajo la presión de potencias extranjeras interesadas en controlar su territorio, sus recursos y su posición estratégica.

Mucho antes de Jomeini: Persia ante las potencias europeas

Egido sitúa uno de los primeros episodios de esa larga penetración europea en la llegada portuguesa al estrecho de Ormuz durante el siglo XVI. Su interpretación subraya la importancia de los enclaves comerciales dentro de la expansión portuguesa y la posición estratégica de Persia en las rutas que comunicaban el Mediterráneo, el océano Índico, la India y China.

Ormuz no era un punto cualquiera del mapa. Era una llave.

A partir de ahí, la conversación desplaza progresivamente el foco hacia la pugna entre las grandes potencias europeas. Portugueses, británicos, rusos y holandeses aparecen en una sucesión histórica que terminará desembocando en formas cada vez más sofisticadas de penetración económica y política.

La diferencia fundamental, según Egido, estaría en que Persia no fue convertida formalmente en una colonia al estilo de la India o Argelia. Su soberanía fue conservada nominalmente, pero progresivamente condicionada mediante tratados, concesiones económicas y zonas de influencia. No era una colonia en sentido estricto. Era un país sometido a una forma de subordinación en la que las autoridades locales seguían existiendo, pero con una capacidad cada vez menor para decidir sobre los grandes asuntos nacionales. Esta distinción resulta fundamental para comprender el posterior desarrollo político iraní.

Porque el colonialismo no siempre necesita colocar una bandera extranjera sobre un territorio. A veces basta con controlar sus recursos, sus rutas comerciales, sus decisiones económicas y las élites capaces de ejecutarlas.

Petróleo: cuando Persia dejó de ser solamente estratégica

El descubrimiento y explotación del petróleo transformaría radicalmente esa relación de fuerzas. La cuestión energética convirtió a Persia en un territorio todavía más importante para las potencias occidentales. El petróleo dejó de ser simplemente un recurso económico para convertirse en un elemento esencial de la nueva arquitectura militar e industrial del siglo XX.

En la conversación aparece entonces la Anglo-Iranian Oil Company, antecedente de la actual British Petroleum, como uno de los instrumentos fundamentales de esa penetración económica británica. El petróleo iraní ya no era únicamente petróleo iraní. Era combustible para una economía mundial en expansión y, sobre todo, para las flotas militares de las potencias industriales.

Y ahí aparece una constante que recorrerá toda la historia posterior: la tensión entre soberanía nacional y control extranjero de los recursos.

El problema no era solamente quién extraía el petróleo. Era quién decidía sobre él.

La fabricación de una dinastía

La conversación alcanza uno de sus puntos centrales cuando Ana sitúa en 1925 la consolidación de la dinastía Pahlavi y plantea directamente la cuestión de su origen y de su relación con los intereses británicos. Egido sostiene que la nueva dinastía fue promovida dentro de un esquema de control británico sobre Persia.

La cuestión resulta decisiva porque permite comprender que el conflicto político iraní no se desarrolló únicamente entre iraníes. Existía una dimensión exterior permanente.

La monarquía Pahlavi aparece así, como parte de una estructura política compatible con los intereses estratégicos occidentales y especialmente con los británicos. El petróleo, la organización militar y la posición geográfica de Irán formaban un mismo problema. El país era demasiado importante para ser dejado completamente a su propia suerte. Y la historia del siglo XX demostraría hasta qué punto las grandes potencias estaban dispuestas a intervenir cuando la soberanía iraní amenazaba con extenderse también al subsuelo.

Mossadegh y el golpe de 1953

El nombre de Mohammad Mossadegh ocupa inevitablemente el centro de este capítulo. Su nacionalización del petróleo convirtió el conflicto económico en un enfrentamiento político directo. En 1953, la operación Ajax culminó con el derrocamiento de Mossadegh y la consolidación del poder efectivo de Mohammad Reza Pahlavi.

La conversación interpreta aquel golpe como un momento decisivo: el poder que hasta entonces había tenido una dimensión esencialmente protocolaria pasó a concentrarse en el monarca, mientras la soberanía popular quedaba subordinada a una estructura de poder respaldada por las potencias occidentales. No se trata de un episodio menor.

1953 constituye uno de los grandes puntos de ruptura de la historia contemporánea iraní porque dejó una memoria política profunda: la nacionalización de los recursos podía ser revertida mediante intervención exterior y la voluntad expresada en las instituciones podía ser neutralizada cuando entraba en conflicto con determinados intereses estratégicos.

La futura revolución no nació de la nada.

Tenía memoria.

La oposición que no aparece en los relatos convencionales

Uno de los aspectos más interesantes de la entrevista es precisamente aquel que suele desaparecer de las explicaciones simplificadas sobre la Revolución iraní: el papel de las corrientes marxistas. Egido insiste especialmente en la importancia del Partido Tudeh, en su implantación sindical, en su papel dentro del movimiento obrero y petrolero y en su apoyo a Mossadegh.

El dato político que emerge de la conversación es importante: la oposición al Sha no fue exclusivamente religiosa. Hubo nacionalistas, marxistas, republicanos, sectores intelectuales, organizaciones guerrilleras y distintas corrientes religiosas que confluyeron, en diferentes momentos y por diferentes razones, contra la monarquía. La historia de la revolución fue, por tanto, mucho más compleja que la imagen retrospectiva de una sociedad movilizada únicamente por el clero chií. Y esa complejidad permite entender una de las grandes contradicciones posteriores de la República Islámica: sectores que habían participado en la lucha contra el Sha terminarían siendo perseguidos por el nuevo poder.

Jomeini y la ruptura de una tradición política

La figura de Ruhollah Jomeini aparece en la conversación no solamente como dirigente religioso, sino como protagonista de una transformación política dentro del propio chiismo. Egido sitúa un punto de inflexión en 1963, cuando Jomeini comienza a cuestionar abiertamente la legitimidad del Sha y rompe con la concepción de un clero dedicado exclusivamente a la esfera religiosa. La cuestión esencial es la intervención de la religión en la vida política.

La revolución, desde esta perspectiva, no consistió simplemente en sustituir una monarquía por una república islámica. También supuso una transformación de la relación tradicional entre autoridad religiosa, poder político y sociedad. La conversación presenta el concepto de velayat-e faqih como expresión de esa ruptura: la idea de que la autoridad religiosa tiene también una responsabilidad política y social.

Pero incluso aquí la historia se resiste a las etiquetas fáciles. Egido propone hablar de una revolución republicana y antiimperialista que terminó adoptando una forma islámica. Su planteamiento es que la dimensión religiosa fue inseparable de una lucha más amplia contra la monarquía, la subordinación exterior y la intervención imperial.

Marxismo y chiismo: una convergencia que Occidente suele ignorar

Probablemente uno de los elementos más estimulantes de la entrevista sea la atención concedida a las relaciones históricas entre marxismo y pensamiento revolucionario musulmán. Aquí aparece Alí Shariati.

Su figura resulta especialmente relevante porque representa una corriente intelectual capaz de combinar elementos del pensamiento islámico chií con influencias procedentes de autores como Frantz Fanon y Jean-Paul Sartre y del pensamiento anticolonial.

Según Egido, Shariati desempeñó un papel fundamental en la formación del imaginario revolucionario iraní. Su influencia entre los jóvenes habría sido incluso superior a la de Jomeini en determinados momentos, y su figura estuvo presente en las movilizaciones de 1979. La cuestión es mucho más profunda que la biografía de un intelectual. Obliga a desmontar una oposición demasiado sencilla entre Islam y marxismo.

La historia de numerosos movimientos anticoloniales demuestra que las sociedades musulmanas no recibieron el marxismo como una doctrina necesariamente incompatible con sus tradiciones culturales y religiosas. En determinados contextos, el marxismo pudo ser interpretado como una herramienta de emancipación nacional y social.

Egido conecta esta cuestión con el Congreso de Bakú y con los debates de la Internacional Comunista sobre la liberación de los pueblos colonizados. En aquella experiencia histórica, recuerda, la lucha contra el colonialismo podía reunir a sujetos políticos muy diferentes sin exigirles previamente una identidad ideológica idéntica.

El principio era otro: quién lucha contra la dominación y quién la sostiene.

La revolución también tuvo vencedores y derrotados

Aquí aparece una de las partes más incómodas de la conversación. La caída del Sha no significó que todas las fuerzas que habían combatido contra él compartieran el mismo destino. Los muyahidines del pueblo, los fedayines y el Partido Tudeh siguieron trayectorias diferentes. Algunas organizaciones abandonaron el marxismo; otras mantuvieron su orientación; otras terminaron enfrentadas militarmente con el nuevo poder.

El resultado fue una creciente concentración del poder revolucionario. Egido sostiene que la represión posterior alcanzó no solamente a los marxistas, sino también a corrientes religiosas alternativas, intelectuales, artistas y seguidores de Alí Shariati. La revolución, como tantas otras revoluciones, terminó enfrentándose a su propia pluralidad.

Y ahí aparece una de las contradicciones que la entrevista no oculta: el mismo proceso que había derrotado una monarquía apoyada por Occidente terminó construyendo un Estado que reprimió a sectores que habían participado en la lucha contra esa monarquía.

La historia, por desgracia, tiene una tendencia irritante a no respetar los relatos perfectamente ordenados.

La política exterior iraní: entre el antiimperialismo y sus contradicciones

La segunda mitad de la entrevista abandona progresivamente la historia interna y entra en la política exterior.

Y aquí Egido introduce una valoración crítica que resulta especialmente importante: la República Islámica habría desarrollado una política exterior marcada por diferentes giros y contradicciones. La guerra Irán-Irak constituye el primer gran desafío. Después aparecen Afganistán, Yugoslavia, Bosnia, Kosovo, Siria, Palestina, Líbano y Venezuela.

La tesis de Egido es que la política exterior iraní no puede analizarse exclusivamente desde la religión. Debe situarse dentro de la lucha por la influencia regional y dentro del enfrentamiento entre diferentes proyectos políticos de Asia Occidental. Uno de los ejemplos centrales es Siria.

Egido destaca el papel de Irán en apoyo del Gobierno sirio durante la guerra y contrapone la naturaleza política de ambos países: Irán sería una potencia de orientación conservadora y religiosa, mientras que Siria había desarrollado un sistema político de tradición árabe, laica y vinculada históricamente a fuerzas de izquierda.

La destrucción de Siria aparece, por tanto, como un golpe no solamente contra un Estado, sino contra una determinada tradición política árabe.

La cuestión de la umma: unidad religiosa o unidad antiimperialista

La entrevista dedica también un espacio importante al concepto de umma, la comunidad musulmana.

Egido es tajante al considerar que el proyecto de reunir políticamente a todos los musulmanes resulta inviable si no se distingue entre pueblos y élites, entre movimientos antiimperialistas y estructuras vinculadas históricamente a las potencias occidentales.

Su alternativa conceptual es significativa: no una unidad religiosa abstracta, sino una unidad de los pueblos musulmanes contra el imperialismo. Es aquí donde vuelve a aparecer el Congreso de Bakú como referencia histórica.

Desde esta perspectiva, la cuestión fundamental no sería si una sociedad es chií, suní, musulmana, cristiana o secular. Sería cuál es su posición ante la dominación extranjera y ante la soberanía nacional. Egido utiliza este marco para interpretar también el papel de los Hermanos Musulmanes y del islamismo político suní, cuya evolución relaciona con las estrategias británicas y posteriormente norteamericanas en diferentes escenarios.

Es una interpretación profundamente polémica, pero también una de las claves explicativas de toda la entrevista:

el conflicto de Asia Occidental no puede reducirse a una guerra entre religiones.

Venezuela: cuando la resistencia adopta forma de cooperación

La relación entre Irán y Venezuela ofrece otro ejemplo.

Egido recuerda la aproximación entre Hugo Chávez y Mahmud Ahmadineyad y, especialmente, el envío de combustible iraní a Venezuela durante el periodo de máxima presión estadounidense sobre el Gobierno de Nicolás Maduro. Para el entrevistado, aquel episodio simbolizó algo más que una operación comercial. Representó una ruptura práctica del aislamiento. Dos Estados sometidos a diferentes formas de presión estadounidense establecían mecanismos de cooperación precisamente para reducir el efecto de las sanciones.

La conclusión que extrae Egido es clara: la relación Irán-Venezuela forma parte de una tendencia más amplia hacia la construcción de alianzas entre países sometidos a presión occidental.

La guerra que no siempre aparece en los mapas

Pero quizá el concepto más importante de toda la conversación sea el de guerra permanente. No solamente guerra convencional. Sanciones económicas. Bloqueo financiero. Aislamiento diplomático. Operaciones de inteligencia. Guerra informativa. Presión tecnológica. Sabotaje. Asesinatos selectivos. Presión sobre los mercados.

Una guerra que no necesita declarar formalmente la guerra.

Egido considera que las sanciones han tenido un coste enorme para la sociedad iraní, especialmente en términos de inflación y condiciones de vida, pero sostiene al mismo tiempo que el aislamiento ha producido una respuesta tecnológica inesperadamente poderosa. El desarrollo iraní en materia de drones, misiles y tecnología militar aparece en la conversación como uno de los resultados de décadas de presión.

La paradoja sería evidente: intentar impedir el desarrollo de un país mediante el aislamiento puede terminar estimulando su capacidad de autosuficiencia. Irán habría aprendido a producir bajo bloqueo. Y esa capacidad constituye, para Egido, uno de los elementos centrales de su resistencia actual.

El estrecho de Ormuz y la nueva correlación de fuerzas

La conversación llega finalmente al escenario contemporáneo. Aquí el análisis abandona definitivamente la historia para entrar en una lectura geopolítica del presente.

Egido sostiene que los enfrentamientos recientes habrían alterado la relación de fuerzas entre Irán, Israel y Estados Unidos. Interpreta la capacidad iraní para golpear objetivos estratégicos y amenazar las infraestructuras asociadas al sistema regional como un cambio cualitativo.

El estrecho de Ormuz aparece entonces como una de las grandes cartas estratégicas de Teherán. No es solamente un paso marítimo. Es una de las arterias energéticas fundamentales del planeta. Por eso cualquier alteración de su funcionamiento tiene consecuencias que trascienden ampliamente las fronteras iraníes.

La cuestión nuclear aparece en este punto como un problema de disuasión. Si el sistema internacional no garantiza la seguridad de los Estados frente a una agresión, estos buscarán mecanismos propios de defensa. Ana introduce la cuestión de la posición doctrinal iraní respecto al arma nuclear y de la existencia de la fatwa correspondiente.

El debate queda abierto. Y probablemente deba permanecer abierto.

Porque discutir la proliferación nuclear sin discutir simultáneamente quién posee armas nucleares, quién puede atacar a otros Estados y quién disfruta de una protección política internacional para hacerlo conduce a una doble vara de medir que difícilmente puede sostenerse indefinidamente.

Israel y el final de una época de superioridad incuestionable

En el tramo final, la conversación alcanza su tono más abiertamente geopolítico.

Egido interpreta los acontecimientos recientes como un punto de inflexión en la percepción de la capacidad militar israelí y en la relación entre Israel y Estados Unidos.

Su tesis es que Israel continúa contando con el apoyo militar occidental, pero que ya no puede asumir automáticamente que dispone de una superioridad incontestable frente a Irán. Según esta interpretación, los objetivos máximos atribuidos a la ofensiva contra Irán no habrían sido alcanzados: ni un cambio de régimen, ni la eliminación de la capacidad nuclear, ni la destrucción de la República Islámica. Y esa imposibilidad tendría consecuencias regionales.

Egido sostiene que Irán habría demostrado una capacidad de resistencia capaz de modificar la correlación de fuerzas de Asia Occidental. Pero hay una afirmación de la entrevista que merece ser separada del resto por su alcance:

la cuestión ya no sería únicamente qué ocurre en Irán, sino qué ocurre con el sistema internacional que durante décadas permitió a Estados Unidos y sus aliados establecer los límites de lo posible.

Ese es el verdadero asunto.

La cuestión palestina y el problema del sionismo

En este marco aparece Palestina.

Egido interpreta el conflicto palestino dentro de una estructura histórica de poder occidental y sitúa el nacimiento del proyecto sionista y la política británica como elementos fundamentales de esa arquitectura.

Su tesis es que el problema no puede analizarse exclusivamente como un enfrentamiento entre israelíes y palestinos, sino como parte de una determinada correlación de fuerzas internacional. En consecuencia, considera que cuestionar las estructuras que sostienen al Estado de Israel implica necesariamente cuestionar también el sistema de poder occidental que históricamente lo ha respaldado.

La conversación introduce así una idea que recorre todo el programa: los acontecimientos de Oriente Medio no son independientes. Palestina, Siria, Líbano, Irán, Irak, Yemen y las monarquías del Golfo forman parte de un mismo tablero estratégico, aunque sus sociedades, sistemas políticos e intereses sean muy diferentes.

Irán como pieza de un mundo multipolar

La última conclusión de Egido es quizá la más amplia. Según su interpretación, el enfrentamiento con Irán habría demostrado los límites de la capacidad estadounidense para imponer unilateralmente sus decisiones. Y eso tendría consecuencias mucho más allá de Asia Occidental.

China, Rusia, Irán, los BRICS, India, África y América Latina aparecen en su análisis como partes de una transformación más profunda: el tránsito desde un sistema dominado por una sola potencia hacia un orden internacional progresivamente multipolar.

La cuestión no sería que el socialismo estuviera a punto de regresar como sistema político mundial.

Egido es más prudente en ese punto. Lo que estaría cambiando, sería la correlación de fuerzas que permite o impide que determinados proyectos políticos puedan desarrollarse.

Primero tendría que producirse un debilitamiento del imperialismo. Después podrían abrirse espacios para nuevos proyectos de izquierda y para procesos de soberanía nacional.

Su referencia final a Fidel Castro condensa esa idea: la historia no termina cuando una determinada correlación de fuerzas parece definitiva. La historia da vueltas.

Irán obliga a mirar de nuevo

Esta conversación no pretende ofrecer una imagen idílica de Irán.

De hecho, uno de sus aspectos más valiosos es que introduce contradicciones que dificultan cualquier lectura propagandística sencilla. Egido reconoce episodios de represión dentro de la República Islámica, la persecución de comunistas y de otras corrientes políticas, las contradicciones de su política exterior y las diferencias entre el proyecto religioso iraní y otros movimientos del mundo musulmán. Pero el propósito de la entrevista es otro. Es recordar que comprender no significa justificar.

Y que tampoco se puede condenar históricamente un Estado ignorando las condiciones en las que ese Estado se ha desarrollado. Irán no nació en 1979. La Revolución Islámica no surgió de un vacío histórico. La hostilidad entre Washington y Teherán tampoco comenzó con el programa nuclear.

Antes estuvieron Ormuz y los portugueses. El Imperio británico. Las zonas de influencia. Las concesiones petroleras. La Anglo-Iranian Oil Company. La fabricación de la dinastía Pahlavi. Mossadegh. La nacionalización del petróleo. El golpe de 1953. La CIA. El Sha. La SAVAK. El movimiento obrero. El Tudeh. Los marxistas. Jomeini. Shariati. La revolución. La guerra con Irak. Las sanciones. Afganistán. Siria. Palestina. Líbano. Venezuela.

Hay, por tanto, una continuidad histórica que no puede desaparecer porque resulte incómoda para el relato dominante. Y esa es, probablemente, la principal aportación de esta conversación entre Ana Muñoz de la Torre y José Antonio Egido: obligarnos a sacar a Irán del instante y devolverlo a la Historia.

Porque cuando se elimina la historia, todo parece inexplicable. Y cuando todo parece inexplicable, basta con colocar una etiqueta.

“Régimen”.

“Fundamentalismo”.

“Estado terrorista”.

“Amenaza nuclear”.

“Enemigo”.

Las etiquetas son cómodas. La historia, bastante menos.

Pero si se quiere entender por qué Irán sigue resistiendo, por qué mantiene una posición estratégica decisiva en Asia Occidental y por qué su enfrentamiento con Estados Unidos e Israel puede tener consecuencias sobre el conjunto del sistema internacional, hay que regresar mucho más atrás.

Hasta Persia. Hasta el petróleo. Hasta el colonialismo. Hasta la soberanía. Hasta la revolución. Y, sobre todo, hasta la pregunta que atraviesa toda esta conversación:

¿qué ocurre cuando un país que durante siglos fue considerado un territorio susceptible de ser condicionado por las grandes potencias decide que su soberanía no está en venta?

Esa pregunta sigue abierta.

Y quizá sea precisamente ahí donde empiece a entenderse el Irán de hoy.

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