El dilema de la soberanía. Petróleo, Israel, Qatar y poder oligárquico: la batalla por Venezuela se libra dentro y fuera de sus fronteras.

La entrevista de Dimitri Lascaris a Vijay Prashad en *Reason 2 Resist* del pasado 12 de agosto, disecciona la transformación radical de Venezuela bajo el gobierno interino de Delcy Rodríguez, tras el secuestro de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses. Prashad, director del Tricontinental Institute, analiza cómo la normalización de relaciones con Israel —incluyendo reuniones con un general israelí vinculado a la Operación Plomo Fundido— supone «una bofetada a la tradición chavista».
Advertido sobre el control efectivo de la industria petrolera venezolana por Washington —cuyos ingresos, canalizados a través de una cuenta en Catar, califica como «una caja negra» donde el dinero «se ha esfumado»—, Prashad alerta que el verdadero peligro no es la privatización de activos nacionalizados sino la imposición de leyes de protección de inversiones que blindarían a las multinacionales frente a cualquier disputa legal. Pero su diagnóstico más profundo señala que la amenaza no es solo externa: la oligarquía latinoamericana, aliada de Estados Unidos, «nunca fue derrocada», y la descolonización del continente «aún no se ha completado».
En este escenario, Prashad sostiene que la resistencia debe librarse simultáneamente contra la hegemonía estadounidense y contra las élites internas, en una lucha de clases que el bolivarianismo no logró resolver.
Agradecemos desde aquí, el magnífico trabajo en el subtitulado de este trabajo de Dimitri Lascaris y Vijay Prashad, realizado por las y los compañer@s del canal de Telegram Radio al Filo desde nuestra querida República Bolivariana de Venezuela -> https://t.me/AlFiloDeLaMedianocheMarioSilva
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Introducción: el secuestro de Maduro y la primera advertencia de Trump
En mayo de 2026, unos cuatro meses después de que fuerzas estadounidenses secuestraran al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, Donald Trump publicó en su cuenta de Truth Social un mapa que mostraba a Venezuela como el estado número 51 de Estados Unidos. Este gesto, que el presentador Dimitri Lascaris califica con ironía como una ofensa a Canadá por arrebatarle «esa distinción», enmarca la pregunta central de la entrevista: ¿está Venezuela en proceso de perder su soberanía frente a Washington? ¿Hasta qué punto ese mapa refleja la nueva realidad política del país?
Para abordar esta cuestión, Lascaris invita a Vijay Prashad, director del Tricontinental Institute for Social Research, editor de Leftward Books y corresponsal jefe de Globetrotter, autor de más de veinte libros.
La situación de Maduro: olvido y cargos difusos
Prashad comienza señalando lo poco que se sabe sobre la situación actual de Nicolás Maduro. «Muy poco, la verdad. Eso es lo realmente vergonzoso», afirma. Describe a Maduro como «una persona muy interesante, un chavista leal», que se encuentra recluido en Nueva York, en una celda, prácticamente aislado. Prashad menciona que le envió una caja de libros y espera que los haya estado leyendo.
El principal problema, según Prashad, es que el gobierno de Estados Unidos ha imputado a Maduro cargos que el propio gobierno ha admitido posteriormente que no son reales, como la cuestión del narcotráfico. «No está claro por qué motivo está detenido», dice. Las audiencias se han aplazado. Tuvo una audiencia de hábeas corpus justo después de ser llevado a Estados Unidos, pero la situación es muy curiosa porque «parece que casi se ha olvidado de él mientras la situación en Caracas sigue su curso».
Prashad explica que, aunque a Delcy Rodríguez en Caracas todavía se le llama presidenta en funciones, cree que en unos meses la Asamblea Nacional dirá que ella es la presidenta hasta las próximas elecciones, con un acuerdo con la oposición. Nadie quiere elecciones precipitadas ni inmediatas; Prashad estima que no serán el año siguiente, sino quizá el siguiente. «Maduro y Celia Flores, la primera combatiente, están casi olvidados. Y los cargos contra ellos, por ridículos que parecieran en un primer momento, ahora resultan curiosos porque no sabemos cuáles son los cargos reales».
¿Qué es el chavismo? La tradición que está siendo traicionada
Antes de analizar las políticas del gobierno interino, Lascaris pide a Prashad que defina el chavismo, la tradición política de la que proceden Maduro y Cilia Flores. Prashad responde con una explicación detallada.
En los años noventa, Hugo Chávez unió a sectores patrióticos y de izquierda en Venezuela y, de forma quijotesca, decidió romper el dominio de los dos partidos socialdemócratas, Acción Democrática y COPEI, que habían estado en el poder durante unas cuatro décadas. La coalición de Chávez derribó esa barrera y ganó las elecciones con un mandato claro: «poner a la gente corriente en primer lugar». Ese fue el primer principio del chavismo.
Chávez, proveniente del ejército y no de una tradición política sectaria, tomó el relevo de Simón Bolívar, estudió su pensamiento y la historia de Venezuela, y excavó una política bolivariana que sitúa a la gente corriente en el centro. La riqueza básica del país debía utilizarse para mejorar las condiciones de vida, no solo de los venezolanos sino de toda Nuestra América o la Patria Grande.
La pieza central del chavismo fue la Ley de Hidrocarburos de 2001, mediante la cual el Estado utilizó la riqueza de los hidrocarburos en un proyecto de redistribución a gran escala para mejorar vivienda, sanidad, educación, transporte y las condiciones de vida de los pobres. Lo hicieron inicialmente a través de las misiones.
Prashad subraya que el chavismo no es una filosofía en sí misma, sino «un conjunto de prácticas de gobierno». Con el tiempo, el chavismo maduró más allá del gobierno y se afianzó entre los beneficiarios del proyecto bolivariano, quienes exigieron un lugar más destacado en la sociedad. Así surgieron las comunas, donde la gente se hace cargo de sus propias viviendas y ámbitos de vida, formando la base de los chavistas.
Si se le hubiera preguntado a Chávez en 1997 qué era el chavismo, se habría reído, porque estaba construyendo una teoría a través de la acción. Prashad lo describe como un hombre de acción, extraordinariamente brillante, con la cultura militar de resolver problemas: «La gente necesita vivienda. Consigámosle los materiales, eliminemos la necesidad de demasiadas inspecciones y dejemos que vayan y construyan sus casas».
En definitiva, para Prashad el chavismo es «una especie de hombre de acción, o una persona de acción, que toma la riqueza de una sociedad y la transfiere al pueblo, para movilizar a la gente y resolver sus problemas de forma eficaz».
Cuando Lascaris pregunta si es justo describirlo como una filosofía socialista, Prashad responde afirmativamente: «Cualquier intento de afirmar que un pueblo debe tener soberanía sobre su riqueza conlleva en sí mismo el potencial del socialismo, porque estás diciendo que la riqueza de nuestro país debe decidirse democráticamente. No se puede cederla a una empresa canadiense como Barrick Gold». Recuerda que el director de Barrick Gold, Peter Munk (cuyo nombre lleva la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad de Toronto), escribió en un periódico de Toronto que Chávez era un dictador y pidió su destitución, a pesar de que Chávez había sido elegido democráticamente y reelegido. «Lo dictatorial del chavismo —concluye Prashad— era la idea de que las multinacionales no tuvieran voz en la decisión democrática sobre qué debía hacerse con el oro o los metales preciosos, sino que debía ser el pueblo quien decidiera». Por eso, el chavismo es definitivamente socialista y antimultinacional.
La normalización con Israel: una bofetada a la tradición chavista
Lascaris pasa a las decisiones políticas recientes del gobierno de Delcy Rodríguez y comienza por la que considera más perturbadora: el anuncio de que Venezuela había normalizado sus relaciones con Israel. Como contexto, recuerda que en 2009 el presidente Chávez rompió relaciones diplomáticas con Israel tras la Operación Plomo Fundido contra los palestinos, y condenó en numerosas ocasiones sus violaciones de derechos humanos. Lascaris reproduce un extracto de un discurso de Chávez en 2011, donde el líder venezolano denunció la masacre contra un grupo de pacifistas que llevaba ayuda humanitaria a Gaza y criticó la doble moral del gobierno de Obama con el terrorismo.
Lascaris señala que, además de normalizar relaciones, Delcy Rodríguez se reunió en dos ocasiones con oficiales militares israelíes, mostrando una foto publicada por Venezuela Analysis donde se ven oficiales del ejército israelí sentados con la presidenta interina.
Prashad aporta datos concretos: uno de los militares que fue a ver a Delcy Rodríguez fue el general de brigada Elad Edri, quien comandó tropas durante la Operación Plomo Fundido en 2009, precisamente la que provocó que Chávez rompiera relaciones con Israel. Edri, del Mando del Frente Interno, ha desempeñado un papel activo en la justificación del genocidio. «No es un civil vestido de militar —dice Prashad—. Es un soldado que, creo que en cualquier otro mundo, sería considerado un criminal de guerra. Y él estaba allí, en la sala, presentando el “Proyecto para la Reconstrucción del Futuro” a la presidenta en funciones de Venezuela».
Prashad califica este hecho como «sin duda una bofetada a la tradición del chavismo». Aunque entiende las presiones a las que está sometido el gobierno —fueron atacados el 3 de enero de forma horrenda y decidieron retirarse tácticamente, permitiendo a Estados Unidos hacer diversas cosas e incluso anular la Ley de Hidrocarburos de 2001, cuando antes la retórica oficial era «si venís, habrá un Vietnam»—, Prashad acepta estas retiradas tácticas: «Tienes que reunirte con los israelíes bajo la presión de EE. UU. Lo pillo».
Sin embargo, critica que no haya habido un contrapeso: «¿Por qué no, al día siguiente, reunirte con una delegación de palestinos y hacer alguna declaración sobre Palestina? Como si no hubiera ningún equilibrio. Incluso el gobierno indio, que celebra a los israelíes, al día siguiente se reúne con los palestinos. Es una forma de enviar un mensaje: “Vale, creemos en la solución de dos Estados”».
Prashad contextualiza esta visita en un movimiento más amplio: gobiernos de toda América Latina, incluido ahora el de Colombia liderado por Abelardo de la Espriella, están dando la bienvenida a los israelíes. De la Espriella, en su toma de posesión en Cali, mientras se producía un terremoto devastador, firmó una declaración en la que Colombia se retira del Grupo de La Haya, no respalda el caso sudafricano en la Corte Internacional de Justicia y reconoce la ocupación de los Altos del Golán y su extensión más allá de Siria.
Prashad afirma que esto se ha convertido en un gran impulso de israelíes y estadounidenses en América Latina para que estos países, uno tras otro, respalden a Israel. «El camino a Washington pasa por Tel Aviv. Los estadounidenses siempre dicen que si quieres suavizar las cosas con Washington, tienes que llevarte bien con los israelíes». Señala que los gobiernos de derecha como los de De la Espriella en Colombia o en Argentina son «programáticamente sionistas». Pero el gobierno de Venezuela, liderado por el Partido Socialista, no es programáticamente sionista; está entrando en esto de forma pragmática. «Pero precisamente porque es pragmático, debería haber habido un equilibrio. Y que no lo haya habido me resulta un poco inquietante», concluye.
El robo del petróleo: Estados Unidos controla toda la costa sur del Caribe
Lasciras aborda el control de la industria petrolera venezolana. Muestra un informe del Consejo de Relaciones Exteriores de principios de junio titulado «Estados Unidos se hizo con el control de la industria petrolera de Venezuela. ¿Dónde ha ido a parar todo el dinero?». El artículo sostiene que, en los primeros cuatro meses tras la toma de control, las exportaciones petroleras venezolanas —casi cien millones de barriles por un valor estimado de ocho mil millones— pasaron por un «proceso caracterizado por la falta de transparencia y una supervisión mínima», y critica al régimen de Trump por no revelar qué había hecho con ese dinero.
Prashad responde enfatizando que Estados Unidos se ha apoderado de los ingresos petroleros de la parte norte de Sudamérica, no solo de Venezuela sino también de Guyana, cuyo gobierno ha cedido de hecho su petróleo a ExxonMobil. Con el gobierno de De la Espriella en Colombia, este va a expandir la producción petrolera, revirtiendo la promesa de Gustavo Petro de reducirla por razones climáticas. «Te puedo asegurar —dice Prashad— que Estados Unidos va a estar muy pendiente de todo esto. Así que la costa norte del Caribe: el petróleo de allí está ahora totalmente controlado por Estados Unidos y sus multinacionales».
Sobre el destino del dinero, Prashad señala que Donald Trump no ha ocultado su deseo de quedarse con la riqueza de otros para financiar sus intereses. Recordó que Trump dijo abiertamente que deberían haber cogido el dinero del petróleo de Irak para financiar la reconstrucción de Irak a través de empresas estadounidenses. «Este dinero del petróleo venezolano se está reciclando a través de sus compinches en Estados Unidos. Muy claro. Más adelante conoceremos los hechos. Sí, todo es muy secreto. No sabemos exactamente qué está pasando».
Prashad insiste en lo que considera crucial: «Toda la costa sur del Caribe, desde Panamá hasta Guyana, está controlada de hecho por Estados Unidos y sus empresas petroleras. Y eso es impactante. Y ha sucedido en cuestión de meses». Menciona la disputa entre Venezuela y Guyana por la región del Esequibo, donde ExxonMobil tiene un gran interés y un enorme bloque de explotación. Los venezolanos reclamaban esa zona por una disputa histórica. «Ahora esa disputa va a desaparecer. De hecho, va a ser territorio de ExxonMobil. No importa qué país reclame la soberanía. Es irrelevante. El único poder soberano en la costa sur del Caribe van a ser las empresas petroleras estadounidenses. Ellas son el poder soberano, no Venezuela, ni Guyana, y desde luego tampoco Colombia».
El papel de Qatar: una caja negra donde el dinero se ha esfumado
Lascaris pregunta sobre la mecánica del control del petróleo, ya que el artículo menciona una cuenta en una entidad financiera de Catar. Quiere saber si el gobierno venezolano ha ordenado a los compradores depositar los pagos en una cuenta catarí controlada por Estados Unidos.
Prashad explica que esto es anterior a la intervención estadounidense del 3 de enero. Los qataríes llevaban tiempo ayudando a los venezolanos con las finanzas debido a las duras sanciones bancarias. Además, Delcy Rodríguez fue al colegio con el actual emir de Catar, por lo que mantienen una relación de confianza. «Comprendo a un país sometido a sanciones. Se recurre a cualquier método para intentar romper las sanciones».
Pero Prashad califica esta situación como «una plataforma, una caja negra». Plantea preguntas retóricas: «¿Cuándo vamos a auditar este dinero del petróleo? ¿Es la Asamblea Nacional de Venezuela la que debería tener el derecho a auditar el dinero del petróleo? No lo creo. No creo que vayan a ejercer ese derecho. ¿Lo va a auditar Estados Unidos? No se va a molestar. Porque es una cuenta en el extranjero. Catar es una autocracia. No se van a molestar. No hay rendición de cuentas democrática». Su conclusión es rotunda: «Olvídalo, Dmitri. Este dinero se ha esfumado».
Privatización y el poder de los grupos económicos: la ley de inversiones como verdadera amenaza
Lascaris aborda la cuestión de la privatización. Según un artículo de Venezuela Analysis, Delcy Rodríguez ha nombrado a un empresario venezolano, Luigi Pezzella, para una comisión que evalúa los activos estatales. Pezzella estaría diciendo que Venezuela debería devolver a los inversores privados los activos nacionalizados bajo Hugo Chávez. Lascaris pregunta por los planes de privatización de Delcy Rodríguez.
Prashad comienza situando esto en un contexto más amplio que no es exclusivo de Venezuela. Relata la situación de Bolivia: afectada por la crisis del estrecho de Ormuz —guerra ilegal de Trump contra Irán que disparó los precios del petróleo, los fertilizantes y los alimentos—, Bolivia solicitó un aplazamiento de pago de 1.900 millones al Fondo Monetario Internacional. El FMI le ha comunicado una serie de cambios necesarios, entre ellos una ley de protección de inversiones. Esto está ocurriendo en Argentina, va a ocurrir en Chile, está ocurriendo en Bolivia, ocurrirá en otros países andinos y, sin duda, en Colombia tras el terremoto. «Estamos viendo, en parte, cómo esto se está implantando en Venezuela».
Prashad explica qué es una ley de protección de inversiones: su objetivo es proteger la inversión privada en los países, de modo que si una empresa canadiense invierte en Bolivia, su inversión estará asegurada. No habrá posibilidad de nacionalización ni expropiación. En algunos casos se garantiza la tasa de rentabilidad, que el erario público garantizaría aunque la economía se hunda. «Esto es para atraer a empresas privadas, sobre todo occidentales, a estos países».
Pero lo crucial, advierte Prashad, son los acuerdos de resolución de controversias (lo que antes se llamaba ISD). Estos acuerdos van a quedar anulados de modo que, si tienes una controversia con una empresa privada que ha invertido en tu país, «quizá no haya vía alguna para llevar realmente una controversia con ellos. No puedes llevarlos a los tribunales porque la ley de inversiones los protegerá». Si maltratan a trabajadores o destruyen el medio ambiente, no hay vía de recurso, ningún lugar al que acudir, ningún panel para la resolución de disputas.
Prashad advierte que no hay que dejarse engañar por el ruido político sobre la privatización de activos nacionalizados. «Eso es pan comido. Es calderilla. El verdadero problema es que, si se aprueba una ley de inversiones para proteger la inversión, esta también podría tener carácter retroactivo. Podría ser el instrumento para, básicamente, devolver propiedades que han sido expropiadas anteriormente». Pero incluso si no se aplica retroactivamente, se protege la inversión privada a perpetuidad.
«El Fondo Monetario Internacional está impulsando esto en todo el mundo, pero específicamente en Sudamérica», dice Prashad. En Bolivia, Rodrigo Paz ha dicho que va a sacar adelante esta ley de inversiones. En Argentina, Milei ha hecho de la protección de los inversores una piedra angular de su plan económico. «Cuando esto llegue a Venezuela, ahí es cuando realmente lo notarás, porque, de lo contrario, esto no es más que un juego de palabras. No son más que ruido político, mensajes dirigidos al capital internacional: “Tu inversión estará a salvo en Venezuela”, pero no van a venir a menos que se apruebe una ley de protección de los inversores».
Prashad lanza una advertencia profunda: «Imagínate, Dmitri, que nos estamos encaminando hacia una situación en la que el único actor soberano va a ser la multinacional. El Estado ya no va a ser soberano. No va a tener capacidad para democratizar la economía. En realidad, se está volviendo a la situación de los días del golpe de Estado en América Latina, cuando derrocaron a Salvador Allende en Chile y llegó Pinochet y, básicamente, garantizó a las multinacionales que nadie las tocaría».
Su conclusión es clara: hay que estar atentos a la ley de inversiones. El ruido sobre la privatización es solo eso, ruido y globos sonda para ver hasta dónde pueden llegar. «Vamos a proteger a los inversores, no os preocupéis. Pero los inversores están diciendo ahora, a través del FMI: “Aprobad primero la ley”».
La invasión a toda América Latina y la lucha de clases interna
Para cerrar, Lascaris reflexiona sobre su propia posición como occidental que informa desde zonas de guerra pero es libre de marcharse, sin tener que vivir con las consecuencias. Se siente profundamente preocupado por las concesiones de estos gobiernos y pregunta a Prashad: si fueras asesor de los gobiernos de la región, ¿cómo les recomendarías enfrentarse a la hiperagresividad, el militarismo y la falta de decencia humana del régimen de Washington?
Prashad comienza señalando que no se trata solo del régimen de Washington. En toda Sudamérica y América Latina, «la vieja élite oligárquica no se ha democratizado. Estas no son sociedades democráticas». Pone el ejemplo de Bolivia: Evo Morales vivió una experiencia increíblemente dolorosa para ganar las elecciones y gobernar catorce años con apoyo masivo, pero la élite intentó constantemente derrocarlo, incluso mediante un golpe de Estado. Su partido pudo volver con Luis Arce, pero bajo inmensas restricciones.
Desde Santiago de Chile, Prashad afirma que Chile nunca ha mermado el poder de la élite oligárquica que respaldó al sanguinario gobierno golpista de Pinochet. El actual presidente, Kast, tiene un hermano que fue un «Chicago Boy» en el gobierno de Pinochet; su padre era nazi; él y su familia se hicieron ricos durante el gobierno golpista. «Nada de eso se revirtió en los años de compromiso de Michelle Bachelet».
Prashad sostiene que en América Latina «no se trata solo de Estados Unidos. Se trata del aliado sobre el terreno». En Venezuela, la élite nunca fue expropiada. Se mantuvo en su sitio. Algunos se fueron a vivir a Miami pero siguieron siendo propietarios en Venezuela. Miami es el refugio de esta élite, sus segundas o terceras residencias, pero siguen conservando sus casas en Bolivia, en Ecuador. Conservan sus tierras, sus propiedades. «Esa oligarquía nunca fue derrocada. América Latina o Sudamérica no es una sociedad democrática. Sigue siendo extremadamente jerárquica, racista, antiindígena. Esa dureza está ahí mismo, en el alma de la sociedad».
Prashad considera que la lucha es muy difícil y llevará mucho tiempo, no solo para sacar a Estados Unidos de estos países, sino también para democratizar las propias sociedades. El único país latinoamericano que, en su opinión, fue capaz de democratizarse fue Cuba, donde la revolución eliminó a la antigua oligarquía, que se trasladó de La Habana a Miami. Los que se quedaron se dejaron democratizar. México también experimentó una transformación en el siglo XIX y la Revolución Mexicana de 1911 la profundizó, con un presidente indígena como Benito Juárez en el siglo XIX. Pero la mayoría de las sociedades latinoamericanas no tuvieron esa transformación.
«Esto es complicado porque se trata de un aliado de Estados Unidos. No es Estados Unidos contra Venezuela o Estados Unidos contra Bolivia. En esos países hay una gran élite, que es su aliada y que les da la bienvenida. Y nunca podemos olvidar que no estamos hablando de sociedades que hayan experimentado su “transformación cultural”. Siguen siendo sociedades coloniales profundamente jerárquicas en muchos aspectos. La descolonización de América Latina, en mi opinión, aún no se ha completado».
Lascaris resume: «Entonces, parece que estás diciendo que, antes de poder hacer frente de manera eficaz a las amenazas externas a la soberanía y la democracia, hay que hacer frente de manera eficaz a las amenazas internas». Prashad responde: «Ambas cosas juntas, Dmitri. En cierto sentido, ambas cosas juntas».
Prashad explica que conoce bien la historia de Bolivia. Durante catorce años, Evo Morales luchó por democratizar a la élite en una sociedad muy racista y dividida entre descendientes de españoles e indígenas. No fue capaz de transformar esas relaciones sociales. En Ecuador, Rafael Correa, en muchos sentidos, no transformó y hubo una gran división dentro de la izquierda entre indígenas y descendientes de españoles, una brecha que continúa sin salvarse. En Perú, Pedro Castillo, un líder indígena que ganó las elecciones, está en la cárcel, y la vieja oligarquía ha vuelto con fuerza. La hija de Fujimori, una mujer de extrema derecha, vuelve a estar al mando.
Prashad concluye que la llamada «ola rosa» o el bolivarianismo causó un enorme impacto en el hemisferio, pero no transformó lo suficiente las relaciones sociales, ni siquiera en Venezuela. «Y vemos el resultado de eso: que, sí, hay una base que luchará, creo, para defender lo que han conseguido. Pero no creo que sea una cuestión de toda Venezuela contra Estados Unidos. Hay una lucha de clases dentro del país que tenemos que reconocer».
