«No es analítico ni honesto reducir al mundo árabo-persa a la cosa religiosa»
Susana Khalil. Palestina, 11.000 años de historia
13 de septiembre de 2026
Hay textos que no admiten una lectura neutra. El mensaje que Susana Khalil transmite en su canal Palestina, 11.000 años de historia —en su emisión del 13 de septiembre de 2026, titulada «No es analítico ni honesto reducir al mundo árabo-persa a la cosa religiosa»— pertenece a esa categoría. No estamos ante un comentario circunstancial sobre la actualidad, sino ante una intervención política e intelectual de largo aliento que interpela directamente los marcos con los que Occidente —y buena parte de sus "izquierdas"— piensa Palestina, el mundo árabe y el propio concepto de pueblo.
Recomendamos vivamente la escucha íntegra del programa. Khalil hace algo que escasea: obliga a pensar contra los reflejos condicionados. Su voz, emitida desde la diáspora y desde esa «Palestina mundana» que define como el otro pulmón de la nación asfixiada, articula un discurso que no pide permiso ni se pliega al vocabulario autorizado. Quien lea las líneas que siguen encontrará una síntesis fiel de sus argumentos; quien después escuche el programa, descubrirá que la letra escrita apenas captura la temperatura emocional, el pulso ético y la indignación metódica de una intervención que se quiere, antes que nada, acto de ruptura con un tabú.
Lo que sigue es una síntesis editorial del mensaje. No es una reseña complaciente ni una refutación. Es un mapa de sus tesis centrales, con sus tensiones y sus apuestas, para que el lector pueda situarse críticamente ante un discurso que, guste o no, plantea preguntas de fondo sobre historia, colonialismo, identidad y justicia.
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El punto de partida: una causa nativa contra un anacronismo colonial
Khalil abre su intervención con una afirmación que funciona como eje de todo el programa: el pueblo árabe palestino —al que define con precisión etnohistórica como «pueblo nativo semita cananeo levantino de la gran Siria»— tiene derecho a liberarse de lo que llama «el anacronismo eurocéntrico colonial fraudulentamente llamado Israel». No se trata de una consigna, sino de una tesis histórica y jurídica: el sionismo no como movimiento de liberación nacional, sino como la forma más retrógrada y salvaje de colonialismo que persiste en el siglo XXI, una reliquia que la humanidad creía superada.
La fecha que Khalil invoca una y otra vez —el 14 de mayo de 1948— no es un dato neutro. Es el momento en que, desde Europa y por europeos, se impuso en Palestina un régimen colonial sobre las bases de la falsificación de la historia, la limpieza étnica y una concepción supremacista y racista. La causa palestina, insiste, es la causa de un pueblo nativo que lucha contra un atraso colonial, no contra una nación enemiga.
La tesis central: no existe el pueblo judío, existe la comunidad religiosa judía
El núcleo más provocador y más desarrollado del programa es la distinción que Khalil establece entre pueblo y comunidad religiosa. «No existe el pueblo judío, existe la comunidad religiosa judía». Y extiende la lógica: no existe el pueblo musulmán, ni el pueblo cristiano, ni el pueblo gay, ni el pueblo ateo. Solo existen comunidades religiosas o identitarias que no constituyen, por sí mismas, una nacionalidad.
Esta distinción constituye la base de su argumento contra la legitimidad del Estado de Israel. Si el sionismo justifica la colonización de Palestina como «retorno a la tierra ancestral», Khalil responde que ese retorno es imposible porque quienes lo protagonizan no son semitas, sino europeos de raíces indoeuropeas —eslavos, escandinavos, celtas, sajones, germanos, galos, godos, visigodos y jázaros— conversos a la religión judía.
«Mucho más del noventa por ciento de la población de la comunidad religiosa judía no son semitas». Por tanto, no hubo retorno, sino colonización. No hubo restauración, sino usurpación.
Khalil reconoce que existen árabes de confesión judía, y que existen japoneses o chinos de confesión judía, pero eso no los convierte en semitas. La confesión religiosa no transforma la ancestralidad. De ahí que califique el relato sionista como una «estafa» en múltiples registros: moral, histórica, arqueológica, antropológica, jurídica, política, estética y religiosa.
La falsificación de la historia y el papel de la academia
Uno de los blancos más insistentes del programa es la academia. Khalil no se limita a denunciar Hollywood, las iglesias evangélicas o el monopolio mediático —que cifra en un 92% en manos sionistas—, sino que dirige su crítica al recinto que debería ser el espacio de la racionalidad, la investigación y el pensamiento: la universidad.
Allí, dice, se ha instalado una «delincuencia académica, intelectual» que reproduce el estereotipo de reducir el mundo árabe-persa a la cosa religiosa. Esa reducción no es inocente: convierte a pueblos milenarios en una «mercancía religiosa», en un «comodín» que permite demonizarlos y deshumanizarlos. Al reducir todo a lo religioso, se presenta al Islam como una religión salvaje, antioccidental, violenta, fanática, irracional, misógina y violadora de derechos humanos. Y así se justifica la colonización.
Khalil llama a «descolonizar la academia», a «tomarla», a sacarla de su sumisión y su negligencia. Denuncia que muchos académicos, intelectuales, políticos, activistas, humanistas, feministas y sindicalistas caen en esa trampa mecánica: cuando hablan del mundo árabe, inmediatamente lo reducen a lo religioso. «Ya basta», dice. «No se puede ser tan tarado y tan torpe».
El sionismo como imperio de nuestro tiempo
Khalil no describe el sionismo como un movimiento regional, sino como «el imperio de nuestro tiempo histórico», «la mayor fuerza imperial fascista» contemporánea. Y responde sin ambigüedad a la pregunta sobre quién domina a quién: «El que domina es el movimiento sionista internacional a los Estados Unidos».
Desde esa caracterización, interpreta la invasión de Irak no como un error geopolítico, sino como una solicitud del lobby sionista internacional para fracturar y fragmentar a los pueblos árabes semitas. Habla de «memoricidio» y «culturicidio»: no solo se destruyen vidas, se destruye la memoria y la cultura de pueblos con más de cuarenta mil años de historia —sumerios, babilonios, mesopotámicos, caldeos— que forman parte del ancestro árabe.
El proyecto del Gran Israel, advierte, no se limita a Palestina: pretende tomar Líbano, Siria, Irak, Yemen, parte o toda Arabia Saudita, Egipto y Persia. Y para ello necesita exterminar al pueblo nativo semita palestino y, después, a los demás pueblos semitas y persas.
La crítica a las tiranías árabes y a la izquierda cómplice
Khalil no reserva sus críticas solo a Israel o a Occidente. Denuncia también a las tiranías árabes —Arabia Saudita, Marruecos, Egipto— que describe como aliadas del régimen colonial, protegidas por Europa y Estados Unidos, y dedicadas durante décadas a combatir los movimientos de izquierda, progresistas y revolucionarios del mundo árabe. Cita a José Martí para hablar del tirano y de «todo peste, andrajo». Y llama a Marruecos un reino depravado, vinculado al tráfico de droga y de órganos, con cárceles subterráneas y mazmorras de las que no se habla.
Pero su crítica más dolorosa, porque nace de la decepción, es la que dirige a la izquierda.
«Lamentablemente también la izquierda ha caído en esa cosa tan boba, tan ridícula, tan gafa, tan de pobres pensantes, de creer que existe un pueblo judío cuando lo que existe es una comunidad religiosa».
Marxistas, leninistas, trotskistas, anarquistas, gramscianos, maoístas: todos, dice, caen en la trampa del «pueblo que retornó a la tierra ancestral después de dos mil años». Y ese relato, reconoce, «tiene música», tiene un poder estético fascinante, pero es «todo lo asesino, lo criminal, lo falso».
La propuesta política: poner fin al régimen colonial
Khalil no se queda en la solidaridad con el pueblo palestino. Su llamado es a «poner fin a la existencia de ese régimen colonial fraudulentamente llamado Israel». No reconoce a Israel, no lo reconoce como Estado, no lo reconoce como pueblo. «El régimen colonial de Israel no tiene derecho a existir. Eso es un anti derecho, es contrario al derecho, es ajeno al derecho».
Compara el sionismo con las Cruzadas: el fin de las Cruzadas en Palestina no fue el fin del cristianismo, sino todo lo contrario, lo rescató y salvaguardó. Del mismo modo, poner fin al régimen colonial de Israel no sería el fin del judaísmo, sino su liberación de una empresa criminal que lo secuestra.
Y frente a quienes preguntan «¿pero no podemos vivir juntos?», responde:
«Claro que podemos vivir juntos en igualdad de derechos. Sin colonialismo, sin falsificación de la historia, sin apartheid. Una Palestina para los palestinos. Y una vez liberada Palestina, una Palestina para el mundo».
El llamado final: despertar del dopaje
El programa cierra con un llamado a la reflexión, a la autocrítica y a la acción. Khalil pide salir del «dopaje» que reduce el mundo árabe-persa a la cosa religiosa. Pide no quedarse en una solidaridad pasiva, sino actuar para que esto no siga pasando. Pide despertar de una «inmadurez histórica» que nos convierte en cómplices de un exterminio.
Y termina con la palabra alada —vocablo árabe semita que significa «el retorno»—, el grito de los millones de refugiados palestinos dispersos por el mundo a quienes no se les permite regresar a su tierra porque allí hay alguien de Lituania, Letonia, Estonia, Hungría, Rumania, Alemania o Ucrania que dice que esa es la tierra que Dios le prometió.
«¿De verdad vamos a seguir creyendo en esto?», pregunta. «Yo creo que es de una inmadurez que realmente criminal».
Comentario final
El mensaje de Susana Khalil es incómodo y coherente con una línea de pensamiento que no busca agradar. Su tesis sobre la inexistencia del pueblo judío como categoría nacional —y su reducción a comunidad religiosa— es, sin duda, el punto más conflictivo de su intervención, y exige un debate histórico, teológico y político que no puede despacharse con acusaciones de antisemitismo ni con adhesiones acríticas. Pero sería un error no escuchar el resto: su denuncia del colonialismo, su crítica a la academia sumisa, su llamado a no reducir el mundo árabe-persa a lo religioso, su condena de las tiranías árabes y su apuesta por una Palestina liberada y plural.
Khalil habla desde la diáspora, desde el dolor y desde una convicción: que el siglo XXI no puede seguir siendo el siglo del colonialismo disfrazado de democracia.
Quien escuche su programa no saldrá indemne. Y eso, en tiempos de pensamiento enlatado, ya es un mérito.