Las mentiras del 11-S y la guerra contra el terror, AL DESCUBIERTO | Prof. Irfan Ahmad

¿Y si el "terrorismo" no fuera una amenaza real sino un enemigo fabricado para sostener un orden global en crisis? En esta conversación con Pascal Lottaz en Neutrality Studies, el antropólogo Irfan Ahmad —profesor en la Universidad Ibn Jaldún de Estambul— desmonta la narrativa dominante que, desde el 11-S, presenta al islam como una esencia irracional e ingobernable.
A partir de su libro Terrorism in Question: Decolonizing Anthropology and the Study of Islam, Ahmad recorre la genealogía de un concepto que Occidente necesitó cuando el comunismo dejó de ser un enemigo útil: del "fanatismo" colonial al "nuevo terrorismo", del "buen musulmán" de la Guerra Fría al "antimusulmán" de hoy. Una crítica radical al encubrimiento epistémico de las élites, al nacionalismo como fuente de violencia y a la trampa lingüística que convierte a los aterrorizados en terroristas. Porque, como concluye Lottaz, quizá ha llegado el momento de deshacernos de una categoría estúpida y volver a preguntarnos qué motiva a las personas a hacer lo que hacen.
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Irfan Ahmad es profesor en la Universidad Ibn Jaldún de Estambul, y una de las voces más críticas y originales en el estudio de la islamofobia y la política global contemporánea. Formado en sociología y antropología, doctorado por la Universidad de Ámsterdam, ha sido investigador sénior en el Instituto Max Planck para el Estudio de la Diversidad Religiosa y Étnica en Gotinga, y ha enseñado en universidades de Australia y Países Bajos. Es autor de obras como El islamismo y la democracia en la India (Islamism and Democracy in India) y La religión como crítica (Religion as Critique), pero es su libro más reciente el que vertebra por completo esta conversación: El terrorismo en tela de juicio: la descolonización de la antropología y el estudio del islam (Terrorism in Question: Decolonizing Anthropology and the Study of Islam), publicado por Berghahn Books en junio de 2026 .
El programa comienza con una advertencia del propio Ahmad: la palabra “descolonización” está de moda, pero muchas cosas que se hacen en su nombre son en realidad intentos de recolonización o neocolonización. Su libro parte de una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que la antropología, una disciplina que debería ser experta en comprender la alteridad, haya tenido tan poco que decir sobre el terrorismo, un fenómeno que desde el 11-S ha moldeado no solo la política global, sino también la cultura, las subjetividades y la propia idea del enemigo?
El “nuevo terrorismo” como mito neocolonial
Uno de los argumentos centrales del libro es que la narrativa dominante sobre el terrorismo, nacida con el 11-S, es profundamente neocolonial. La tesis del “nuevo terrorismo” sostenía que este era distinto del anterior porque era religioso o islámico, a diferencia de un terrorismo pasado supuestamente laico. Ahmad desmonta esta premisa: ya en el siglo XIX, el colonialismo británico y francés describían a los musulmanes como “fanáticos”, un término que implicaba irracionalidad, intoxicación psicológica e incapacidad para el diálogo. Tras el 11-S, ese tropo del fanatismo resucitó bajo una nueva forma: el islam como religión irracional y oscurantista, un fenómeno con el que no se puede dialogar, solo combatir.
Ese desplazamiento tiene consecuencias profundas. Si el terrorismo se presenta como una esencia religiosa eterna, se abandona la idea de que es un producto social e histórico. Y si es irracional, no hay espacio para la deliberación democrática, para sentarse a una mesa y abordar agravios. La única respuesta posible es la guerra. En ese sentido, Ahmad sostiene que la narrativa dominante sobre el terrorismo contradice incluso los ideales habermasianos de la democracia deliberativa que Occidente dice defender.
El enemigo necesario y la genealogía del “islam como amenaza”
La conversación se adentra en la genealogía política de esta construcción. Ahmad recupera a Carl Schmitt, no de forma normativa sino descriptiva: la política moderna consiste en distinguir al amigo del enemigo. Durante la Guerra Fría, el enemigo era el comunismo. Cuando este colapsó, las democracias liberales, carentes de una identidad positiva alrededor de la cual unirse, necesitaron un nuevo enemigo. La famosa frase de George Kennan “podemos tener muchos amigos, pero el enemigo tiene que ser uno solo” resume esa lógica.
Pero Ahmad introduce un matiz crucial: el islam no fue “inventado” como enemigo tras la Guerra Fría. Ya en 1986, Benjamín Netanyahu coeditó un libro titulado Terrorismo: Cómo puede ganar Occidente (Terrorism: How the West Can Win), donde se presentaba a los árabes como los terroristas por antonomasia. El libro surgió de una conferencia organizada por un instituto que llevaba el nombre de su hermano, Jonathan Netanyahu. La idea de que el islam es el enemigo ya estaba en circulación antes de la caída del Muro.
Lo que hace el 11-S es convertir esa idea en una metáfora global. Ahmad señala que otros Estados adoptaron rápidamente el lenguaje del “nuestro propio 11-S”: Gran Bretaña con los atentados de Londres, India con los de Bombay. El terrorismo se convierte en el eje alrededor del cual se moviliza la política internacional en términos de construcción del enemigo.
El “buen musulmán” y el “mal musulmán”
Pascal Lottaz introduce una observación sobre el ciclo extraño que hemos atravesado: Estados Unidos financió a los muyahidines afganos, los recibió en la Casa Blanca, los armó para derrotar a la Unión Soviética, y luego combatió durante veinte años a quienes consideraba terroristas. Hoy, un líder de Al Qaeda y Al-Nusra gobierna Siria, ha estrechado la mano del presidente estadounidense y ha sido entrevistado por el general Petraeus.
Ahmad responde con la distinción de Mahmood Mamdani entre “buen musulmán” y “mal musulmán”. Durante la Guerra Fría, los combatientes afganos eran buenos musulmanes porque luchaban contra la URSS. Después, se convirtieron en malos musulmanes. Y ahora, algunos vuelven a ser buenos. Pero Ahmad va más allá: en el contexto actual, el “buen musulmán” es básicamente un antimusulmán. Figuras como Salman Rushdie, ateos militantes y defensores de la guerra contra el terrorismo ocuparon ese lugar. El contenido del enemigo cambia, pero la idea del enemigo en sí misma permanece intacta.
El “encubrimiento epistémico” y la etnografía de las élites
Uno de los capítulos más fascinantes del libro, y que Ahmad desarrolla en la entrevista, es su análisis de una conferencia del PNUD en Oslo en 2016. El término “lucha contra el terrorismo” había sido sustituido por “lucha contra la radicalización”, y la premisa era que el diálogo interreligioso podía desradicalizar a los jóvenes musulmanes. Ahmad asistió como antropólogo, pero también como observador etnográfico de las élites.
Lo que encontró fue un discurso que nunca cuestionaba la premisa de que el islam es una fuente de amenaza. Nadie consideró que el islam pudiera ser también una fuente de paz o de gestión de conflictos. Ahmad presentó el movimiento Khudai Khidmatgar, los “siervos de Dios”, un movimiento de masas no violento en la región de Khyber Pakhtunkhwa, anterior a la Segunda Guerra Mundial, cuyos miembros abrían el pecho y sostenían el Corán cuando las autoridades coloniales les disparaban. Su líder, Khan Abdul Ghaffar Khan, creía que el islam se basa enteramente en la paz. Prácticamente nadie en la conferencia lo sabía.
A esto Ahmad lo llama “encubrimiento epistémico”: el discurso del PNUD no abordaba la cuestión del enemigo global que implica el terrorismo, y tampoco señalaba que el nacionalismo es también una fuente de violencia política. Como alternativa, presenta tres estudios de caso: Sri Lanka, Myanmar e India. En Sri Lanka, el “terrorismo tamil” comenzó como respuesta al nacionalismo budista cingalés. En Myanmar, la mayoría budista consideraba que los rohingya no tenían cabida en su visión de nación budista. En India, ocurre algo similar. Y el argumento se extiende a Israel: la idea de un “Gran Israel” convierte a los palestinos en un problema del que hay que deshacerse. Ahmad invierte la fórmula: los palestinos son un pueblo aterrorizado, pero el discurso del Estado-nación presenta a los aterrorizados como terroristas.
El terrorismo como ideología y teología
La conversación aborda también un cambio conceptual clave. Tradicionalmente, el terrorismo se entendía como una táctica, un método. Tras el 11-S, el discurso dominante lo transformó en una ideología, y de ahí se pasó a la teología. Si el islam mismo es terrorista, entonces cualquier musulmán practicante alberga las raíces del terrorismo. De ahí surgen llamados a una “reforma del islam” por parte de figuras como Salman Rushdie.
Ahmad señala un fenómeno revelador: después del fin de la Guerra Fría, muchos expertos en Rusia dentro de las instituciones occidentales se reinventaron como expertos en el islam, sin conocimientos lingüísticos ni teológicos. Ese vacío fue ocupado por un discurso que convirtió al islam en una amenaza existencial. Y ese ambiente islamófobo, sostiene Ahmad, hizo concebible el movimiento MAGA en Estados Unidos.
La dimensión cotidiana y la economía política
Ahmad insiste en que esta construcción del enemigo no solo afecta a la guerra y la política. Moldea la experiencia cultural cotidiana de los musulmanes: cómo vestir, si llevar barba, si una mujer debe llevar pañuelo, qué libros llevar al viajar a Estados Unidos. El terrorismo se convierte en una amenaza anticipatoria, algo que “podría suceder”, y eso justifica la vigilancia permanente.
También establece una conexión con el neoliberalismo. La guerra contra el terrorismo implicó la privatización de la guerra, la contratación de empresas de seguridad privadas. No se puede entender el neoliberalismo sin comprender esa transformación de la economía política. Y en el ámbito académico, las subvenciones de investigación están vinculadas al “interés nacional” o “europeo”, de modo que el tipo de investigación que se financia tiende a alinearse con las agendas del Estado.
La “anticonclusión” y la rehumanización
El libro termina con una “anticonclusión”, un capítulo que los revisores y la editorial intentaron disuadir a Ahmad de titular así. Su argumento: ¿cómo sacar conclusiones sobre un fenómeno que no ha terminado? La guerra contra el terrorismo continúa. Incluso fenómenos históricos que consideramos cerrados, como la Revolución Francesa, siguen siendo revisados y replanteados. La “anticonclusión” también tiene una dimensión de género: el deseo de conclusiones cerradas, de puntos clave, está vinculado al “decisionismo”, a una forma de hablar asociada a los hombres, frente a un “hablar para crear conexión” más asociado a las mujeres. Ahmad sugiere que una verdadera comprensión del terrorismo requiere combinar ambas dimensiones: no solo informar, sino también crear vínculos, rehumanizar.
La conclusión de Ahmad es contundente: la representación del terrorismo como enemigo definitivo es una limitación del pensamiento occidental. En lugar de revisar los propios supuestos y el propio vocabulario, se etiqueta fácilmente como “terrorismo” lo que no se comprende. Eso limita la imaginación y bloquea el horizonte de pensamiento. Como intelectuales, dice, no deberíamos repetir la doxa (pensamiento) que las élites del poder nos suministran día tras día. Deberíamos afrontar el reto de pensar de otra manera.
Lottaz cierra con una frase que resume el espíritu del programa: “El terrorismo, como fenómeno, es una categoría estúpida. Deshagámonos de ella e intentemos comprender qué motiva a las personas a hacer lo que hacen”.
Para quienes quieran profundizar, Terrorism in Question: Decolonizing Anthropology and the Study of Islam está disponible a través de Berghahn Books, y cuenta con el respaldo de figuras como Talal Asad, Faisal Devji y Richard Jackson, que lo han calificado como una obra indispensable para cualquiera interesado en el (contra)terrorismo
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