«Los 3 Libanos” Especial desde Beirut: ¿Qué Sucede? – Dr. Alfredo Jalife Rahme
Claves para comprender el nuevo tablero de Oriente Próximo
Líbano ocupa hoy una posición central en el complejo tablero geopolítico de Oriente Próximo. Su singular estructura confesional, las rivalidades entre las potencias regionales y la creciente competencia entre los grandes actores internacionales convierten al país en uno de los principales escenarios donde se dirime el futuro equilibrio de la región. En esta síntesis de la intervención del Dr. Alfredo Jalife se exponen, con el máximo respeto a su planteamiento original, las claves para comprender el papel estratégico del Líbano, las negociaciones impulsadas por Estados Unidos, la posición de Israel, la influencia de Irán y la progresiva reconfiguración del Golfo Pérsico. Un análisis que trasciende la coyuntura inmediata para situar los acontecimientos en el marco de las profundas transformaciones geopolíticas que están redefiniendo Oriente Próximo y, con él, una parte esencial del nuevo orden internacional.
Emitido en directo el 29 jun 2026 en el canal de Youtube «Radar Geopolítico» del Dr. Alfredo Jalife Rahme.
1. Líbano como caja de resonancia de la geopolítica regional
Antes de abordar las recientes negociaciones entre Líbano, Israel y Estados Unidos, el Dr. Alfredo Jalife considera imprescindible comprender la singular configuración interna del Estado libanés, cuya estructura política, religiosa y demográfica convierte al país en una auténtica caja de resonancia de todas las tensiones del Oriente Próximo.
Lejos de constituir un Estado homogéneo, Líbano es un complejo mosaico confesional integrado por dieciocho comunidades religiosas oficialmente reconocidas. Su sistema político se organiza precisamente sobre ese equilibrio entre confesiones, lo que hace que la distribución del poder responda tanto a criterios religiosos como institucionales. Tradicionalmente, la Presidencia de la República corresponde a un cristiano maronita, el cargo de primer ministro a un musulmán sunita y la presidencia del Parlamento a un musulmán chiita, reflejando un delicado reparto de poder diseñado para preservar la convivencia entre las distintas comunidades.
Según Jalife, esta estructura obliga a entender que el Estado libanés no actúa como un bloque uniforme. Cada una de sus principales comunidades mantiene vínculos históricos, culturales y estratégicos con diferentes actores regionales e internacionales, circunstancia que explica la dificultad para alcanzar posiciones nacionales plenamente consensuadas sobre los grandes asuntos de política exterior.
Para ilustrar esta realidad, el analista propone hablar de «los tres Líbanos», una simplificación geopolítica que permite comprender las principales líneas de fractura del país.
El primer Líbano corresponde al espacio de mayoría sunita, concentrado principalmente en Beirut occidental, Trípoli y Sidón. Históricamente, este sector ha mantenido estrechas relaciones con el mundo árabe sunita, especialmente con Arabia Saudita, aunque también conserva importantes vínculos políticos con Turquía y, anteriormente, con el Egipto de Gamal Abdel Nasser.
El segundo es el Líbano cristiano, localizado fundamentalmente en la región del Monte Líbano. Integrado mayoritariamente por maronitas, aunque también por otras iglesias orientales y ortodoxas, este sector ha desarrollado tradicionalmente una marcada orientación hacia Occidente, particularmente hacia Francia, potencia con la que mantiene profundos lazos históricos, culturales y educativos. La significativa emigración cristiana hacia Europa durante las últimas décadas ha reforzado aún más esa proyección occidental.
El tercer espacio corresponde al Líbano chiita, asentado principalmente en el sur del país, los suburbios meridionales de Beirut y la región de Baalbek. Aunque los chiitas libaneses son árabes, sus afinidades políticas y estratégicas los vinculan estrechamente con la República Islámica de Irán, convertida en su principal referente regional.
Desde el punto de vista demográfico, Jalife considera que la tradicional imagen de un equilibrio casi perfecto entre las tres grandes comunidades ha comenzado a modificarse. Aunque durante décadas se habló de un reparto aproximado en tercios, sostiene que la comunidad chiita habría alcanzado ya alrededor del 40 % de la población, impulsada por una dinámica demográfica más favorable y por la consolidación de importantes comunidades emigradas, especialmente en África. Paralelamente, el peso relativo de la población cristiana habría disminuido debido a una intensa emigración hacia Europa, mientras que la comunidad sunita mantendría aproximadamente un tercio de la población.
Estas transformaciones demográficas poseen importantes consecuencias políticas, ya que alteran progresivamente el equilibrio sobre el que fue construido el sistema confesional libanés.
A esta compleja realidad se añade otro elemento decisivo: Líbano alberga una de las mayores concentraciones de refugiados del mundo en proporción a su población. En un país de aproximadamente seis millones de habitantes residen alrededor de un millón y medio de refugiados sirios y cerca de medio millón de refugiados palestinos, una presión demográfica que condiciona profundamente su estabilidad económica, social y política.
El Dr. Jalife subraya que comprender esta estructura interna resulta indispensable para interpretar cualquier negociación relacionada con Líbano. Las decisiones adoptadas por el presidente, el gobierno o el Parlamento no representan necesariamente el consenso de las tres grandes comunidades, cuyos intereses estratégicos frecuentemente divergen. De ahí que cualquier iniciativa diplomática impulsada desde el exterior, especialmente aquellas relacionadas con Israel, deba enfrentarse inevitablemente a las profundas diferencias existentes entre los distintos sectores del país.
En consecuencia, Líbano no debe analizarse únicamente como un Estado nacional, sino como un escenario donde convergen y compiten simultáneamente los intereses de Irán, Arabia Saudita, Turquía, Francia, Estados Unidos e Israel. Precisamente esa condición convierte al país, en palabras de Jalife, en una auténtica caja de resonancia de la geopolítica regional, donde cualquier alteración del equilibrio interno adquiere inmediatamente una dimensión internacional.
2. Los vectores geopolíticos internos
Si la estructura confesional explica la complejidad política del Estado libanés, para el Dr. Alfredo Jalife resulta igualmente imprescindible comprender los distintos vectores geopolíticos que orientan a cada una de sus principales comunidades. Desde esta perspectiva, sostiene que la política libanesa no puede interpretarse exclusivamente desde parámetros internos, ya que cada uno de los grandes grupos confesionales mantiene relaciones históricas con diferentes potencias regionales e internacionales, las cuales ejercen una influencia constante sobre la vida política del país.
En este sentido, Jalife rechaza la visión simplificada que presenta a Líbano como un mero escenario de confrontación entre Irán e Israel. A su juicio, el país constituye un auténtico punto de encuentro donde convergen simultáneamente los intereses estratégicos de Arabia Saudita, Turquía, Francia, Estados Unidos e Irán, además de la propia influencia israelí. La política libanesa es, por tanto, el resultado de un complejo equilibrio entre actores internos y externos.
Dentro de ese entramado, la comunidad chiita constituye el principal aliado regional de la República Islámica de Irán. Jalife recuerda que esta relación no responde únicamente a una afinidad religiosa, sino también a una prolongada cooperación política y estratégica consolidada desde la Revolución Islámica de 1979 y fortalecida posteriormente con el nacimiento de Hezbollah durante la invasión israelí de 1982.
A su juicio, el apoyo iraní ha permitido la consolidación de Hezbollah no sólo como fuerza militar de resistencia frente a Israel, sino también como un actor político plenamente integrado en las instituciones libanesas. Esta doble dimensión, militar e institucional, convierte al movimiento en uno de los principales factores de equilibrio dentro del país y en un elemento esencial de la estrategia regional iraní.
Sin embargo, Jalife insiste en que identificar automáticamente a toda la comunidad chiita con Hezbollah constituye una simplificación. Recuerda que el chiismo libanés también se articula políticamente a través del movimiento Amal, encabezado por Nabih Berri, cuya influencia institucional resulta igualmente decisiva en el funcionamiento del sistema político libanés.
Por su parte, la comunidad sunita mantiene tradicionalmente sus principales vínculos con Arabia Saudita, cuya influencia se ha ejercido durante décadas mediante apoyo financiero, político y religioso. Riad ha considerado históricamente al Líbano como uno de los principales escenarios de su competencia estratégica con Irán, respaldando a los sectores políticos sunitas más próximos a sus intereses.
No obstante, Jalife observa que el panorama sunita ha experimentado importantes transformaciones durante los últimos años. La pérdida de protagonismo saudí en determinados momentos ha permitido un mayor margen de actuación para Turquía, que ha incrementado progresivamente su presencia política, económica y cultural, especialmente en las regiones septentrionales del país, donde existen importantes afinidades históricas y sociales.
Según el analista mexicano, el presidente Recep Tayyip Erdoğan intenta recuperar parte de la influencia que el antiguo Imperio Otomano ejerció sobre el Levante mediterráneo. Esta política se manifiesta mediante inversiones, cooperación económica, presencia cultural y una creciente implicación diplomática que amplía el margen de maniobra de Ankara dentro del complejo tablero libanés.
En cuanto a la comunidad cristiana, Jalife destaca la permanencia de una estrecha relación con Francia, consecuencia directa del mandato francés establecido tras la Primera Guerra Mundial y de los profundos vínculos culturales, educativos y religiosos desarrollados desde entonces.
La influencia francesa no debe interpretarse únicamente desde una perspectiva histórica. París continúa considerando al Líbano como uno de los espacios tradicionales de su política mediterránea, manteniendo una importante presencia diplomática y procurando preservar el equilibrio institucional que garantiza la continuidad del sistema confesional.
A esta relación privilegiada se suma el importante peso de la diáspora cristiana libanesa establecida en Europa y América, cuya influencia económica y política continúa proyectándose sobre la vida nacional mediante inversiones, apoyo financiero y estrechos vínculos familiares.
Jalife considera que esta distribución de alianzas explica buena parte de las dificultades para construir una política exterior plenamente unificada. Cada comunidad interpreta los grandes acontecimientos regionales desde prioridades estratégicas diferentes y, en ocasiones, contrapuestas. Mientras el eje chiita observa la seguridad regional desde la óptica del denominado Eje de la Resistencia y de su relación con Irán, amplios sectores sunitas mantienen una visión más próxima a las monarquías del Golfo, y buena parte del liderazgo cristiano continúa privilegiando sus tradicionales relaciones con Europa, particularmente con Francia.
Como consecuencia, cualquier crisis regional termina proyectándose inmediatamente sobre el escenario político libanés. Las tensiones entre Irán y Arabia Saudita, la política de Turquía en el Mediterráneo oriental o las iniciativas diplomáticas francesas repercuten directamente en el equilibrio interno del país, dificultando la construcción de consensos nacionales estables.
Para Jalife, precisamente esta superposición de intereses convierte al Líbano en uno de los espacios geopolíticos más sensibles de Oriente Próximo. Ninguna decisión relevante puede entenderse exclusivamente desde la política doméstica, ya que detrás de cada movimiento institucional suelen actuar, de forma simultánea, las agendas estratégicas de varias potencias regionales e internacionales. Es esa condición la que explica que cualquier modificación del equilibrio interno libanés adquiera inevitablemente una dimensión mucho más amplia, proyectándose sobre el conjunto del tablero geopolítico de Oriente Próximo.
3. El memorándum impulsado por Estados Unidos
Tras explicar la compleja composición interna del Estado libanés y los distintos vectores geopolíticos que condicionan su política, el Dr. Alfredo Jalife centra su análisis en el memorándum promovido por Estados Unidos, presentado como un intento de reorganizar las relaciones entre Líbano e Israel tras los últimos enfrentamientos militares.
Según expone, el documento va mucho más allá de un simple acuerdo de alto el fuego. En su opinión, constituye una propuesta de reordenamiento estratégico destinada a modificar el equilibrio político y militar existente en el sur del Líbano, afectando directamente a la capacidad operativa de la Resistencia y al propio funcionamiento del sistema político libanés.
Jalife sostiene que el objetivo fundamental del memorándum consiste en establecer un nuevo marco de seguridad favorable a los intereses de Israel y de Estados Unidos. Bajo la apariencia de un mecanismo destinado a garantizar la estabilidad fronteriza, el texto incorporaría disposiciones que incrementarían el control sobre las actividades militares de Hezbollah y ampliarían el margen de actuación de las autoridades libanesas y de los organismos internacionales encargados de supervisar la aplicación del acuerdo.
Desde su perspectiva, el documento introduce exigencias que trascienden las obligaciones derivadas de las anteriores resoluciones internacionales, especialmente en lo relativo al despliegue de fuerzas armadas, la supervisión del territorio y las limitaciones impuestas a las estructuras de la Resistencia en el sur del país.
El analista interpreta esta iniciativa como una nueva fase de la estrategia estadounidense en Oriente Próximo. En lugar de buscar una derrota militar directa de Hezbollah, Washington trataría de reducir progresivamente su capacidad política y estratégica mediante acuerdos institucionales que terminarían condicionando su margen de actuación desde el propio Estado libanés.
Las primeras reacciones no tardaron en manifestarse. Tanto Hezbollah como el movimiento Amal expresaron profundas reservas respecto al contenido del memorándum. Aunque ambas organizaciones mantienen perfiles políticos diferentes, Jalife subraya que coincidieron en considerar que determinadas cláusulas podrían afectar a la soberanía nacional y alterar el equilibrio interno alcanzado tras décadas de conflictos.
A juicio del analista, la preocupación principal no reside únicamente en las cuestiones militares, sino en el precedente político que podría establecerse. Si el Estado libanés aceptara mecanismos de supervisión o limitaciones impulsadas desde el exterior sobre una parte concreta de sus actores políticos, se abriría la puerta a futuras injerencias en otros ámbitos de la vida nacional.
En este contexto adquiere especial relevancia la figura de Nabih Berri, histórico líder del movimiento Amal y presidente del Parlamento libanés desde hace décadas. Jalife destaca que Berri desempeña un papel central como uno de los principales interlocutores institucionales del país y como puente entre las distintas fuerzas políticas.
Lejos de presentar a Berri como un dirigente subordinado a Hezbollah, el analista insiste en diferenciar claramente ambas organizaciones. Aunque comparten buena parte de sus posiciones respecto a la defensa del sur del Líbano y mantienen una estrecha coordinación política, Amal conserva su propia estructura, liderazgo e identidad dentro del sistema confesional libanés.
Precisamente por esa posición institucional, Berri se convierte en uno de los principales negociadores frente a las iniciativas internacionales. Su capacidad para mantener abiertos los canales de diálogo sin romper la cohesión del bloque chiita aparece, según Jalife, como uno de los elementos fundamentales para preservar la estabilidad política del país durante las negociaciones.
El analista observa además que Estados Unidos parece otorgar a Berri un protagonismo específico en la interlocución política, consciente de que su papel institucional le permite actuar con mayor flexibilidad que otros actores directamente vinculados a la Resistencia. Sin embargo, advierte que esa misma centralidad convierte al presidente del Parlamento en una figura sometida a fuertes presiones procedentes tanto del exterior como del propio escenario político libanés.
Para Jalife, el principal riesgo derivado del memorándum no consiste únicamente en sus consecuencias militares, sino en la posibilidad de provocar una fractura interna entre las distintas comunidades y fuerzas políticas del país.
Si las negociaciones terminaran siendo percibidas como una imposición externa o como un intento de modificar unilateralmente el equilibrio confesional existente, podrían reactivarse tensiones que el sistema político libanés ha conseguido contener, aunque nunca resolver completamente, desde el final de la guerra civil.
En este sentido, insiste en que cualquier acuerdo relacionado con la seguridad del sur del Líbano debe construirse necesariamente sobre amplios consensos internos. De lo contrario, lejos de fortalecer la estabilidad, podría debilitar las instituciones nacionales y profundizar las divisiones entre las distintas comunidades.
El Dr. Jalife concluye este apartado señalando que el verdadero alcance del memorándum no debe medirse únicamente por sus disposiciones jurídicas o militares. Su importancia reside en que constituye un intento de redefinir las reglas del equilibrio político libanés mediante una negociación impulsada desde el exterior, cuyas consecuencias podrían extenderse mucho más allá de la frontera con Israel y afectar al conjunto de la arquitectura institucional del país.
4. La contradicción entre los dos procesos negociadores
Tras examinar el contenido del memorándum impulsado por Estados Unidos, el Dr. Alfredo Jalife introduce una de las reflexiones centrales de su análisis: la aparente coexistencia de dos procesos negociadores paralelos, impulsados desde Washington, pero no necesariamente coincidentes en sus objetivos finales.
Según expone, diversos indicios permiten pensar que la política estadounidense hacia Líbano no responde a una única estrategia perfectamente coordinada, sino a la existencia de distintas corrientes dentro del propio aparato de poder norteamericano. Esta circunstancia explicaría algunas de las contradicciones observadas durante las negociaciones y las diferencias entre determinados mensajes diplomáticos emitidos por representantes estadounidenses.
Para facilitar la comprensión de este fenómeno, Jalife identifica ambos procesos mediante dos denominaciones: el denominado «memorándum Vance» y el «memorándum Rubio». No se trata necesariamente de dos documentos completamente independientes, sino de dos orientaciones políticas que reflejarían diferentes concepciones sobre la manera de gestionar el conflicto libanés.
El primero de ellos, al que se refiere como «memorándum Vance», aparece asociado a una estrategia más pragmática, centrada en alcanzar un entendimiento que permita estabilizar la frontera entre Líbano e Israel sin provocar un colapso del delicado equilibrio político interno libanés.
Desde esta perspectiva, el objetivo prioritario consistiría en reducir el riesgo de una nueva escalada militar mediante acuerdos que, aun limitando determinadas capacidades operativas, mantuvieran abiertas vías de negociación aceptables para las distintas fuerzas políticas del país.
Frente a esta línea, Jalife sitúa el denominado «memorándum Rubio», que interpreta como una propuesta considerablemente más exigente respecto al papel de Hezbollah y al futuro equilibrio estratégico del Líbano.
En su análisis, esta segunda orientación respondería a una política de mayor presión sobre la Resistencia, buscando introducir mecanismos capaces de modificar progresivamente la correlación de fuerzas existente dentro del país y reducir la influencia del eje encabezado por Irán.
El analista observa que algunas de las cláusulas discutidas durante las negociaciones parecen responder a esta lógica más restrictiva, al incorporar fórmulas de supervisión y control que excederían el simple mantenimiento del alto el fuego y afectarían directamente a la capacidad estratégica de Hezbollah.
A juicio de Jalife, la coexistencia de ambas líneas explicaría determinadas ambigüedades detectadas durante el proceso negociador. Mientras algunos interlocutores estadounidenses transmitían mensajes orientados a facilitar compromisos graduales, otros parecían defender posiciones mucho más rígidas, generando incertidumbre entre los actores libaneses acerca del verdadero objetivo de Washington.
Esta aparente dualidad obliga, según el analista, a interpretar las negociaciones desde una perspectiva más amplia. Las diferencias observadas no responderían únicamente a cuestiones técnicas, sino a debates internos dentro del propio sistema de poder estadounidense acerca de cómo gestionar el equilibrio regional tras la última confrontación entre Israel y Hezbollah.
Jalife no descarta que ambas orientaciones puedan terminar convergiendo en una estrategia común si las circunstancias políticas así lo aconsejan. Sin embargo, también considera posible que las diferencias entre ambas visiones reflejen tensiones más profundas entre distintos sectores de la administración estadounidense, cada uno con prioridades geopolíticas diferentes.
En este contexto, Líbano se convierte nuevamente en el escenario donde confluyen intereses que trascienden ampliamente sus fronteras nacionales. Las negociaciones ya no reflejan únicamente el diálogo entre Beirut y Washington, sino también las distintas concepciones existentes dentro del propio poder estadounidense sobre la manera de reconfigurar el equilibrio estratégico de Oriente Próximo.
El Dr. Jalife concluye que el desenlace de este doble proceso negociador dependerá tanto de la capacidad de resistencia de los actores libaneses como de la evolución de la correlación de fuerzas regional. Si ambas líneas terminan armonizándose, podría consolidarse un nuevo marco político para el sur del Líbano. Si, por el contrario, las contradicciones persisten, las negociaciones podrían prolongarse o incluso desembocar en nuevos episodios de tensión, prolongando la incertidumbre sobre el futuro equilibrio de la región.
5. Israel y la estrategia regional
Una vez analizados los procesos negociadores impulsados desde Estados Unidos, el Dr. Alfredo Jalife desplaza el foco hacia la estrategia israelí y cuestiona la interpretación según la cual las operaciones militares desarrolladas en el sur del Líbano responderían únicamente a objetivos de seguridad inmediata.
A su juicio, el comportamiento israelí revela una estrategia de mayor alcance, orientada no sólo a neutralizar las capacidades militares de Hezbollah, sino también a modificar de forma duradera el equilibrio geopolítico existente en la frontera septentrional de Israel.
En este contexto, Jalife llama la atención sobre el lenguaje empleado por las autoridades israelíes y por buena parte de la diplomacia occidental al referirse a la presencia militar en territorio libanés. Considera especialmente significativo que, en numerosos momentos, se utilice el término «redespliegue» en lugar de «retirada», una diferencia terminológica que, lejos de ser casual, refleja una concepción estratégica distinta.
Desde su perspectiva, una retirada implicaría el abandono efectivo de las posiciones ocupadas y el restablecimiento pleno de la soberanía libanesa sobre el territorio. En cambio, el concepto de redespliegue sugiere una reorganización de las fuerzas militares sin renunciar necesariamente a la capacidad de intervenir o regresar cuando las circunstancias lo aconsejen.
Para Jalife, esta elección del lenguaje evidencia que Israel no contempla el sur del Líbano como un escenario definitivamente cerrado, sino como un espacio cuya evolución continuará condicionando su planificación militar y su política de seguridad.
El analista sostiene que el verdadero objetivo estratégico consiste en impedir la reconstrucción de la capacidad operativa de Hezbollah en las zonas fronterizas. Para ello, Israel buscaría establecer un sistema permanente de vigilancia y presión que dificultara cualquier reorganización militar de la Resistencia.
Desde esta óptica, el control del sur del Líbano deja de entenderse como una simple ocupación territorial para convertirse en un mecanismo destinado a influir sobre la correlación de fuerzas regional. La importancia estratégica de esta franja no reside únicamente en su proximidad a la frontera israelí, sino en su condición de principal espacio de implantación social y militar de Hezbollah.
Jalife subraya que cualquier modificación del equilibrio existente en esta región tendría repercusiones directas sobre la capacidad disuasoria desarrollada por la Resistencia durante las últimas décadas y, en consecuencia, sobre el conjunto del eje estratégico encabezado por Irán.
Uno de los aspectos que más llama la atención del analista es la existencia de referencias a un posible anexo reservado vinculado al proceso negociador. Aunque reconoce que su contenido no ha sido oficialmente divulgado, considera que diversos indicios apuntan a la existencia de compromisos adicionales no incorporados al texto público.
En su interpretación, este eventual anexo incluiría mecanismos específicos de coordinación, supervisión o actuación cuya finalidad sería facilitar la aplicación práctica de los acuerdos alcanzados. Precisamente por su carácter reservado, Jalife entiende que este elemento genera una especial preocupación entre los sectores políticos libaneses, ya que podría contener obligaciones cuyo verdadero alcance no sería plenamente conocido por la opinión pública.
Más allá del contenido concreto de ese supuesto documento complementario, el analista destaca que la mera posibilidad de su existencia alimenta la desconfianza entre los distintos actores implicados en la negociación y dificulta la construcción de consensos internos.
Otro de los elementos centrales del análisis es el papel asignado al Ejército libanés.
Jalife recuerda que las Fuerzas Armadas del Líbano constituyen una de las pocas instituciones estatales capaces de mantener un cierto reconocimiento transversal entre las distintas comunidades religiosas del país. Precisamente por ello, cualquier ampliación de sus responsabilidades en el sur del territorio adquiere una enorme trascendencia política.
Según expone, las propuestas negociadas contemplan un incremento del protagonismo del Ejército libanés como garante del cumplimiento de los acuerdos y como principal autoridad estatal en las zonas próximas a la frontera con Israel.
Sin embargo, el analista advierte que esta función plantea importantes desafíos. El Ejército debe preservar su condición de institución nacional y evitar verse arrastrado a un enfrentamiento directo con alguno de los principales actores políticos del país, especialmente con Hezbollah, cuya implantación social y política forma parte de la propia realidad libanesa.
Desde esta perspectiva, Jalife considera que exigir al Ejército asumir funciones que puedan interpretarse como un instrumento para limitar exclusivamente a una de las comunidades confesionales supondría someter a una enorme tensión el delicado equilibrio institucional del Estado.
Por ello insiste en que la estabilidad del sur del Líbano no puede garantizarse únicamente mediante dispositivos militares o mecanismos de supervisión internacional. Cualquier solución duradera exige preservar simultáneamente la soberanía nacional, el consenso entre las distintas comunidades y el equilibrio institucional sobre el que descansa el sistema político libanés.
El Dr. Jalife concluye que la estrategia israelí no debe analizarse exclusivamente desde el prisma militar. En su opinión, el objetivo final consiste en configurar un nuevo entorno estratégico en la frontera norte de Israel mediante una combinación de presión diplomática, presencia militar, acuerdos de seguridad y reorganización institucional. El éxito o el fracaso de esa estrategia dependerá, en última instancia, de la capacidad del Estado libanés para mantener su cohesión interna frente a unas presiones regionales e internacionales que continúan proyectándose sobre uno de los espacios geopolíticos más sensibles de Oriente Próximo.
6. La dimensión regional
Tras analizar las implicaciones del memorándum estadounidense y la estrategia israelí en el sur del Líbano, el Dr. Alfredo Jalife amplía el foco de su exposición para situar estos acontecimientos dentro del marco geopolítico de Oriente Próximo. A su juicio, los sucesos libaneses no constituyen un conflicto aislado, sino una manifestación de la disputa estratégica que enfrenta a las principales potencias regionales e internacionales por el control del espacio comprendido entre el Mediterráneo oriental y el Golfo Pérsico.
En ese escenario, Jalife identifica a Irán como uno de los actores centrales de la actual configuración regional. Considera que la República Islámica ha logrado consolidar, a lo largo de las últimas décadas, una red de alianzas políticas y militares que le proporciona una notable capacidad de influencia en distintos frentes, desde Irak y Siria hasta Líbano y Yemen.
Según expone, esta proyección regional no debe interpretarse únicamente desde una perspectiva ideológica o religiosa. Para Irán, la consolidación de aliados en distintos puntos de Oriente Próximo constituye también un mecanismo de disuasión estratégica destinado a impedir que un eventual conflicto pueda desarrollarse exclusivamente dentro de su propio territorio.
Desde esta lógica, Hezbollah ocupa una posición esencial. Más que un simple aliado, representa uno de los principales elementos de la arquitectura defensiva construida por Teherán para equilibrar el poder militar de Israel y limitar la capacidad de presión de Estados Unidos en la región.
Jalife insiste en que cualquier intento de debilitar significativamente a Hezbollah afecta directamente al equilibrio estratégico iraní. Por ello considera que las negociaciones sobre el futuro del sur del Líbano trascienden el ámbito estrictamente libanés y adquieren una dimensión regional de primer orden.
El analista concede una importancia especial al estrecho de Ormuz, al que define como uno de los principales puntos neurálgicos del sistema energético mundial. Por este corredor marítimo transita una parte sustancial de las exportaciones globales de petróleo y gas procedentes del Golfo Pérsico, circunstancia que convierte cualquier alteración de su seguridad en un asunto de alcance internacional.
Desde la perspectiva iraní, el control de este espacio constituye uno de sus principales instrumentos de disuasión frente a posibles presiones militares o económicas. Jalife recuerda que, cada vez que aumentan las tensiones con Estados Unidos o con Israel, reaparecen las advertencias sobre las consecuencias que tendría una eventual interrupción del tráfico marítimo en Ormuz para los mercados energéticos mundiales.
No obstante, señala que este factor actúa más como un elemento de equilibrio estratégico que como una amenaza inmediata. El elevado coste económico y político que supondría un cierre efectivo del estrecho hace que todas las partes sean conscientes de los riesgos asociados a una escalada incontrolada.
En este contexto, Jalife presta especial atención al papel de Omán, país que, pese a su reducido tamaño, desempeña una función diplomática de considerable relevancia.
Tradicionalmente, el sultanato ha mantenido una política exterior caracterizada por la neutralidad y por la preservación de canales de diálogo con actores enfrentados entre sí. Esta posición le ha permitido actuar en numerosas ocasiones como intermediario discreto entre Irán, Estados Unidos y otras potencias regionales.
El analista considera que Omán constituye uno de los escasos espacios donde aún resulta posible desarrollar contactos diplomáticos alejados de la presión mediática y de la confrontación pública. Esa capacidad de mediación convierte al país en una pieza especialmente valiosa para la gestión de las crisis regionales.
En cuanto a Estados Unidos, Jalife sostiene que su política en Oriente Próximo continúa persiguiendo un doble objetivo. Por una parte, garantizar la seguridad de Israel como principal aliado estratégico en la región y, por otra, impedir la consolidación de un equilibrio regional favorable a Irán y al denominado Eje de la Resistencia.
Sin embargo, observa que el margen de actuación estadounidense ha experimentado importantes cambios respecto a décadas anteriores. Las prioridades estratégicas de Washington se han ampliado hacia otros escenarios internacionales, especialmente la competencia con China y el conflicto en Europa oriental, circunstancia que condiciona los recursos políticos y militares disponibles para Oriente Próximo.
Según Jalife, esta redistribución de prioridades obliga a Estados Unidos a combinar la presión diplomática, las sanciones económicas y el respaldo militar a sus aliados con una creciente utilización de mecanismos indirectos de contención, evitando en la medida de lo posible una implicación militar de gran escala.
Finalmente, el analista aborda la dinámica de las represalias cruzadas, que considera uno de los rasgos característicos del actual equilibrio regional.
A diferencia de los conflictos convencionales del pasado, las confrontaciones contemporáneas entre Irán, Israel y sus respectivos aliados rara vez desembocan en enfrentamientos directos prolongados. En su lugar, predominan respuestas limitadas, cuidadosamente calibradas para transmitir capacidad de disuasión sin desencadenar una guerra regional abierta.
Esta lógica explica, según Jalife, la sucesión de ataques selectivos, operaciones de inteligencia, acciones militares puntuales y respuestas proporcionales que caracterizan la evolución reciente del conflicto. Cada actor procura demostrar determinación y preservar su credibilidad estratégica, pero al mismo tiempo intenta evitar un nivel de escalada que pudiera escapar a su control.
El Dr. Jalife concluye que esta combinación de competencia permanente y contención mutua configura un equilibrio extraordinariamente frágil. La región vive sometida a una tensión constante en la que cualquier incidente puede adquirir una dimensión mucho mayor, aunque, paradójicamente, todos los actores parecen compartir el interés en evitar una confrontación generalizada cuyas consecuencias resultarían imprevisibles para Oriente Próximo y para la estabilidad del sistema internacional.
7. La nueva geopolítica del Golfo
En la parte final de su intervención, el Dr. Alfredo Jalife sitúa el conflicto libanés dentro de una transformación geopolítica mucho más amplia. A su juicio, Oriente Próximo atraviesa un proceso de reconfiguración en el que el Golfo Pérsico ha dejado de ser únicamente un espacio productor de hidrocarburos para convertirse en uno de los principales centros de gravedad del nuevo orden internacional.
Según explica, la creciente competencia entre las grandes potencias ya no gira exclusivamente en torno al control del petróleo, sino también a las rutas comerciales, los corredores marítimos, las infraestructuras logísticas, los flujos financieros y las nuevas cadenas globales de suministro. En ese escenario, los Estados del Golfo adquieren un protagonismo que trasciende ampliamente el ámbito energético.
Jalife destaca especialmente el papel de los Emiratos Árabes Unidos, país que define como uno de los actores más dinámicos de la región. En las últimas décadas, Abu Dabi y Dubái han impulsado una estrategia orientada a diversificar su economía mediante el desarrollo de centros financieros, puertos, transporte marítimo, aviación comercial, innovación tecnológica e inversiones internacionales.
Desde esta perspectiva, los Emiratos no actúan únicamente como un aliado tradicional de Occidente, sino como un actor con intereses propios, capaz de mantener relaciones simultáneas con Estados Unidos, Europa, China, India e incluso con otros actores regionales cuyas agendas no siempre coinciden entre sí.
Para Jalife, esta política de diversificación constituye una muestra de cómo las monarquías del Golfo buscan ampliar su margen de autonomía estratégica en un contexto internacional cada vez más multipolar.
Una evolución similar observa en Arabia Saudita. Aunque continúa desempeñando un papel central como principal potencia árabe del Golfo y como uno de los mayores exportadores mundiales de petróleo, Jalife considera que Riad está desarrollando una política exterior más pragmática que en etapas anteriores.
En su análisis, la progresiva normalización de las relaciones con Irán, impulsada con la mediación de China, refleja un cambio significativo en la manera de gestionar las rivalidades regionales. Sin abandonar sus alianzas tradicionales con Estados Unidos, Arabia Saudita procura reducir los costes derivados de una confrontación permanente y abrir nuevos espacios de cooperación que favorezcan sus propios proyectos de transformación económica.
El analista interpreta esta evolución como una manifestación del creciente margen de maniobra que las potencias regionales intentan construir frente a las dinámicas de confrontación impuestas desde el exterior.
En cuanto a Qatar, Jalife destaca su singular capacidad para desempeñar simultáneamente funciones diplomáticas, financieras y mediadoras. A pesar de sus reducidas dimensiones territoriales, el emirato ha logrado consolidarse como un interlocutor habitual en numerosos procesos de negociación internacional.
Su influencia deriva tanto de su extraordinaria capacidad financiera como de su habilidad para mantener canales de comunicación con actores que, en otros escenarios, apenas conservan contactos directos. Esta posición convierte a Qatar en un intermediario habitual en conflictos regionales y en un actor cuya relevancia supera ampliamente su tamaño geográfico.
Más allá de los Estados árabes, Jalife incorpora al análisis a dos grandes potencias del Asia meridional cuya importancia considera creciente para el futuro del Golfo.
Respecto a Pakistán, recuerda que mantiene estrechos vínculos históricos, religiosos y militares con varios países del Golfo, especialmente con Arabia Saudita. Además de la cooperación en materia de seguridad, millones de trabajadores pakistaníes desarrollan su actividad en las economías del Golfo, generando importantes flujos económicos mediante el envío de remesas.
Esta relación convierte a Pakistán en un socio cuya estabilidad política y económica posee una influencia mucho mayor sobre la región de lo que habitualmente se reconoce.
En cuanto a India, Jalife subraya el profundo fortalecimiento de sus relaciones económicas con los Estados del Golfo durante las últimas décadas. El extraordinario crecimiento de la economía india ha incrementado de forma notable sus necesidades energéticas, al tiempo que millones de ciudadanos indios trabajan en los países del Consejo de Cooperación del Golfo.
El analista sostiene que esta interdependencia convierte a la India en uno de los principales actores emergentes del espacio indo-árabe. Más allá del comercio energético, Nueva Delhi participa cada vez más activamente en proyectos de infraestructuras, transporte marítimo, innovación tecnológica y conectividad regional.
Uno de los aspectos que Jalife considera más relevantes, y con frecuencia menos analizados, es el papel de las migraciones como factor geopolítico.
A su juicio, los enormes movimientos de población hacia las economías del Golfo han transformado profundamente la estructura social, económica y demográfica de la región. Millones de trabajadores procedentes del sur de Asia, del sudeste asiático y de distintos países árabes participan en el funcionamiento cotidiano de estas economías, generando redes humanas que trascienden las fronteras nacionales.
Estas comunidades migrantes no sólo constituyen una fuente esencial de mano de obra, sino también un importante mecanismo de interdependencia económica entre los Estados receptores y los países de origen. Las remesas enviadas por estos trabajadores representan, en muchos casos, una parte sustancial de los ingresos nacionales de diversos Estados asiáticos.
Desde esta perspectiva, Jalife sostiene que los flujos migratorios deben incorporarse plenamente al análisis geopolítico. Las migraciones ya no pueden entenderse únicamente como un fenómeno social o laboral, sino como un elemento que influye sobre la estabilidad económica, las relaciones diplomáticas y los equilibrios estratégicos del conjunto de la región.
El Dr. Jalife concluye que el futuro de Oriente Próximo dependerá cada vez más de la capacidad de los Estados del Golfo para gestionar simultáneamente sus relaciones con las grandes potencias, diversificar sus economías y adaptarse a un escenario internacional caracterizado por una creciente multipolaridad. En ese nuevo contexto, el poder ya no se medirá únicamente por la capacidad militar o por las reservas de hidrocarburos, sino también por el control de las infraestructuras, las rutas comerciales, las finanzas, la tecnología y los grandes flujos humanos que articulan el espacio euroasiático.
8. Conclusiones estratégicas
En el tramo final de su intervención, el Dr. Alfredo Jalife integra los distintos elementos analizados a lo largo de la conferencia para formular una lectura de conjunto sobre la evolución geopolítica de Oriente Próximo. Desde su perspectiva, los acontecimientos recientes en Líbano, las negociaciones impulsadas por Estados Unidos, la estrategia israelí y el creciente protagonismo del Golfo forman parte de un proceso de transformación mucho más amplio que afecta al conjunto del sistema internacional.
Según sostiene, la región atraviesa un reordenamiento estratégico cuyas consecuencias todavía están lejos de haberse consolidado. Las antiguas estructuras de poder surgidas tras la Segunda Guerra Mundial y reforzadas durante la Guerra Fría muestran crecientes signos de agotamiento, mientras nuevos actores regionales e internacionales buscan redefinir el equilibrio político, económico y militar de Oriente Próximo.
En ese contexto, Jalife considera que el Golfo Pérsico se ha convertido en uno de los principales espacios donde se decide la futura distribución del poder mundial. La importancia de esta región ya no depende únicamente de sus enormes reservas de hidrocarburos, sino también de su posición en las rutas marítimas que conectan Asia, África y Europa, de su capacidad financiera y de su creciente papel como plataforma logística y tecnológica.
A su juicio, los Estados del Golfo procuran adaptarse a esta nueva realidad diversificando sus alianzas y reduciendo su dependencia exclusiva de una sola potencia. Esta estrategia de apertura multipolar les permite mantener relaciones simultáneamente con Estados Unidos, China, Rusia, India y la Unión Europea, ampliando considerablemente su margen de maniobra diplomático.
Dentro de este proceso de transformación, el analista advierte sobre el riesgo de nuevas fragmentaciones territoriales y políticas, fenómeno que describe mediante la expresión «balcanización».
Jalife utiliza este concepto para referirse a la posibilidad de que determinados Estados de Oriente Próximo experimenten procesos de debilitamiento institucional, fragmentación interna o pérdida progresiva de capacidad soberana como consecuencia de conflictos prolongados, tensiones confesionales e intervenciones exteriores.
No plantea esta evolución como un escenario inevitable, pero sí como un riesgo permanente cuando las disputas regionales terminan erosionando las instituciones nacionales y favoreciendo la aparición de espacios de poder fragmentados.
Desde esta perspectiva, preservar la cohesión de Estados como Líbano, Siria, Irak o incluso otros países de la región constituye, según Jalife, un elemento esencial para evitar que la inestabilidad continúe expandiéndose por Oriente Próximo.
Uno de los factores que considera más determinantes para comprender el nuevo equilibrio internacional es el creciente protagonismo de China.
El analista sostiene que Pekín ha dejado de limitar su presencia en Oriente Próximo al ámbito estrictamente económico para desempeñar también un papel diplomático cada vez más visible. La mediación china en el restablecimiento de las relaciones entre Arabia Saudita e Irán constituye, a su juicio, uno de los ejemplos más significativos de esta evolución.
A diferencia de otras potencias, China procura presentarse como un socio orientado hacia la cooperación económica, el desarrollo de infraestructuras y la estabilidad de las rutas comerciales, evitando involucrarse directamente en las rivalidades confesionales que caracterizan a la región.
Jalife interpreta esta estrategia como una manifestación del progresivo desplazamiento del centro de gravedad del sistema internacional hacia Eurasia. El fortalecimiento de las conexiones económicas entre China, el Golfo Pérsico y el océano Índico modifica profundamente las prioridades geopolíticas tradicionales y reduce el monopolio que durante décadas ejercieron las potencias occidentales sobre los principales espacios estratégicos de Oriente Próximo.
No obstante, el analista advierte que esta transición hacia un escenario más multipolar no implica necesariamente una disminución de las tensiones. Por el contrario, la coexistencia de varias grandes potencias con intereses simultáneos en la región puede incrementar la complejidad de los equilibrios existentes y multiplicar los focos potenciales de fricción.
En este marco, Jalife identifica diversos riesgos para el equilibrio regional.
El primero deriva de la posibilidad de que los mecanismos de disuasión actualmente existentes dejen de funcionar como instrumentos de contención y den paso a dinámicas de escalada difíciles de controlar. La elevada concentración de actores armados, la superposición de alianzas y la creciente sofisticación tecnológica incrementan el riesgo de errores de cálculo que podrían desencadenar crisis de mayor alcance.
El segundo riesgo reside en la persistencia de conflictos no resueltos que continúan actuando como focos permanentes de inestabilidad. La situación en Palestina, la evolución del sur del Líbano, las tensiones en Siria, las disputas marítimas y la competencia entre distintas potencias regionales siguen configurando un escenario especialmente sensible.
A ello se suma la incertidumbre derivada de la evolución de la política estadounidense y de las transformaciones que experimentan las alianzas tradicionales de la región. La adaptación de los distintos actores a un orden internacional más distribuido exigirá nuevas fórmulas de cooperación y mecanismos diplomáticos capaces de gestionar una realidad considerablemente más compleja que la existente durante las últimas décadas.
Como reflexión final, el Dr. Alfredo Jalife sostiene que Oriente Próximo ha dejado de ser un escenario periférico para convertirse nuevamente en uno de los principales laboratorios donde se está configurando el futuro equilibrio del sistema internacional. Las decisiones adoptadas en el Golfo Pérsico, el Mediterráneo oriental o el Levante ya no afectan únicamente a los Estados directamente implicados, sino que repercuten sobre la seguridad energética, las rutas comerciales, las relaciones entre las grandes potencias y la estabilidad del conjunto del orden mundial.
Desde esta perspectiva, concluye que comprender la evolución del Líbano, de Irán o del Golfo exige abandonar las interpretaciones parciales y analizar la región como un espacio profundamente interconectado, donde cada crisis constituye, en realidad, la expresión de una transformación geopolítica de alcance global.