La guerra que se viene y como enfrentarla
Debate Rebelde en República Comunista

El presente documento recoge la edición revisada de un debate celebrado en el canal de YouTube Réplica Comunista - Debates Rebeldes, moderado por Marco Paulsen, en torno a la situación geopolítica internacional, la evolución del imperialismo contemporáneo, el papel de las organizaciones revolucionarias y los principales conflictos que atraviesan el escenario mundial.
En el encuentro participaron Firás Alcharani, desde Valencia (Estado español); Alberto Fazolo, desde Italia; Andoni Baserigorri, desde Euskal Herria; y Mario Silva, desde la República Bolivariana de Venezuela. A lo largo de la conversación, cada uno de los ponentes desarrolló su propio análisis sobre cuestiones como la guerra en Ucrania, Oriente Medio, el papel de Rusia y China, la crisis del capitalismo, la situación de América Latina y las perspectivas del movimiento comunista internacional.
La presente edición ha sido objeto de una revisión exclusivamente editorial, orientada a facilitar su lectura. Se han eliminado repeticiones, muletillas y elementos propios de la expresión oral, reorganizando la sintaxis cuando ha sido necesario para mejorar la claridad expositiva, pero preservando en todo momento el sentido de las intervenciones y el pensamiento de sus autores. Las opiniones, interpretaciones y valoraciones contenidas en el texto corresponden exclusivamente a los participantes del debate.
Comité de Apoyo a Irán Iberia 2026
Puedes acceder al contenido íntegro del programa a traves del enlace al final de esta entrada.
Este encuentro internacional emitido por en el canal Debate Rebelde en República Comunista el 22 de julio de 2026, se abrió con una reflexión sobre el momento histórico que atraviesa el sistema capitalista. Marco Paulsen presentador y moderador del programa, situó el debate en un contexto internacional marcado por una profunda crisis estructural, cuyas manifestaciones se expresan en múltiples escenarios de conflicto y en el avance de distintas formas de fascismo, postfascismo o neofascismo, categorías cuya delimitación política sigue siendo objeto de discusión.
Frente a este escenario, defendió la necesidad de fortalecer la organización de las respuestas populares y de orientar esas luchas hacia la construcción de una alternativa revolucionaria capaz de enfrentarse al imperialismo y a la crisis del capitalismo. Sobre esa premisa planteó el objetivo central del encuentro: analizar la situación internacional, el papel del imperialismo y las formas contemporáneas de resistencia de los pueblos.
A continuación presentó a los participantes de la mesa: Alberto Fazolo, economista, periodista y analista político italiano; Andoni Baserigorri, editor de Haize Gorriak y militante comunista dedicado desde hace años a la contrainformación; y Firás Alcharani, comunista sirio, integrante del Comité de Apoyo a Irán en el Estado español, médico y militante antiimperialista.
Firás Alcharani: un conflicto permanente en un sistema imperialista en crisis
Firás Alcharani abrió su intervención sosteniendo que la confrontación entre el imperialismo y los pueblos no constituye un episodio coyuntural, sino una lucha permanente que difícilmente tendrá un final próximo. A su juicio, mientras las potencias imperialistas no renuncien a su estrategia de dominación, tampoco cesará la resistencia de quienes se enfrentan a ella.
Enmarcó esta realidad en la crisis estructural que atraviesa el capitalismo, cuyas consecuencias se manifiestan tanto en el deterioro de las condiciones de vida de la clase trabajadora como en una creciente agresividad militar. Señaló el encarecimiento del coste de la vida, el aumento de la explotación y la expansión de los conflictos armados como expresiones de esa crisis, citando expresamente la guerra entre Rusia y Ucrania, sobre la que afirmó no compartir la idea de una victoria rusa ni vislumbrar un desenlace cercano.
Alcharani situó el origen de la actual situación en Oriente Medio en la creación del Estado de Israel en 1948, interpretándolo como un proyecto impulsado para garantizar los intereses estratégicos del imperialismo en la región. En esa misma lógica enmarcó la consolidación de las monarquías del Golfo Pérsico, vinculándolas al control de los recursos energéticos y a la preservación de la influencia occidental sobre una de las principales zonas productoras de petróleo y gas del mundo.
Recordó que, desde entonces, el conflicto ha atravesado distintas etapas. En un primer momento, las confrontaciones fueron protagonizadas por Estados árabes; posteriormente, el protagonismo pasó a organizaciones de inspiración marxista que combatieron al sionismo en Palestina, el Líbano y Siria. En la actualidad, afirmó, el peso principal de la resistencia recae sobre movimientos articulados en torno al denominado Eje de la Resistencia, cuyo eje estratégico se extiende desde Irán hasta el sur del Líbano y Palestina.
En su análisis, Siria representa uno de los principales objetivos alcanzados por la estrategia occidental tras años de guerra y desestabilización. No obstante, rechazó considerar concluido el conflicto y defendió que la guerra continúa abierta y ha entrado en una nueva fase marcada por una escalada militar protagonizada por Estados Unidos e Israel contra Irán y el conjunto del Eje de la Resistencia. Según explicó, la elección del momento para intensificar los ataques respondió a un cálculo político destinado a aprovechar un contexto especialmente delicado para Irán, convencido de que la respuesta iraní tendría importantes consecuencias regionales.
Firás advirtió igualmente del creciente papel desempeñado por la OTAN y por Turquía en la evolución del conflicto, considerando probable una nueva escalada en el Líbano como consecuencia de la presión ejercida desde territorio sirio contra las fuerzas de la resistencia.
Tras analizar el escenario geopolítico, trasladó el foco a Europa para subrayar que las consecuencias de la estrategia imperialista recaen directamente sobre las clases populares. A su juicio, el incremento del gasto militar y la financiación de la OTAN se traducen en un deterioro constante de las condiciones de vida: el acceso a la vivienda, la pérdida de poder adquisitivo, la degradación de los servicios públicos y, especialmente, de la sanidad.
Desde esta perspectiva, interpretó la decadencia del imperialismo como un proceso cuyo principal coste recae sobre la clase trabajadora europea, mientras las élites políticas priorizan el esfuerzo militar sobre las necesidades sociales.
Finalmente, expresó su preocupación por el retroceso organizativo e ideológico del movimiento obrero europeo. Consideró que décadas de evolución política desde el eurocomunismo hacia posiciones socialdemócratas o progresistas han debilitado profundamente a los partidos comunistas históricos, citando como ejemplo la desaparición de la influencia que en otro tiempo llegó a tener el Partido Comunista Italiano.
Concluyó definiendo el momento actual como especialmente grave y sin signos inmediatos de mejora. Mostró su confianza en que la capacidad de resistencia de Irán pueda modificar el equilibrio de fuerzas en Oriente Medio y advirtió igualmente sobre la creciente influencia de Estados Unidos en los procesos políticos latinoamericanos, circunstancia que, a su juicio, continúa condicionando la soberanía de numerosos países de la región.
Andoni Baserigorri: la respuesta del imperialismo al declive de su hegemonía
Andoni Baserigorri situó el origen de la actual escalada de conflictos en el progresivo declive de la hegemonía estadounidense y occidental frente al ascenso de la República Popular China. Al margen del debate sobre la naturaleza del sistema político chino, sostuvo que Pekín se encuentra ya en condiciones de disputar a Estados Unidos el liderazgo económico mundial y avanza también hacia una capacidad militar comparable, alterando el equilibrio internacional construido tras el final de la Guerra Fría.
A su juicio, la consolidación de la alianza estratégica entre China y la Rusia de Vladímir Putin ha acelerado la preocupación de Estados Unidos y del conjunto de las potencias occidentales. En este contexto, consideró que tanto Washington como la Unión Europea y la OTAN han asumido que su posición dominante corre el riesgo de ser superada, respondiendo con el único instrumento que, en su opinión, ha caracterizado históricamente al imperialismo: la guerra.
Desde esa perspectiva interpretó el conflicto de Ucrania como una consecuencia directa de la expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas. Defendió que Moscú mantuvo durante años una actitud de contención frente a las provocaciones occidentales hasta considerar que su seguridad estratégica quedaba comprometida. Recordó igualmente los intentos de desestabilización en Bielorrusia mediante las denominadas «revoluciones de colores», señalando que el mantenimiento del Gobierno de Aleksandr Lukashenko evitó que la Alianza Atlántica extendiera su presencia militar hasta las inmediaciones de Rusia.
Para Baserigorri, el escenario actual responde a una nueva forma de guerra mundial. No se trataría de un conflicto global desarrollado simultáneamente entre grandes bloques, como ocurrió durante el siglo XX, sino de una sucesión de guerras, intervenciones y operaciones de desestabilización repartidas en distintos escenarios geográficos. En ese marco situó la guerra de Ucrania, el genocidio contra el pueblo palestino en Gaza, las agresiones contra el Líbano, las presiones sobre Venezuela y Cuba y las continuas injerencias en diversos países de América Latina.
Destacó asimismo el caso de la República Popular Democrática de Corea como una de las pocas excepciones donde, a su juicio, el imperialismo no ha conseguido imponer sus objetivos. Consideró que la capacidad militar y nuclear desarrollada por Corea del Norte ha actuado como un eficaz elemento de disuasión, impidiendo cualquier intento de intervención directa y obligando incluso a Estados Unidos a mantener una relación basada en el reconocimiento de un equilibrio de fuerzas.
A partir de este análisis defendió una idea que calificó de fundamental: los pueblos únicamente son respetados cuando poseen capacidad para defenderse. Recordó el conocido lema catalán Poble armat, poble respectat («Pueblo armado, pueblo respetado») para sostener que el imperialismo solo comprende el lenguaje de la fuerza y que la capacidad de resistencia constituye el principal elemento de disuasión frente a las agresiones externas. En ese sentido, puso como ejemplo tanto a Corea del Norte como a Cuba, cuya voluntad de resistencia considera un factor decisivo para explicar la ausencia de una intervención militar directa por parte de Estados Unidos.
En la parte final de su intervención insistió en que la actual política exterior estadounidense responde a una lógica de apropiación de recursos estratégicos. Valoró que la retórica de Donald Trump elimina incluso las justificaciones tradicionales sobre la exportación de la democracia o de determinados valores occidentales y expone con mayor claridad los intereses materiales que, a su juicio, impulsan las guerras contemporáneas.
Ante ese escenario, concluyó reivindicando la organización política como la principal herramienta de resistencia frente al imperialismo. Desde su condición de comunista y marxista-leninista, defendió la necesidad de construir amplias alianzas con todas aquellas fuerzas que, aun manteniendo diferencias ideológicas, participan en la lucha contra la dominación imperialista. En conflictos como el palestino, sostuvo, esas alianzas responden no solo a una necesidad política, sino también a un compromiso con la dignidad de los pueblos y de la clase trabajadora.
Alberto Fazolo: la guerra exterior y el frente interior de la lucha de clases
Alberto Fazolo planteó que el contexto actual debe entenderse como una situación de guerra que obliga a desarrollar la lucha en dos frentes simultáneos. El primero corresponde al plano internacional, donde los conflictos no enfrentan únicamente a Estados entre sí, sino que, en numerosas ocasiones, expresan la confrontación entre el imperialismo y los pueblos que resisten a su dominación.
En ese sentido, destacó la capacidad de resistencia demostrada por el pueblo palestino en Gaza, así como por el Líbano y Yemen, considerando que esas experiencias constituyen ejemplos de una resistencia popular que continúa obteniendo victorias políticas y militares frente al imperialismo. Por ello defendió la necesidad de mantener una solidaridad activa con quienes protagonizan esas luchas.
Junto al escenario internacional, identificó un segundo frente de combate en el interior de los propios países occidentales. A su juicio, los periodos de guerra intensifican los mecanismos de represión y control social, revelando un rasgo estructural del sistema capitalista. En ese contexto, insistió en que la lucha de clases no desaparece durante los conflictos internacionales; por el contrario, continúa desarrollándose, impulsada desde la propia burguesía contra la clase trabajadora.
Fazolo advirtió además del riesgo que supone la interiorización del derrotismo por parte del movimiento obrero. Consideró que uno de los principales desafíos políticos consiste precisamente en combatir esa percepción de impotencia y recuperar la confianza en la capacidad transformadora de las fuerzas populares.
Desde esa perspectiva, sostuvo que el momento histórico presenta una oportunidad especialmente favorable para el movimiento popular. Mientras las movilizaciones de solidaridad con Palestina han contribuido a fortalecer la capacidad de organización y acumulación de fuerzas de amplios sectores sociales, el sistema atraviesa una profunda crisis estructural que debilita su posición. En consecuencia, defendió que las organizaciones populares deben aprovechar este escenario para intensificar su acción política, consciente de que una coyuntura semejante difícilmente volverá a repetirse a corto plazo.
Marco Paulsen: una guerra global y el declive del imperialismo
Tras las primeras intervenciones, Marco Paulsen resumió algunos de los principales ejes que habían ido apareciendo durante el debate. Destacó, en primer lugar, la interpretación del conflicto en Asia Occidental según lo expuesto por Firás Alcharani, como un proceso histórico iniciado en 1948 que permanece abierto hasta la actualidad, aunque sus protagonistas y formas de confrontación hayan ido transformándose con el paso de las décadas.
Subrayó igualmente la preocupación compartida por los participantes respecto a la pérdida de organización y conciencia política de la clase trabajadora, contraponiéndola a un cierto optimismo estratégico sobre la posibilidad de reconstruir fuerzas populares capaces de disputar la hegemonía al imperialismo. En esa misma línea recuperó la reflexión de Andoni Baserigorri acerca de la capacidad de disuasión que proporciona la fuerza militar, sintetizada en la idea de que «un pueblo armado es un pueblo respetado».
Sobre esas bases, propuso orientar la segunda parte del debate hacia dos cuestiones centrales. La primera consistía en determinar si el mundo se encuentra únicamente ante una tendencia creciente hacia la guerra o si, por el contrario, la guerra mundial ya se desarrolla, aunque lo haga mediante conflictos sucesivos distribuidos en distintos escenarios geográficos. La segunda planteaba si el incremento de la agresividad de Estados Unidos responde al declive de su hegemonía internacional o constituye, como sostiene la propia administración estadounidense, una manifestación de su resurgimiento como potencia dominante.
Con estas preguntas dio paso a la siguiente ronda de intervenciones.
Mario Silva: América Latina como nuevo escenario prioritario de la ofensiva imperialista
Mario Silva centró su intervención en un aspecto que, a su juicio, apenas había sido abordado durante el debate: la creciente ofensiva del imperialismo sobre América Latina. Sostuvo que la región atraviesa una fase de profunda reconfiguración política en la que Estados Unidos busca recuperar plenamente su tradicional esfera de influencia mediante una combinación de presión diplomática, injerencia política, control institucional y operaciones estratégicas destinadas a garantizar su dominio sobre el continente.
Como ejemplo de esta tendencia señaló la evolución reciente de diversos procesos electorales latinoamericanos, afirmando que, incluso dentro de los márgenes de la democracia liberal, el modelo político impulsado por Estados Unidos continúa imponiendo su lógica y condicionando el resultado de las disputas políticas nacionales. Desde esta perspectiva interpretó la situación de Colombia y las crecientes presiones sobre Venezuela como parte de una misma estrategia regional orientada a consolidar nuevamente la hegemonía estadounidense en América Latina.
Silva sostuvo que la ofensiva sobre Venezuela responde a un plan diseñado con mucha anterioridad y desarrollado de forma progresiva durante los últimos años. Según su análisis, determinados acontecimientos recientes habrían facilitado la consolidación de una presencia cada vez mayor de intereses estadounidenses e israelíes en el país, circunstancia que interpretó como una nueva fase de la intervención imperialista.
Como apoyo a esta interpretación, Mario Silva citó una información publicada por el Jerusalem Post en la que se informaba de la decisión del Gobierno israelí de prolongar durante dos semanas la misión de ayuda desplegada en Venezuela tras el terremoto, a petición de la presidenta interina Delcy Rodríguez y con la aprobación del primer ministro Benjamín Netanyahu. Para Silva, este hecho constituía un indicio de que la presencia israelí en el país estaba adquiriendo un carácter estratégico que trascendía la mera asistencia humanitaria. Presentó esta noticia como un indicio de que la intervención extranjera estaría entrando en una etapa cualitativamente diferente y afirmó que esa evolución no era consecuencia de hechos recientes, sino el resultado de una estrategia planificada desde hacía tiempo.
A continuación, introdujo un elemento de debate sobre el papel de China y Rusia en el escenario internacional. Reconoció la importancia de ambos países como aliados frente a la hegemonía estadounidense, pero advirtió contra una visión excesivamente idealizada de sus intereses estratégicos. En su opinión, el actual proceso de transformación del capitalismo internacional no supone únicamente el declive del imperialismo norteamericano, sino también la aparición de nuevos centros de poder cuyas actuaciones responden igualmente a intereses geopolíticos propios.
En ese contexto planteó la necesidad de analizar con atención las negociaciones y acuerdos que puedan producirse entre las grandes potencias, citando como ejemplo la reunión mantenida entre Vladímir Putin y Donald Trump en Alaska. A su juicio, Estados Unidos se habría visto obligado a replegar parte de su estrategia global para concentrar sus esfuerzos en la recuperación del control político, económico y militar sobre América Latina, región que consideró prioritaria dentro del nuevo reparto de áreas de influencia entre las grandes potencias.
Desde esa perspectiva insistió en que la respuesta no puede descansar exclusivamente sobre los gobiernos ni depender únicamente de alianzas internacionales. Defendió que la verdadera fortaleza debe construirse mediante la organización de los movimientos sociales, las organizaciones revolucionarias, los colectivos populares y el conjunto del pueblo, capaz de articular una resistencia efectiva frente al imperialismo.
En relación con Venezuela, afirmó que el país se encuentra ya inmerso en un proceso de ocupación progresiva por parte de Estados Unidos. Interpretó la denominada ayuda humanitaria como un instrumento de penetración política y estratégica que habría permitido establecer una auténtica «cabeza de playa» en La Guaira, acompañada, según denunció, por la participación de estructuras de inteligencia y personal militar israelí. En su opinión, esta presencia constituye mucho más que una operación puntual y representa un modelo de intervención destinado a consolidarse en el territorio venezolano.
Silva amplió esta idea sosteniendo que dicha estrategia no se limita a Venezuela, sino que forma parte de una operación más amplia orientada a extender dispositivos similares por distintos países del Caribe, aprovechando la colaboración de aquellos gobiernos que aceptan ese tipo de presencia extranjera. Interpretó esta dinámica como una fase avanzada del proyecto estadounidense de recuperación del control sobre América Latina.
En este contexto consideró que Venezuela se ha convertido en el principal laboratorio de las nuevas formas de intervención imperialista en la región y lamentó el profundo retroceso experimentado desde el ciclo político impulsado por Hugo Chávez. A su juicio, el proyecto revolucionario terminó cediendo progresivamente ante la lógica del Estado burgués, incluso en un escenario marcado por las sanciones y medidas coercitivas impuestas por Estados Unidos.
Finalmente expresó un profundo escepticismo respecto a la capacidad de los procesos electorales desarrollados dentro del marco liberal para modificar esa correlación de fuerzas. Consideró que Estados Unidos continuará condicionando los resultados políticos en la región y que las futuras políticas neoliberales generarán nuevas formas de resistencia popular. Concluyó afirmando que, frente al nuevo reparto de áreas de influencia entre las grandes potencias, la única respuesta eficaz pasa por fortalecer la organización de los pueblos y construir focos de resistencia capaces de defender la soberanía de América Latina.
Marco Paulsen: precisando el marco del debate
Antes de dar comienzo a una nueva ronda de intervenciones, Marco Paulsen realizó una precisión sobre el enfoque del debate. Explicó que, aunque las aportaciones relativas a América Latina resultaban imprescindibles, el propósito de esta mesa redonda consistía principalmente en analizar la evolución del imperialismo en otros escenarios internacionales, especialmente en Europa, Asia y África. Recordó que el programa ya había dedicado diversos espacios específicos a la realidad latinoamericana, incluyendo varias entrevistas con Mario Silva centradas en la situación venezolana.
Tomando como referencia la intervención anterior, señaló que el retorno de la doctrina Monroe constituía un elemento relevante para comprender la estrategia estadounidense en el continente americano, pero invitó a ampliar el análisis hacia la dimensión global del conflicto.
Sobre esa base reformuló las cuestiones centrales que debían orientar el debate: determinar si el mundo se encuentra únicamente ante una tendencia creciente hacia la guerra o si la guerra mundial ya se desarrolla bajo nuevas formas; analizar si la creciente agresividad de Estados Unidos responde al declive de su hegemonía o, por el contrario, a una fase de recuperación de su poder; esclarecer cuál es la naturaleza política y económica de potencias como China y Rusia; y, finalmente, reflexionar sobre las formas de organización y resistencia que los pueblos pueden desarrollar frente a la actual situación internacional.
Andoni Baserigorri: la guerra ya ha comenzado, pero los pueblos carecen de su principal herramienta política
Andoni Baserigorri respondió afirmando que, a su juicio, el mundo ya se encuentra inmerso en una guerra mundial, aunque de características profundamente distintas a las de los grandes conflictos del siglo XX. Consideró que se trata de una guerra de nuevo tipo, desarrollada mediante múltiples escenarios abiertos y con distintos niveles de intensidad, sin un frente único claramente delimitado. Añadió que la expresión «guerra de baja intensidad» resulta profundamente engañosa cuando se observan sus consecuencias reales y recordó, como ejemplo, el asesinato de 32 cubanos en Venezuela, preguntándose irónicamente si para sus víctimas aquella podía calificarse realmente como una guerra de baja intensidad.
Desde esa premisa sostuvo que el principal problema al que se enfrentan hoy los pueblos no es únicamente la fuerza del imperialismo, sino la ausencia de la herramienta política imprescindible para organizar una resistencia eficaz: un Partido Comunista de nuevo tipo, tal como fue concebido por Lenin. Defendió la necesidad de reconstruir organizaciones capaces de aglutinar a las masas y de impulsar amplios frentes populares que permitan articular una respuesta política y social frente al capitalismo y al imperialismo.
Para ilustrar esa idea recurrió a la experiencia histórica de la Segunda Guerra Mundial. Recordó el papel desempeñado por los movimientos partisanos en Italia, Francia y la Unión Soviética, subrayando que su eficacia estuvo estrechamente vinculada a la existencia de grandes partidos comunistas con una sólida implantación social y millones de militantes organizados. En su opinión, aquellas organizaciones no constituían simples estructuras electorales, sino auténticos instrumentos de dirección política y de resistencia, cuyos militantes estaban preparados para asumir todas las formas de lucha que las circunstancias históricas exigieran, incluida la lucha armada contra el fascismo.
A partir de esa comparación concluyó que Europa occidental afronta una situación especialmente desfavorable. Mientras en otras regiones del mundo todavía existen organizaciones populares con una mayor capacidad de movilización, consideró que el movimiento comunista europeo debe reconstruirse prácticamente desde sus cimientos. En consecuencia, llamó a iniciar de inmediato esa tarea, advirtiendo de que retrasarla solo prolongará el periodo de derrotas y sufrimiento para la clase trabajadora.
Otro de los ejes de su intervención fue la crítica a la democracia liberal. Sostuvo que el sistema “democrático” burgués está diseñado para garantizar la reproducción del poder de las clases dominantes, independientemente del resultado formal de los procesos electorales. Utilizando una comparación deportiva, afirmó que las fuerzas populares compiten en un terreno cuyas reglas han sido previamente establecidas para favorecer a sus adversarios, razón por la que consideró imprescindible deslegitimar ese modelo político ante las masas y explicar sus límites como instrumento de transformación social.
En este contexto dirigió una crítica específica a buena parte de la izquierda institucional del Estado español. Señaló que organizaciones como Podemos e Izquierda Unida continúan concentrando la mayor parte de su actividad política en las dinámicas propias de la democracia parlamentaria y en luchas que, a su juicio, no constituyen hoy la contradicción principal. Al mismo tiempo lamentó que las organizaciones que mantienen una orientación revolucionaria continúen siendo extremadamente minoritarias y, en muchos casos, estén debilitadas por el sectarismo. Defendió por ello la necesidad de superar esas divisiones, aparcar conflictos secundarios y concentrar los esfuerzos en la construcción de una amplia unidad popular capaz de hacer frente al imperialismo.
Finalmente abordó la cuestión de las alianzas internacionales. Rechazó la idea de confiar la emancipación de los pueblos europeos a la intervención de otros Estados, recordando que todas las potencias actúan, en última instancia, guiadas por sus propios intereses nacionales. Esta reflexión la extendió tanto a Rusia como a China e incluso a Cuba, señalando que el internacionalismo atraviesa uno de sus momentos más difíciles y que la ayuda exterior resulta siempre limitada y condicionada por los intereses de cada Estado. En consecuencia, defendió que los únicos aliados verdaderamente fiables son las organizaciones populares que comparten un mismo proyecto de transformación social y que la principal responsabilidad de construir esa alternativa corresponde a los propios pueblos.
Marco Paulsen: síntesis del debate antes de dar paso a la siguiente intervención
Antes de ceder la palabra a Firás Alcharani, Marco Paulsen realizó una síntesis de los principales planteamientos expuestos por Andoni Baserigorri con el objetivo de ordenar el debate y destacar los ejes que, a su juicio, merecían una mayor profundización.
Señaló, en primer lugar, la tesis de que el mundo ya se encuentra inmerso en una guerra imperialista de nuevo tipo, distinta de los modelos de confrontación que caracterizaron las dos guerras mundiales del siglo XX, pero igualmente global en su alcance y en sus consecuencias.
Destacó asimismo la idea de que la principal debilidad de los pueblos y de la clase trabajadora reside hoy en la ausencia de auténticos partidos comunistas revolucionarios capaces de organizar políticamente la resistencia y de dotar al movimiento popular de una dirección estratégica.
Marco subrayó igualmente otra de las advertencias formuladas por Andoni: el sectarismo y la fragmentación de las luchas sociales debilitan la capacidad de respuesta de las fuerzas populares al dispersar esfuerzos y diluir la centralidad de la lucha de clases como eje vertebrador del combate contra el imperialismo.
Por último, retomó la reflexión sobre las alianzas internacionales, señalando que los Estados actúan fundamentalmente movidos por sus propios intereses nacionales. Desde esa perspectiva, destacó la conclusión defendida por Andoni según la cual los pueblos trabajadores deben depositar su confianza, ante todo, en su propia capacidad de organización y en la construcción de fuerzas políticas y sociales propias, sin esperar que otras potencias resuelvan por ellos sus procesos de emancipación.
Tras esta recapitulación, Marco Paulsen dio paso a la siguiente intervención del debate, invitando a Firás Alcharani a responder a las cuestiones planteadas y desarrollar su análisis sobre la situación internacional.
Alberto Fazolo: la guerra como salida estructural del capitalismo y los límites de las alianzas entre Estados
Alberto Fazolo afirmó que el mundo ya se encuentra inmerso en una guerra cuya causa última reside en la propia naturaleza del capitalismo. A su juicio, la tendencia hacia la guerra no constituye una anomalía del sistema, sino una constante histórica que adquiere hoy una dimensión particularmente grave debido a la crisis estructural que atraviesa el capitalismo occidental. Consideró que tanto Estados Unidos como la Unión Europea afrontan un agotamiento de su modelo económico y político del que únicamente pueden intentar salir mediante una escalada bélica de alcance mundial.
Desde esta perspectiva sostuvo que el viejo capitalismo globalista asociado al denominado «nuevo orden mundial» ha entrado en una fase terminal. Incapaz de reactivar la economía mediante los mecanismos tradicionales de acumulación, el sistema recurre nuevamente a políticas de inspiración keynesiana basadas en un fuerte incremento del gasto público. Sin embargo, señaló que, en las actuales condiciones, la única industria capaz de absorber semejante inversión y mantener elevados niveles de producción es la industria militar.
Fazolo explicó que esta dinámica genera un círculo perfectamente reconocible: el Estado dirige enormes recursos hacia la fabricación de armamento; ese armamento necesita ser utilizado; y su utilización persigue la apropiación de recursos, mercados y posiciones estratégicas pertenecientes a otros países. En consecuencia, sostuvo que la guerra se convierte en un mecanismo económico indispensable para sostener la reproducción del capitalismo en su fase actual. Ya no se trata únicamente de controlar territorios, sino de apropiarse de cualquier forma de riqueza susceptible de ser explotada, ya sea natural, industrial, tecnológica o comercial. En sus propias palabras, el capitalismo contemporáneo solo puede sostenerse mediante el saqueo.
Al abordar la cuestión del imperialismo estadounidense, Fazolo rechazó la idea de que la llegada de Donald Trump represente una transformación de fondo. A su juicio, los objetivos estratégicos de Estados Unidos permanecen inalterables: preservar su hegemonía mundial, garantizar su capacidad de control y mantener los mecanismos de apropiación económica característicos del imperialismo. Lo que cambia son únicamente los métodos empleados para alcanzar esos objetivos.
En este sentido estableció una diferencia entre las administraciones anteriores y la presidencia de Trump. Consideró que gobiernos como los de George W. Bush, Barack Obama o las distintas administraciones demócratas recurrieron preferentemente a formas de intervención más graduales o indirectas, mientras que Trump apuesta por una estrategia mucho más abierta, agresiva y desprovista de los tradicionales discursos legitimadores.
Como ejemplo de esa nueva actitud señaló la disposición de Washington a sacrificar incluso a sus aliados históricos cuando ello favorece sus propios intereses estratégicos. Citó las tensiones con la Unión Europea y el caso de Groenlandia como manifestaciones de una política exterior que ya no concede un valor prioritario a las alianzas tradicionales. A su juicio, este comportamiento refleja el grado de desesperación alcanzado por un imperialismo que, en su fase de declive, está dispuesto incluso a deteriorar las relaciones con sus propios socios para preservar su posición internacional.
Finalmente abordó el debate sobre las alianzas internacionales retomando algunas de las reflexiones planteadas anteriormente por Mario Silva y Andoni Baserigorri. Coincidió con ambos en que las organizaciones revolucionarias no deben considerar a ningún Estado como un aliado en sentido estricto. Explicó que los Estados actúan siempre conforme a sus propios intereses nacionales y no en función de principios internacionalistas, por lo que difícilmente asumirán como propia la lucha de un movimiento revolucionario extranjero.
Recordó que incluso durante el auge de los movimientos de liberación nacional en los años sesenta fueron muy escasos los casos en los que un Estado prestó un apoyo verdaderamente desinteresado a procesos revolucionarios en otros países, citando a Cuba como una de las pocas excepciones históricas.
Por ello defendió que la auténtica solidaridad internacional solo puede construirse entre organizaciones revolucionarias. Respecto a las relaciones con los Estados, propuso mantener una visión estrictamente instrumental: aceptar, cuando resulte útil, apoyo material, financiación o asistencia técnica, pero sin generar dependencias políticas ni albergar expectativas de solidaridad estratégica. Del mismo modo que los Estados utilizan a los movimientos revolucionarios para favorecer sus propios intereses geopolíticos, sostuvo que estos también deben relacionarse con los Estados desde una lógica de utilidad concreta, preservando siempre su independencia política y organizativa.
Marco Paulsen: síntesis de la intervención de Alberto Fazolo
Antes de dar nuevamente la palabra a Firás Alcharani, Marco Paulsen resumió los principales ejes de la intervención de Alberto Fazolo, destacando que su análisis coincidía en considerar que la guerra ya ha comenzado y constituye una manifestación directa de la crisis estructural y del declive del capitalismo.
Subrayó la tesis de que el conflicto tenderá a adquirir un carácter cada vez más total, extendiéndose progresivamente a todos los pueblos y regiones del mundo. Destacó asimismo la función central que Alberto atribuyó a la industria militar como motor simultáneo de la economía capitalista y de la propia dinámica bélica. Recordó una de sus ideas fundamentales: el armamento producido por la industria de guerra no puede permanecer almacenado indefinidamente, sino que necesita ser utilizado, convirtiendo la guerra en un mecanismo funcional para la reproducción del sistema.
Marco resumió igualmente otra de las conclusiones planteadas por Fazolo: el imperialismo mantiene inalterados sus objetivos estratégicos de dominación, saqueo y búsqueda de la hegemonía mundial, con independencia de las diferencias existentes entre las distintas administraciones estadounidenses. En ese sentido señaló que, aunque demócratas y republicanos persiguen los mismos fines, Donald Trump representa una forma de actuación mucho más directa y agresiva, desprovista de los mecanismos tradicionales de disimulo diplomático que caracterizaron a administraciones anteriores.
Tras esta síntesis, cedió nuevamente la palabra a Firás Alcharani para continuar el debate.
Firás Alcharani: la caída de la Unión Soviética como punto de inflexión para la ofensiva imperialista
Firás Alcharani situó el origen del actual ciclo de conflictos internacionales en la desaparición de la Unión Soviética, sosteniendo que la caída del Muro de Berlín alteró profundamente el equilibrio mundial y abrió una etapa especialmente desfavorable para las luchas de los pueblos y para el movimiento revolucionario internacional. Atribuyó una responsabilidad decisiva en ese proceso a Mijaíl Gorbachov, cuya actuación calificó de traición histórica.
Desde esa perspectiva interpretó las principales guerras desarrolladas desde entonces como parte de una misma estrategia de expansión imperialista. Citó la destrucción de Irak, la desintegración de Yugoslavia, la intervención en Libia y el posterior golpe de Estado en Kiev como diferentes fases de un proceso continuado mediante el cual, a su juicio, las potencias occidentales han ido imponiendo sus objetivos geopolíticos con escasa resistencia internacional.
En ese contexto recordó las declaraciones del general estadounidense Wesley Clark, quien afirmó que existía un plan para destruir siete países de Oriente Próximo. Firás sostuvo que esa estrategia se ha ido ejecutando de forma progresiva y consideró que su fase actual desemboca directamente en la confrontación con Irán, objetivo que, en su opinión, constituye la culminación de una planificación iniciada décadas atrás.
Una crítica a la estrategia de Vladimir Putin y al papel de Rusia en los conflictos recientes
Firás Alcharani dirigió una dura crítica a la actuación de Vladimir Putin, a quien responsabilizó de graves errores estratégicos que, a su juicio, han debilitado la posición internacional de Rusia y favorecido los objetivos del imperialismo occidental. Consideró que la Federación Rusa, como heredera de la Unión Soviética y poseedora de un enorme potencial militar y nuclear, disponía de capacidades suficientes para liderar un orden internacional diferente, pero sostuvo que su dirección política ha desaprovechado esa posición y ha sido repetidamente engañada en los principales escenarios diplomáticos y militares de los últimos años.
Como ejemplos citó las negociaciones de Minsk I, Minsk II, Estambul y otros procesos diplomáticos relacionados con la guerra de Ucrania, afirmando que todos ellos terminaron beneficiando a las potencias occidentales en detrimento de los intereses rusos.
Al abordar el caso sirio, Firás afirmó que la caída del Gobierno de Damasco no puede entenderse sin el consentimiento o la pasividad de Moscú. Para fundamentar esa afirmación recordó su propia trayectoria profesional, señalando que fue coronel de la inteligencia militar siria durante treinta y seis años y que participó directamente en distintos episodios de la guerra de Siria. Explicó igualmente que, pese a haber sido sometido a un proceso judicial por sus posiciones políticas de izquierda y por no pertenecer al Partido Baaz, posteriormente volvió a ser requerido para colaborar durante el conflicto contra las fuerzas que identifica como expresión del imperialismo.
Desde esa experiencia personal sostuvo que la llegada de Abu Mohammad al Golani al poder en Damasco solo fue posible gracias a decisiones adoptadas por la dirección rusa. Asimismo, afirmó que diversos acontecimientos diplomáticos y contactos internacionales, incluidos algunos relacionados con Jeffrey Epstein, el exministro israelí Ehud Barak y otros actores internacionales, formaron parte de un complejo entramado político que, en su opinión, contribuyó a ese desenlace. Presentó estas afirmaciones como resultado de la información obtenida a lo largo de su trayectoria profesional.
Firás extendió esa valoración crítica a otros escenarios internacionales. Manifestó igualmente su convicción de que Rusia favoreció, de forma activa o pasiva, la evolución política reciente de Venezuela y sostuvo que determinados acuerdos alcanzados en la reunión de Alaska terminaron perjudicando nuevamente a Moscú. Interpretó como prueba de ello la continuidad del apoyo occidental a Ucrania, las posteriores declaraciones de Marco Rubio y el abandono por parte de la Administración Trump de la promesa de poner fin rápidamente al conflicto.
A su juicio, todos estos acontecimientos evidencian que la dirección rusa ha sido incapaz de traducir su enorme capacidad militar en una auténtica ventaja estratégica y que el Kremlin ha cometido errores que, en épocas anteriores, una gran potencia difícilmente habría permitido.
Recordó además que ya en 2014 había anunciado públicamente, en una conferencia celebrada en el Estado español, la inminente intervención militar rusa en Siria, intervención que finalmente se produjo al año siguiente. A partir de esa experiencia sostuvo que la pérdida de influencia rusa en el país no fue consecuencia inevitable de la evolución de la guerra, sino el resultado de decisiones políticas adoptadas por el propio Kremlin.
También cuestionó la política de Moscú hacia Turquía, considerando un grave error estratégico mantener a Ankara como socio preferente por razones energéticas. Definió al Gobierno de Recep Tayyip Erdoğan como un actor especialmente perjudicial para la región y afirmó que ejerce un control determinante sobre las actuales estructuras de poder sirias. En este sentido sostuvo que la inteligencia turca desarrolla una amplia actividad en Damasco y que el actual Gobierno sirio actúa bajo una fuerte influencia de Ankara.
Como conclusión de este bloque, Firás reiteró que el mundo ya vive una guerra de alcance global. A su juicio, se trata de un proceso iniciado tras la desaparición de la Unión Soviética, prolongación de un conflicto que en Oriente Próximo sitúa desde 1948, y cuya intensidad no ha dejado de aumentar hasta alcanzar la fase actual de confrontación internacional.
Recursos estratégicos, el papel de Rusia y la necesidad de una dirección comunista
Firás sostuvo que la expansión del imperialismo responde, en última instancia, a una necesidad estructural de apropiación de recursos. Recordó una reflexión de Fidel Castro según la cual el capitalismo, tras agotar progresivamente los recursos disponibles, se ve obligado a buscar nuevas fuentes de riqueza mediante la expansión y la guerra. A su juicio, esa lógica explica el interés sobre países como Venezuela, por sus reservas de petróleo y oro; sobre Irán, por su enorme potencial estratégico y energético; y sobre la propia Federación Rusa, cuya riqueza en recursos naturales convertiría su fragmentación en un objetivo de primer orden para las potencias occidentales.
Desde esta perspectiva, interpretó la guerra de Ucrania como un proceso prolongado de desgaste contra Rusia. Sostuvo que la estrategia occidental busca prolongar el conflicto para debilitar progresivamente al Estado ruso, desgastar a su población y erosionar su posición internacional. Recordó que la guerra se acerca ya a una duración comparable a la de la Segunda Guerra Mundial y afirmó que la incapacidad de Moscú para obtener una victoria rápida ha debilitado su capacidad de disuasión frente a la OTAN.
Retomando una idea planteada previamente por Andoni Baserigorri, Firás insistió en que la reconstrucción de una dirección política comunista constituye una necesidad estratégica. En su opinión, Rusia necesitaría recuperar un liderazgo articulado en torno al Partido Comunista de la Federación Rusa. Vinculó esta reflexión con las críticas expresadas por Mario Silva sobre los sistemas electorales occidentales, afirmando que las elecciones se encuentran crecientemente controladas por tecnologías y mecanismos de condicionamiento político desarrollados por Estados Unidos e Israel, circunstancia que, según sostuvo, explicaría determinados resultados electorales recientes en América Latina.
En ese mismo contexto, defendió la tesis de que Rusia habría colaborado indirectamente en la evolución política venezolana mediante acuerdos alcanzados con sectores actualmente en el poder. Basándose en la información que afirma conocer por sus contactos profesionales con distintos servicios de inteligencia, aseguró que existirían informes y documentación que apuntarían en esa dirección, mencionando incluso reuniones entre responsables estadounidenses y rusos previas a la cumbre de Alaska como parte de ese proceso.
Firás reiteró igualmente su crítica a la conducción rusa de la guerra en Ucrania. Consideró que la intervención militar estaba justificada por la expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas, pero sostuvo que Moscú cometió el error de plantearla como una «operación especial» en lugar de asumir desde el principio una guerra con toda la contundencia política y militar que, a su juicio, requería la situación. Esa estrategia, afirmó, habría permitido a Occidente ganar tiempo, incrementar el suministro de armamento a Kiev y desarrollar una potente industria europea de producción masiva de drones destinada a sostener el conflicto durante un largo periodo.
En el plano político interno ruso, señaló que un cambio significativo podría producirse si el partido de Vladímir Putin perdiera la mayoría absoluta y se viera obligado a gobernar con el apoyo del Partido Comunista de la Federación Rusa. A su entender, ese escenario supondría un giro importante tanto para la evolución de la guerra como para la recuperación de un proyecto ideológico alternativo.
Finalmente, dedicó una parte de su intervención al papel de China. Consideró que Pekín debe abandonar definitivamente cualquier cautela frente a las sanciones estadounidenses y ejercer plenamente el peso económico, financiero y militar que ya posee. Citó como ejemplo el incremento de las compras de petróleo iraní por parte de China, interpretándolo como un paso en la dirección correcta, y sostuvo que esa misma actitud debería extenderse también a países sometidos a sanciones como Cuba. En su opinión, una mayor implicación internacional de China, junto con un eventual fortalecimiento del Partido Comunista en Rusia, contribuiría decisivamente a modificar el equilibrio mundial de fuerzas y a reforzar la capacidad de resistencia de los pueblos frente al imperialismo.
Trump, el riesgo de escalada y la situación de América Latina
Firás advirtió de que el desarrollo del conflicto internacional dependerá en gran medida de la evolución política en Estados Unidos. A su juicio, las próximas elecciones presidenciales constituyen un elemento de enorme trascendencia estratégica y sostuvo que actores como Irán y Rusia deberían hacer todo lo posible por impedir un nuevo mandato de Donald Trump. Consideró que una victoria del dirigente republicano incrementaría seriamente el riesgo de una escalada hacia una tercera guerra mundial, definiéndolo como un líder especialmente agresivo, identificado con la doctrina America First, profundamente alineado con el sionismo y dispuesto a recurrir a cualquier instrumento militar para alcanzar sus objetivos.
No obstante, matizó que, desde una perspectiva estructural, demócratas y republicanos responden al mismo proyecto imperial. La diferencia, afirmó, reside en los métodos. Mientras administraciones anteriores, inspiradas en la tradición estratégica de figuras como Henry Kissinger o Zbigniew Brzezinski, combinaban la presión con mecanismos diplomáticos para alcanzar sus objetivos, Trump optaría por una política de confrontación directa, sin apenas espacio para la negociación o el disimulo.
Junto a la creciente gravedad de la situación en Oriente Medio, expresó también su preocupación por la evolución política de América Latina, con especial referencia a Cuba y Venezuela. Sobre este último país afirmó que, desde los primeros acontecimientos que siguió como analista, llegó a la conclusión de que se estaba produciendo una transformación política de gran alcance. Aunque reconoció no disponer de contactos directos en Venezuela, sostuvo que los acontecimientos posteriores han ido confirmando sus sospechas acerca de la existencia de procesos de reorientación política internos y externos.
En ese contexto, defendió la tesis de que Venezuela avanzaría progresivamente hacia una normalización de sus relaciones con Israel y un distanciamiento del Eje de la Resistencia y de la causa palestina, proceso que, en su opinión, se estaría desarrollando de manera gradual. Asimismo, expresó su convicción de que, en un futuro proceso electoral, el resultado favorecería finalmente a las fuerzas de la derecha y denunció lo que considera una creciente injerencia estadounidense en los asuntos internos venezolanos, ejemplificada, según afirmó, en las declaraciones de altos responsables políticos norteamericanos sobre la composición del Gobierno del país.
Firás concluyó señalando que el escenario internacional atraviesa una etapa especialmente compleja, marcada por la intensificación simultánea de varios frentes de conflicto. Ante esa realidad, sostuvo que la única respuesta posible consiste en mantener la resistencia organizada allí donde cada pueblo y cada movimiento dispongan de capacidad para hacerlo, perseverando en la lucha pese al deterioro del contexto internacional.
La represión del activismo y la intensificación del conflicto
Para concluir su intervención, Firás vinculó el escenario internacional con la creciente presión ejercida contra el activismo solidario en distintos países europeos. Recordó que, recientemente, dos integrantes del Comité de Apoyo a Irán fueron detenidos en el País Vasco tras participar en actividades relacionadas con la causa iraní. Él mismo explicó que había intervenido en aquellas jornadas junto al embajador de Irán y denunció haber sido objeto de una campaña de difamación en determinados medios de comunicación españoles, donde, según afirmó, se publicaron informaciones falsas sobre su trayectoria con el objetivo de presentarlo como organizador de una supuesta resistencia armada en Siria. A su juicio, ese tipo de acusaciones no solo buscan desacreditar políticamente a los activistas, sino también poner en riesgo su seguridad personal y la de sus familias.
En su opinión, las actuaciones judiciales y mediáticas contra militantes solidarios forman parte de una estrategia más amplia de intimidación destinada a desalentar el apoyo a causas como Palestina, Cuba, Venezuela o Irán. Por ello, sostuvo que quienes participan en esos movimientos deben asumir que forman parte de una confrontación política directa con el imperialismo.
Firás concluyó afirmando que el conflicto internacional ha entrado en una nueva fase, que calificó como la «tercera fase» de la guerra y que, según su análisis, será previsiblemente más violenta que las anteriores. Recordó que llevaba tiempo advirtiendo de una nueva escalada tras la celebración del Mundial y sostuvo que el inicio de las operaciones militares coincidió deliberadamente con los funerales del ayatolá mártir, interpretándolo como una decisión destinada a incrementar la presión sobre Irán en un momento de especial sensibilidad política y simbólica. Según afirmó, los bombardeos ya habían comenzado y la respuesta iraní era inminente, confirmando, a su juicio, que el conflicto había entrado nuevamente en una etapa de guerra abierta.
Marco Paulsen resumió la intervención de Firás Alcharani destacando que su análisis ampliaba el marco temporal del conflicto actual al situar uno de sus principales puntos de inflexión en la desaparición del bloque socialista y la restauración del capitalismo en la Unión Soviética y Europa del Este. Según sintetizó, Firás interpretó las guerras de Irak, Yugoslavia, Libia, las denominadas revoluciones de colores y el conflicto con Irán como diferentes etapas de un mismo proceso de expansión imperialista que permanece abierto.
Asimismo, señaló que Firás había introducido dos elementos de especial interés para el debate: por un lado, la importancia de las próximas elecciones en Rusia y la posibilidad de que una pérdida de la mayoría absoluta del partido de Vladímir Putin obligara a un gobierno de coalición con el Partido Comunista de la Federación Rusa; por otro, la convicción de que la guerra contra Irán ha entrado en una tercera fase caracterizada por una escalada militar mucho más intensa tras los bombardeos estadounidenses.
Marco subrayó igualmente el debate planteado por Firás sobre la figura de Vladímir Putin. Recordó que durante años una parte de la izquierda internacional había depositado grandes expectativas en el dirigente ruso como posible referente frente al imperialismo occidental. Sin embargo, explicó que Firás sostenía una valoración radicalmente distinta, considerando que Rusia había desaprovechado su posición estratégica, había cedido ante las presiones estadounidenses y había terminado abandonando a pueblos y aliados que habían depositado su confianza en Moscú.
Con esa síntesis, Marco dio paso a una nueva intervención de Mario Silva.
Mario Silva: la crisis del socialismo, la organización revolucionaria y la disputa por América Latina
Mario Silva comenzó matizando una de las ideas planteadas durante el debate sobre la desaparición de la Unión Soviética. A su juicio, atribuir aquel proceso exclusivamente a Mijaíl Gorbachov supone simplificar un fenómeno mucho más profundo. Aunque responsabilizó a Gorbachov de culminar la restauración capitalista y afirmó que había sido captado políticamente antes de alcanzar la dirección soviética, sostuvo que las raíces del proceso debían situarse mucho antes, remontándose al giro iniciado durante el liderazgo de Nikita Jrushchov.
Frente a ese proceso reivindicó la figura de Vladímir Lenin y, especialmente, la de Iósif Stalin, definiéndose expresamente como leninista-estalinista. Reconoció la existencia de errores históricos, pero defendió que fue durante ese período cuando la Unión Soviética alcanzó su máxima consolidación como potencia socialista y preservó con mayor firmeza el proyecto revolucionario. Al mismo tiempo, advirtió sobre los riesgos del excesivo personalismo en los procesos políticos, estableciendo un paralelismo con la Revolución Bolivariana. Señaló que el liderazgo de Hugo Chávez resultó decisivo para impulsar el proyecto socialista venezolano, pero afirmó que su desaparición dejó al descubierto la fragilidad de un modelo excesivamente dependiente de una sola figura.
A continuación cuestionó la idea de que Donald Trump constituya por sí solo el principal factor de riesgo para una escalada bélica mundial. En su opinión, el verdadero poder reside en los grandes intereses económicos y en el complejo militar-industrial estadounidense, que condicionan la política exterior con independencia de quién ocupe la presidencia. Desde esa perspectiva, interpretó la creciente agresividad del imperialismo como una reacción propia de una potencia en declive que intenta conservar su hegemonía mediante el uso creciente de la fuerza.
Mario amplió esa reflexión al caso cubano. Expresó su preocupación por las recientes reformas económicas aprobadas en la isla, afirmando que la apertura a inversiones privadas, incluidas algunas procedentes de Miami, supone un proceso de penetración capitalista que puede comprometer el proyecto revolucionario. Según sostuvo, uno de los errores históricos de numerosos procesos revolucionarios ha consistido precisamente en intentar combatir el capitalismo utilizando los mismos mecanismos económicos y políticos del propio capitalismo.
Aplicó esa misma lógica al caso venezolano. Denunció que, a su juicio, las instituciones fundamentales del Estado, incluidos el poder judicial, el sistema electoral y otros organismos estratégicos, estarían siendo progresivamente condicionados por los intereses estadounidenses mediante distintos mecanismos de presión política y económica. Mencionó igualmente diversos cambios recientes dentro de la estructura del Estado venezolano como ejemplos de una reconfiguración del poder que considera especialmente preocupante.
A partir de ese diagnóstico insistió en que la construcción de una alternativa revolucionaria no puede descansar únicamente en la existencia de un partido determinado. Aunque reconoció la importancia de las organizaciones comunistas, defendió una concepción más amplia de la unidad revolucionaria, capaz de integrar partidos, organizaciones sociales, movimientos populares, comunidades indígenas y otras formas de organización popular. Citó expresamente la lucha del pueblo nación mapuche como ejemplo de un actor estratégico dentro de esa futura articulación continental frente al imperialismo.
En relación con la creciente presencia israelí en Venezuela, Mario retomó las observaciones realizadas anteriormente por Firás. Señaló que la llegada de una delegación israelí tras el terremoto y su recepción por las autoridades venezolanas constituyen, en su opinión, un hecho político de enorme trascendencia. Criticó que algunas organizaciones palestinas hayan condenado esa presencia sin señalar expresamente a las autoridades que autorizaron su entrada y sostuvo que el verdadero problema radica precisamente en la decisión política que permitió dicha intervención. Añadió que, desde su punto de vista, los recursos estratégicos venezolanos estarían siendo crecientemente administrados bajo mecanismos de control vinculados a las sanciones estadounidenses.
Mario extendió después ese análisis al conjunto de América Latina. Alertó sobre la posible reactivación de un nuevo Plan Cóndor, orientado a neutralizar sistemáticamente cualquier organización revolucionaria que cuestione los intereses de Estados Unidos y del sionismo en la región. Relacionó esa estrategia con la creciente presencia israelí en distintos países del Cono Sur y con los proyectos de expansión geopolítica que, según afirmó, afectan a zonas como la Patagonia.
Volviendo al plano internacional, sostuvo que Vladímir Putin representa fundamentalmente los intereses de la oligarquía rusa. A su juicio, el dirigente ruso ha sabido conservar buena parte de la simbología y del discurso histórico de la Unión Soviética, manteniendo vivas determinadas referencias al Partido Comunista y a la victoria sobre el nazismo, mientras desarrolla una política que considera compatible con acuerdos de carácter burgués y negociaciones con el imperialismo estadounidense.
En la parte final de su intervención llamó a superar tanto el sectarismo como las disputas doctrinales estériles dentro de la izquierda revolucionaria. Señaló que el fascismo habría obtenido dos grandes victorias: degradar moralmente a numerosos dirigentes revolucionarios, llevándolos a defender intereses particulares por encima del interés colectivo, y favorecer que los movimientos populares desperdicien energías en debates internos mientras descuidan la organización efectiva de las masas.
Como propuesta organizativa, defendió la creación de mecanismos internos de control político capaces de impedir la aparición de nuevos caudillismos dentro de los movimientos revolucionarios. Relató finalmente su propia experiencia durante los acontecimientos del 3 de enero en Venezuela, afirmando que numerosos milicianos y sectores organizados permanecieron preparados para actuar, pero fueron desmovilizados por las propias autoridades. Concluyó expresando su profunda preocupación por las consecuencias humanas de aquellos hechos, recordando que, según afirmó, el balance incluyó más de cuatrocientas víctimas mortales, entre ellas treinta y dos cubanos, y reclamó que algún día se depuren las responsabilidades políticas por esas muertes.
Marco Paulsen
Mario introduce varios matices en el debate. Sin eximir de responsabilidad a Gorbachov, sitúa el origen de la restauración capitalista en la Unión Soviética en un proceso mucho más temprano, que vincula al ascenso de Nikita Jrushchov y al inicio de la revisión del proyecto socialista desde la década de 1950.
También plantea que las reformas económicas emprendidas en Cuba constituyen, a su juicio, un proceso de liberalización que abre espacios al capital privado y a la penetración de intereses vinculados a Estados Unidos. Del mismo modo, advierte sobre el avance del imperialismo en América Latina y sobre el papel que, según su análisis, desempeñan las élites locales en ese proceso.
En relación con el debate sobre la organización política, introduce un matiz respecto a la centralidad del Partido Comunista. Sin negar su importancia, sostiene que la resistencia debe articular a todas las organizaciones revolucionarias, sociales y populares dispuestas a enfrentar al imperialismo, más allá de su denominación o tradición política, priorizando la unidad frente a las diferencias ideológicas.
Andoni Baserigorri retomó la palabra a la vez que uno de los asuntos planteados por Firas para centrar su intervención en el papel del Partido Comunista de la Federación Rusa. Explicó que sigue habitualmente la actividad de esta organización a través de su página oficial y destacó especialmente un documento programático titulado «Programa para la victoria», cuya lectura le lleva a considerar que, de aplicarse, permitiría a Rusia recuperar su fortaleza estratégica y derrotar a la OTAN en el conflicto ucraniano. En su opinión, la capacidad militar rusa resulta incompatible con la pasividad frente a los continuos ataques con drones sobre territorio ruso, una situación que calificó de humillante para una potencia de esas características.
A partir de ese punto desarrolló una crítica política hacia Vladímir Putin. Sostuvo que el presidente ruso responde fundamentalmente a intereses de clase propios de un sector de la burguesía rusa y rechazó cualquier interpretación que lo presente como un dirigente comunista o revolucionario. En ese sentido, recordó su pasado como miembro del KGB destinado en la República Democrática Alemana, atribuyéndole un papel favorable a los sectores reformistas del Partido Socialista Unificado de Alemania durante el proceso que condujo al derrumbe del Estado socialista alemán. Del mismo modo, vinculó a Putin con el periodo posterior de restauración capitalista en Rusia y con los acontecimientos que desembocaron en el bombardeo del Soviet durante la etapa de Borís Yeltsin.
Baserigorri interpretó igualmente el ascenso de Putin como una decisión de una parte de la oligarquía rusa que buscaba poner fin al deterioro experimentado por el país tras la desintegración de la Unión Soviética y durante los años de Boris Yeltsin. Sin embargo, sostuvo que ese cambio nunca supuso una ruptura con el capitalismo, recordando que el propio Putin manifestó durante años su voluntad de integrar a Rusia en la OTAN y mantuvo una orientación política alejada de cualquier proyecto socialista.
Frente a ello volvió a reivindicar el papel del Partido Comunista de la Federación Rusa y expresó su confianza en que esta organización pueda aumentar su capacidad de influencia política, aunque no alcance el gobierno por sí sola. A su juicio, una mayor presencia comunista serviría para condicionar las decisiones del Ejecutivo ruso y recuperar una orientación más favorable a los intereses populares.
No obstante, reconoció que Putin ha demostrado habilidad para conservar buena parte de la simbología soviética y del imaginario histórico asociado a la Unión Soviética, consciente del profundo arraigo que estos símbolos mantienen entre amplios sectores de la sociedad rusa. Consideró, sin embargo, que esa utilización del legado soviético convive con una posición claramente anticomunista, reflejada tanto en sus reiteradas críticas a Lenin como en su rechazo a cualquier proyecto de reconstrucción socialista.
En el tramo final de su intervención amplió el debate hacia las tareas estratégicas del movimiento comunista internacional. Defendió la necesidad de reconstruir un partido revolucionario de nuevo tipo, fortalecer las alianzas entre organizaciones revolucionarias y asumir que todas las formas de lucha deben ser consideradas legítimas frente a un sistema capitalista que, según afirmó, nunca ha renunciado al uso de la violencia para preservar su dominio. Desde esa perspectiva, sostuvo que los partidos comunistas no deberían descartar ninguna estrategia de confrontación si las circunstancias históricas así lo exigieran y concluyó llamando a preparar las condiciones políticas necesarias para disputar el poder al sistema capitalista.
Al retomar la palabra, Marco Paulsen señaló que el tiempo del programa llegaba a su fin, aunque destacó que el debate había abierto numerosas cuestiones que merecerían ser desarrolladas en futuras sesiones. Antes de ceder la palabra para las intervenciones de despedida, quiso introducir un último matiz respecto al debate suscitado en torno al Partido Comunista de la Federación Rusa.
Paulsen recordó que Guennadi Ziugánov procede políticamente del antiguo Partido Comunista de la Unión Soviética y consideró que el actual Partido Comunista de la Federación Rusa, aun manteniendo la reivindicación del marxismo-leninismo, ha incorporado a su programa un mayor énfasis en la defensa de la patria y determinados elementos de carácter nacional que, a su juicio, lo diferencian del PCUS de los últimos años de la Unión Soviética.
Subrayó que no era su función polemizar con las opiniones expresadas por los participantes, sino sintetizar el contenido del debate. No obstante, reconoció que deseaba dejar planteada una reflexión sobre la conveniencia de confiar prioritariamente en las propias fuerzas de los pueblos y evitar depositar expectativas excesivas en posibles aliados estatales o gubernamentales, cuya actuación puede responder a intereses distintos de los de los movimientos revolucionarios.
Con esa última consideración dio paso a Firas para que realizara la intervención final de la jornada, invitando a todos los participantes a continuar el intercambio de ideas en futuros encuentros.