La guerra interminable: Irán y el agotamiento de la hegemonía militar estadounidense

Arquitectura del razonamiento

Héctor Díaz en Latinidades con Zoha Abdejodai


La guerra desencadenada por Israel y Estados Unidos contra Irán ha sido presentada por buena parte de los medios occidentales como un nuevo episodio de una confrontación regional destinada a contener las ambiciones estratégicas de la República Islámica. Sin embargo, un examen más atento de sus resultados invita a una conclusión muy distinta. Más allá de los daños materiales, las operaciones militares y la intensa batalla propagandística, el conflicto ha puesto a prueba la eficacia del modelo de poder que durante décadas sostuvo la hegemonía estadounidense. 

El debate entre Zoha Abdejodai y Héctor Díaz en el canal Latinidades, lejos de limitarse al seguimiento de los acontecimientos, propone una reflexión de mayor alcance: ¿ha comenzado a resquebrajarse el paradigma militar, tecnológico y geopolítico que permitió a Washington imponer su voluntad tras el final de la Guerra Fría?

Comité de Apoyo a Irán Iberia 2026

Puedes ver el programa completo en el canal de YouTube - Latinidades de Héctor Díaz al final de esta entrada y también escucharlo en el sitio de IVOOX de CAI Iberia

La guerra interminable: Irán y el agotamiento de la hegemonía militar estadounidense

Las guerras suelen juzgarse por el número de objetivos destruidos, por la magnitud de las pérdidas sufridas por cada bando o por los comunicados triunfalistas emitidos al término de las operaciones. Sin embargo, la historia demuestra que el verdadero resultado de un conflicto rara vez coincide con el balance militar inmediato. Las campañas de Vietnam, Afganistán o Irak constituyen ejemplos elocuentes de victorias tácticas incapaces de traducirse en éxitos políticos duraderos. La guerra librada recientemente contra Irán parece inscribirse en esa misma categoría.

Desde esta perspectiva, el interés del análisis desarrollado por Zoha Abdejodai no reside tanto en describir la sucesión de ataques y respuestas como en identificar las transformaciones estratégicas que el conflicto ha dejado al descubierto. Su tesis central sostiene que la confrontación no ha fortalecido la capacidad de coerción de Estados Unidos e Israel, sino que ha revelado los límites de un modelo de dominación basado en la superioridad tecnológica, la supremacía aérea y la expectativa de que la presión militar pudiera provocar el colapso político del adversario.

Lejos de producir un cambio de régimen en Teherán, la guerra habría reforzado la cohesión interna de la República Islámica y evidenciado la creciente dificultad de las potencias occidentales para imponer por la fuerza los objetivos políticos que durante décadas consideraron alcanzables. Al mismo tiempo, el conflicto habría puesto de manifiesto una profunda transformación en la naturaleza de la guerra contemporánea. La aparición de sistemas de misiles de alta precisión, vehículos no tripulados y nuevas formas de guerra asimétrica cuestiona principios estratégicos que parecían indiscutibles desde mediados del siglo XX.

Pero el debate trasciende el ámbito estrictamente militar. La disputa por el control del estrecho de Ormuz, la vulnerabilidad de las cadenas energéticas, la erosión del petrodólar y la emergencia de nuevos polos tecnológicos convierten el enfrentamiento en un episodio de una reconfiguración geopolítica mucho más amplia. Oriente Medio aparece así como el escenario donde se manifiestan tensiones cuyo alcance excede con mucho las fronteras de la región y anticipa la transición hacia un sistema internacional crecientemente multipolar.


I. El fracaso estratégico de la guerra contra Irán

El primer eje del razonamiento parte de una distinción fundamental entre éxito militar y éxito estratégico. Aunque Israel y Estados Unidos pudieron infligir daños materiales considerables mediante bombardeos selectivos, asesinatos de altos mandos y ataques contra infraestructuras sensibles, la pregunta decisiva no es cuánto lograron destruir, sino si consiguieron los objetivos políticos que justificaban la operación.

Según el análisis desarrollado durante la exposición, la respuesta es negativa.

Durante la ésta, Zoha recuerda que buena parte de los análisis occidentales partían de una premisa aparentemente evidente: una campaña de bombardeos selectivos, combinada con asesinatos de altos mandos militares, sabotajes y una intensa presión económica, terminaría provocando una crisis política interna de suficiente magnitud como para debilitar al Estado iraní. No se trataba únicamente de degradar determinadas capacidades militares. El objetivo último consistía en quebrar la voluntad política de la República Islámica y generar las condiciones para un eventual cambio de régimen.

Sin embargo, los hechos siguieron una lógica muy distinta. Los asesinatos de responsables militares y científicos, que debían descabezar la estructura de mando, fueron rápidamente compensados mediante nuevos nombramientos, mientras que la agresión exterior produjo un fenómeno conocido por la historia de las guerras: cuando una sociedad percibe que su soberanía nacional está siendo atacada, las diferencias políticas internas tienden a quedar relegadas frente a la necesidad de hacer frente a una amenaza exterior. En lugar de precipitar el colapso institucional esperado, la campaña terminó fortaleciendo el discurso de resistencia y la cohesión nacional.

Este desenlace conduce a una cuestión más profunda. Uno de los errores más frecuentes al analizar un conflicto consiste en confundir la capacidad de destrucción con la capacidad de alcanzar objetivos políticos. Las guerras no se ganan únicamente porque un ejército destruya más infraestructuras, elimine más mandos enemigos o domine temporalmente el espacio aéreo. El verdadero criterio para medir el éxito estratégico consiste en determinar si esa fuerza consigue modificar la voluntad política del adversario y obligarlo a aceptar los objetivos perseguidos por quien la ejerce.

Desde esta perspectiva, el caso iraní parece responder a una lógica distinta de la observada en otros conflictos recientes. La destrucción de objetivos estratégicos y la eliminación de cuadros militares no se tradujeron en un debilitamiento proporcional del Estado ni en un cuestionamiento generalizado de su legitimidad. Por el contrario, el conflicto reforzó la percepción de que el país afrontaba una agresión dirigida contra su independencia más que contra un determinado gobierno.

El diálogo subraya además otro aspecto relevante. Conforme avanzaban las operaciones militares, también comenzaron a modificarse los objetivos declarados por quienes las habían impulsado. Las aspiraciones iniciales, formuladas en términos de neutralización definitiva del programa militar iraní o incluso de transformación política del régimen, fueron dando paso a metas mucho más limitadas, centradas en la contención, la disuasión y la degradación parcial de determinadas capacidades estratégicas.

Este desplazamiento constituye, para los autores, uno de los principales indicadores del fracaso estratégico de la campaña. En toda guerra existe una diferencia esencial entre adaptar los medios para alcanzar un objetivo y reducir el propio objetivo porque los medios disponibles ya no permiten conseguirlo. Cuando una potencia modifica progresivamente sus expectativas sin haber alterado de manera decisiva la voluntad del adversario, lo que está cambiando no es únicamente la evolución del conflicto, sino la percepción de sus propias posibilidades de victoria.

La conclusión que se desprende de este primer bloque resulta especialmente significativa. Estados Unidos e Israel conservan una capacidad militar extraordinaria y continúan disponiendo de recursos tecnológicos sin equivalente en gran parte del mundo. No obstante, el conflicto con Irán sugiere que esa superioridad material ya no garantiza por sí sola la obtención de resultados políticos decisivos. La capacidad para destruir permanece intacta; la capacidad para imponer una determinada solución política comienza, en cambio, a mostrar signos evidentes de desgaste.

Este cambio de perspectiva constituye el punto de partida del resto del análisis. Porque si la fuerza militar deja de producir automáticamente los efectos políticos esperados, entonces no solo está cambiando el equilibrio regional en Oriente Medio: está empezando a transformarse el propio paradigma sobre el que descansó la hegemonía estadounidense durante las últimas décadas.

II. El cambio de paradigma militar: del Blitzkrieg a la guerra asimétrica

Si el primer eje del análisis cuestiona la eficacia política de la guerra contra Irán, el segundo se adentra en un problema de mayor profundidad: la transformación del propio concepto de superioridad militar. Para Zoha Abdejodai, el conflicto no solo ha puesto en evidencia las limitaciones de una determinada estrategia estadounidense, sino que ha revelado el agotamiento de un paradigma bélico que dominó el pensamiento militar occidental durante casi un siglo.

La tesis resulta tan sencilla como disruptiva: la guerra contemporánea ya no responde a las reglas sobre las que se construyó la doctrina militar del siglo XX.

Durante buena parte de la historia reciente, la planificación estratégica occidental descansó sobre un principio aparentemente incuestionable: quien controlara el espacio aéreo acabaría controlando el campo de batalla. Desde la Segunda Guerra Mundial, la combinación de aviación, inteligencia, capacidad industrial y dominio tecnológico permitió desarrollar un modelo de guerra en el que la destrucción sistemática de las infraestructuras militares enemigas precedía al avance de las fuerzas terrestres. La superioridad aérea dejó de ser un elemento más del combate para convertirse en la condición indispensable de la victoria.

Este modelo solo podía sostenerse gracias a una extraordinaria superioridad industrial y tecnológica. La capacidad para fabricar aviones, reponer pérdidas, mantener cadenas logísticas globales y producir armamento a gran escala constituía el verdadero fundamento material de esa doctrina. La supremacía aérea era, en realidad, la expresión visible de una supremacía científica, industrial y económica mucho más profunda.

La doctrina del Blitzkrieg, perfeccionada posteriormente por las grandes potencias, sintetizaba esa lógica. La rapidez de maniobra, la concentración de fuego, la coordinación entre fuerzas terrestres y aviación y la destrucción de los centros de mando debían provocar el colapso del adversario antes incluso de que pudiera reorganizar su defensa. Décadas después, ese mismo principio siguió inspirando las intervenciones estadounidenses en Irak, Yugoslavia o Libia, donde las campañas aéreas precedieron a las operaciones terrestres o, en algunos casos, bastaron para alcanzar los objetivos políticos perseguidos.

Sin embargo, Zoha sostiene que ese modelo comienza a mostrar signos evidentes de agotamiento.

La proliferación de drones, misiles balísticos y de crucero de alta precisión, sistemas antiaéreos avanzados y capacidades de guerra electrónica está modificando profundamente el equilibrio entre ataque y defensa. El monopolio tecnológico del espacio aéreo, que durante décadas constituyó el principal factor diferencial de las potencias occidentales, ya no garantiza por sí solo la neutralización del adversario.

El cambio no consiste únicamente en la aparición de nuevas armas, sino en la pérdida de eficacia de las ventajas que durante décadas parecían incontestables. La cuestión ya no es quién dispone de más cazas o bombarderos, sino si esos sistemas continúan proporcionando una ventaja estratégica decisiva frente a adversarios capaces de responder mediante tecnologías mucho menos costosas, más numerosas y extraordinariamente difíciles de neutralizar.

Irán constituye, en este sentido, un ejemplo especialmente significativo. Frente a la imposibilidad de competir simétricamente con la aviación estadounidense o israelí, desarrolló durante años una estrategia orientada a compensar esa desventaja mediante la producción masiva de misiles, vehículos aéreos no tripulados y sistemas capaces de saturar las defensas enemigas. No se trataba de igualar el poder aéreo occidental, sino de hacer que ese poder dejara de proporcionar una ventaja decisiva.

El análisis insiste insiste en que Irán nunca intentó competir con Estados Unidos reproduciendo su mismo modelo militar. Habría sido una estrategia condenada al fracaso. En lugar de construir una fuerza aérea equivalente o desarrollar grandes grupos aeronavales, optó por explotar precisamente aquellas áreas donde la superioridad occidental resultaba más vulnerable: la producción nacional de misiles, el desarrollo de drones de distintas capacidades y la posibilidad de saturar las defensas antiaéreas mediante ataques múltiples y simultáneos. La cuestión dejaba entonces de ser cómo igualar al adversario para convertirse en cómo impedir que su superioridad tecnológica siguiera siendo decisiva.

Esta lógica representa un cambio profundo en la naturaleza misma del conflicto. La eficacia militar ya no depende exclusivamente de disponer de las plataformas tecnológicamente más sofisticadas o de los sistemas más costosos, sino de la capacidad para combinar soluciones relativamente económicas, producción nacional, flexibilidad operativa y adaptación permanente al comportamiento del adversario. El equilibrio deja de medirse únicamente por la calidad del armamento y pasa a depender también de la posibilidad de sostener el esfuerzo bélico durante largos periodos y de obligar al enemigo a consumir recursos desproporcionados para neutralizar amenazas comparativamente baratas.

El razonamiento insiste en este aspecto al señalar una paradoja creciente de la guerra contemporánea. Mientras un dron o un misil pueden fabricarse a costes relativamente reducidos, interceptarlos exige con frecuencia sistemas defensivos cuyo precio multiplica varias veces el valor del proyectil atacante. En otras palabras, el coste de defenderse comienza a crecer mucho más deprisa que el coste de atacar. Esta asimetría económica altera profundamente la lógica tradicional de la disuasión y convierte la superioridad tecnológica en un recurso cada vez más costoso de mantener.

Pero la transformación no es únicamente tecnológica. También afecta a la cultura estratégica. Frente a la concepción occidental de campañas rápidas destinadas a obtener una decisión militar concluyente, Irán habría desarrollado una doctrina basada en la resistencia prolongada, el desgaste progresivo del adversario y la combinación de múltiples capacidades distribuidas. El objetivo deja de ser derrotar frontalmente a una potencia superior para pasar a erosionar, con el tiempo, su libertad de acción, su margen político y su capacidad para sostener operaciones de larga duración.

En este sentido, la guerra asimétrica no debe entenderse simplemente como el empleo de armamento diferente, sino como una manera distinta de concebir el conflicto. Mientras la doctrina clásica perseguía la destrucción decisiva de las fuerzas enemigas, el nuevo paradigma busca alterar el cálculo estratégico del adversario, elevar progresivamente los costes de la confrontación y hacer que la victoria resulte política, económica o socialmente inasumible.

Desde esta perspectiva, la guerra contra Irán deja de ser un episodio regional para convertirse en un auténtico laboratorio estratégico. En ella no solo se enfrentan dos adversarios, sino dos concepciones distintas de la guerra. Una, heredera del paradigma industrial del siglo XX, basada en la superioridad aérea y la concentración de medios tecnológicos; otra, propia del siglo XXI, sustentada en la guerra distribuida, la producción descentralizada, la saturación de defensas y la capacidad de desgaste prolongado.

Si esta interpretación resulta correcta, el conflicto adquiere un significado que trasciende Oriente Medio. Ya no se trata únicamente de quién obtiene ventaja en una campaña concreta, sino de comprobar si las reglas que durante décadas definieron la superioridad militar occidental están dejando paso a un nuevo paradigma estratégico. Esa cuestión conduce directamente al siguiente problema planteado por el intercambio: si la naturaleza de la guerra está cambiando, ¿dispone todavía Estados Unidos de la base industrial, tecnológica y productiva necesaria para sostener la hegemonía que ejerció durante las últimas décadas?

III. El agotamiento material de la hegemonía estadounidense

Si el conflicto con Irán ha puesto en cuestión la eficacia política de la fuerza militar y ha revelado la emergencia de un nuevo paradigma estratégico, el debate avanza un paso más al plantear una cuestión todavía más profunda: ¿dispone Estados Unidos de la base material necesaria para sostener indefinidamente su condición de potencia hegemónica?

Para Zoha Abdejodai, esta pregunta no puede responderse observando únicamente el campo de batalla. La verdadera medida del poder de una gran potencia no reside solo en el número de portaaviones, cazas de quinta generación o sistemas de misiles que posee, sino en su capacidad para sostener una guerra prolongada, reponer las pérdidas sufridas, mantener la producción industrial y garantizar el abastecimiento continuo de los recursos necesarios para el esfuerzo bélico. La guerra moderna no se decide exclusivamente en el frente; también se decide en las fábricas, los centros de investigación, las universidades y las cadenas de suministro.

Esta perspectiva conduce a una de las ideas centrales de la exposición: la superioridad tecnológica solo puede mantenerse cuando descansa sobre una base industrial igualmente superior. Durante décadas, Estados Unidos disfrutó de esa doble ventaja. Su liderazgo militar era inseparable de una inmensa capacidad científica, industrial y productiva que le permitía desarrollar nuevas tecnologías, fabricarlas a gran escala y reemplazar rápidamente el material consumido en combate.

Sin embargo, los autores sostienen que esa relación comienza a mostrar signos de desgaste.

La creciente sofisticación del armamento moderno ha incrementado extraordinariamente sus costes, ha alargado los ciclos de producción y ha hecho depender la fabricación de componentes altamente especializados. En consecuencia, la cuestión deja de ser cuántos misiles o interceptores puede emplear una potencia durante los primeros días de una guerra y pasa a ser cuántos será capaz de producir seis meses después. En un conflicto de desgaste, la velocidad de reposición acaba siendo tan importante como la calidad del armamento disponible.

El análisis insiste especialmente en esta idea. Cada misil interceptor utilizado para neutralizar un ataque debe ser sustituido por otro cuya fabricación requiere tiempo, tecnología, materias primas y una compleja infraestructura industrial. Cuando el ritmo de consumo supera la capacidad de reposición, incluso el arsenal más sofisticado comienza a experimentar limitaciones que no pueden resolverse únicamente mediante un incremento del gasto militar.

Es precisamente aquí donde Zoha introduce una distinción especialmente reveladora: comprar armamento no equivale a poseer capacidad estratégica.

Para ilustrarlo, recurre al caso de Arabia Saudí. A pesar de figurar entre los mayores compradores de armas del mundo y disponer de algunos de los sistemas militares más avanzados del mercado internacional, el reino saudí continúa dependiendo del exterior para el mantenimiento, la actualización tecnológica, el suministro de componentes y buena parte del apoyo técnico necesario para mantener operativos esos sistemas. La adquisición de tecnología extranjera no sustituye la existencia de una base científica e industrial propia capaz de diseñarla, fabricarla y evolucionarla.

La comparación sirve para introducir el caso iraní desde una perspectiva diferente. Sometida durante décadas a sanciones económicas, restricciones tecnológicas y dificultades para acceder a los mercados internacionales de armamento, la República Islámica se vio obligada a recorrer un camino mucho más complejo: desarrollar progresivamente capacidades nacionales de investigación, ingeniería y producción militar. Los autores sostienen que ese proceso, impulsado inicialmente por necesidad, terminó convirtiéndose en una de sus principales fortalezas estratégicas.

Desde esta óptica, la autonomía tecnológica deja de ser un objetivo económico para convertirse en una condición de la soberanía. Un Estado que domina el conocimiento necesario para diseñar, producir y mantener sus propios sistemas de defensa dispone de un margen de decisión mucho mayor que otro cuya seguridad depende permanentemente de proveedores externos.

El discurso amplía entonces el análisis más allá del caso iraní. Durante décadas, la globalización favoreció la deslocalización de una parte significativa de la producción industrial estadounidense hacia otros países. Aquella decisión respondió a criterios de eficiencia económica y reducción de costes, pero la guerra introduce un factor diferente. Cuando aumenta bruscamente la demanda de material militar, reconstruir una capacidad industrial perdida resulta mucho más difícil que adquirir nuevos sistemas de armas. La industria no puede improvisarse del mismo modo que se incrementa un presupuesto.

De este modo, el conflicto permite observar una transformación más amplia. La competencia estratégica del siglo XXI ya no depende exclusivamente del volumen del gasto militar, sino de la capacidad para integrar investigación científica, innovación tecnológica, educación superior, industria avanzada y producción nacional dentro de un proyecto sostenido en el tiempo. La fortaleza militar aparece así como la consecuencia visible de una estructura económica mucho más profunda.

La conclusión que extraen los autores resulta especialmente significativa. Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar del planeta y conserva ventajas tecnológicas extraordinarias. Sin embargo, el intercambio sugiere que la cuestión decisiva ya no consiste en determinar quién posee el armamento más avanzado, sino quién dispone de la capacidad industrial necesaria para sostener durante años una competición tecnológica, económica y militar cada vez más exigente.

Desde esta perspectiva, la hegemonía deja de medirse únicamente por la acumulación de armas y pasa a depender de la fortaleza del tejido científico, industrial y productivo que las hace posibles. La guerra contra Irán se convierte así en algo más que un enfrentamiento regional: es también una prueba de resistencia para dos modelos distintos de entender el poder. Y esa reflexión conduce de manera natural al siguiente ámbito del análisis, donde la competencia deja de desarrollarse únicamente en los arsenales para trasladarse a las rutas energéticas, el comercio internacional y los mecanismos financieros que sostienen la economía mundial.

IV. La guerra económica: Ormuz, el petrodólar y el Mar Rojo

Si los capítulos anteriores analizaban la transformación del equilibrio militar e industrial, el debate desplaza ahora la atención hacia un escenario diferente, aunque inseparable del anterior: ‘la economía política de la guerra. Para Zoha Abdejodai, el enfrentamiento entre Estados Unidos, Israel e Irán no puede comprenderse únicamente a través de los bombardeos o los movimientos de tropas. Detrás de las operaciones militares se desarrolla una disputa mucho más amplia cuyo verdadero objeto es el control de las principales arterias energéticas, comerciales y financieras del sistema internacional.

Esta perspectiva obliga a reconsiderar el significado geopolítico de Oriente Medio. La región no constituye únicamente un espacio de conflictos regionales ni un escenario donde chocan intereses nacionales contrapuestos. Su importancia estratégica deriva, sobre todo, de concentrar algunos de los principales corredores por los que circulan la energía, las mercancías y los flujos financieros que sostienen el funcionamiento de la economía mundial. Quien puede influir sobre esos corredores dispone de una capacidad de presión que trasciende ampliamente el ámbito militar.

En este contexto, el estrecho de Ormuz ocupa una posición central. Por sus aguas transita una parte muy significativa del comercio mundial de petróleo y gas natural licuado. Cualquier alteración relevante del tráfico marítimo tendría consecuencias inmediatas sobre los mercados energéticos, los costes del transporte, la producción industrial y la estabilidad económica internacional. Sin embargo, el análisis insiste en una idea importante: el verdadero valor estratégico de Ormuz no reside necesariamente en cerrarlo, sino en que exista la posibilidad creíble de hacerlo. La capacidad de amenazar una ruta vital modifica por sí misma el cálculo político de todos los actores implicados.

Pero el análisis no termina ahí. Zoha dirige inmediatamente la atención hacia el Mar Rojo para mostrar que la guerra económica ya no depende exclusivamente de las grandes potencias. Las operaciones desarrolladas por Ansar Allah desde Yemen demostraron que un actor con recursos muy inferiores puede alterar el funcionamiento de una de las principales rutas comerciales del planeta sin necesidad de enfrentarse directamente a las grandes flotas occidentales.

Ésta constituye una de las transformaciones más interesantes del conflicto contemporáneo. Ya no resulta imprescindible destruir una fuerza naval para producir efectos estratégicos. Basta con incrementar el riesgo para la navegación, elevar las primas de los seguros marítimos, obligar a modificar las rutas comerciales y prolongar los tiempos de transporte. El desvío de numerosos buques hacia el cabo de Buena Esperanza ilustra precisamente esta nueva lógica: incluso sin bloquear completamente el paso por el mar Rojo, la alteración de la circulación marítima genera costes económicos que terminan repercutiendo sobre el comercio internacional.

El diálogo subraya que esta forma de presión constituye una auténtica guerra económica. El objetivo ya no consiste únicamente en destruir infraestructuras o derrotar militarmente al adversario, sino en incrementar progresivamente los costes de su actividad económica hasta modificar su cálculo estratégico. La capacidad de perturbar los flujos comerciales comienza así a adquirir una importancia comparable a la tradicional superioridad naval.

El razonamiento alcanza entonces una dimensión todavía más amplia al abordar el papel del petrodólar. Para los autores, el dominio estadounidense no descansa exclusivamente sobre su poder militar, sino también sobre una arquitectura financiera internacional construida alrededor del dólar como principal moneda para el comercio mundial de hidrocarburos. Este mecanismo ha permitido durante décadas reforzar la demanda internacional de dólares, facilitar la financiación de la economía estadounidense y convertir el sistema financiero en un instrumento adicional de influencia política mediante sanciones, restricciones comerciales y control de los circuitos internacionales de pago.

Sin embargo, la exposición sostiene que este pilar también comienza a experimentar tensiones. El incremento de los intercambios comerciales realizados en monedas nacionales, la búsqueda de sistemas alternativos de pago y la creciente cooperación económica entre diversas potencias emergentes reflejan una tendencia gradual hacia una menor dependencia del dólar. No se trata todavía de una sustitución del orden financiero existente, pero sí de un proceso que reduce progresivamente uno de los principales instrumentos de la hegemonía estadounidense.

Desde esta perspectiva, la guerra adquiere una dimensión completamente distinta. Cada ataque contra infraestructuras energéticas, cada perturbación del tráfico marítimo y cada intento de modificar los mecanismos de intercambio internacional forman parte de una misma competencia por el control de los flujos que sostienen la economía mundial. El conflicto deja de limitarse al dominio del territorio para extenderse al control de la energía, el transporte marítimo y las finanzas internacionales.

Los autores llaman además la atención sobre una consecuencia frecuentemente ignorada. Europa, aun sin participar directamente en muchos de estos escenarios, termina soportando una parte importante de sus efectos económicos. La dependencia energética, el incremento de los costes logísticos y las alteraciones de las cadenas de suministro convierten al continente europeo en uno de los principales receptores de las consecuencias derivadas de la inestabilidad regional. En un mundo profundamente interconectado, las guerras rara vez permanecen confinadas al espacio donde comienzan.

La conclusión del capítulo resulta coherente con todo el razonamiento desarrollado hasta este punto. Si la guerra del siglo XXI ya no se libra únicamente mediante ejércitos, tampoco puede entenderse únicamente a través de categorías militares. La energía, las rutas comerciales, las infraestructuras críticas y los sistemas financieros se han convertido en frentes tan decisivos como los propios campos de batalla. Comprender esta dimensión económica permite entender por qué la confrontación entre Irán, Estados Unidos e Israel trasciende ampliamente el ámbito regional y se inserta en una disputa mucho más amplia por la configuración del futuro orden internacional.

V. La transición hacia un orden multipolar

Los distintos argumentos desarrollados a lo largo del intercambio convergen finalmente en una conclusión de alcance histórico. El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán no constituye únicamente una crisis regional ni un episodio más dentro de la larga inestabilidad de Oriente Medio. Para Zoha Abdejodai, representa uno de los escenarios donde comienza a hacerse visible una transformación mucho más profunda: el progresivo agotamiento del orden internacional surgido tras el final de la Guerra Fría y la emergencia de un sistema crecientemente multipolar.

Esta conclusión no aparece como una afirmación ideológica ni como una predicción aislada. Surge, por el contrario, de la propia arquitectura del razonamiento desarrollada a lo largo de la conversación. Si la superioridad militar ya no garantiza automáticamente el éxito político; si la guerra ha dejado de responder a los principios que dominaron el siglo XX; si la capacidad industrial vuelve a convertirse en un factor decisivo del poder; y si la competencia económica se desplaza hacia el control de la energía, las rutas comerciales y los sistemas financieros, entonces resulta inevitable preguntarse si el modelo de hegemonía construido durante las últimas décadas continúa siendo sostenible.

Desde esta perspectiva, la cuestión ya no consiste en determinar si Estados Unidos sigue siendo la principal potencia militar del planeta. Los autores no ponen en duda esa realidad. Lo que plantean es otra pregunta: ¿basta hoy esa superioridad para mantener un orden internacional basado en la capacidad de una única potencia para imponer unilateralmente sus decisiones?

El diálogo responde negativamente.

Durante más de tres décadas, el escenario internacional estuvo marcado por una concentración de poder sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La desaparición de la Unión Soviética permitió a Estados Unidos ejercer un liderazgo prácticamente incontestado, sustentado en una combinación excepcional de superioridad militar, predominio tecnológico, centralidad financiera y capacidad de intervención política a escala global. Aquella etapa consolidó un modelo de relaciones internacionales caracterizado por la existencia de un único centro de gravedad geopolítico.

Sin embargo, los autores sostienen que ese ciclo histórico comienza a mostrar signos evidentes de agotamiento. No porque haya surgido una potencia capaz de sustituir por sí sola a Estados Unidos, sino porque un número creciente de actores dispone ya de instrumentos suficientes para limitar su capacidad de actuación. La transición hacia la multipolaridad no implica necesariamente el reemplazo de una hegemonía por otra, sino la aparición de un sistema donde distintos centros de poder condicionan mutuamente sus decisiones.

En este contexto, Irán adquiere un significado que trasciende ampliamente el ámbito regional. Después de décadas de sanciones económicas, aislamiento diplomático, sabotajes, asesinatos selectivos y presión militar, la República Islámica no solo ha preservado la continuidad de sus instituciones, sino que ha desarrollado capacidades tecnológicas, industriales y militares que le permiten desempeñar un papel relevante en el equilibrio estratégico de Oriente Medio. Para los autores, este hecho cuestiona una de las premisas fundamentales de la política exterior estadounidense: la convicción de que la presión sostenida termina conduciendo inevitablemente al colapso político del adversario.

Pero el análisis insiste en que Irán constituye únicamente una pieza dentro de un proceso mucho más amplio. La creciente cooperación entre potencias como China y Rusia, la consolidación de nuevos espacios de integración económica, el fortalecimiento de organizaciones internacionales ajenas al eje atlántico y la búsqueda de mecanismos financieros alternativos reflejan una redistribución gradual del poder mundial que trasciende cualquier conflicto concreto.

Al mismo tiempo, los autores advierten contra una interpretación excesivamente optimista de esta transformación. La multipolaridad no significa necesariamente un mundo más estable ni más pacífico. La historia demuestra que las transiciones entre distintos órdenes internacionales suelen estar acompañadas de tensiones prolongadas, conflictos regionales y reajustes estratégicos de gran intensidad. La desaparición de una hegemonía incontestada no elimina la competencia; simplemente modifica sus reglas y multiplica el número de actores capaces de influir sobre ella.

El discurso incorpora además una reflexión especialmente sugerente al ampliar el foco más allá de Oriente Medio. Según Zoha, esta competencia global no adopta las mismas formas en todas las regiones. Mientras en Oriente Medio la confrontación se expresa mediante guerras abiertas, operaciones militares y disputas por corredores estratégicos, en otras zonas del mundo la presión se manifiesta a través de mecanismos políticos, económicos y jurídicos. América Latina ocupa un lugar destacado en esta reflexión. Allí, sostiene, la disputa por los recursos naturales, la influencia política, las privatizaciones, las sanciones, el lawfare y las campañas de desestabilización constituyen expresiones diferentes de una misma competencia geopolítica global. La naturaleza del conflicto cambia; la lógica estratégica permanece.

Esta ampliación del análisis permite comprender el sentido último de la conversación. La guerra contra Irán deja de interpretarse como un episodio excepcional para convertirse en uno de los laboratorios donde se manifiestan las transformaciones del sistema internacional. Las operaciones militares, la competencia tecnológica, la lucha por las rutas energéticas, las disputas financieras y las estrategias de influencia política forman parte de un mismo proceso histórico de redistribución del poder.

La conclusión que se desprende de este recorrido resulta especialmente significativa. El mundo no parece dirigirse hacia la sustitución de una hegemonía por otra, sino hacia un escenario considerablemente más complejo, donde ninguna potencia podrá ejercer de forma incontestable el grado de control que caracterizó al periodo inmediatamente posterior al final de la Guerra Fría. En ese contexto, comprender los conflictos actuales exige abandonar categorías heredadas de un mundo unipolar y empezar a interpretar la política internacional como el producto de una competencia permanente entre múltiples centros de poder, intereses y modelos de desarrollo.


Conclusión

El diálogo entre Zoha Abdejodai y Héctor trasciende el análisis de una guerra concreta para proponer una reflexión más amplia sobre la evolución del sistema internacional. A lo largo del intercambio, el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán deja de presentarse como un episodio aislado y se convierte en un punto de observación privilegiado desde el que examinar las profundas transformaciones que afectan al equilibrio mundial.

La tesis que emerge de este recorrido resulta tan sencilla como trascendente: la guerra ya no puede interpretarse exclusivamente mediante las categorías estratégicas, militares y económicas que definieron el orden surgido tras el final de la Guerra Fría. La superioridad tecnológica continúa siendo un factor determinante, pero ya no garantiza por sí sola la consecución de objetivos políticos. La capacidad industrial recupera un papel central en la competencia entre potencias. Las rutas energéticas, el comercio marítimo y las finanzas internacionales se consolidan como auténticos frentes de confrontación. Y actores que hace apenas unas décadas ocupaban una posición periférica adquieren hoy la capacidad de condicionar decisiones de alcance global.

Naturalmente, muchas de las interpretaciones expuestas por los autores son objeto de debate y conviven con análisis diferentes sobre las causas, el desarrollo y las consecuencias de este conflicto. Precisamente por ello, el valor del diálogo no reside en ofrecer respuestas definitivas, sino en plantear un marco de interpretación coherente que invita a cuestionar algunas de las premisas con las que habitualmente se analiza la política internacional.

Más allá del acuerdo o del desacuerdo que puedan suscitar sus conclusiones, el diálogo obliga al lector a formular preguntas difíciles de eludir. ¿Continúa siendo válida la idea de que la superioridad militar basta para imponer un determinado orden político? ¿Puede sostenerse una hegemonía global sin una base industrial capaz de respaldarla? ¿Hasta qué punto la competencia entre grandes potencias se decidirá en los campos de batalla o en las fábricas, los laboratorios, las rutas marítimas y los sistemas financieros? Y, sobre todo, ¿estamos asistiendo a una crisis pasajera del orden internacional o al nacimiento de una etapa histórica diferente?

Responder a estas cuestiones exigirá tiempo y la perspectiva que solo proporciona la historia. Sin embargo, la conversación analizada en estas páginas sostiene que algunos de esos cambios ya están en marcha y que comprenderlos constituye una condición indispensable para interpretar los conflictos del presente.

Desde esa perspectiva, la guerra contra Irán deja de ser únicamente una noticia de actualidad para convertirse en un síntoma de una transformación mucho más profunda. Si esa transformación desembocará en un orden verdaderamente multipolar o en una nueva fase de competencia entre grandes potencias es una cuestión todavía abierta. Lo que parece cada vez más evidente es que las herramientas intelectuales con las que se explicó el mundo durante las últimas décadas comienzan a resultar insuficientes para comprender el que está emergiendo.



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