Nueva escalada de EE.UU. en el sur de Irán

Respuesta masiva de la IRGC – El Substack de Ana Muñoz de la Torre


La masacre de Sirik y la respuesta masiva de Irán

Ayer, 1 de septiembre, mientras una boda reunía a una familia en Sirik, provincia de Hormozgán, el ejército estadounidense lanzó una nueva oleada de ataques sobre el sur de Irán, extendida también a Sistán y Baluchestán y a Juzestán. Uno de sus misiles cayó sobre la celebración con precisión quirúrgica. No fue un accidente. No fueron «víctimas colaterales». Fue un objetivo planeado y ejecutado. Cinco muertos, entre ellos un niño de cuatro años y una mujer. Cerca de setenta heridos, más de una docena de ellos menores. Es la firma de un imperio que nació sin moral, cuya aportación al mundo ha sido la de provocar muertes y guerras por donde ha pasado. Las fuerzas agresoras estadounidenses remataron la provincia derribando además sus torres de telecomunicaciones y su red de internet: primero mataron, después apagaron las luces para que el mundo no viera su masacre.

La misma rúbrica que ya vimos con las 200 niñas de Minab, acribilladas en su escuela. La misma que vimos con los peregrinos de Arbaeen en Shalamcheh, cuando millones de personas caminando hacia Karbala fueron bombardeadas en plena peregrinación. Ayer le tocó a una boda. Mañana podría ser cualquiera. Washington dispara siempre al mismo blanco: la vida sin escolta.

La respuesta iraní marcó un salto que se venía anunciando desde el inicio de esta guerra. Durante la primera fase, Irán solo utilizó la defensa asimétrica. En la segunda, aplicó el ojo por ojo, base por base, avisando con días de antelación para permitir desalojos. Washington ha seguido escalando, e Irán ha ido destruyendo, una a una, casi todas las bases estadounidenses en el Golfo. Luego advirtió de que iría también a por las empresas y el petróleo estadounidense en la región. Y lo hizo. Ayer, Irán golpeó el material bélico sabiendo que dentro había militares. Un elevado número de efectivos y pilotos estadounidenses murieron en el ataque. No eran el objetivo. Pero tampoco fueron una preocupación. El IRGC lo había avisado: la cortesía se ha acabado.

El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica respondió con lo que ellos mismos llamaron represalia total, y no exageraron: cuatro bases, tres países, una sola ronda. En Jordania, la Guardia Revolucionaria descargó una salva de misiles balísticos sobre el campamento estadounidense Camp Titin, junto al puerto de Aqaba, matando e hiriendo a un elevado número de efectivos estadounidenses y reduciendo a escombros estructuras militares y helicópteros de ataque. A pocos kilómetros, en la base aérea Príncipe Hassan, otra oleada de misiles balísticos alcanzó dos hangares que guardaban drones RQ-4 y MQ-9, matando a los pilotos que los operaban desde tierra. En Erbil, norte de Irak, un ataque combinado de misiles y drones arrasó los centros de reparación y los almacenes de repuestos técnicos del ejército estadounidense. Y en Baréin, el Ejército iraní lanzó un enjambre de drones contra los sistemas de radar y las concentraciones de tropas de la base aérea Sheikh Isa. Washington celebró su mezquindad sobre un mantel. Irán respondió sobre los verdugos que ya no volverán a casa.

El portavoz del Cuartel General Khatam al-Anbiya ha dejado un mensaje grabado: la ofensiva continuará hasta que las fuerzas estadounidenses se arrepientan de sus crímenes. Cualquier país que preste su suelo al ejército agresor asumirá las consecuencias. Saná se apresuró a repetirlo: el Ministerio de Asuntos Exteriores yemení respaldó la represalia como derecho legítimo bajo el derecho internacional y advirtió a los países-plataforma que pagarán el precio de su dependencia. El frente ya no cabe entre Teherán y Washington. Es tan ancho como la dependencia que lo sostiene.

¿Por qué ataca Washington sabiendo lo que le espera?

La pregunta no es retórica: Irán no amenaza, ejecuta, y Washington lo sabe mejor que nadie después de seis meses de comprobarlo base por base. Si aun así ordena una nueva oleada sabiendo que la respuesta será devastadora, es porque el cálculo ya no se hace en el terreno. Se hace en las urnas de noviembre. Trump no necesita ganar esta guerra: necesita que su electorado la perciba como ganada, y ese electorado no tiene acceso a lo que el mundo entero está viendo hoy en las imágenes de Camp Titin en llamas. La guerra no se libra en el Golfo. Se libra en la pantalla de un votante de Ohio.

Ahí está la verdadera arquitectura de esta fase final de la guerra: dos realidades informativas separadas por una frontera que no necesita alambre de espino. El mundo que consume Press TV, Al Mayadeen, Mehr News e incluso los telediarios de Europa actualmente tiene la secuencia completa: la boda, los muertos, la represalia, base por base. El ciudadano estadounidense medio recibe la versión filtrada por CENTCOM, que ya negó Minab y negará Sirik con el mismo guion: silencio mientras se pueda, y cuando ya no se pueda, la inversión de responsabilidad hacia el país agredido. No hace falta censurar lo que el ciudadano nunca sabrá que existe. Gramsci le puso nombre a esto hace un siglo: hegemonía, un cerco que no necesita ser percibido como tal porque nadie dentro de él ve sus bordes. El imperio no miente a los suyos. Los educa para que no necesiten la verdad.

Y sin embargo el cerco tiene grietas, y hasta en España empiezan a verse: los mismos medios que hasta ahora repetían el guión de Washington sin matices hoy ya no pueden ocultar la realidad. La hegemonía se resquebraja primero donde menos se espera: en la voz de los que antes callaban. Telediarios ridiculizando a Trump a diario y dando por hecho que EEUU ha perdido esta guerra. No es un cambio radical, pero denota que el miedo al Imperio se está agrietando por dentro.

Ormuz, cifra por cifra

A las 10:46 de esta mañana, el mapa de Hormuz Report marca el estrecho cerrado. Día 182. Brent a 88,24 dólares. Cinco tránsitos frente a una capacidad de referencia de quinientos. Cero incidentes registrados en las últimas 24 horas, porque ya no hace falta incidente donde no queda tráfico que interrumpir. El estrecho no está bloqueado por la guerra. Está cerrado por su propia quietud.

En el agua, siete buques activos, y ninguno es petrolero ni metanero: remolcadores emiratíes, carga menor bajo banderas de conveniencia panameñas y caribeñas, la mayoría detenidos entre cero y un nudo, como quien ya no espera zarpar sino solo sobrevivir amarrado. Ormuz está vacío como cifra, buque por buque, nudo por nudo, mientras a pocas millas náuticas la base de Sheikh Isa recibe un enjambre de drones el mismo día en que se toma esta foto. El frente naval y el frente aéreo son la misma guerra registrada en dos instrumentos distintos. Un barco parado no es un barco. Es un cadáver flotando con bandera.

Lo que se consolida hoy

    Lo que se consolida hoy es la certeza, ya demostrada seis meses seguidos sobre el terreno, de que el imperio que se creía capaz de reabrir un estrecho a cañonazos no puede ni sostener una sola base sin perderla en horas. Cada oleada que Washington lanza para demostrar fuerza termina demostrando lo contrario, y esa contradicción ya no se puede vender ni siquiera dentro de sus propias fronteras informativas por mucho más tiempo. Irán no necesita anunciar la victoria. La está firmando, base por base, con la munición que a Washington ya no le sobra. El imperio dispara para convencer. Y cada disparo convence al mundo de lo contrario. El reloj ya no marca las horas. Marca el final de una era.

    Fuentes:

    Press TV, declaraciones directas del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, del Ejército iraní, del Cuartel General Khatam al-Anbiya y del Ministerio de Asuntos Exteriores de Yemen (1-2 de septiembre de 2026, 03:05 GMT).

    Hormuz Report, datos AIS en tiempo real (2 de septiembre de 2026, 10:46:36 GMT).

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